EL RAYO BENIDORMENSE

rayo

El club debió de fundarse durante los años noventa en la abarrotada playa de Levante de la población alicantina, enfrente del Cable Ski. Puede que incluso mis padres, Dani y Conchi firmaran el acta sentados en la grada del Cable Ski, mientras comentaban las culetadas de los esquiadores. Como ven, se trata de un club de incuestionables orígenes obreros.

Dani y Conchi eran de Vallecas y seguidores del Rayo Vallecano. Como dios manda, supongo. También su hijo, que no recuerdo cómo se llamaba, y nunca estaba con ellos en la playa, ni siquiera en Benidorm. Aun así, ellos hablaban mucho de él. Puede que este tuviera mujer, hijos a su vez, y veraneara en otro sitio, no lo recuerdo bien; quizás los madrileños puedan escoger entre más de tres destinos para irse de vacaciones y no sean como nosotros, que por ley solo podemos ir a Cambrils, Noja o Benidorm. Dani y Conchi estaban jubilados, es decir, que eran bastante más mayores que mis padres. Conchi casaba con la clásica mujer española de su edad, no se me ocurre mejor definición. Miren a su alrededor y la verán. Dani lucía moreno limítrofe con un incendio, de galán ibérico tripón y anaranjado; tan chamuscado andaba que mientras hablaba con mi padre de la situación política, del GAL, del narcotráfico, del Logroñés y del Rayo, yo tenía miedo a que Dani se esfumara y se convirtiera en sombra de Hiroshima. Mi madre y Conchi charlaban sin parar en aquellas sillas infernales que pesaban como si tuvieran un esqueleto de hormigón. Siempre así, ellos de pie donde rompían las olas y ellas sentadas. Se conocían porque mis tíos también veraneaban en Benidorm y eran vecinos de toalla. Como mis padres compartían con mis tíos las mismas coordenadas para clavar la sombrilla, también compartían los amigos. Dani siempre me vacilaba con el Logroñes y yo me cabreaba mucho. Decía que era un club que no le importaba a nadie. Aunque lo comentaba solo para chincharme, ¡qué premonitorias palabras! Entonces yo entonaba el “¡Así, así, así gana el Madrid!” pensando, ignorante, que aquello le molestaría. Le recordaba también que Vallecas era un barrio. Muy grande a lo mejor, más que Logroño seguramente, pero un maldito barrio. Él se partía. Durante bastantes quincenas de agosto consecutivas, el Rayo Benidormense vivió feliz sus años dorados: ellos de pie, charlando, y ellas sentadas, charlando. Mi venganza llegó la temporada 93-94, cuando el Rayo descendió y el Logroñés se mantuvo. No hubo supervivientes.

Mi tía-abuela vendió el apartamento en el año 98 o 99. La andadura del Rayo Benidormense tuvo un final prosaico, sin épica, como suelen ser los desenlaces de las historias bonitas. Para el recuerdo quedan varias temporadas en lo más alto. Y un vínculo incrustado en el cerebro para siempre. Cada vez que veo o leo al Rayo, me vienen a la cabeza Conchi, Dani y su hijo, que no me acuerdo cómo se llama. Un rápido cálculo me advierte de que pueden haber muerto. Me gustaría imaginármelos en una playa, tomando el sol, en Vallecas.

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COSAS GUAYS (Invierno 2017)

