Categoría: Vademécum espiritual

EN LA CAJA

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No entendemos de poliedros. No pegas con nada; eres un ser fronterizo, un portal, un área de servicio de una autopista. Te han metido, como a todos, en una caja. Pero hasta el adhesivo de la tapa es impreciso -miscelánea, cosas, varios-; el último lugar donde buscar algo útil, la caja gris. Nos sorprendemos de que te guste el punk, vistiendo como una pija, porque el punk a los pijos no les gusta; el punk es la Caja 1977 y está en lo alto del archivador, casi no se ve. Allí dentro no existen esos vestidos ni zapatos, que bien lo sabemos. Además, eres del Real Madrid y los punks no son del Madrid, son del St. Pauli, del Barça o de cualquier otro; los del Madrid viven en la Caja 1902, en blanco y negro y lucen Bigotitos Coup d’Etat. Se parecen a los de la Caja Betis, que son todos como Juan Diego en Los Santos Inocentes. ¿No la has visto? Fíjate que sí te hacíamos cinéfila, Caja 1895; tienes un aire muy nouvelle vague, a lo Jeanne Moreau en Ascensor para el cadalso. Hay un meme genial que explica todo esto. ¡Ah!, que no tienes Facebook… Pues todavía no hay emplazamiento para esa caja, pero vete haciéndote a la idea porque va a ser tu nuevo hogar. Pareces más gallega -Caja Arriba A La Izquierda- que riojana, la verdad. ¡Cómo no te va a gustar el vino! ¡Si está buenísimo! Algo no cuadra: las pijas no beben cerveza, que engorda, solo blancos dulces y coca cola zero -Caja Blanca Dulce-. Ahora saldrás con que eres de izquierdas -Ver listado de Cajas-… ¡Pero si eres rubia!

RING RING MALDITO

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Nos dice el inglés que pensemos en nuestras New Year’s resolutions y me entran unas ganas locas de tener una pistola para pintar un Pollock con su sesera. Como no tengo armas de fuego a mano, pues pienso, qué pereza. No me renuevo demasiado, siempre la misma resolution: intentar ser buena persona, que es más difícil que aprender inglés a la vez que dejas de fumar mientras haces sentadillas con doscientos kilos. Es muy cursi, lo sé y me da igual, pero aun así no lo digo, a ver si se piensan que soy demasiado bisoño o directamente imbécil. No digo nada, de hecho. Al mirar discretamente la hora en el móvil me percato de que un amigo me está llamando. Son las diez menos cuarto aún, debería estar currando. Mi cerebro activa el Protocolo de Sonidos y Comunicantes Intempestivos, un proceso minuciosamente diseñado que registra todos los timbres, teléfonos, interfonos, campanas y sirenas de barco; analiza su duración, rebusca en los confines de la memoria la última llamada del número en cuestión (si es conocido) con el fin de anticipar una reacción. Este súbito proceder no prevé nada, sin embargo, y al final todo desemboca en la misma sensación una y otra vez: angustia. Algo (malo) ha ocurrido.

Hubo un tiempo en el que el nerviosismo no se apoderaba de mi cada vez que el teléfono sonaba a horas raras. Eran los buenos tiempos telefónicos, la era de los fijos y los zapatófonos. Por entonces las voces al otro lado de la línea sólo transmitían buenas nuevas -cuelga tú, no cuelga tú, cariño-; vivía feliz, ignorante de las aptitudes catastróficas del aparato, incluso me gustaba recibir llamadas porque significaba que se acordaban de mí, que íbamos a dar una vuelta por ahí, a pasarlo bien. Pero un día la señal acústica acompaña a la desgracia, se convierte en pegadiza banda sonora y ¡ay!, ya no podrás desvincularlas jamás. Cada vez que oigas ese sonido un policía en el umbral atravesará tu mente, o un doctor de semblante grave, o un chaleco fosforito de urgencias, o un bombero con una radial, o un ramo de flores pegado a una farola. Drew Barrymore en Scream.

