OLVIDADO HUÉRFANO BLANQUIRROJO

rayas

Cerca de mi casa hay una tienda de segunda mano y antigüedades cuyo escaparate siempre me reclama. Se despliegan ante el peatón multitud de instrumentos mesozoicos -algunos de uso enigmático-, revistas, prensa y libros quebradizos, enormes radios de madera; es -como lo son todas- al mismo tiempo vergel antediluviano y cementerio de utilidades. Paso mil veces por ahí y no puedo dejar de mirarlos. Me gusta cómo exhiben su orfandad dignamente, cómo te miran con sus ojos de metal ennegrecido, de letras que emergen del Mar Amarillo, de instantáneas en blanco y negro con peinados yeyés. Muestra la vida cotidiana de una ajena civilización extraterrestre pese a que los seres que aparecen fotografiados o ilustrados se parecen mucho a nosotros. Aunque el escaparate es cambiante -con frecuencia caótica, eso sí- hay siempre una temática que parece inamovible. No son las novelas de duro, que se imprimieron ejemplares para lectores de varias galaxias, ni los abrecartas ornamentados con profusión, ni material bélico superviviente a guerras pasadas. La estrella de David, con su aureola blanquirroja, ilumina el escaparate desde sus rincones. A veces lo hace incrustada en un banderín triangular o en una gorra de tela efímera, en una bufanda que giró más que un tiovivo, en un disco de vinilo; otras desde la mismísima camiseta, encima de Cajarioja o La Rioja Calidad. Hay algunas cosas que yo creo que son pre-Primera División, anteriores a mi nacimiento; tendré que preguntarles a los del pañuelo. Parado frente al cristal reflexiono sobre el paso del tiempo, así, pedantemente, mirando memorabilia del Logroñés, que dirían los yanquis. Me imagino a sus dueños enterrados empujando la losa del nicho para recomprar lo que fue suyo. Veo a descendientes jóvenes del Madrid y del Barça observar las rayas blancas y rojas con incomprensión. ¿Qué demonios es esto del abuelo? ¿Alguna peña del pueblo? ¿Algo de Franco? No tengo ni idea, pero seguro que si lo vendemos nos dan una pasta puesto que hay frikis de todo. Otros se deshicieron del cuerpo por la puerta de atrás, lo arrojaron al Ebro por la noche, envuelto en una alfombra con otro escudo; el penco ya no corría las grandes carreras y uno se cansa de tanto fracaso. Sobre todo si es palafrenero y se cree caballo de oros. La verdad es que hay pocas seguridades. La enfermedad, la muerte y el olvido. El Logroñés ha pasado las dos primeras metas volantes. Se resiste al olvido, aunque es una pelea estéril. Calculo que quedan unas tres generaciones, cuatro a lo sumo, que puedan glosar los años del Club Deportivo. Me invade un agobio horroroso. Si al Logroñés -que es lo más grande que ha habido-, le queda tan poco, ¿qué va a pasar conmigo? Mis pobres padres fallecerán algún día y, si no dejo descendencia, puede que desaparezca con mi generación. Uy, tengo que hacer algo para estirar el despotrique sobre mí un poco más. Tengo que destacar en algo.  Hijos. Buf. Escribir un libro famoso. Más o menos fácil, pero que sea famoso es muy complicado. Inventar algo que haga bien al conjunto de la humanidad. Tela. Y ya no sé más métodos para trascender. Positivamente, claro; preferiría ser recordado como tonto que como cabronazo. Sigue buscando. Ya está. Si le funcionó al Logro me funcionará a mí. ¡Subir a Primera División! La gente me celebrará en Murrieta sin camisa, se caerán de la emoción rondas enteras en mi honor sobre los adoquines de la calle San Juan, San Agustín o Laurel; las chicas se pintarán mi foto de carné en las mejillas, entornaré la vista como el Che Guevara en pósteres en residencias de estudiantes. ¡Hasta me pondrán una calle larga como al Logro! Espera, no tan rápido. Respira hondo y piensa. ¿Existe una Primera División de las personas?