ncc

Nuevo Catecismo Católico

La primera vez que leí Nuevo Catecismo Católico tenía once años y no me interesaban nada el rock and roll ni la religión. Debió de ser un día de junio de 1995; al menos eso dice el número cuatro de la colección de tebeos de Beavis and Butt-Head que publicó World Comics en España. En esta ocasión, los dos imbéciles se travisten para pelear en el barro con dos crumbianas amazonas americanas. Después de sus estúpidas aventuras, en la última página, la Doctora Michelín -un más que probable seudónimo- firmaba la sección cultural Tira de la cadena, un compendio sónico-cinematográfico aún incomprensible para mí, que solo me interesaban las viñetas, algún que otro libro y entrenar para convertirme en el nuevo Pelé. A NCC les dedica un párrafo del artículo sembrado de nombres como Green Day, Black Flag o Bouncing Souls. Transcribo mi reciente redescubrimiento: “Soy un aberrante y Esta vida apesta son dos de las canciones que incluyen en su primer CD. Se presentan con pose chuleta frente aun poster de los Ramones y le dan a un punk-rock honesto, versión de los Saints incluida. Al cantante se le entiende y además el tío afina (¡milagro!), la banda tira bien y si al batería le alejaran los platillos de las manos un par o tres de metros, tiraría todavía mejor. Se resienten de la producción flojeras. Seguro que ganan un montonazo en directo. Atentos pues. Edita Goo Records (se dice Gu)”. Ese atentos pues me encanta por su inocencia. Una vez conocemos las consecuencias positivas de algo todo lo anterior rezuma candidez, se convierte en cuento con final feliz. Si el desenlace es triste, el cotidiano pasado precedente a la tragedia se magnifica, son los últimos momentos y saltan los porqués. Aquí, enternece leer la reseña pensando en lo que vino después. A pesar de la producción flojeras Nuevo Catecismo Católico se convirtieron en la mejor banda de punk rock. Pero, claro, eso yo aún no lo sabía. Tardé seis o siete años más en darme cuenta.

La primera vez que escuché Nuevo Catecismo Católico tenía dieciocho o diecinueve años y no recordaba haber leído aquellas tres palabras jamás. Iba a la universidad y el punk, el rock y más desechos auditivos ya hablaban por mí. Seguramente los escuché tarde, como siempre. Además, fue a la vez que la banda nodriza La Perrera, todo mezclado como las noticias confusas y contradictorias que llegan de los frentes: “dicen que son los mismos”, “creo que son de Bilbao”, “pues tenéis que escuchar lo primero, es lo mejor”. Los discazos se sucedían sin nombre ni orden ni lista de temas. Como no tenía Internet, me fie de un colega que afirmaba que Aún no habéis visto nada era la maqueta. Viví un tiempo con aquella seguridad, me permitía iluminar al personal cuando alababan el primer disco homónimo o el En llamas o el Generación perdida. “Tenéis que escuchar la maqueta”, les decía. Que te gusten NCC no es raro si amas el punk y el rock and roll, si el cerebro funciona correctamente y todavía conservas tus facultades mentales. Son una verdad objetiva: su música está muy por encima de todo, sus letras acostumbran a vivir siempre en el piso de arriba y en directo son una apisonadora. El resultado son canciones redondas siempre, impregnadas de una cercanía que solo se logra a partir de la sencillez y la honestidad con uno mismo. Esto es muy fácil de decir, pero cuando te pones a escribir una canción te das cuenta de lo complejo que es concentrar todo lo que sientes o quieres contar en unos pocos versos. Lo barato es agarrar el fanzine de turno y repetir como loritos.

La última vez que vi a Nuevo Catecismo Católico casi me electrocuto con el micrófono durante un concierto apoteósico, aquí en mi pueblo. En noviembre me quedé sin entrada para su fiesta de veinticinco cumpleaños; volví a llegar tarde, como es habitual. Pero los ausentes podemos resarcirnos porque ahora acaban de publicar una antología compuesta por un CD doble lleno de rarezas, caras b y canciones en directo. Una oportunidad perfecta para estudiar las páginas secretas del verdadero catecismo y transmitir la fe. ¿Acaso no es esa una de las labores del creyente?

REYES

reyes

Ceci giró sobre sí misma.

—Hala, qué chulo.

—Mi autorregalo. Del Mango de gordas; la más pequeña, eso sí. No sé, igual lo cambio.

—Te queda fenomenal, yo me lo quedaba.

—Si me agacho se me ve hasta el pensamiento.

—Pues no te agaches. Queremos sopas y sorber… —Tamara alcanzó un paquete envuelto en papel de periódico—. Mira, para cuando llegaron a casa de Sanse sus majestades ya no tenían ni para pipas.

Sanse se recolocó sus enormes gafas de concha.

—Perdona, a mi casa vienen siempre los primeros, que yo soy muy monárquico para ciertas cosas; Burger King para comer, Royal Crown para fumar y King Size para amar —cogió su maqueta del Enola Gay escala uno setenta y dos—. Esto va a ser difícil de igualar.

Tamara rompió los titulares cruzados.

Oráculo manual y arte de prudencia. ¿Qué insinúas? Me encanta— Le besó en la mejilla.

—Eres demasiado buena para este planeta, Tamara. Se lo iba a regalar a Indio, pero vino al mundo con uno debajo del brazo. No cambies nunca.

