POST MORTEM

nube

Llamar a mi novia para contarle lo que ya sabe, cenar con unos amigos y después empezar un juego de mesa que consiste en hacer Marte habitable. Me hubiera encantado estar allí, en Marte, viajar en una de esas lanzaderas de inmigrantes que parecen una lata de refresco gris. Pero, ¡cuidado!, a lugar nuevo, enfermedades viejas; seguro que nada más bajar de la hojalata encuentro a un desdichado portador de la enfermedad, uno que evitó los estrictos análisis médicos y se coló entre la tripulación del viaje anterior. Ahí está, el imbécil, pegando patadas a la cosa diabólica que bota para meterla entre dos mochilas. Como los gilipollas tendemos a agruparnos, me veo en la hora cero de mi nueva vida marciana jugando un Alemán.

Hemos muerto bien, sin molestar a nadie, ni al Hércules. Con ocasiones aciagas, de las que salen por un palmo y con un poquito más de suerte hubieran podido cambiar la eliminatoria. Nosotros parecíamos mocetes frente a ellos, hombres hechos y derechos, con sus hijos y esposas e historiales extensos en categorías superiores. La verdad es que nos quedan mejor las lágrimas a nosotros.

Me fastidió que no lloviera el domingo. No entiendo por qué salió el sol si nos habían echado del play off. Pero el mundo gira, que se dice, y el domingo lo hacía en pantaloneta y chinelas como si no pasara nada, de vermú, veraniegamente desenfadado. A otro año será, y trago de marianito. Eso me dice el mundo y yo de luto, a punto de plantearme el monacato. También me escalofría la idea de poder engancharme a la metadona Sub 21. Menos mal que Nacho ha mandado una foto de unas Adidas Nájera desde Estados Unidos. La tontada feliz del día. Debe ser el apellido de un patinador famoso, pero fantaseo con que un creativo de la marca las ha bautizado así por La Salera, el campo de fútbol más bonito del mundo. También pienso en que no está mal la Segunda B. Nos sienta bien.

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BOCABAJO

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Te lo tienes que creer; puedes ganar el Comunio. Tienes maneras.

Escuchado durante un Chupinazo hace años.

 

 

Fuimos a Alicante y perdimos; era parte del plan maestro. A lo mejor, lo normal es perder en Alicante, como habitual es morirse si cumples cierta edad. Quizás no debimos hacerlo; la cosa estaba para derrota por la mínima o, con un poquito de suerte, para prometedor empate a uno. Nos derrotó en una tierra ignota un equipo que se llama como un semidiós, que luce en su escudo laureles en la cabeza. En nuestro Grupo II todos son bastardos conocidos: el Capitán Anchoa, que ya ha subido sin ganar ni un partido, el Doctor Miranda, que ha perfeccionado la fórmula del uno cero en el noventa y tantos; villanos familiares de toda la vida. El Grupo II es tu clase del instituto y van desfilando los guaperas, los macarras buenos con moto, los macarras malos con moto, los empollones, una caterva de punkis, jevis y pijos y un repetidor eterno aspirante al ascenso. Conoces sus vidas, sus historias, formas parte de ellas. ¿Se diferenciará mucho el macarra de aquí del de allá? A lo mejor allá llevan motos de agua.

«Esto no ha terminado» dijo por dos veces en la rueda de prensa Sergio Rodríguez, como espantando lo que sabemos que vendrá después de encajar otros tres goles: El Funestismo. Volverán el olor a cadáver, los titulares mortuorios y los enterramientos prematuros porque somos un país necrófilo. Además, lo queremos al detalle; cómo fue apuñalada la víctima, qué arterias fueron seccionadas, la cantidad de sangre perdida, si las mutilaciones fueron post mortem o no. Algo terrible de ser asesinado es que quedas por siempre vinculado a tu asesino, y eso no es justo. ¿Qué tengo yo que ver con ese que me ha matado?  En noticias, en crónicas, en páginas de Wikipedia. Siempre el nombre de la víctima junto al de su asesino. En la misma frase. Es repugnante.