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HAY QUE TENER UN PLAN

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Tata dividía a la gente en cachondas e imbéciles. Esa es una cachonda y su novio un imbécil, soltaba cuando su interlocutor introducía los protagonistas de la conversación o aparecían de improvisto. Manchaba como el fueloil: Lo que te digo, un imbécil y la otra, ya sabes… Aquella tarde les tocó a Sanse y a Ceci representar a la humanidad.

—A ver, lo que pasa es que Sanse no ha trabajado en su puta vida, no me jodas. Si aún vive con los viejos, Indio… Hay que andar más vivo, coño, que no le corre sangre por las venas. Todo el día a mesa puesta, como un Pepe, y aún se queja.

Cruzaron el paso de cebra hacia el bulevar. Tata miraba para todos lados acelerando el paso. No se paró ni a vacilar con la cachonda de ACNUR que los emboscó. Le debía de perseguir Lucky Luciano.

—Habló el de los treinta días cotizados.

—Yo me busco la vida, primo. Me llevo cosas de sitios para llevarlas a otros sitios. Soy como los camiones, los trenes o los barcos. Pero no me cambies de tema, que estamos despellejando a Sanse. Que, ojo, podría partirlo que alucinas, ¿eh? Porque es superlisto, el mamón. Más que tú, Indio, sin ofender. Lo que pasa es que no quiere; es como Guti, que pudo ser el mejor del mundo, pero no le salió del cimbel. No me entra en la cabeza eso, primaco. Tanta carrera, tanta ingeniería, tanta filosofía, para acabar machacándosela con el portátil, lo único que le entretiene, al mono salido, porque hará un par de generaciones que no cata hembra, y yo para las letras no, pero para lo femenino tengo la memoria de mil elefantes, que sería con la Ceci si te descuidas, le dejaría servirse un poco de marisco cuando el instituto, por pena, que a mí chapó, alguien tiene que interesarse por los necesitados y yo ando fuera de cobertura, anda que no se ha ganado el cielo, otra que todo lo que tiene de lista en la azotea lo tiene de pringada en el sótano; mira, pues la Ceci no es una cachonda, al menos no todo el rato, que eres un hablador, pero el maromo es imbécil al corte, no tiene ni dónde caerse muerto y viene y se lleva una de las perlas del barrio, vamos hombre, no me jodas, por las pocas que podíamos inflar un poco el pecho, coño, que yo cuando la veo vestida de Ally McBeal, con sus taconcitos, tipi tipi, su maletín y conduciendo el Bemeuvito se me saltan las putas lágrimas, fuera bromas, y le alabo el gusto, aquí todo son habladurías, ya sabes; se van siempre los mejores, ¿cómo no vas a pirar?, es lo que le pasa a Sanse, si vales y te quedas te hunden los hijos de perra, así somos, funcionamos como un remolino que traga poco a poco, somos las pesas en los tobillos, capaces de ahogar a Michael Phelps si nos ponemos. Llega un momento en el que el barrio solo es bueno para recordarlo y, para eso, hay que largarse; mira a Sanse, venga leer sin parar, que de tanto libro va a dar en loco como el puto Lazarillo de las pelotas y escribiendo unas chapas que no las entiende ni Jesucristo, eso solo funciona más allá de las vías, lo sabe cualquiera, hay que tener un plan, que se alquile un pisito bien lejos, aunque, claro, para eso tiene que trabajar, que habrá que verlo por un agujero en el curro, o que haga como la Tamara, que se ha ido con los ingleses y los ha puesto firmes, por algo será, a ver si ahora van a ser tontos los ingleses, primos hermanos de los americanos que dominan el mundo, ¡zas!, otra cremitas que nos han sisado; una cosa te digo: si tengo yo ese coco, aquí iba a estar, no te jode, viéndote el puto jerol. Los huevos. Salgo zumbando para algún país panchito, que allí a los extranjeros los tratan de puta madre, invento algo que alucinas, la bici que aparque sola, y me voy a Miami con Julio Iglesias a ponerme amarillo de follar, lo primero es lo primero. Plis, mor, guimi mor, oh Tata, yes beibi. Flipas. Y luego vuelvo más rico que Dubai y planto en medio del puto barrio un palacio que se vea desde la estratosfera, cuyas casas, porque tendrá bastantes, formen un inmenso “JODÉOS” que pueda leerse desde el espacio. Dime que no es un buen plan. Lo tengo pensadísimo todo, primo. Solo tiene un fallo: yo.

