Categoría: Vademécum espiritual

MASCARADA

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El viernes por la noche me quedé en casa viendo la tele. Ahora debería decir que el teléfono recibió una ristra de súplicas de mis amigos para que me vistiera inmediatamente y saliera a quemar la noche. Pero no ocurrió nada. Nadie es imprescindible, pensé, mientras Bertín Osborne entrevistaba a Norma Duval en un salón inmenso. En otro canal debatían sobre La isla de las tentaciones, en La 2 ponían un policiaco español y en Teledeporte no daban ningún partido que sirviera de revulsivo. Norma Duval me emocionó cuando habló de la enfermedad de su hermana. Las enfermedades te ayudan a diferenciar lo fundamental de lo accesorio y son como las aficiones o los delanteros centro: los nuestros nos parecen muy malos y siempre preferimos los de otros equipos.

Norma comenzó a aburrirme cuando enseñó su palacio, y después la publicidad me remató. Con la peli empezada y Teledeporte de rally, tuve que utilizar el salvavidas de Instagram. Rápidamente algo me atrapó. Me froté los ojos, bloqueé y desbloqueé el móvil, pero aquello seguía allí. Como no lo vi venir, no pude ni apretar los dientes ni cerrar los ojos, protegerme del impacto en la sien que fue leer: McGol en las Gaunas.

No me cabrea ni me indigna esta vaina. Supongo que los contratos publicitarios contribuirán a pagar el sueldo del anhelado Delantero Definitivo 25G. También sospecho que McGol en Las Gaunas será alguna chorrada que harán en los descansos, como en la NBA, y a mí me ha recordado un poco al inicio de los Tiempos Oscuros. Qué le vamos a hacer si la mente me juega malas pasadas. Llámenme pueril -o paleto, directamente-, pero lo que más me gusta de la NBA son los escudos -¿se llaman así en baloncesto?-, las mascotas y la Kiss Cam. ¡Y las animadoras! Ahí van las pistas: blanquirrojo, mascota, animadoras. No hay que ser Poirot.

Toda decadencia empieza con un gran festejo. Suele ser desmedido y sobreactuado porque, más que fiesta, es mascarada. Los organizadores conocen la profundidad del pozo en el que se han metido, y la del hoyo del Logroñés de 1996 superaba a la Fosa de las Marianas. La directiva decidió berlusconizar un poquito el club para su presentación de la temporada 96/97 y así desviar la atención del dispendio. Recuerdo el desfile de majorettes brasileñas por República Argentina; ya en el campo el concierto de Cañita Brava, la vuelta al ruedo de Señor Gol -¡nuestra mascota!- acompañado de las Rioja Girls, el equipo de animadoras que se congeló durante la temporada en escenario construido debajo del marcador. Yo tenía doce años y aquel circo me parecía normal, en consonancia con las Mama Chicho y los Tal y Tal de la década. Contemplando cómo crecimos, no hemos salido ni tan mal, al cielo gracias. Antes envidiaba a los que son un poco mayores que yo y se criaron con la televisión crítica de La Bola de Cristal y todo eso. Me consuelo cuando los veo por ahí, sin rumbo, igual de idiotas que yo.

Hay que guardarse de los Tiempos Oscuros -es la última vez que lo escribo; quién sabe si podrían aparecer, como Candyman, de tanto repetirlo-. Y para prevenirse, primero hay que identificarlos. No es complicado; cuando vean las luces, los fuegos artificiales, el brillo de los Mercedes y las bailarinas, tensen los cuellos y tuerzan el morro. Bailen si quieren. Pero bailen sabiendo que lo importante se va por el desagüe.

LA MANO DERECHA

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A lo mejor todo tiene que ver con planos de la existencia. En la lejanía se adivina una final de la Supercopa de España; ayer el Logroñés echó al Cádiz en Las Gaunas tras una tanda de penaltis corriente, es decir, cruel y asquerosa. A casi siete mil kilómetros de Yedda, la vida sigue con sus colas en las taquillas y sus bocadillos al descanso; ayer enseñó un poco de cacha para que nos confiemos, para que creamos que sí, que los planos a veces convergen y que se puede alcanzar la ansiada intersección. Que podemos ser la equis. La realidad es que en el recién estrenado 2020 nada parece que vaya a converger, ni futbolística ni política ni socialmente.

En la siguiente ronda puede que nos toque un primera de competición europea. Tenemos en torno a un cincuenta por ciento de posibilidades de conocer a un extraterrestre. Los extraterrestres viven en Primera División y son muy inaccesibles, acostumbran a esconderse, a la vista de todos, detrás de varios dedos de cristal blindado, rodeados por un foso con cocodrilos. Todo el rollo este de converger no les va mucho y prefieren relacionarse con marcianos de distintos colores, pero igual de brillantes que los suyos. Por eso odian la Copa. Si por ellos fuera jugarían una pachanga sin fin en el Parque de los Príncipes u Old Trafford, donde no llegaran los molestos segundas B de ciudades sin glamour. A lo mejor ya ni eso, y preferirían Miami o Abu Dhabi, directamente. La Copa es la única manera que tienen los terrícolas de conocerlos; quizás sea el último rescoldo de lo llamado -peligrosamente- fútbol de antaño.