—Gilipollas.

Ceci arrancó la etiqueta del vestido y se sentó en el hueco libre del tresillo.

—Mira cómo se sube. Su puta madre. ¿Y este qué? —alzó la voz— ¿Necesitas ayuda?

En la habitación contigua Indio se colocaba la americana gris. Salió al salón.

—Bueno, Rodolfo Valentino —Sanse silbó.

—No me veo yo con esto.

—Indio macho, si has nacido para llevar traje —dijo Ceci.

—Ya lo creo, Indio Evolution.

—Además, esto tiene que costar un pastizal.

—Es un regalo tripartito, no busques que no hay más —Tamara sonrió.

Indio frunció el ceño.

—¿Tú también?

Sanse encogió los hombros.

—Estas son las perpetradoras intelectuales; solo soy autor material, un tercio de responsabilidad. Yo, si fuera tú, no se lo perdonaba nunca.

—Es que eres muy difícil de regalar; no lees, no escuchas música, los deportivos son muy caros. Y hierba, me niego.

—Yo te quería cortar la coleta, que me pone negra.

Indio la sujetó como si fuera a desaparecer solo con mencionarlo.

—Ni de coña. ¿Desde cuándo fumas, Tamara? No te sienta bien Londres a ti.

Sanse rio.

—Ahí lleva razón, mira el rosáceo que te está saliendo en las mejillas. Ya casi has completado la transformación en cerdita Peggy. De belleza ibera a celta feúcha en cuatro años de té y fish and chips. Es que lo arruinan todo.

—Frena, guapo, que te meto el avión por el culo.

—Uf, pero igual de brava.

—Oye Indio —Ceci se levantó del sofá y se bajó el vestido—, ¿puedes darme el chándal? Solo un momento.

Dudó.

—¿Para qué?

—Tú déjamelo.

Indio volvió con él y se lo ofreció a Ceci. Esta abrió la ventana y lo arrojó. Sanse se congeló.

—Era de Adidas.

Sanse volvió a la vida rápidamente.

—De Adidas dice el señor de los bazares, el Indochino.

Tamara, boquiabierta, comenzó a aplaudir.

—Sí señora. El puto chándal de los huevos. Y no se lo ha tomado ni tan mal. Cierra, anda, que hace mucho frío.

—¿Cuándo os vais? —preguntó Indio.

—Pasado mañana.

—¿Hasta cuándo?

Ceci y Tamara se miraron de reojo.

—Eso ya…

Indió sacó el teléfono y marcó el número del mejor restaurante de la ciudad.

—Hala, pues ya está mi regalo. Pero si yo voy así disfrazado vamos todos de gala, ¿eh? Tu ya tienes el vestido, Ceci.

—Es que se sube.

—Voy a cambiarme ahora mismo.

—¿Y yo? Me podíais haber regalado el traje a mí, perras. A ver, ¿qué me pongo? Tengo esta —Sanse señaló su camiseta de Evil Dead—, la de Cannibal Corpse o la de Hellraiser.

UNA CIUDAD, UNA REGIÓN, UN DESPEJE

murcia

“¡A Murcia!” grita el Hervías cuando nuestro defensa se dispone a golpear el balón en el extrarradio del área. Si la patada es óptima, es decir, si el balón bota en el área contraria o, mejor aún, vuela fuera del campo rumbo a los Cameros o se introduce por algún vomitorio del fondo sur, entonces, solo entonces, el resto pronunciamos el título de este artículo. Es nuestro sin pecado concebida. Durante el aplauso comentamos la perfección de la parábola o la postura manierista del jugador al patear, si ha metido bien abajo el empeine, si se ha caído al hacerlo o se mantiene erguido con pose de atleta griego y sigue con la mirada el proyectil; y el sonido, ese ¡pum! como estallido de mortero que subvierte el association football, melodía de la necesidad de mandar a tomar por culo esa esfera diabólica y caprichosa. Y puntuamos el despeje, claro. Todo el mundo sabe que hay que rendirse ante un gran despeje, debemos inclinarnos ante su hechizo. La muerte por despeje defectuoso se lleva muchos equipos al año, quizás sea la primera causa de pérdida de puntos en las ligas no desarrolladas.