Por suerte el Hércules no nos ha matado, aunque periodistas profesionales del infortunio y agoreros rasos nos envíen coronas de flores. Y justo ahora -son puntuales-, cuando se ha extendido un perfume diferente por la ciudad, tanto tiempo amedrentada por el hedor del cuerpo del Club Deportivo, a quien no dejaron descansar en paz y montaron sobre Babieca para ganar aún no sabemos qué. La afición se ha sacudido el miedo a los muertos, vive feliz disfrutando de su equipo. Y miran hacia delante, hacia el domingo que viene. Son dos goles. Alguien los puede marcar. ¿Por qué no nosotros? Alguien tiene que subir. ¿Por qué no nosotros?

Tengo entendido que en algunas regiones de los Balcanes se enterraba bocabajo a los que pensaban poseídos o creían vampiros; por si les daba por escarbar. Tenían miedo a que volvieran a chuparles la sangre. Deberían hacer lo mismo con este equipo aquellos que quieren sepultarlo noventa minutos antes de tiempo. Porque de lo contrario, se va a levantar y va a llamar a las puertas de los aprendices de augur para tirarles de las orejas. También deberían saber las gentes de poca fe, los tenebrosos y cansos que este mismo equipo fue cadáver durante bastantes minutos la eliminatoria anterior. Ha pasado una semana y ya se nos han olvidado nuestras propias gestas. O parece que siempre estamos dispuestos a admirar más las ajenas.

MEMORIA Y PACIENCIA

segunda

Según fuentes familiares, el padre de mi tío Carmelo no cenaba si perdía el Logroñés. La derrota le enfurruñaba tanto que se enclaustraba en su casa del casco viejo, ciudad a secas en aquel entonces. Con el pretexto de recogerle para la ronda diaria por los bares, su cuadrilla no tardaba en plantarse frente a la puerta y llamarlo a voces. El motivo real, conocidos sus cabreos deportivos, no era otro que el vacile; me gusta imaginarme a este hombre en una celda de castigo, flagelándose después de acomodarse el cilicio que llevaría hasta la siguiente victoria, imperturbable ante las chanzas de sus amigos. Sobra decir que debió de ser un hombre muy delgado.

Es una historia exagerada, probablemente. Dada la inclinación del ser humano (y la de mi familia en particular) a la hipérbole, no creo que dejara de cenar ni una sola vez; a lo mejor se abstuvo una noche porque el tinto no le cayó bien y ya saben, desde entonces, mataperros. Si viviera hoy, podría cenar cigalas todos los días: 72 puntos y subcampeonato.

Ha sido una temporada de afectaciones apocalípticas. Que es en lo que se ha convertido el fútbol y gran parte del periodismo que le rodea. Hace tan solo unos meses un porcentaje importante de la afición quería fulminar a Sergio Rodríguez, un tipo reflexivo, sereno y pedagógico, de la casa, con un historial muy reseñable. Los resultados no acompañaban a las expectativas, película mil veces repuesta, y llegaron los cuatro jinetes: el entrenador no vale para segunda B, no se ha planificado bien la temporada, la forma física es lamentable, los médicos son matasanos. Además, la templanza de Sergio en las ruedas de prensa se interpretaba como falta de compromiso o personalidad; es sabido que no vociferar es sinónimo de blandura, no gritar ni hacer aspavientos genera desconfianza. Entiendo el atractivo que desprende un equipo dirigido por el sargento de artillería Highway, la poderosa imagen de unos tomates locales convertidos en el once ideal de la Champions. Es una pena que sea un personaje de ficción.