¿A quién no le gustaría que un extraterrestre le sacara a bailar, aunque solo fuera una noche? Para las personas que te miden según tus compañías, esto es importantísimo. Que vengan el Madrid o el Barça es algo crucial. Salir en la foto con alguien poderoso te otorga prestigio, claro, incluso puede que algo se pegue. Me recuerda a la cantidad de personas que dicen conocer a la mano derecha de un antiguo presidente de la Comunidad, del gerente de una gran empresa que trincó en los noventa, de algún consejero regional, del alcalde de tu pueblo, del fuerte independientemente de la escala. En un país con más nobles que vasallos no es de extrañar que ocurra algo así, lo que me sorprende es que no exista aún un grado o licenciatura con ese nombre. Lo teníamos tan cerca de los morros que no lo veíamos. Estudiar para ser Mano Derecha. El futuro.

Uno de mis momentos preferidos de la pasada década lo protagonizó Pablo Infante, héroe del Mirandés, y tuvo que ver con la Copa precisamente. Podría contar sus muchas virtudes futbolísticas -quedó pichichi de la competición aquel año- porque lo hemos sufrido como rival; sin embargo, lo que me fascina no se relaciona con nada técnico. Un reportero lo entrevistó brevemente después de que los burgaleses perdieran la semifinal contra el Athletic en San Mamés. El periodista, con la condescendencia del pijo de la capital hacia el pueblerino, hizo una apreciación sobre la magnificencia del contexto, la Catedral rugiendo por su pase a la final. Vaya fiesta, ¿no? Merece la pena también vivir esto, se le ocurrió decir, esperando a que el pobre diablo asintiera y dijera que sí, que estaba encantadísimo de pisar el césped vizcaíno. Entonces, Infante -sosteniendo el balón, mirando al frente, visigótico-, respondió la siguiente maravilla: Bueno, fiesta para ellos, que han ganado.

A ver si la siguiente fiesta la celebramos nosotros.

ROBSON

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En octubre de 1996 Ronaldo Nazário se convirtió en figura mundial tras marcar uno de los goles de la década en el Multiusos de San Lázaro. La gesta es bien conocida: el brasileño agarra la pelota en la línea divisoria y se zafa de todos los rivales compostelanos, que le agarran de la camiseta y le emparedan sin evitar el tanto memorable. Tenía veinte años.

He visto millones de veces el vídeo, creo que en su día incluso en directo; en 1996 yo tenía doce años y es año par, esos se recuerdan bien; Eurocopa de Inglaterra, la anfitriona despacha a España en los penaltis, Alemania campeona. He vuelto a ver la jugada, decía. A veces me da por buscar jugadas que me vienen a la cabeza sin ton ni son. De repente se me aparece René Higuita y me pide que le de un pase a su escorpión en Wembley o Jorge Campos, con su pinta de dibujo animado, suplicándome que no me pierda una parada suya, o me apetece volver a tragarme la gravesinha, que una vez al año no viene mal según los mejores médicos. Pues ayer se me apareció Ronaldo, el mejor delantero del mundo cuando era flaco y rápido y también después, con las rodillas en escabeche y cincuenta kilos más. Tecleo gol ronaldo compostela.

Lo que me llama la atención hoy no es la potencia de Ronaldo ni su habilidad para driblar ni su velocidad ni su técnica. No es la plasticidad ni la belleza. Me centro en lo que viene después de la celebración y de la repetición. Son pocos segundos a cámara lenta. El objetivo capta a Bobby Robson un instante después de levantarse del banquillo. Alza las manos para celebrar el gol, pero se las lleva sobre la cabeza y te das cuenta de que no está celebrando nada. Es un gesto de desconcierto puro, de estupefacción espontánea, es la necesidad de moverse sin saber qué hacer porque el cuerpo te lo dicta mediante impulsos nerviosos. Robson se gira hacia la grada compostelana, sujetándose la cabeza, buscando la complicidad del público que viste otros colores. Es una mirada infantil imposible de fingir. Yo tampoco había visto esto nunca, parece decir, se excusa por el talento de otro. Luego se queda pensativo caminando en paralelo a la línea de banda. Procesando lo que acaba de contemplar. Tenía sesenta y tres años.