Tata se detuvo frente al paso de cebra que apuntillaba al bulevar.

—¿Qué haces?

—A partir de aquí no puedo pasar. Que me matan.

PINTURA DE CAMUFLAJE

camaleón

Sanse arrancó de nuevo el Cinquecento de su primo. Trazó eses afiladas de grupo jevi y se detuvo al rebasar la última farola. Indio bajó la ventanilla para liberar la humareda.

—Vaya ruina.

El copiloto le ignoró.

—Bueno, ni tan mal. Venga, ahora al revés. Mueve esa mano, que la tienes de palo.

—¿Marcha atrás dices? Ni de coña, ¿y si me quedo embarazada? Me cago en todo, ¿por qué me llevo tan mal con las máquinas? Parece que solo funcionaran tras notar la aspereza de años de trabajo manual y, cuando las cojo, detectaran que las mías no tienen callos y se negaran a trabajar, las hijas de puta.

—Chico, qué exagerado, los ordenadores se te dan bien.

—No, en serio, tron —Sanse apagó el contacto y volvió el rostro hacia su amigo—. Creo que he vivido sin saber lo que quiero, sin preocuparme por nada más que mis putos tebeos, mis libros y discos; mis basurillas. Soy un hombre de una cultura inmensa, lo he conseguido, hurra por mí; puedo recitarte cronológicamente la filmografía de Ingmar Bergman, conozco el apellido del que llevó los cables en Ben-Hur, a qué colegio fue cualquier fluffer de los setenta. Ostia puta, tengo tres carreras y una memoria prodigiosa para lo irrelevante. Pero te envidio, Indio. A buenas, ¿eh? Y no porque las pongas en fila, eso me la suda. Tú eres resolutivo, práctico: se rompe algo, lo arreglas y a otra cosa. Es lo que hacen los tíos; mi viejo, por ejemplo, tú… A mí hasta cambiar una bombilla me da ansiedad, me paralizo y se me queda cara de subnormal; soy tan torpe que tengo que llamar a un tipo de verdad para que lo haga y, entonces sí, escribo un libro sobre ello. Muy bonito a lo mejor, y con suerte contendrá un par de frases ingeniosas que luego me avergonzarán. Soy anecdótico, tron. Y un farsante. Un tío de cartón piedra.

—Joder —encendió la chusta—; solo llevas dos días trabajando, cinco años sin conducir y tres meses con Lucía. Deberías estar feliz y, sobre todo, más tranquilo.

—No vuelvas a pronunciar esa puta palabra. A ver, te estoy contando que no sé ni por dónde me da el aire y me respondes como un conocido en un paso de cebra. ¿Y si se dan cuenta en el trabajo de que no soy como ellos, que no sé hacer nada? Por lo que veo, Lucía es otra inútil como yo, ¿qué pasará cuando me pida que le arregle la cisterna del váter o un puto radiador? Se van a dar cuenta. Tengo miedo, Indio. Auténtico pavor a que me descubran y todo se vaya a la mierda, a que en el curro no me acepten… O peor: ¿y si a Lucía, como a las putas máquinas, se le antojan de repente las manos ásperas? De momento —golpeó el volante—, este italiano cabrón ya me ha pillado.