La paciencia marida mal con las jornadas semanales, es verdad universal, pero tengo la sensación de que nunca antes se agotaba tan rápido. Ahora bastan un par de derrotas (o empates) consecutivas para que se entonen las letanías más cenizas y se quiera destruir todo sin saber qué hacer después. Solo nos vale con quemar el poblado, como si todo lo que habitara en él fuera inútil o perjudicial. Noto que hay personas que se vanaglorian de ser resultadistas, lo son a mucha honra, dicen, porque el fútbol es así. ¿No hay algo perverso en tal afirmación? Alguien que solo ansía victorias, le da igual todo lo demás o cómo conseguirlas. Menos mal que solo hablamos de fútbol.

Este texto será acusado de ventajista, de escribirse en los buenos tiempos. Puedo vivir con ello. De momento, toca seguir disfrutando de la mejor temporada en diez años. Acabe como acabe, ya es un éxito.

TARROS Y TACOS

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Me di cuenta en Salamanca en 2004. Ya había dado algún garbeo por Europa con unos amigos, así que -pensaba yo, un poco flipado- la geografía española no escondía ningún secreto para mí. De repente descubrí que el secreto era mi procedencia. Minúsculo terruño eternamente fronterizo, nadie sabía muy bien dónde estaba Logroño; si era una provincia vasca, si se erigía al lado de Pamplona, si era un barrio de Zaragoza o la quinta provincia gallega. Muchos se referían a los cuatro monos riojanos que pululábamos por la facultad como esos del norte. Como el bonito. Me encanta la expresión del norte, que abarca desde Finisterre a Creus y desde Santander a ¿Soria? Recuerda, no sé por qué, a cuando aquí decimos del sur. Me di cuenta paulatinamente, no fue una revelación; lo que en realidad significa del norte es que el sujeto no es vasco, ni asturiano, ni navarro, ni maño, ni catalán, ni gallego. Es decir, que el individuo procede de un lugar sin rasgos distintivos poderosos. A los cántabros, emparedados entre dos monumentos a la identidad, sospecho que les ocurre algo parecido.

La mejor -quizás la única- definición de riojano la da Patricio Escobal en la introducción para el lector anglosajón de sus memorias Las sacas: «es generalmente industrioso y alegre, buen bebedor y gran jurador». Aun teniendo en cuenta que al definir un grupo de personas siempre te equivocas, me parece bastante acertada. Yo añadiría que además padece una obsesión enfermiza por meter alimentos en tarros. Si se lo propusieran, mis paisanos serían capaces de embotar una ballena sin trocear o un triceratops con cuernos y todo. Pero vamos a sacar la lupa. Los tacos. Esto da para libro gordo. Y es que -aquí sí que me la juego- no creo que haya muchos sitios donde las palabrotas se relacionen tan bien entre sí, se digan con tanta naturalidad y fluyan nutriendo un torrente imparable. ¿No lo ven en carteles a pie de autovía? T&T. Tarros y tacos. ¿A qué chorra esperas para venir? Hostia ya. O mejor aún: Donde hasta los curas se cagan en Dios. No te la pierdas. O Descubra la Cimmeria con viñas… Convendrán conmigo en que basar la identidad de una sociedad en la proliferación de botes de cristal y en jurar hasta dormidos no tiene mucha miga. Podría interpretarse como una identidad débil, y es cierto. Para qué negarlo. De hecho, este aspecto me fascina. Porque, ¿qué es un riojano? ¿Seres monolingües que al trasluz podrían verse como vascos totalmente romanizados o castellanos asilvestrados? Surgen problemas: dependiendo de la hora del día el riojano puede parecer incluso un navarro o un aragonés. Este déficit identitario provoca un provinciano orgullo, bastante enclenque, enternecedor y peligroso; habrá discrepantes que piensan que La Rioja es La Rioja desde que la cubría el mar de Tetis. Cada uno puede creer lo que quiera, faltaría más; pero ocurre que tengo un método científico que demuestra la veracidad de la pamema que les cuento. Se llama La Trampa Berona. [música de misterio]

La Trampa Berona parte de la siguiente base: cuánto más fuerte es una identidad, más caricaturizable es. Llamen a un amigo que dibuje más o menos bien. Todo el mundo que sabe dibujar algo puede hacer una caricatura aceptable. Empiece así, suave, pídale que dibuje un vasco, para que su amigo exclame «¡chupao!» y se recree sombreando el rabito de la chapela. Luego continúe con un andaluz, para que el desdichado se entretenga garabateando dos buenas patillas. Y luego, a traición, cuando se encuentre cómodo y confiado, golpéele sin contemplaciones: dígale que dibuje un riojano. Y sin trucos, sin botella de vino en la mano ni hojas de parra en las sienes ni coloretes.