No aguanto más, dejo al grupo con el get a (better) job, improve my English y salgo al pasillo, devuelvo la llamada (¿calling back se dice?, voy a suspender), mi colega tarda apenas un segundo en manifestarse. Mala cosa tan rápido, me dice el augur de chichinabo que todos llevamos dentro, el que acierta poco y asusta mucho, el que nada lo sabe. Es una desgracia, efectivamente. Reversible, al menos.

—Para que lo sepas. Llámale, sin que se note; yo quedaré también con él.

Sobrecoge escuchar las resolutions de los fiambres, siempre son paradójicas. Se iba a casar pasado mañana y se sale de la vía al ir a ver a su amante, justo le acaban de ascender y salta por los aires tras un escape de gas, deja mujer y dos hijos en cada provincia. Parece que un retorcido guionista -la vida perra- hubiera planeado los momentos de la muerte y sus irónicas circunstancias. Vaya puta mierda, empezar el año así. Vuelvo al go to the gym, travel around the world. Me entristece mucho la noticia que me acaban de asestar; fuera comienza a llover muy fuerte y los cristales suenan tipitipi-tip- tip. Como en las películas.

LA MIRADA DE LUCAS

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Los martes leo el Pronto en casa de mis padres. Empiezo por el final, por esa sección que aglutina curiosidades de índole diversa, luego voy al epígrafe trabajo de Tauro, por si hubiera novedades y, de ahí, salto al monográfico Vidas interesantes. No hago demasiado caso al resto, miro los santos a ver si reconozco a alguien interesante de verdad, poco más. A veces encuentro petróleo; la revista aúna la actualidad rampante con mini-artículos sobre personajes condenados al ostracismo durante decenios y de otros en decadencia permanente. De ese batiburrillo emerge la mirada triste de George Lucas. Al principio no me doy cuenta porque George está rodeado de los clásicos personajes Disney ataviados como los de Star Wars; Minnie de Leia, Goofy de Darth Vader, Mickey de Obi Wan y el pato Donald de Han Solo. Eso despista mucho. También sale R2D2. Arropado por la recua, Lucas sale vestido de Lucas: eterna camisa de cuadros, deportivas blancas y tejanos desgastados. Detrás han pintado un bosque parecido a los que -sabemos- crecen en la luna de Endor. El creador del fructífero universo parece cansado, ausente, fija su mirada en el horizonte, como la de Luke ante la Binary Sunset de Tatooine. Se nota que está pensando en otra cosa, que no quiere estar allí. En su cabeza se agolpan las imágenes y las cuestiones. ¿Por qué Rogue One no empieza con el texto amarillo y el tema de John Williams? ¿Por qué nos privan de ese ¡pum! emocional en el pecho? Quizás se encuentre confundido, como el inicio de este spin off, un galimatías en el que ocurren muchas cosas mal narradas. Tan mal, que han tenido que poner carteles debajo de los nuevos planetas, señales de tráfico para no perderse. Piensa en algo plano y liso, sin honduras dramáticas ni cómicas ni nada. La intemperie de la estepa sin fin. Imagina los personajes nuevos, el comando suicida. Todos merecen morir: la protagonista vacía, el líder rebelde de ambigua moral, el ciego karateka, jedi de marca blanca, el grandullón del blaster ametrallador. La Alianza de Civilizaciones de Zapatero era, en realidad, la Alianza Rebelde. El robot sí que le da un poco de pena. Pobre máquina, más humana que los personajes. No hay química, no hay complicidad y todo se verbaliza, incluso lo intrascendente: ha faltado un “me voy a mear” en algún momento. Muchas palabras, pero ninguna memorable. Ni siquiera Moff Tarkin -Peter Cushing resucitado digitalmente- cuenta algo interesante, un secundario de infinitos quilates desaprovechado. Quizás no era necesaria su nueva aparición. Lucas piensa en Vader. Su entrada en la peli le gusta. Es lo mejor, junto al descubrimiento del nuevo Planeta Caribe. Incluso disfruta la nueva versión de “su carencia de fe resulta molesta”. Y el malo, el de la capa blanca, es salvable dentro de todo el desaguisado. Tira que te va. El problema es que no está tan mal, se han arriesgado un poco más. No mucho, pero sí algo más que en el Episodio VII. Uy, eso mejor ni tocarlo, ¡fuera! ¡fuera! Hay cosas buenas, ideas incluso decentes… pero no se profundiza, son como esbozos, se intuyen pero no tiene forma. Lucas sacude la cabeza levemente. ¿Y si le corto la cabeza a Goofy con el sable láser y la clavo en una pica a la entrada del rancho?

