Categoría: Vademécum espiritual

TARROS Y TACOS

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Me di cuenta en Salamanca en 2004. Ya había dado algún garbeo por Europa con unos amigos, así que -pensaba yo, un poco flipado- la geografía española no escondía ningún secreto para mí. De repente descubrí que el secreto era mi procedencia. Minúsculo terruño eternamente fronterizo, nadie sabía muy bien dónde estaba Logroño; si era una provincia vasca, si se erigía al lado de Pamplona, si era un barrio de Zaragoza o la quinta provincia gallega. Muchos se referían a los cuatro monos riojanos que pululábamos por la facultad como esos del norte. Como el bonito. Me encanta la expresión del norte, que abarca desde Finisterre a Creus y desde Santander a ¿Soria? Recuerda, no sé por qué, a cuando aquí decimos del sur. Me di cuenta paulatinamente, no fue una revelación; lo que en realidad significa del norte es que el sujeto no es vasco, ni asturiano, ni navarro, ni maño, ni catalán, ni gallego. Es decir, que el individuo procede de un lugar sin rasgos distintivos poderosos. A los cántabros, emparedados entre dos monumentos a la identidad, sospecho que les ocurre algo parecido.

La mejor -quizás la única- definición de riojano la da Patricio Escobal en la introducción para el lector anglosajón de sus memorias Las sacas: «es generalmente industrioso y alegre, buen bebedor y gran jurador». Aun teniendo en cuenta que al definir un grupo de personas siempre te equivocas, me parece bastante acertada. Yo añadiría que además padece una obsesión enfermiza por meter alimentos en tarros. Si se lo propusieran, mis paisanos serían capaces de embotar una ballena sin trocear o un triceratops con cuernos y todo. Pero vamos a sacar la lupa. Los tacos. Esto da para libro gordo. Y es que -aquí sí que me la juego- no creo que haya muchos sitios donde las palabrotas se relacionen tan bien entre sí, se digan con tanta naturalidad y fluyan nutriendo un torrente imparable. ¿No lo ven en carteles a pie de autovía? T&T. Tarros y tacos. ¿A qué chorra esperas para venir? Hostia ya. O mejor aún: Donde hasta los curas se cagan en Dios. No te la pierdas. O Descubra la Cimmeria con viñas… Convendrán conmigo en que basar la identidad de una sociedad en la proliferación de botes de cristal y en jurar hasta dormidos no tiene mucha miga. Podría interpretarse como una identidad débil, y es cierto. Para qué negarlo. De hecho, este aspecto me fascina. Porque, ¿qué es un riojano? ¿Seres monolingües que al trasluz podrían verse como vascos totalmente romanizados o castellanos asilvestrados? Surgen problemas: dependiendo de la hora del día el riojano puede parecer incluso un navarro o un aragonés. Este déficit identitario provoca un provinciano orgullo, bastante enclenque, enternecedor y peligroso; habrá discrepantes que piensan que La Rioja es La Rioja desde que la cubría el mar de Tetis. Cada uno puede creer lo que quiera, faltaría más; pero ocurre que tengo un método científico que demuestra la veracidad de la pamema que les cuento. Se llama La Trampa Berona. [música de misterio]

La Trampa Berona parte de la siguiente base: cuánto más fuerte es una identidad, más caricaturizable es. Llamen a un amigo que dibuje más o menos bien. Todo el mundo que sabe dibujar algo puede hacer una caricatura aceptable. Empiece así, suave, pídale que dibuje un vasco, para que su amigo exclame «¡chupao!» y se recree sombreando el rabito de la chapela. Luego continúe con un andaluz, para que el desdichado se entretenga garabateando dos buenas patillas. Y luego, a traición, cuando se encuentre cómodo y confiado, golpéele sin contemplaciones: dígale que dibuje un riojano. Y sin trucos, sin botella de vino en la mano ni hojas de parra en las sienes ni coloretes.

¿Qué tal van? ¿Aburridos ya? Pues ahora viene lo mejor. Sí, lectores míos, a estas alturas van a descubrir la verdadera razón de estas cuatro líneas: el fútbol. Lo siento de veras por aquellos que lo odien. Pueden parar aquí. ¿De verdad pensaban que todo este ladrillo sobre la identidad construiría alguna conclusión seria?