AL MUÑECO

al muñeco

1

Son cuatro palabras: solo contra el portero. Ahora el término más extendido para designar la situación es mano a mano, pero yo sigo llamándola de la manera antigua, que tiene sabor a western clásico; ese solo añade el dramatismo y épica necesarios para ilustrar un trance del juego donde las pulsaciones se disparan, el agua se congela y los lácteos se cortan. Mano a mano no me transmite la gravedad del momento, la tragedia que envuelve a un jugador de campo enfrentándose a ese marciano que puede tocar la pelota con las manos. La locución incluso tiene una acepción que significa en familiaridad o en compañía. No. Estar solo en un deporte colaborativo como es la vida suele ser una putada. Lo sabe bien cualquier entrenador cuando a su defensa le hacen el dos para uno.

2

Solo es la ausencia de compañía, supone correr detrás de la pelota sabiendo que no puedes esperar a que ningún amiguito llegue a tiempo a sacarte las castañas del fuego o a fallar por ti, es preguntarte por qué te ha tocado la china de tener que llevar esa mierda que rueda en ese preciso momento, tú que eres lateral derecho y no has estudiado para ello. Es el fatum latino más básico (después de los penaltis), ¿qué determinará la fuerza oscura? ¿Clímax o depresión? Sabes qué mieles esperan a los héroes; si la bola empuja las redes, de paso también impulsará la exigua natalidad de este envejecido terruño, provocará que el Consejo de Ancianos de Preferencia, los del pañuelo más rápido a este lado del río, se alcen de la poltrona con la cadera convaleciente para jalearte, endulzarás la semana de la tribu hasta el domingo siguiente, cuando el polvo que levante el autocar de los mamones de la cueva de al lado empañe otra vez el horizonte.

3

¡Solo! te gritan tus compañeros por si aún no te habías dado cuenta de que en ese preciso instante lo eres todo. ¡Solo! rugen los que aún no están mordiéndose la bufanda o demasiado concentrados en mantener a raya los esfínteres y la vejiga en la grada. ¡Solo! canta el coro de niños recogepelotas, en pie a punto de sacarse el peto fosforito y lanzarlo por los aires. ¡Solo! grita tu abuela difunta en la foto del viaje de novios a Madrid. ¡Solo! te avisan los quintos de tu tío desde una instantánea tomada en El Aaiún en 1960. ¡Solo! como un grito cósmico estremecedor que atraviesa la Vía Láctea.

4

El portero, ese bastardo. Ahí está, siempre parece imperturbable, parece saber algo que tú desconoces. ¿Utilizará algún truco de telepatía que le enseñó un antiguo entrenador soviético? Recuerdas las palabras del tótem Ronaldo Nazario. Meter gol es fácil; solamente hay que poner el balón en el sitio contrario al que se va a tirar el portero. Estás cada vez más cansado, ya casi no distingues nada, tu corazón ha batido el récord de pulsaciones. ¡Lástima que en París no entreguen el Coeur D’Or! ¡Este año que te iba a votar todo el mundo! Cargas la pierna para pegarle fuerte, da igual dónde, pero por lo menos que vaya fuerte.

5

Le das al muñeco. Toda tu vida representada en décimas de segundo, tus difuntos pendientes de ti y tú vas y le pegas al muñeco. Al hombro. ¿O ha sido en el muslo? ¿Quizás la pelota impactó en el vientre del portero? ¿En su entrepierna? ¿En la cara? ¿Le dio de refilón a una de sus orejas desviando lo justo la trayectoria? Ha sido tan rápido que ni te has percatado. Te llevas las manos detrás de la nuca. Sabes que la has tenido. Esperas que los del pañuelo, que ya vuelven a ser monarcas sedentes, se apiaden de ti y no te silben mucho.

COSAS GUAYS (Primavera 2018)

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La URSS

No me gustaban mucho.