COSAS GUAYS (Nieblas 2016)

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Milf Fantasy

Salir de la rutina es uno de los requisitos básicos para que sucedan cosas. No sé qué clase de sustancias segregará nuestro cuerpo antes de emprender un viaje o pasar una temporada fuera de nuestra realidad habitual, cuál es motivo del vértigo que se instala en nuestras tripas durante el tiempo que dura la historia. Alejados del confort diario, la aventura se nos insinúa rápidamente o nosotros coqueteamos con ella, le ofrecemos nuestra mano porque estamos predispuestos a vivirla. Como si estar en otra ciudad, otro país, fuera transitar un plano de nuestra existencia distinto, poblado de actores diferentes al reparto de siempre. Tendemos a pensar que los habitantes de los planos nunca se conocerán porque ambas nos parecen realidades separadas, dos habitaciones contiguas sin puertas ni ventanas. En Un verano en las dunas, Seth nos cuenta cómo se enamora de la mujer del jefe. El canadiense nos lo cuenta con soltura y sin aspavientos, sin pisar la pasión desmesurada ni la asepsia total; el foco en el lugar adecuado siempre. Mediante línea estilizada presenta su experiencia como adolescente cocinero en un restaurante de un pequeño pueblecito turístico; me ha encantado el naturalismo de las conversaciones entre sus compañeros de curro, la forma brillante de Seth al cargar de vida sus personajes a través de diálogos magníficos. Seth se presenta a sí mismo como freak melenudo y reflexivo, un poco lacónico, con gran sentimiento de la justicia y fino sentido del humor. El cómic no va de nada y eso es lo mejor, que ahora parece que hay que explicarlo todo. Publicado originalmente entre 1991 y 1993, cuenta el enamoramiento del autor, el cual sucede fruto de la situación excepcional, un contexto adecuado (el marido gilipollas y baboso) y el influjo que la jefa Dunas ejerce sobre el joven Seth, convirtiéndose en su despertar sexual. Muy guay. La edición corre a cargo de Fulgencio Pimentel y es fabulosa. Además, también incluye la historia Dichosa la hora, otro trauma de Seth narrado con más desparpajo: la paliza que le pegan unos rockers durante una noche de fiesta.

AJ Davila

El que fuera uno de los máximos perpetradores de Davila 666 inició su carrera en solitario hace varios años y yo me acabo de enterar. Ya ven qué bien funciona este recomendador… El puertorriqueño (establecido ahora en México) ha publicado ya dos discos que me parecen fabulosos, Terror Amor (Nacional Records / Scatter Records, 2014) y Beibi (Burger Records, 2014). Su primer trabajo (Terror Amor) está trufado de colaboraciones y el resultado es fantástico (¡leo ahora que sale Juanita Calamidad, de Juanita y Los Feos!). A mi parecer, continúan la estela de Davila 666; quizás tire un poco más de las hebras pop que la difunta banda poseía para anudar un sonido más digerible, pero igual de oscuro y sucio (o más) que antes. Cien por cien guay.

LO QUE TIENES QUE HACER

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Son las cinco palabras mágicas. Deben pronunciarse rotundamente, con vehemencia visigótica, con tipografía grave y pesada, como de panteón. Es indispensable que el orden sea el arriba dispuesto. Pero todo esto ya lo sabes. Porque lo sabes todo.