El Logroñés se consagró como otro rasgo característico riojano reconocible por el resto de habitantes gracias a su década dorada de los 90. No me acuerdo porque era muy pequeño, pero supongo que sería como un Éibar hoy, que a todos agrada porque es un club enano y no supone peligro para ningún equipo consagrado y mayor. Nos gusta identificarnos con los tuercebotas defensores de la aldea gala (lo verdadero, la esencia incorruptible) de los canallas millonarios de la Champions, mercenarios de Blackwater al servicio de la FIFA; es un mecanismo narrativo básico. Durante unos años el Logroñés contribuyó sin querer a apuntalar el riojanismo -suponiendo que exista- en un sitio con afinidades deportivas peculiares -la mitad de la Rioja Baja es de Osasuna-. Lo mismo en la capital, donde ser del Logroñés siempre ha suscitado mofas más que otra cosa, sobre todo a partir de la Gran Caída. El difunto Club Deportivo lo tenía fácil para atraer fieles: un escudo enigmático pero sencillo de dibujar -obra de un masón, ¡toma ya!-; un himno grandioso, los mejores versos jamás escritos, con una advertencia incluida –Según me traten trato– que podría entintar brazos carcelarios o ser lema de escudo de armas. Pero por encima de todo, el éxito.

En la actualidad existe una disputa por la identidad futbolística que solo el éxito deportivo puede decidir. Los dos clubes homónimos se enfrentan en un contexto identitario entreverado y mutable; ni siquiera uno de ellos, autoproclamado heredero de las glorias pasadas, consigue rentabilizar su añoranza. Los más jóvenes no pueden sentir nostalgia de algo que no han vivido. Ambos clubes optaron por refundar un espíritu hinchado por la primera división; creían que la ciudad les seguiría. Se equivocaron los dos. A la mayoría de la gente le importa tres pepinos lo que pueda sucederles. Huérfanos de estrella de David y Chuta, aplicaron el cuanta más riojanidad, mejor al elaborar símbolos. Los nuevos escudos son abigarramiento de cruces de Santiago, de San Andrés, puentes sobre el Ebro y bandas blanquirrojas; solo falta un plato de caparrones en una esquina. También se compusieron nuevos himnos inanes que solo transmiten desesperación. No se me ocurre nada más alejado del Logroñés que la ópera. El antiguo era pura coherencia, auténtica charanga borracha -disculpen la redundancia- a juego con las tapias coronadas con cristales y alambre de espino de Las Gaunas viejas.

Acabo. Pero no me gustaría cerrar el Word sin antes invitarles a que descubran ustedes mismos el único común denominador riojano. Gentes de otras latitudes, anímense a llamar a sus conocidos o amigos riojanos. Seguro que tienen o han tenido alguno. Queden con ellos, a ser posible en su casa. Y entonces díganles que no puede seguir fingiendo que no pasa nada, que conocen su secreto. Que lo saben todo. Díganles que se los enseñen. Solo un segundo.

Los tarros.

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EN CASA

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Todos los que nacieron en el ochenta y tres me caen mal. Aún hoy, después de haber alcanzado una supuesta madurez, si conozco a alguien de esa hornada me pongo en guardia inconscientemente. “¡Cuidado!”, susurra una vocecilla dentro de mí, “este pertenece a la camada de aquel año maldito, este mamón es de los mayores”. Aunque parezca simpático y agradable, me digo, algo esconderá debajo de su carcasa modélica, algo quedará de aquel ser malvado, nacido exclusivamente para atormentarnos a nosotros, los del ochenta y cuatro. En mi colegio reinaron durante años, pero cuando pasaron al instituto se diluyeron; en un centro gigantesco, con gran densidad de cabrones por metro cuadrado, importados de barrios o pueblos lejanos y peligrosos -lo lejano siempre es peligroso-, sucumbieron sin heroísmo. Una de las cosas que recuerdo con mayor claridad de mis días de recién llegado al instituto fue el toscón que un ser anónimo -una montaña de un barrio lejano y peligroso- asestó a U., uno de nuestros antiguos torturadores. ¡Plas!, retumbó en el pasillo de techos altísimos. Y todo el mundo rio. Mi cara de incomprensión animó a la montaña a dar explicaciones: “Anda, dale una hostia a U.” Me dio pena U., que me miraba como si no me conociera con ojos de perrillo apaleado. Y no le pegué, claro. Pensé en Darth Vader arrodillándose ante el Emperador en El Imperio contraataca. Siempre hay alguien más malo. Y un montón de preguntas llegaron. ¿Quién es este ser, que a al villano de mi colegio lo tiene acojonado? ¿Cómo ha pasado U. de verdugo a víctima? ¿Qué le ha ocurrido durante el último año?