¿Qué tal van? ¿Aburridos ya? Pues ahora viene lo mejor. Sí, lectores míos, a estas alturas van a descubrir la verdadera razón de estas cuatro líneas: el fútbol. Lo siento de veras por aquellos que lo odien. Pueden parar aquí. ¿De verdad pensaban que todo este ladrillo sobre la identidad construiría alguna conclusión seria?

El Logroñés se consagró como otro rasgo característico riojano reconocible por el resto de habitantes gracias a su década dorada de los 90. No me acuerdo porque era muy pequeño, pero supongo que sería como un Éibar hoy, que a todos agrada porque es un club enano y no supone peligro para ningún equipo consagrado y mayor. Nos gusta identificarnos con los tuercebotas defensores de la aldea gala (lo verdadero, la esencia incorruptible) de los canallas millonarios de la Champions, mercenarios de Blackwater al servicio de la FIFA; es un mecanismo narrativo básico. Durante unos años el Logroñés contribuyó sin querer a apuntalar el riojanismo -suponiendo que exista- en un sitio con afinidades deportivas peculiares -la mitad de la Rioja Baja es de Osasuna-. Lo mismo en la capital, donde ser del Logroñés siempre ha suscitado mofas más que otra cosa, sobre todo a partir de la Gran Caída. El difunto Club Deportivo lo tenía fácil para atraer fieles: un escudo enigmático pero sencillo de dibujar -obra de un masón, ¡toma ya!-; un himno grandioso, los mejores versos jamás escritos, con una advertencia incluida –Según me traten trato– que podría entintar brazos carcelarios o ser lema de escudo de armas. Pero por encima de todo, el éxito.

En la actualidad existe una disputa por la identidad futbolística que solo el éxito deportivo puede decidir. Los dos clubes homónimos se enfrentan en un contexto identitario entreverado y mutable; ni siquiera uno de ellos, autoproclamado heredero de las glorias pasadas, consigue rentabilizar su añoranza. Los más jóvenes no pueden sentir nostalgia de algo que no han vivido. Ambos clubes optaron por refundar un espíritu hinchado por la primera división; creían que la ciudad les seguiría. Se equivocaron los dos. A la mayoría de la gente le importa tres pepinos lo que pueda sucederles. Huérfanos de estrella de David y Chuta, aplicaron el cuanta más riojanidad, mejor al elaborar símbolos. Los nuevos escudos son abigarramiento de cruces de Santiago, de San Andrés, puentes sobre el Ebro y bandas blanquirrojas; solo falta un plato de caparrones en una esquina. También se compusieron nuevos himnos inanes que solo transmiten desesperación. No se me ocurre nada más alejado del Logroñés que la ópera. El antiguo era pura coherencia, auténtica charanga borracha -disculpen la redundancia- a juego con las tapias coronadas con cristales y alambre de espino de Las Gaunas viejas.

Acabo. Pero no me gustaría cerrar el Word sin antes invitarles a que descubran ustedes mismos el único común denominador riojano. Gentes de otras latitudes, anímense a llamar a sus conocidos o amigos riojanos. Seguro que tienen o han tenido alguno. Queden con ellos, a ser posible en su casa. Y entonces díganles que no puede seguir fingiendo que no pasa nada, que conocen su secreto. Que lo saben todo. Díganles que se los enseñen. Solo un segundo.

Los tarros.