A tomar por culo y A Murcia son sinónimos de lejanía; la primera universal, la segunda local, de Logroño; de mis amigos más bien. No he estado jamás en Murcia capital ni provincia. Aparte de que está lejos, sé que hace calor y que -como a nosotros- le hacían una gala en la uno de Televisión Española. También, cada vez que leo o escucho la palabra Murcia me viene a la cabeza mi colega Alvis, encendiendo los grifos y tirando de las cadenas de los váteres del instituto antes de fumarnos el cigarrillo, escondidos en los servicios. “Que se jodan los de Murcia” decía con cierto sadismo a tenor de alguna polémica por el trasvase Tajo-Segura.

También está el Murcia. A pesar de considerarlo un mítico nunca le presté demasiada atención. Conocía el nombre de su estadio y poco más. Lo del estadio me atraía porque probablemente sea un topónimo, aspecto primordial para que un club me caiga bien; las personas desaparecemos y se nos puede cuestionar, nos pueden quitar y poner. Lo otro es eterno, posee la magia de lugar sagrado donde se reúne la tribu. Y un lugar no se puede equivocar.

Desde ahora soy bastante del Murcia. La culpa la tiene Luis María Valero, autor de Sed en La Condomina, un librito publicado por Libros del K.O. dentro de su colección Hooligans Ilustrados. Con librito me refiero solo a su tamaño, porque lo que hay dentro me parece monumental. Escribir de fútbol es escribir sobre la novela que se multiplica más allá del verde, de sensaciones y sentimientos que exigen al narrador precisión, calidad y alma. Valero tiene las tres; es un escritor buenísimo, sin duda, pero además es del Murcia y eso se nota, es el alma. Puede parecer secundario este dato y yo no tengo autoridad para hablar del Murcia. Es más, ¿quién soy yo para diseccionar el alma murcianista? Con el Murcia de Valero he sentido una conexión inmediata. La relación equipo-ciudad, la indiferencia de la mayoría de habitantes, la pertenencia a una sociedad secreta a la vista de todos, el murcianismo, una enfermedad incurable como otra cualquiera; puedes encontrarte mejor o peor, pero siempre serás portador. Desde La Condomina, el Murcia se extiende como una mancha de aceite por el resto de la península, por los estadios de Segunda división, por todos los grupos de Segunda B, por Albacete, némesis del murcianismo. Valero vertebra lo inefable y, como los buenos, hace fácil lo difícil. Logra explicarle al personal lo que la mayoría considera inexplicable: ser de un equipo. Sed en La Condomina me ha servido también como confirmación. Allí la canción es el séptima ciudad de España – séptimo puesto en Primera División. Aquí, el deberíamos estar en primera sí o sí. Es alentador comprobar que todo se parece.

PD: Luis María Valero escribe junto a Alejandro Oliva espléndidas y divertidísimas crónicas de los partidos del Murcia en el blog Mondo Moyano. Oro puro.

PÁNICO A LO NUEVO

starwars

En un lugar tan proclive al enfrentamiento, donde se niega el gris y te obligan siempre a escoger entre el hoyo o el bollo, he fundado un club selecto: los indiferentes galácticos. El haterismo gratuito del lado oscuro me repele tanto como las brillantes loas a la nueva trilogía, un poco surgidas contra lo primero y cebadas de optimismo desde su comienzo hace un par de años. Hay que actuar ya, pensé, no puede pasar un día más de inacción, existen millones de personas como yo, no estoy solo en la no muy lejana galaxia. Hablamos de Star Wars, por supuesto. Frivolidad máxima revestida de trascendencia mitológica. Con la infancia por medio, señores y señoras, la de varias generaciones. Si no les interesa el asunto les recomiendo que no continúen. Si aún no has visto el Episodio VIII te advierto de que puede contener spoilers.