Dice la solapa de Barraca y tangana que Enrique Ballester nació en Castellón en 1983, así que, de entrada, no me tendría que caer bien. A los del ochenta y tres les exijo el doble, tienen que demostrar su valía para que pueda reconocerlos como uno más. Barraca y tangana es su nuevo libro, una recopilación de las columnas que escribió entre 2016 y 2018 en el periódico Levante-EMV. Ballester, ese mamón del ochenta y tres, ya me cautivó con Infrafútbol, pero ahora, con este compendio se ha convertido en una de mis predilecciones. A cualquiera que le guste el fútbol le doy la chapa para que se lo compre. Ante la nueva polémica de turno en el trabajo o en el bar, ya sea un penalti dudoso, el galimatías del VAR, un forzamiento de tarjetas, suspiro y pienso “léete El Libro Amarillo Mostaza, anda, a ver si aprendes algo”. Aquí el fútbol es lo de menos. Bueno, no lo de menos porque nunca lo es; impregna todas las páginas, es la mina de la que se alimenta su literatura, pero sería injusto reducirlo solo a un libro de fútbol. Es muy difícil descifrar qué es ese algo que algunas obras poseen. Podemos aproximarnos y enumerar parámetros racionales -pensados a posteriori- para explicar por qué nos gustan o nos dan repelús. Yo, por ejemplo, me he construido el parapeto argumental de que todo aquello que me encanta contribuye a desentrañar lo incomprensible y confuso de nuestra existencia; el misterio de la interacción humana, en palabras del director David Mamet. Así dicho, suena pedante, qué le vamos a hacer. Creo que una de las claves de mi adicción a Ballester es que utiliza el fútbol como excusa para contar la vida. Todo está narrado desde fuera, Ballester se encarna en testigo irónico, reflexivo y cómico. Y esa es otra de las claves: el humor. Corrosivo a veces, más blanco otras, pero siempre certero e inteligente. Ballester tiene ese algo con el que conecto de forma inmediata; desde la primera frase lapidaria del libro, la obra dialoga conmigo como si fuéramos amigos de siempre. Existe una cercanía, una sensación de sentirte como en casa. Ese sentimiento es fantástico, si no lo han experimentado me compadezco de ustedes. No sé qué tipo de reacciones químicas se desatan al leer o contemplar algo que te habla directamente a las tripas, pero produce la mayor sensación de bienestar del mundo. Estar en casa es llegar y que todo esté ahí. Meterme en la cama donde ya duerme mi novia que nació en el ochenta y tres, reunirme con los amigos para hacer nada, escribir esta mierda mientras me tomo un café igual de congelado que una grada de tercera. Desde ahora, también leer El Libro Amarillo Mostaza. Y los que vengan.

Tanto Infrafútbol como Barraca y Tangana han sido editados por Libros del KO.

POR CELEBRAR

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Corre el minuto setenta de partido y en Las Gaunas, ganando uno a cero al Racing de Santander, se escuchan olés.

Cada religión, cada oficio -cada aspecto de la vida-, tiene sus reglas. Su existencia da sentido a todo; nos permite subvertirlas y saltárnoslas, o pasar en verde a las cuatro de la mañana del lunes o cambiarlas por obsoletas e inútiles. En un juego, son la base de la diversión. Las religiones o creencias llevan aparejadas una mitología, es decir, una mentira que explica su origen. Esta mitología se compone de episodios más o menos mágicos de los que se extraen unos avisos para navegantes, a menudo bastante sádicos. No comáis la manzana, la primera regla del Club de la Lucha es no hablar del Club de la Lucha, nunca alimentéis al mogwai a partir de las doce de la noche. Sin transgresión no hay película y nosotros queremos la nuestra. Nos rebelamos contra más de dos mil años de pensamiento mágico y contra la física newtoniana; ¿acción-reacción? Nos desabrochamos la guerrera frente al pelotón. Por favor, aquí, en el pecho.