Debió de ser cuando sacaron Producto, el primer disco suyo que escuché. Yo salvaba aquel trabajo por los textos impregnados de repelente anti-lo de siempre. “Personales”, como dice la crítica musical exprés de las redes cuando el bocado no atraviesa el gaznate a la primera o no le interesa tomarse en serio a sí misma, por incapacidad o dejadez. Recuerdo poner el disco muchas veces, admirar las letras y flagelarme porque la banda no me gustaba lo suficiente. Y tenían que gustarme más. ¡Con ese nombre! Su semejanza (a ratos) con Larsen me impedía disfrutarlos plenamente. A Larsen “los odio” porque compusieron Frontera francesa, emblema que las bandas punks riojanas activas hace veinte años utilizaron para rematar al respetable tras acribillarlo con ráfagas de interminables días en Texas.

Quizás debería concretar qué significa no me gustaban mucho. Al principio, también hace veinte años, ni beber cerveza ni fumar me agradaba demasiado. Intentaré explicarme mejor. Si hiciéramos una media aritmética de los parámetros punks y musicales, La URSS de Producto pasaría el corte de largo, situándose a años luz de la mediocridad. Aquel disco era mucho mejor que la media de discos punks. Sin embargo, yo aún no había entrado a su mundo. No encontraba el acceso. Y creo que los andaluces no habían abierto el portal definitivo a su particular reino, desbrazado el oculto sendero a sus dominios; todavía no habían publicado Sonidos de un derrumbe.

Suena tópico. Es a partir del LP de 2012 cuando La URSS anexiona mi país para siempre. A lo mejor no supe verlo antes. También contribuyó su directo, claro. Y el conocimiento de lo que tienen entre manos. La URSS moldea a placer esa materia punk primigenia; un mineral fácil de extraer, pero cambiante y extraño. Ellos lo conocen a la perfección, cómo reacciona ante los diferentes estímulos, al frío y al calor, a la luz y a la oscuridad; es el material con el que se construye la gramática del punk. Lo refinan, eliminan el rock para levantar un esqueleto antiguo recubierto de nuevas pieles y músculos, nueva carne, novedosos órganos que insuflan vida a una criatura ausente en los bestiarios. Es necesario dominar la sintaxis para identificar los elementos básicos y destruir lo conocido, las piezas que habitan el estilo, para construir lo nuevo. Luego llegó Maravillas del mundo. Más de lo mismo, más perfección y sabiduría.

Como La URSS se empeñan en seguir vivos y sacar discos, ahora acaban de lanzar Nuevo Testamento. Aquí se podría decir que la banda por fin tiene la producción que se merece o que Nuevo Testamento supone su consagración. Yo simplemente veo a una de las mejores bandas de punk recorriendo su camino, publicando discos buenísimos, potenciados por una gráfica exquisita y un discurso magnético. Ellos lo han diseccionado en este artículo, así que no escribiré demasiado del álbum.

Ya sé que soy muy pesado repitiendo siempre el mismo mantra. Me alegra que las bandas que me gustan continúen haciendo discos geniales.

 

El nuevo disco de La Urss se llama Nuevo Testamento y lo ha publicado Humo en España y Todo Destruido y Discos MMM en Estados Unidos.

ESTO ERA OLD FIELD

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Si usted ha experimentado alguna de las siguientes sensaciones en algún momento de su vida, le recomiendo que acuda a su médico de cabecera de inmediato; puede que el mal todavía se encuentre en una fase de incubación y, con la ayuda de un profesional avezado, pueda salvarse de una filia dañina que determinará su existencia futura. Se desconocen los factores externos que espolean el desarrollo del Síndrome de Fascinación por el Patatal (SFP). Tampoco si la genética interpreta a la víctima o al asesino en esta película de terror mil veces repuesta. Se cuentan por millones las personas que lidian a diario con la incomprensión que genera este misterioso desorden neuronal. Tus compañeros de viaje no entenderán porqué tienes que desviarte de la ruta turística convencional para contemplar un olvidado terreno de juego, a menudo engullido por la naturaleza y cuyos asientos son capital mundial del tétanos. ¿Por qué vetustos campos de fútbol se están llenando de visitantes plantados en la línea de banda como pasmarotes? Esto no es tan raro, dirán los más ingenuos, si acuden a ver un partido. El problema es que la última vez que se jugó al fútbol allí, el balón era cuadrado y de granito. ¿No sienten ya escalofríos?