Las sensaciones al salir del cine no fueron buenas, pero eso, hablando de Star Wars, no quiere decir mucho. Todavía me relamo al rememorar aquella bonita sensación tras ver el Episodio VII, mi sentencia “pues que me ha gustado”, recuerdo ese orgullo yo-no-me-escondo en la plaza Martínez-Zaporta. Sin embargo, de vuelta a casa, por el Espolón, ya caminando solo sin conversación que me distrajera, llegaron las sombras. A ver si JJ Abrams es un buen trilero. Por la estación de autobuses tuve la sensación de que me habían robado mientras sonreía y daba las gracias. En la cama me sentí sucio y no pude dormir. Volvamos a ayer. La impresión postcoital, como digo, nefasta. La película tiene un inconveniente que la convierte indefectiblemente en un bodrio. Dos horas y media. Media hora más que El Imperio Contraataca. Ya lo digo yo: sí, voy a comparar. No entiendo por qué está tan feo comparar si todos lo hacemos antes de comprar cualquier cosa, por ejemplo, o se es alto o bajo, grueso o delgado, listo o tonto en relación a algo. Resulta que se puede comparar todo, menos Star Wars. No me parece justo cuando se hace de forma bruta o interesada o dañina –“el George Lucas de Alberite”-, pero creo que es legítimo en el caso de una serie de películas que siempre empiezan igual. Es muy difícil competir con películas redondas como los Episodios IV y V; a Rian Johnson le toca bailar con la más fea, soy consciente y me apiado de él. Es decir, no quiero que muera lentamente ni agonice, no me cambio por él, pero tampoco voy a abanicar su supuesta “renovación” de la saga. Cuando se habla de novedad o renovación o nuevo siempre se asume que todo camina hacia adelante en progresión ascendente de calidad o bienestar, dependiendo del caso, que el cambio es algo “necesario” por anquilosamiento o invalidez de “lo viejo”, que lo viejo hay que dejarlo de lado y abrazar lo novedoso, aunque sea objetivamente peor y lo antiguo sea excelso. En el caso de Star Wars es así. Creo que todos estamos de acuerdo en eso, los seguidores de la luz y los de la oscuridad: no hay nada mejor que la trilogía original. No ocurre siempre. Existen remakes nuevos que los prefiero a sus versiones precedentes y películas actuales que me parecen maravillosas. Pero el principal problema de Star Wars es que la trilogía primigenia funciona como tapón, se convierte en techo cualitativo, el propio Lucas tampoco consiguió acercarse en la “segunda” trilogía. Volvamos otra vez. ¿Qué no me ha gustado de esta nueva entrega? El aire desenfadado. No digo que no sea revolucionario, puedo comprar el argumento, pero la batalla inicial trufada de chistes no ha conseguido arrancarme ninguna sonrisa, Luke tirando el sable láser me ha parecido patético, ese barniz humorístico no me encaja, algo falla y no sé qué es. El guion no es muy fino tampoco, los diálogos no son muy buenos, los personajes me siguen sin transmitir nada. Para mí, esto es clave. Los diálogos antes eran brillantes; reforzados por el carisma de Fisher, Hammill y Ford, cada línea se convertía en memorable. Aquí solo me logran remover algo Fisher y Dern, -curiosamente las actrices más viejas del reparto- y, quizás, Kelly Marie Tran, pero aún no estoy seguro, podría tratarse de otra farsante. Agradezco que los bichos no tengan mucha importancia, como los furbys o tamagochis que pueblan el Planeta Isla de Pascua. El Planeta Montecarlo me hizo tilín, pero cómo se han introducido ciertas ambigüedades de los rebeldes y de los malvados no me hacen tanta, me parecen martilleadas sin sutileza ni gracia, en papilla, así no masticamos, que cansa mucho. Esto es norma en muchísimas películas, no es solo una tara de Star Wars. La batalla del Planeta Sal nos recuerda su conexión con El Imperio Contraataca, también la aparición de Yoda. En fin, que no consigo ver ningún aspecto positivo. Quizás no existan o a lo mejor soy incapaz de verlos. Quizás todo sea más sencillo y no deba buscarle tres pies al gato. ¿Me hago mayor? Quizás con 34 años ya sea normal que esto no me guste. Me pasó con los superhéroes, a los quince años me dejaron de interesar. No sé. De momento he fundado el club. Si quieren unirse ya saben, rellenen la solicitud.

MATAR AL INDIO

calaveraindia

—Mí cerveza querer. Rostro pálido gustar, ¡ñam, ñam!

—Dios, qué original.

Indio se percató de que apenas quedaban plumas en el penacho de jefe de la tribu; se lo había quitado porque le picaban la nuca y la frente. A los pocos segundos de abrir el plástico, ya se cayeron la mitad al suelo del salón y de camino al Elepé perdió otras tantas.

—Gracias por venir. No te esperaba.