UNA FOTO

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Tamara la encontró en una carpeta creada el miércoles 3 de enero de 2013. Antes de venir a Inglaterra. Recordaba perfectamente lo que hizo aquella semana; papeles para el nuevo trabajo, despedirse de sus padres, de los amigos, visitar el cementerio para contárselo a su abuela, que se murió sin verla colocada, quedar con Indio para decirle que se iba y follar con él por última vez.

Amplió la imagen escaneada de la original. Año 2000 más o menos, Indio aún no llevaba coleta. Los cinco hacinados en el banco de madera de la plazuela. Indio, Tata, Sanse, Ceci y ella. Aunque la imagen mostraba la plaza del barrio, su mente se empeñaba en transportarla a sitios que no aparecían encuadrados. De repente se encontraba en su trastero, desnuda, Indio frente a ella, tembloroso, admirando su cuerpo escuálido y desvaído, a medio hacer.

La polaca llegó a casa. Es viernes y me dirá de ir tomar algo, pensó Tamara. Tenía ganas de salir, pero la foto se había interpuesto entre ella y su voluntad. La había anulado. Fue un golpe a traición. Pero, ¿de quién? ¿Por qué se había puesto a revisar el disco duro? Necesitaba saber que todos los megabytes estaban debidamente ubicados. ¡Tantas manías! Si no fuera tan ordenada no la hubiese encontrado y ahora no dudaría ante la proposición de la polaca; le diría que sí, claro, que era viernes y había que salir, quedar con los del trabajo, tomar unas pintas, ir a una discoteca, bailar canciones en español, huir de los del trabajo, juntarse con desconocidos, acostarse con uno quizás, ahora era atractiva, nunca más escuálida. Escuchó los pasos de la polaca en el pasillo, puertas de armarios que se abrían y cerraban. Se le pasó por la cabeza que a lo mejor deseaba ver la foto. Le aterraba el hecho de que, inconscientemente, hubiera llegado a conectar el aparato a la corriente, enchufar el cable a su portátil para bucear hasta el archivo. No había nada que ordenar; Vacaciones Turquía, Currículum, Renta, Temarios Oposiciones; todo seguía en su sitio. No se acostumbraba a la ensoñación en la que vivía; Indio aparecía en el metro a veces, cuando sus párpados caían; casi podía notar cómo el aire caliente del verano recorría el vagón directo a su rostro; una moto que nunca le gustó mucho. Otras veces ocurría durante una reunión soporífera. El aburrimiento y la somnolencia invocaban su imagen, fue su diagnóstico ¿Por qué ahora? Tengo una red de conocidos estable y espacio para mis cosas. ¿Qué son mis cosas? Tengo que distraerme. ¿De qué? Ya voy al gimnasio, colaboro dando clases de alfabetización en una oenegé, leo, estoy al corriente de la actualidad de mis dos países, el natal y el de residencia. Sobrevivo más o menos de acuerdo a mis principios morales e ideológicos. Soy feliz, hago lo que quiero. ¿Por qué vuelve para complicarlo todo? ¿Era aquello lo que popularmente se conocía como dejar una profunda huella?  ¿Sabrá él del cambio? ¿Era consciente de que ella limó -casi eliminó- su arrogancia y soberbia? Lo mejoró para que lo disfrutaran otras; aportó algo bueno a la sociedad.

La polaca abrió la puerta después de llamar un par de veces. Ya se había puesto el pijama.

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A Jean Pierre le jodía mucho no tener pelo en el pecho. «En Mali, a las mujeres les encantan los hombres como tú», le había contado a Indio al tiempo que trataba de levantarle la camiseta. Jean Pierre vivía obsesionado con su ausencia de vello y, en el curro putrefacto de ETT donde coincidió con Indio, su presencia fue un regalo de los dioses de la precariedad a sus hijos más avanzados. Le hicieron ir a la farmacia a por Semen de Choto, la clave de los frondosos pectorales ibéricos. «A nosotros tampoco nos salía como ahora, no te creas; para tener una buena mata te tienes que untar bien, después de las comidas y al acostarte». Txarly, un desterrado de Bilbao, conectó los cables de la bomba; el bar donde sacar la conversación, la farmacéutica adecuada, el establecimiento acristalado con visibilidad óptima.