Hay gente para todo, se dice. Supongo que es cierto. Todos pensamos que somos normales, que el estrafalario y el imbécil, el equivocado, es el otro. Me encantaría que el coro de los olés fueran marcianos que nada saben de fútbol ni de leyes ni de supersticiones terráqueas. Que sus cuerpos -a nuestra imagen y semejanza- fueran solo fundas o vehículos manejados por un diminuto marcianillo verde, como en Men in Black. Que fueran alienígenas a los que tenemos que explicar la naturaleza de lo humano, no solo en aras de mejorar la convivencia, también para garantizar su seguridad. Pues no. Respiran como las personas, caminan erguidos como las personas, articulan sonidos y se comunican entre ellos como las personas. ¡Dios! ¡No! ¡Son personas!

Hay placeres perversos. Uno de mis favoritos es ver los rostros del rival (afición, jugadores) cuando se percata de que acaban de anular su gol. Ese festejo interruptus pare unas expresiones únicas. Debería tener palabra propia. No es tristeza ni desolación, es otra cosa. Mis amigos y yo las llamamos caritas. El diminutivo aquí es humillante, contrasta con la extrema gravedad del tema. Entonces asoma la cabeza el catolicismo. “Por celebrar”, cincela en mármol alguno de nosotros. La culpa es tuya porque has saltado un poco, has gritado, has liberado algo de adrenalina, te lo has pasado bien unos segundos. Por supuesto, servidor tiene, ha tenido y tendrá un repertorio infinito de caritas. Espero que nadie perdone la ocasión de divertirse al verme celebrar un gol con los brazos en alto y, poco a poco, cuando descubra el banderín levantado, se vayan flexionando hasta sujetar la cabeza con ambas manos.

No se pueden hacer ni decir ciertas cosas si quieres que tus congéneres te respeten. La suerte en el fútbol es decisiva. No me parece que en el resto de deportes influya tanto en el resultado como aquí. Este factor va por otros cauces, no aparece reflejado en el reglamento. Nadie sabe cómo funciona, pero hay una serie de consensos mágicos. Su incumplimiento enfada al Dios del Fútbol, que exigirá sangre por nuestra arrogancia y vaciará un poquito nuestra Piscina de Maná de la Suerte. Aquí van las más básicas. Para los marcianos.

a) Si tocas el trofeo antes de jugar la final probablemente pierdas.

b) Si insultas a un jugador rival. El jugador mejorará su rendimiento en función de la gravedad del insulto.

c) Si insultas a un jugador propio. No está bien, pero además su rendimiento baja.

d) Los exjugadores siempre marcan a los exequipos. Conviene no cabrearlos mucho y aplaudirles al principio.

e) No se celebra nada anticipadamente. Ni se piensa (crimental). Expresiones como “¿así cómo nos ponemos?” o “tres puntitos” antes de acabar el partido se castigan muy severamente.

f) Procura no verbalizar lo evidente pues llenará la Piscina de Maná del rival. La situación clásica es una falta lateral o frontal en contra. Prohibido decir “es peligrosísima” o “es malísima”.

g) Los cánticos-apelaciones testiculares no solo no funcionan, sino que provocan fallos defensivos en cadena. Versiones como “Échale huevos, equipo…” y derivados son fatales y malditos. Siempre que se cantan, se pierde o se empata y el supuesto efecto en la bravura de los jugadores suele terminar en un ramillete de tarjetas. ¡Nuestra Piscina de Maná podría quedar maldita lo que resta de partido!

h) Los gafes existen. Es crucial identificarlos para no invitarlos más al fútbol. Descubrir a un gafe suele llevar más de una temporada. Ánimo.

i) El derrotismo. Los comentarios negativos vacían la Piscina. Al igual que la opinión sobre nuestro jefe o el aspecto físico de alguien: se piensa, pero no se dice.

j) Antes del partido hay que pensar en el partido. Hay que estar concentrado, se tienen que mandar ondas mentales a nuestra Piscina de Maná. No se puede ir al fútbol a pasar el rato o a hacerse fotos como si el partido fuera un monumento o a hablar del sexo de los ángeles. Al Dios del Fútbol no le suelen gustar los falsarios y nos penalizará según convenga.

k) Si te aburres, te fastidias. Eso de hacer olas y tal quedará registrado en el Libro de los Agravios del Dios de Fútbol. Pagarás por tus pecados.

l) Ver otros partidos en lugar del que tienes a unos metros. La radio tiene un pase, pero esto ya no.

m) Hacer de menos al rival. Matracos, banda del patio, cojos. Pues eso.

n) Y por supuesto, no alardear. Pavonearse no está bien, marcianos. Ni con cinco a cero.