—Todos los días no se ganan premios importantes, Ariadna Monroe.

El vestido blanco de la película aquella, el corte de pelo y el maquillaje clavados, pero a Indio le sobrevino el rostro sin vida de la actriz, la foto famosa en blanco y negro. Ni los retratos de Warhol, ni una taza ni una whopper. Ariadna dirigía un programa de sátira que se había convertido en un fenómeno televisivo. Lo hacía todo; escribía los guiones y encarnaba a Blonde D’Ebote, la ingenua corrosiva que ajusticiaba personajes relevantes de la actualidad política con preguntas-bomba. Lo de Mejor programa de entretenimiento no hacía honor ni a la peor de sus líneas. Un cerebrito, Ari, además de una impecable gestora de fiestas. La escasa luz del local iluminaba a los asistentes distribuidos en corros. Drácula, Iron Man, un zombi y María Antonieta charlaban en uno cercano.

—Antes de nada, ya sé que me he puesto el lunar a la derecha, me acabo de dar cuenta. Pide lo que quieras. Aún falta mucha gente.

Escucharon un «enhorabuena» a su espalda. Ari se dio la vuelta y cosió a besos a Frankenstein. Indio aprovechó para ir al baño; preveía una velada aburrida, una pizca de anestesia no venía mal para soportar a tanto desconocido. Abrió la puerta y se introdujo en el cubículo. Dispuso una pequeña línea sobre la reluciente cisterna.

—Así que te follas a Ari.

Indio aspiró la coca y corrió el pestillo; dislexia súbita. Debía de ser el tal Manu, su amigo de toda la vida y amante durante las estaciones secas. Ella hablaba mucho de Don Perfecto; comprensivo, inteligente, puntal firme cuando murió su padre; compañero de viaje, le llamaba en plan cursi. Tras las esporádicas loas, Indio dudaba entre casarse con semejante sensei de la vida o emprender una campaña por la conservación de un ejemplar único, destinado al formol bajo el epígrafe «os lo perdisteis». Revisó su caño en el espejo, suspiró y se puso la escafandra para transitar la cruz de la luna, imperceptible a la mirada benévola de Ari. Llegó el cruce de cables, era inevitable. El Cantar de Mío Mimosín de Ariadna le había distraído; se lo creyó, cosas del amor. Y así andaba Indio; la barricada construida a medias, sin estrategia defensiva y con Míster Hyde montando guardia tras una miserable puerta de aglomerado. Y la otra puerta, la de salida, muy lejos.

—Abre, anda. Y ponme una.

Un sonido metálico acompañaba los cortos pasos del supuesto Manu.

—Es el de chicas. Y está lleno.

—Que te quede clara una cosita: aunque ya no esté con ella, Ari me importa mucho, ¿te enteras? Es mi amor desde la escuela, el primero; seguro que me comprendes.

—Me pierdo con las telenovelas, demasiados personajes.

—Ni se te ocurra joderla ni meterla en ninguna historieta, que ya sé de qué palo vas tú; de oca en oca, que te conozco.

—De oídas.

—Salió el listillo. Bueno, resumiendo: si le pasa algo a Ari, te meto dos tiros, payaso. ¡Ah!, y mudito te quiero, nene.

El tipo dio un golpecito en la puerta y volvió a la fiesta. Indio esperó un par de minutos antes de salir. Nada más verle, Ari Monroe interrumpió su conversación con Lara Croft y Miércoles; le hizo señas para que se acercara. Ambas le comunicaron las ganas que tenían de conocerle.

—Mira, ahí está Manu. Este a lo suyo, le digo que venga y ni puto caso. Otro sin imaginación; cómo son los maderos.

Entonces observó las espuelas de las botas, el pañuelo al cuello, el sombrero calado hasta las cejas, la barba de semana, la cartuchera del revólver, las puntas de la estrella de sheriff. Manu le miraba fijamente. A Indio solo se le ocurrió levantar la mano:

—Jao.