Así de petardos somos. Sabemos siempre la manera óptima de abordar una situación ajena, cómo hacer la mejor película de todos los tiempos, la fórmula para escribir el libro perfecto, cómo ligar sin parecer gilipollas, el mejor once. Qué más da. Todo lo conocemos ya. No hay novedad, no hay sorpresa. Todos conocemos la solución rápida e indolora a los problemas de los demás, pero vivimos incapaces de adivinar dónde se esconden nuestras fugas de agua. Cuando decimos LO QUE TIENES QUE HACER apelamos al Manual Secreto Para la Vida Sin Sobresaltos; un decálogo oculto que podemos recitar de memoria, que Indiana Jones arrebató a los nazis en una catacumba azteca. Es como la 2, este breviario, que todo el mundo la ve. ¡Hombre, por favor! ¡Que yo esto lo aprendí a la vez que las tablas de multiplicar! Me encanta, I’m lovin’ it. No sé si en otras partes del mundo utilizarán esta sentencia. Quizás sí, pero no la imagino con el mismo tono de “pobre desgraciado, si es que no tienes ni idea, déjame a mí”. No creo que brille ese barniz autóctono tan despectivo o, a veces, directamente amenazador. No importa que sea una decisión importante o una experiencia delicada y compleja. Todo se arregla fácilmente. “Tengo hambre”, coma. “No tengo dinero”, trabaje. “Estoy enfermo”; cúrese o muérase, pero no maree.

De las pocas verdades que encuentro es que nadie tiene ni idea de nada, me parece a mi. Damos tumbos por ahí con más o menos tino, copa en la mano, mezcla de filosofía de sobre de azúcar -¡la están leyendo!- y optimismo de marquesina de autobús -¡lo están sintiendo!-. Y el ego. Que esa es otra. Vaya combinación. ¡Bajemos todos de nuestros pedestales, oh, queridos seres humanos! ¡Venzamos a la fuerza misteriosa que nos lo impide, como en la película de Buñuel! ¡Yo daré el primer paso, no temáis, y menguaré mis excesos de ego, verbo y peso! ¡Repetid conmigo! ¡No diré las cinco palabras en balde! ¡No pronunciaré más tal cosa!

¡Ya sabéis lo que tenéis que hacer!

COSAS GUAYS (Verano 2016)

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ELOGIO DE SHIRLEY MANSON

Alienígena recién salida de una vaina. Brochazo rojo y verde sobre una planicie lechosa, translúcida, de rosáceos desniveles; seguro que el azul de las venas se intuye bajo el pecho pálido, casi tan transparente que pueden contarse los latidos. Pero eso no lo sé, me lo imagino porque he visto los arroyos azules en otros pechos, en otras piernas y brazos; no puede ser muy diferente en Edimburgo. Lo brillante suele ser venenoso. Fuego bajo permafrost, esmeralda; caminar escuálido, de animal asustado. Pincha, la aristócrata punk, permitidme el oxímoron. Voz que es lengua y dientes; abraza y acaricia, y a veces se vuelve máquina, precisa, divide la carne, la abre, como la cortadora eléctrica de la carnicería. Es cuestión de milisegundos; la voz burbujea como una reacción química, consume la piel y ocasiona quemaduras de formas caprichosas, sugerentes, como las nubes, ¿qué quieres ver?  Rojo Carrie; aquel era otro rostro fronterizo entre lo humano y lo marciano. El rojo da poderes, es el único color de verdad, no miente nunca. Ahora el rojo se mezcla con blanco, rosa chicle, el fuego se atempera. ¿Quiénes son esos que te acompañan? ¿Tu banda? Siempre me parecieron, con todos los respetos, muñecos, trampantojos creados por ordenador, elementos para equilibrar la composición a tu gusto. Probablemente es injusto, lo sé, tratar así a los demás; un grupo es algo colectivo, ¿no? Debe serlo, yo creo que debe serlo. “Uno no puede hacer la guerra por su cuenta, como Pancho Villa”, decía Mariano, el mejor entrenador de fútbol que tuve, que no es mucho decir porque mi carrera de delantero terminó en juveniles. Pero es que ella hace la guerra tan bien… Algunos pueden pensar que ellos, esos muñecos, te han construido, como en el videoclip de James Bond. Un experimento, un pegote. ¡Qué más da! Hay gente que no sabe discernir entre un diamante y un cubo de basura. Les compadezco, pobres diablos incapaces de admirarte. ¡Qué bueno escucharte de nuevo! Es 1998. Me encanta. Es verte otra vez en el vídeo de “Push it”, muy Bellas Artes todo, lynchiana. Es decir, “eso es”, cada vez que apareces en pantalla, cada vez que posees el cono de un altavoz. He cogido el libreto de Version 2.0., y de repente me he sentido como en el futuro. I’m a big girl now, dices ahora, en 2016.  No te he tenido mucho en cuenta estos últimos años, no voy a engañarte. Escribo esto para redimirme. Es bueno saber que algo está siempre ahí. Ya me voy a castigar yo mismo, al rincón de cara a la pared.