Seguro que desgraciadamente tienen amigos o familiares afectados por esta tara. Poco se puede hacer por ellos hoy, aparte de acompañarles en sus visitas para que no se despeñen por un barranco a diez centímetros de donde ondeó un raído banderín de córner. Sin embargo, podemos anticiparnos a la enfermedad y, cuando observemos los primeros síntomas, comenzar una terapia de choque con algún otro deporte o afición no muy extendida. Se recomienda mucho el tenis porque, al contrario que con los descuidados rectángulos verdes, solo existen pistas en poblaciones con un número considerable de habitantes. Imagine que se va con su pareja enferma de fin de semana rural. Sin televisión, sin internet, sin vida; el plan perfecto; comer, beber, amar y vuelta a empezar. Es muy probable que en el destino escogido exista o haya existido alguna vez un campo de fútbol o algo que se le asemeje. Infórmese bien antes de contratar el alojamiento porque al enfermo no le costará mucho averiguar dónde se encuentra preguntando a los nativos de cierta edad. De hecho, los autóctonos se sorprenderán ante el requerimiento de unos urbanitas como ustedes y, con toda probabilidad, volcarán sobre el paciente una montonera de datos que no le harán bien, sobreexcitándole para lo que resta de jornada. Incluso puede que le acompañen en la búsqueda de la tierra prometida, produciéndose situaciones incómodas, semilla de un final tipo Perros de paja. Tenga cuidado. Estas son las habituales frases y comportamientos que denotarán el posible nacimiento del síndrome en nuestro ser querido.

-Cuando conduce y ve los focos de un posible estadio, aparta la mirada de la carretera para contemplarlos embobado. Si no conduce, se queda ensimismado hasta que se pierden en el horizonte.

-Huye de las visitas arquetípicas. Introducirá en la conversación su único interés constantemente mediante frases como “no me importaría ver el campo del equipo de aquí”, “hay un paseo precioso hasta el campo de fútbol” o “pilla de camino a la ermita de Nuestra Señora de Torremoñeco, importante vestigio románico visigodo”. Haga caso omiso, el enfermo puede ser muy zalamero con tal de conseguir sus propósitos.

-La contemplación del terreno de juego apela a su nostalgia de la niñez. El paciente, cautivo de su enfermedad, rememorará su esmirriada carrera futbolística fenecida en juveniles. Elogiará aquellos campos de fútbol similares al que ve, dulcificará superficies más pensadas para celebrar carreras de Sojourners que para practicar el fútbol. Dependiendo del carácter y edad del enfermo, puede que se sienta como un veterano de guerra caminando entre la prosperidad de la vida surgida sobre el antiguo campo de batalla, donde solo conoció la muerte y la desolación. El enfermo entornará entonces los ojos y, muy envarado, afirmará que “este campo representa el auténtico fútbol, el de la lucha, la bravura, el choque de cráneos, el ruido de tibias partiendo, los tobillos en escabeche y muslos en unidades de quemados; las infecciones por chinitas que hibernaban en nuestras heridas, el bronceado de yodo, los dorsales de precinto, las pituitarias adictas al Reflex, las duchas con agua de Bering, la teba camino del entrenamiento, la Private rotativa, el bote de física antinatural, la ausencia del mismo cuando la ciénaga reclamaba los cuerpos, el barro reseco en la manta de suplentes, váteres con olor a meado por más que se limpiaran, la manga de la sudadera atufada de Cloretilo, camisetas torturadas por el logotipo de la empresa patrocinadora, los petos que hedían a kilómetros; los tiempos del pensamiento único llegar-es-poner. Ahora todo es diferente, juegan en tapetes, no tienen ni idea de lo que es sobrevivir a Old Field. Se me ponen los pelos de punta solo de pensar que aquí jamás se dieron dos pases seguidos, puedo percibir millones de peinadas fantasmagóricas, es más, las puedo ver; puedo ver más allá de esta realidad, soy capaz de observar los despejes que casi llegaron a la carretera general, puedo ver a los niños buscando balones entre la maleza. Porque sí, cariño, esto que tienes delante, este erial desconocido para la humanidad, esto es Old Field. Porque en cada rincón del planeta, por muy alejado o repugnante que sea, por muy desconectado que esté del resto globalizado, hay, hubo o habrá un Old Field. Y sí, amor: quiero verlos todos”.