El Dios del Fútbol, esta, nos la guarda.

SILBA, QUE YO NO SÉ

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En Las Gaunas estoy con la juventud. Con mi percepción de ella al menos. Creo que son los únicos que no silban al equipo cuando las cosas no van bien. O lo hacen menos o yo no los veo o no me quiero dar cuenta. La verdad, casi seguro, será una conjunción de las tres. Sin embargo, cuando el estruendo conquista el campo debido a un fallo defensivo, un mal pase (o uno atrás para asegurar) tengo la sensación de que los chavales no entienden el porqué del clamor. Veo sus caras de “no es para tanto”, contemplo su extrañeza ante un veredicto, el de la grada senior, que consideran injusto y precipitado. Entonces me acuerdo del equilibrio de Ancelotti, del ardor adolescente y del Brexit; por lo visto, los viejos ingleses se quieren separar del Continente y los jóvenes no. Siempre que escucho ese ruido horroroso también me viene Alessandro Alessandroni. Material para diez mil westerns atesoramos en el municipal. No andará lejos de ser el mayor potencial silbador del mundo y ahí se nos queda, desperdiciado. ¿No podrían instalarse algunas dinamos sonoras para que, por lo menos, generáramos algo de electricidad? A lo mejor así encendían antes los focos.

Me encantaría poder englobarlos en alguna categoría sociológica pero no hay consenso, así que los seguiré llamando jóvenes. Les envidio. No saben de la que se han librado. El azar quiso que nacieran cuando el Logroñés ya sólo era el fantasma de un cuento de Stephen King. Un espíritu victoriano que habitó casas fastuosas en los noventa, se conocía todos sus rincones e incluso asustaba de vez en cuando. Estos afortunados únicamente lo conocen por boca de sus mayores, que narran las peripecias, hazañas y anécdotas (Maradona en Las Gaunas, por aquí pasaron los mejores), la vida feliz, la juerga flamenca. Tolkien se equivocó: La Comarca de los hobbits se situaba al final de República Argentina.

Las batallas que habrán tenido que escuchar. Confieso. También he narrado cómo vi a Guardiola, a Beguiristain, a Ronaldo (el bueno), Rivaldo, a todos. ¿De qué sirve? Para que te manden a la mierda con razón. ¿No podría interpretarse esta matraca como, no ya añoranza de un pasado mejor (el nuestro), sino como un plantarse, una negación de la vida actual? Recrearse en la nostalgia está muy bien para darle la espalda a todo.

Es una lástima que no se puedan injertar sentimientos propios en personas ajenas. Un sentimiento no se puede transmitir. Y nosotros a vueltas con el fantasma. Les hablamos de casas espléndidas, de gestas épicas contra el Madrid, de fichajes increíbles, de botas de oro en USA ’94. Pero la realidad es que el domingo vamos a Estella.

No silban porque les parecer normal. Que venga el Langreo, por ejemplo, es un síntoma de que todo va bien, no una cuestión de estatus perdido ni de honor manchado. No los veo tan poseídos por el espíritu del ascenso. A veces pienso que soy uno de ellos y me imagino sin conocer la primera división. ¿Cómo será conocer sólo esto? ¿Qué tal se vivirá sin fantasma que te asuste por las noches? ¿Cómo será el blanquirrojismo sin grilletes de oro?

JOGA FEÍTO, MUERE BONITO

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Desangrarse da frío. Lo leí una vez en un recuadro grisáceo que acompañaba una noticia de sucesos, un apuñalamiento corriente y moliente. El texto sombreado nos enseñaba qué hacer si nos acuchillan. Taponar la herida, llamar a la ambulancia, sentarse y taparse. Imaginé que quizás desangrarse no duele; a lo mejor se parece a quedarse dormido en el autobús, que ni te enteras, mecido por el ronroneo del motor. Pero no puede ser, porque si tienes frío no duermes bien. Eso es así.