Cuando doña Margarita le encargó la misión de buscar dos «caballeros solventes y con estilo», Indio no dudó en exhumar su agenda. Jean Pierre, tieso, vendiendo mierdas por las terrazas del mundo; no dijo que no, no dijo que sí, pero fichado. El ángulo faltante lo encarnó Miguel, un rumano yonqui del crossfit que en realidad se llamaba Mihai, pero al que toda su fábrica llamaba Chauchescu.

En un eterno coto manchego, Doña Margarita holgaba acompañada. La escoltaban Frau Sigrid, un cíborg de silicona de casi dos metros y Miss Williamsson, que se parecía a todas las reinas de Inglaterra a la vez. Entre los tres deneís, dos siglos. Allí quemaban días siameses; al alba se vestían de doctor Livingstone y no dejaban perdiz viva; después de comer charlaban sobre negocios y familia -que venía a ser lo mismo- hasta la cena. Luego empezaban los juegos.

Son ustedes unos desalmados que han irrumpido en la residencia veraniega de tres amigas con la intención de robar una valiosa joya. Las mujeres permanecen ocultas en algún lugar de la casa y solo una conoce dónde se esconde el tesoro. Ganarán el juego si consiguen la joya antes de que finalice la hora y media que tarda la policía en llegar a la villa. Si eso ocurre, serán gratificados convenientemente. Si pierden, no podrán hablar durante lo que resta de estancia. Como ven, tienen los atuendos y todo lo que necesitarán para triunfar. Kevin, usted será Equis, el jefe del grupo. Otelo será Ípsilon y Roman, Omega. Solo podrán referirse a sí mismos con esos nombres. En caso contrario, perderán. El juego comenzará cuando se apaguen las luces y terminará cuando la corriente vuelva. No se anden con remilgos a la hora de sonsacar información. ¡Recuerden que son unos desalmados! Hagan lo propio; la verosimilitud es un gran afrodisíaco.

Indio reconoció la letra redonda, juvenil, de doña Margarita. Sobre la mesa se desplegaba el equipo de cada uno junto a un cartel con su nombre en clave; un disfraz de caco, una linterna y un maletín que ponía «No abrir hasta que la luz se apague».

Equis ordenó dividirse y cada uno buscó por un rincón de la casa. Dentro del armario de uno de los dormitorios se escondía doña Margarita. Se puso a gritar como una loca cuando Indio la sacó de los pelos. Ofrecía más resistencia de la esperable; aun así, doña Margarita simuló paralizarse por el miedo para que a Indio le diera tiempo de buscar, dentro del maletín, unas cuerdas y una mordaza que se habían enredado entre tubos de lubricante, bolsitas de polvo blanco y vibradores variados. Los gritos resonaban fuera de la habitación. Doña Margarita afirmaba no saber el paradero de la joya.

Se encendieron las luces. En el vestíbulo, Miguel e Indio se quitaban el disfraz. Apareció Jean Pierre al poco, pletórico. Les enseñó un sanguinolento diente dorado. «Hemos ganado», dijo. Después abrió su maletín y colocó los alicates en el lugar correspondiente junto al resto de herramientas.