 

EL RAYO BENIDORMENSE

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El club debió de fundarse durante los años noventa en la abarrotada playa de Levante de la población alicantina, enfrente del Cable Ski. Puede que incluso mis padres, Dani y Conchi firmaran el acta sentados en la grada del Cable Ski, mientras comentaban las culetadas de los esquiadores. Como ven, se trata de un club de incuestionables orígenes obreros.

Dani y Conchi eran de Vallecas y seguidores del Rayo Vallecano. Como dios manda, supongo. También su hijo, que no recuerdo cómo se llamaba, y nunca estaba con ellos en la playa, ni siquiera en Benidorm. Aun así, ellos hablaban mucho de él. Puede que este tuviera mujer, hijos a su vez, y veraneara en otro sitio, no lo recuerdo bien; quizás los madrileños puedan escoger entre más de tres destinos para irse de vacaciones y no sean como nosotros, que por ley solo podemos ir a Cambrils, Noja o Benidorm. Dani y Conchi estaban jubilados, es decir, que eran bastante más mayores que mis padres. Conchi casaba con la clásica mujer española de su edad, no se me ocurre mejor definición. Miren a su alrededor y la verán. Dani lucía moreno limítrofe con un incendio, de galán ibérico tripón y anaranjado; tan chamuscado andaba que mientras hablaba con mi padre de la situación política, del GAL, del narcotráfico, del Logroñés y del Rayo, yo tenía miedo a que Dani se esfumara y se convirtiera en sombra de Hiroshima. Mi madre y Conchi charlaban sin parar en aquellas sillas infernales que pesaban como si tuvieran un esqueleto de hormigón. Siempre así, ellos de pie donde rompían las olas y ellas sentadas. Se conocían porque mis tíos también veraneaban en Benidorm y eran vecinos de toalla. Como mis padres compartían con mis tíos las mismas coordenadas para clavar la sombrilla, también compartían los amigos. Dani siempre me vacilaba con el Logroñes y yo me cabreaba mucho. Decía que era un club que no le importaba a nadie. Aunque lo comentaba solo para chincharme, ¡qué premonitorias palabras! Entonces yo entonaba el “¡Así, así, así gana el Madrid!” pensando, ignorante, que aquello le molestaría. Le recordaba también que Vallecas era un barrio. Muy grande a lo mejor, más que Logroño seguramente, pero un maldito barrio. Él se partía. Durante bastantes quincenas de agosto consecutivas, el Rayo Benidormense vivió feliz sus años dorados: ellos de pie, charlando, y ellas sentadas, charlando. Mi venganza llegó la temporada 93-94, cuando el Rayo descendió y el Logroñés se mantuvo. No hubo supervivientes.

Mi tía-abuela vendió el apartamento en el año 98 o 99. La andadura del Rayo Benidormense tuvo un final prosaico, sin épica, como suelen ser los desenlaces de las historias bonitas. Para el recuerdo quedan varias temporadas en lo más alto. Y un vínculo incrustado en el cerebro para siempre. Cada vez que veo o leo al Rayo, me vienen a la cabeza Conchi, Dani y su hijo, que no me acuerdo cómo se llama. Un rápido cálculo me advierte de que pueden haber muerto. Me gustaría imaginármelos en una playa, tomando el sol, en Vallecas.