Lo ideal, ya que van a matarte, es que sea rápido. También es muy importante el verbo. A mi me encantaría que me asesinaran o mataran. Nada de que me abatan, como a un ángulo o una ventana, me eliminen como a un archivo informático o me purguen como a un radiador. Que sea fulminante, sin tiempo para entender lo que pasa. Una muerte seca de play off, asestada por un profesional con más cruces en la culata que El Vaticano. Es la muerte añorada, la muerte que -si todo va bien- se celebrará en junio; la muerte feliz que certifica que no te has desangrado mucho durante la temporada. La pelona solo oferta cuatro plazas y todos queremos morir bien a manos de un coco, de un filial fuerte, y no de frío en la grada, tratando de frenar la hemorragia con la bufanda de tu abuela mientras llega la ambulancia.

¿Cómo moriremos este año? ¿Al toque o a la contra? ¿Con 4-3-3 o 4-2-3-1? Poco importa. La gente quiere morir siempre como el de enfrente. ¿Lo haremos atractivo? Es decir, ¿habrá espectáculo? ¿Se escuchará “¡oh!” en la grada después de cada pase, de cada jugada? ¿Se parecerá nuestra muerte a eso que dan a las nueve menos cuarto entre semana? ¿Permitirán los árbitros de segunda B más de dos pases bonitos seguidos?

Una de las cosas que más me gustan de la segunda B es que no se parece mucho a ese deporte que televisan y llaman fútbol. No me atrevo a decir cuál es el verdadero, si este o aquel, pero cuando veo al Madrid, al Barça, cualquier competición europea, no puedo evitar pensar que es una recreación virtual fabricada por EA Sports en coalición con las casas de apuestas. Es como Hollywood. Veo a las actrices en la alfombra roja y ya ni pienso que están buenas; solo imagino a los trabajadores después de la gala, desmontándolas pieza a pieza, metiéndolas con mimo dentro de una caja acolchada hasta la siguiente película o cóctel. Es todo tan mágico, tan perfecto, tan guay, que me aburre. Veo una obra de arte de Messi y me parece algo matemático, un logaritmo predecible. La perfección me da igual. Lo excelso ya no me atrae. A lo mejor es que no estoy acostumbrado a que todo vaya genial o se trate simplemente de envidia de mediocre que presume de lodazal. A saber. La cosa es que ese fútbol sofisticado me provoca cada vez más rechazo. Prefiero ver cómo nuestro central se traga el bote o falla al ir al corte. En la vida siempre falla algo, nunca nada es como lo habíamos pensado. Da igual la pasta que acumules y los planes que tengas. Nunca se saca la foto que quieres. Normalmente porque los que queremos ya no están. O están como están.

Me declaro amante del jogo feíto, en resumen. Me encantan los contrastes que hay. Es gracioso observar cómo nuestros jovencísimos futbolistas -perfectos, depilados, flequillos modernos de gran altitud- chutan al córner desde la frontal. O cómo todo es cutre y muy espontáneo. Una cutrez muy de aquí, muy viva y alegre como decía el director de cine Jesús Franco en el documental Llámale Jess de Manel Mayol y Carles Prats. La segunda B, ese lamparón en la camisa impoluta, el pelo retorcido en el fulgurante plato de ducha de mármol. La caricatura de lo que se juega a las nueve menos cuarto. Y nada se acerca más a la realidad que la caricatura y el esperpento.

JARDÍN PRIVADO

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No se me había ocurrido utilizar la vista satélite de Google Maps. Sin querer he tocado algo con el ratón y la ciudad se ha transformado en una maqueta en tres dimensiones detalladísima. El cuadrado de césped -casi perfecto visto desde la altura- colorea el patio de una corriente manzana del centro. Los árboles y setos recreados poligonalmente le dan un aire de videojuego de mediados de los noventa. Aunque quizás haya cambiado durante los últimos veinte años, lo recuerdo exactamente así, con su sendero de cemento transversal. Es un secreto desvelado de forma insulsa, innecesaria y un poco arrogante, para que los que lean esas dos palabras sobre su acceso norte imaginen un vergel con cascadas y esculturas grecolatinas. Pero ni siquiera hay piscina; siempre fue un lugar tranquilo. Ignoro si se puede llegar por otra cara de la manzana. Como no puedo volver me conformo con observarlo a vista de pájaro desde mi casa o girar la cabeza a diario frente al pasaje comercial que antecede a su entrada acristalada -¡qué sádico arquitecto!-. Quizás no sea buena idea regresar al eco del balón solitario, a los bocadillos de nocilla en pan de baja cocción y -ya arriba- al Maniac Mansion, Monkey Island o Indiana Jones Atlantis; visitar al testigo de una amistad que jamás salió a la calle ni se tomó una cerveza. Murió emparedada en el jardín privado. Desecho la ocurrencia de hacerme pasar por cartero comercial y me acuerdo de sus hermanas, de sus padres y abuelos. Que vaya bien.