LA AMADA MUERTA

escudo

Marcelo Tejera agarra la pelota, se da la vueltecita, levanta la cabeza y efectúa un pase de treinta metros, raso y milimétrico, a lo De la Peña. Rubén Sosa centra de tres círculos y Manel bate al portero al primer toque. Justo unos instantes después, cuando los jugadores arropan al delantero de Sabadell durante la celebración, noto que mermo en la butaca del auditorio municipal y no quiero que nadie me vea. La carne se me ha puesto de gallina, cuesta contener la riada ante la infancia, expuesta tan sin avisar que olvidé prepararme para encajar el gancho emocional. La imagen muestra ese grano de vídeo doméstico de comunión o de boda, es el estuche negro de VHS sin etiquetar que encuentras en las postrimerías del armario. Un descubrimiento que revuelve la curiosidad, inesperado e ilusionante. Entonces pones la cinta y comienzan a desfilar los difuntos. Ahí están, los difuntos, parecen felices en su mundo de cinta magnética deteriorada; saludan a cámara o son filmados sin enterarse, observas sus gestos sin impostar. Los ves a ellos de verdad, recuerdas aquellos ademanes, reconoces los andares del fallecido, sus palabras. Te conmueve. Yo, además, me asusto. Me aterrorizan. Viven dentro de cajas de luz, atrapados, no pueden salir. Y menos mal, porque intuimos qué pasaría si lograran traspasar la pantalla o brincar fuera de las fotografías. Para ellos el tiempo se suspendió cuando se fueron; no siempre entienden que los vivos deben rehacer su vida, que su muerte fue inesperada y traumática o agónica, que se marcharon dejando infinito sufrimiento en los vivos; que morirse es fácil, pero causa un montón de molestias. No se acostumbran a que quienes nos quedamos tengamos que vivir. No se les puede culpar; supongo que la naturaleza superviviente del muerto anima su regreso. Con lo bonito que tiene que ser convertirse en recuerdo trascendental, exclamar sigan, sigan, apartarse de una vez y dejar de cambiar las cosas de sitio, de abrir y cerrar puertas de armarios o romper la vajilla cada vez que la incomprensión te carcoma. A una semana del Día de Difuntos, la amada muerta se escapa de la fosa-juzgado común y se presenta en el auditorio del ayuntamiento, con su vestido blanquirrojo hecho jirones, zombi perdida, irradiando reproches para quienes la confinaron a un triste vodevil. La no vida exhibe su dignidad ante las autoridades municipales, exjugadores, periodistas y el reducido cónclave de nigromantes que, a estas alturas de la película de terror, aún la recordamos mediante rituales que nadie comprende. “Tempus fugit, hincha mortuorio”, digo para mí. Mientras, en la pantalla, ella sigue mostrando recuerdos; Markovic marca el tres a dos contra Osasuna en Las -viejas- Gaunas. De ese solo sé que salió el sol. Llovía mucho, era una tarde asquerosa hasta que marcó Dejan su segundo tanto, el que certificaba remontada y permanencia, y se abrió un claro en el cielo. Me subí a las vallas para celebrarlo de manera ortodoxa -gritando y agitando los barrotes hasta la extenuación-; los rayos alumbraron el césped como a la virgen en la Anunciación de Fra Angélico. Visto de nuevo, el sol ya brillaba antes del cabezazo del serbio; la memoria no es una compañera fiable. De la nostalgia, esa morroputa caprichosa, mejor ni hablemos. Se siguen sucediendo los goles escogidos durante los años de Primera y, de repente, estoy corriendo entre las huertas de Varea. Algunos compañeros se han refugiado dentro de los recreativos del barrio para ahorrarse la paliza y fumar algún cigarro a ritmo de hadoukens; siempre les interesaron más las chilenas de Guile que las reales, aquellas que intentábamos sobre la superficie lunar del campo de tierra. Llevo la estrella de David en el pecho, encima del logotipo La Rioja Calidad, porque somos club convenido. Es lo más cerca que estuve de jugar para ella. Entonces aún vivía, era muy guapa, muy alta, muy lista, muy todo. Los chicos no entienden nada ahora, pienso. Pobres desgraciados.

Después de terminar la presentación, cuando se disponía a bajar del escenario, José Luis Gilabert volvió sobre sus pasos al atril, quién sabe si por temor a resquemores ultraterrenales; había olvidado comentar que su libro Una historia de Primera se lo dedicaba a su amigo fallecido, el entrenador Chuchi Aranguren, paladín del ascenso y primera permanencia. Uno de los culpables de mi gustosa infancia General de Pie.

La ilustración de cabecera pertenece al relato Cenaco de Diego Rioja, publicado íntegramente en el número 38 de La Chimenea Fanzine.