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EN CASA

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Todos los que nacieron en el ochenta y tres me caen mal. Aún hoy, después de haber alcanzado una supuesta madurez, si conozco a alguien de esa hornada me pongo en guardia inconscientemente. “¡Cuidado!”, susurra una vocecilla dentro de mí, “este pertenece a la camada de aquel año maldito, este mamón es de los mayores”. Aunque parezca simpático y agradable, me digo, algo esconderá debajo de su carcasa modélica, algo quedará de aquel ser malvado, nacido exclusivamente para atormentarnos a nosotros, los del ochenta y cuatro. En mi colegio reinaron durante años, pero cuando pasaron al instituto se diluyeron; en un centro gigantesco, con gran densidad de cabrones por metro cuadrado, importados de barrios o pueblos lejanos y peligrosos -lo lejano siempre es peligroso-, sucumbieron sin heroísmo. Una de las cosas que recuerdo con mayor claridad de mis días de recién llegado al instituto fue el toscón que un ser anónimo -una montaña de un barrio lejano y peligroso- asestó a U., uno de nuestros antiguos torturadores. ¡Plas!, retumbó en el pasillo de techos altísimos. Y todo el mundo rio. Mi cara de incomprensión animó a la montaña a dar explicaciones: “Anda, dale una hostia a U.” Me dio pena U., que me miraba como si no me conociera con ojos de perrillo apaleado. Y no le pegué, claro. Pensé en Darth Vader arrodillándose ante el Emperador en El Imperio contraataca. Siempre hay alguien más malo. Y un montón de preguntas llegaron. ¿Quién es este ser, que a al villano de mi colegio lo tiene acojonado? ¿Cómo ha pasado U. de verdugo a víctima? ¿Qué le ha ocurrido durante el último año?

Dice la solapa de Barraca y tangana que Enrique Ballester nació en Castellón en 1983, así que, de entrada, no me tendría que caer bien. A los del ochenta y tres les exijo el doble, tienen que demostrar su valía para que pueda reconocerlos como uno más. Barraca y tangana es su nuevo libro, una recopilación de las columnas que escribió entre 2016 y 2018 en el periódico Levante-EMV. Ballester, ese mamón del ochenta y tres, ya me cautivó con Infrafútbol, pero ahora, con este compendio se ha convertido en una de mis predilecciones. A cualquiera que le guste el fútbol le doy la chapa para que se lo compre. Ante la nueva polémica de turno en el trabajo o en el bar, ya sea un penalti dudoso, el galimatías del VAR, un forzamiento de tarjetas, suspiro y pienso “léete El Libro Amarillo Mostaza, anda, a ver si aprendes algo”. Aquí el fútbol es lo de menos. Bueno, no lo de menos porque nunca lo es; impregna todas las páginas, es la mina de la que se alimenta su literatura, pero sería injusto reducirlo solo a un libro de fútbol. Es muy difícil descifrar qué es ese algo que algunas obras poseen. Podemos aproximarnos y enumerar parámetros racionales -pensados a posteriori- para explicar por qué nos gustan o nos dan repelús. Yo, por ejemplo, me he construido el parapeto argumental de que todo aquello que me encanta contribuye a desentrañar lo incomprensible y confuso de nuestra existencia; el misterio de la interacción humana, en palabras del director David Mamet. Así dicho, suena pedante, qué le vamos a hacer. Creo que una de las claves de mi adicción a Ballester es que utiliza el fútbol como excusa para contar la vida. Todo está narrado desde fuera, Ballester se encarna en testigo irónico, reflexivo y cómico. Y esa es otra de las claves: el humor. Corrosivo a veces, más blanco otras, pero siempre certero e inteligente. Ballester tiene ese algo con el que conecto de forma inmediata; desde la primera frase lapidaria del libro, la obra dialoga conmigo como si fuéramos amigos de siempre. Existe una cercanía, una sensación de sentirte como en casa. Ese sentimiento es fantástico, si no lo han experimentado me compadezco de ustedes. No sé qué tipo de reacciones químicas se desatan al leer o contemplar algo que te habla directamente a las tripas, pero produce la mayor sensación de bienestar del mundo. Estar en casa es llegar y que todo esté ahí. Meterme en la cama donde ya duerme mi novia que nació en el ochenta y tres, reunirme con los amigos para hacer nada, escribir esta mierda mientras me tomo un café igual de congelado que una grada de tercera. Desde ahora, también leer El Libro Amarillo Mostaza. Y los que vengan.

Tanto Infrafútbol como Barraca y Tangana han sido editados por Libros del KO.