OLVIDADO HUÉRFANO BLANQUIRROJO

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Cerca de mi casa hay una tienda de segunda mano y antigüedades cuyo escaparate siempre me reclama. Se despliegan ante el peatón multitud de instrumentos mesozoicos -algunos de uso enigmático-, revistas, prensa y libros quebradizos, enormes radios de madera; es -como lo son todas- al mismo tiempo vergel antediluviano y cementerio de utilidades. Paso mil veces por ahí y no puedo dejar de mirarlos. Me gusta cómo exhiben su orfandad dignamente, cómo te miran con sus ojos de metal ennegrecido, de letras que emergen del Mar Amarillo, de instantáneas en blanco y negro con peinados yeyés. Muestra la vida cotidiana de una ajena civilización extraterrestre pese a que los seres que aparecen fotografiados o ilustrados se parecen mucho a nosotros. Aunque el escaparate es cambiante -con frecuencia caótica, eso sí- hay siempre una temática que parece inamovible. No son las novelas de duro, que se imprimieron ejemplares para lectores de varias galaxias, ni los abrecartas ornamentados con profusión, ni material bélico superviviente a guerras pasadas. La estrella de David, con su aureola blanquirroja, ilumina el escaparate desde sus rincones. A veces lo hace incrustada en un banderín triangular o en una gorra de tela efímera, en una bufanda que giró más que un tiovivo, en un disco de vinilo; otras desde la mismísima camiseta, encima de Cajarioja o La Rioja Calidad. Hay algunas cosas que yo creo que son pre-Primera División, anteriores a mi nacimiento; tendré que preguntarles a los del pañuelo. Parado frente al cristal reflexiono sobre el paso del tiempo, así, pedantemente, mirando memorabilia del Logroñés, que dirían los yanquis. Me imagino a sus dueños enterrados empujando la losa del nicho para recomprar lo que fue suyo. Veo a descendientes jóvenes del Madrid y del Barça observar las rayas blancas y rojas con incomprensión. ¿Qué demonios es esto del abuelo? ¿Alguna peña del pueblo? ¿Algo de Franco? No tengo ni idea, pero seguro que si lo vendemos nos dan una pasta puesto que hay frikis de todo. Otros se deshicieron del cuerpo por la puerta de atrás, lo arrojaron al Ebro por la noche, envuelto en una alfombra con otro escudo; el penco ya no corría las grandes carreras y uno se cansa de tanto fracaso. Sobre todo si es palafrenero y se cree caballo de oros. La verdad es que hay pocas seguridades. La enfermedad, la muerte y el olvido. El Logroñés ha pasado las dos primeras metas volantes. Se resiste al olvido, aunque es una pelea estéril. Calculo que quedan unas tres generaciones, cuatro a lo sumo, que puedan glosar los años del Club Deportivo. Me invade un agobio horroroso. Si al Logroñés -que es lo más grande que ha habido-, le queda tan poco, ¿qué va a pasar conmigo? Mis pobres padres fallecerán algún día y, si no dejo descendencia, puede que desaparezca con mi generación. Uy, tengo que hacer algo para estirar el despotrique sobre mí un poco más. Tengo que destacar en algo.  Hijos. Buf. Escribir un libro famoso. Más o menos fácil, pero que sea famoso es muy complicado. Inventar algo que haga bien al conjunto de la humanidad. Tela. Y ya no sé más métodos para trascender. Positivamente, claro; preferiría ser recordado como tonto que como cabronazo. Sigue buscando. Ya está. Si le funcionó al Logro me funcionará a mí. ¡Subir a Primera División! La gente me celebrará en Murrieta sin camisa, se caerán de la emoción rondas enteras en mi honor sobre los adoquines de la calle San Juan, San Agustín o Laurel; las chicas se pintarán mi foto de carné en las mejillas, entornaré la vista como el Che Guevara en pósteres en residencias de estudiantes. ¡Hasta me pondrán una calle larga como al Logro! Espera, no tan rápido. Respira hondo y piensa. ¿Existe una Primera División de las personas?