 

El nuevo disco de Garbage se llama Strange Little Birds.

SIESTAS HEAVIES

Sanitarium

Los sueños son recurrentes. Es normal, dicen. No entiendo demasiado de sueños, no sé qué quieren decir. Algo conocía pero ya lo olvidé; la caída sin fin, morir de diversas formas. Ese es típico. De pequeño, muchas veces soñé que ETA me asesinaba. Al sentarme en el capó de un coche, saltaba por los aires y, al día siguiente, escogía el lado más alejado de la calzada como ruta al colegio. A veces, un intruso me acuchillaba en casa, mientras mis padres dormían. Salía de un armario armado con un cúter, se parecía a uno de los ladrones de Solo en casa y peleaba contra mi padre, que venía a salvarme; pero nunca lo hacía y también le mataban. Era un final muy eskorbutiano, todos muertos, y ya está. Durante muchos años me acompañaron estas pesadillas y todavía hoy puedo ver con claridad dónde me apuñalaba el caco, o la intersección en la que aguardaban el Renault 19 o Seat Ibiza explosivos. Desde aquello, no recuerdo sueños repetitivos hasta principios del verano en curso, cuando uno muy raro se ha adueñado de mis siestas -siempre proclives a lo perturbador, en mi experiencia onírica-. En realidad, es más una estampa, una instantánea o un óleo; es un sueño estático porque no ocurre nada. No puedes contarlo -lo intento ahora- en plan tradicional, con su introducción, nudo y desenlace, tampoco hay momentos surrealistas ni caprichosas compañías ni lugares oníricos irreconocibles. Pero me gusta mucho. Aún dormido, noto que disfruto con lo que veo. El cuadro es avenida de la Paz. El bulevar, para ser exactos. La imagen de la calle desde mi punto de vista, el calor es horrible, tiene que ser verano, a las tres o las cuatro de la tarde, porque está desierta. No hay ni tráfico. El adoquinado me quema las plantas de los pies, voy en chancletas. Parece que me dirijo a la piscina. Puede ser; cerca de allí fui a una academia de matemáticas y es el camino habitual para ir a la piscina desde mi casa. Mi subconsciente no es muy original. En los auriculares suena Sanitarium de Metallica. Es lo más llamativo porque no recuerdo sueños con música. Sí con diálogos pero no con banda sonora. ¿Qué demonios quiere decir esto? He puesto la canción varias veces, la escucho ahora, mientras escribo, y estoy empezando a preocuparme. ‘Welcome to where time stands still / No one leaves and no one will’. ¿Quién me habla? ¿James Hetfield? ‘Dream the same thing every night / I see our freedom in my sight’. Y más. ‘Sleep, my friend, and you will see / That dream is my reality’. La canción trata sobre un manicomio, pero estos versos sueltos, descontextualizados, me asustan un poco. Incluso la canción tiene dos títulos: un inquietante Welcome Home es el otro. Lo contradictorio es que la sensación mientras el sueño se desarrolla es fantástica, no es una pesadilla. Felicidad y plenitud en términos infantiles, es decir, absolutos. Y misterio. El misterio de las siestas heavies. Después de repasar todo esto, quizás prefiera las noches pop, más simples y primarias. Una noche soñé con Beyoncé; cabalgaba un corcel blanco y me buscaba por la Mayor. La peña se agolpaba en la calle, salía de los bares para contemplarla. Me señaló y me ordenó que subiera al caballo. Luego galopábamos hacia una suite de Los Bracos pero -¡oh, no!- algo nos detenía; un malvado con ansias de destruir el mundo… Siempre pasa algo, macho.