Explicar por qué me gusta el fútbol sería muy aburrido y tendría que pensar mucho o pagar un psicoanalista. Creo que siempre sorprende. Adivinen a qué se parece. Es la vacuna contra los que lo han visto y están de vuelta de todo. Desdice a aquellos que han atrancado las puertas porque tienen miedo, a los convertidos en monumentos graníticos, burócratas de la pasión. A los que nada los mueve y todo les parece lo mismo, la vida y el fútbol les llevará siempre la contraria. Ni yo ni muchos de ustedes podremos ser ya Ronaldo; los veinte años son un puntito en el retrovisor y del talento mejor ni hablemos. Pero sí podemos ser Robson y asombrarnos ante la virtud, ante algo nuevo que nos rompa los esquemas. Robson, durante esos instantes de 1996, encarna una vertiente de lo humano. Y no podemos no ser humanos.

EL NEWCASTLE DEL SUR

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Cuatro amigos contestan mal las preguntas de un examen de inglés. Podría ser la imagen habitual en cualquier clase de tercero de la ESO de la península, pero durante la primavera de 1999, confundir adrede el was con el were y olvidarse súbitamente de la lista de verbos irregulares formaba parte de un plan que garantizara nuestra supervivencia. Nos íbamos en verano tres semanas al sur de Inglaterra -habían dicho los viejos- y en nuestros cerebros quinceañeros aquello sonaba a veintiún gloriosos días en una tierra extraña, a aventura y adrenalina, a ficción maravillosa que todo viaje supone. Sonaba a todo menos a estudiar inglés. Cuando nos comunicaron que existía una prueba de nivel que determinaría la clase a la que asistiríamos, todo se vino un poco abajo. No tuvimos más remedio que hacerlo; no podíamos arriesgarnos a quedar aislados cada uno en un aula, como islotes, había que estar todo el rato juntos, en plan piña. Es ridículo y estúpido. Entonces nos pareció una idea brillante: contestar todo al revés para que nos pusieran en elementary. Podría considerarse el acta fundacional del Newcastle del Sur, fugaz club veraniego.

Un par de años antes de ese embrollo me había comprado una camiseta del Newcastle. Era la moda de los clubes extranjeros apuntalada por El Día Después, nuestra ventana al -entonces- exótico fútbol europeo, además de complemento del sistema educativo; a él le debo prematuros conocimientos geográficos. Por ejemplo, sé que Sunderland es una ciudad industrial del norte de Inglaterra, que el equipo de Gelsenkirchen -población minera alemana situada en la cuenca del Rhur- se llama Schalke 04 o que en Trondheim -tercera ciudad noruega más poblada- animan al Rosenborg. Nos hacíamos de los equipos según desfilaban por la tele los lunes por la tarde. A mí me habían seducido la rosa del escudo del Blackburn Rovers y el enhiesto cuello de la camisa de Cantoná; sin embargo, el influjo decisivo lo ejerció Shearer celebrando goles con el puño en alto. Me hice del Niuca  -le digo así, como si fuera urraca de nacimiento- y yo, mi camiseta y mis tres amigos nos fuimos al pueblecito inglés.

En el sur el Newcastle no tenía tirón. «Si te pones la camiseta, lo más seguro es que te peguen», me habían avisado, «por español, latino o por fan de un equipo norteño». Por lo que sea. El Newcastle del Sur, en sus veintiún días de vida, no se clasificó para UEFA ni Champions; peleó por la permanencia a base de alcohol de licorería casi clandestina que trasegaba junto a sus amigos -clubes hermanados- en un césped cercano a una marisma. Los cuatro se emborracharon, rieron y se enamoraron de la misma chica, que iba al edificio de los listos, o por lo menos de los que hicieron el examen bien. Española, obviamente; «las inglesas son superfeas», había anotado el Newcastle del Sur en su cuaderno de bitácora, se lo había dicho un explorador previo. Pero estaba Miss Williams. Miss Williams era una profesora joven, Miss Williams era inglesa, Miss Williams era guapa. El Newcastle del Sur aprendió así a cuestionar las fuentes.

La permanencia se logró. A pesar de que la chica española no se fijara en el Newcastle del Sur y de que Miss Williams no le llevase nunca en su Mini. La camiseta blanquinegra cosechó algún exiguo triunfo; una ciudadana británica, al verme con ella puesta, se levantó la suya al grito de ¡njuːˈkæsəl!, y la mujer que amadrinó a uno de mis colegas nos hizo una pizza mientras se preguntaba qué demonios hacía un adolescente idiota con la cami del equipo de su pueblo. Quiero pensar que si no se hubiera emocionado al ver las rayas blancas y negras nunca la hubiera hecho. Era una mujer triste. Nos dijo que ella nació en el norte, pero que llevaba muchos años allí. Nos enseñaba fotos de un hombre joven, vestido de piloto frente a un caza.

I miss my husband, I miss my town. Esto no lo dijo, pero lo pensaba.   

POST MORTEM

nube

Llamar a mi novia para contarle lo que ya sabe, cenar con unos amigos y después empezar un juego de mesa que consiste en hacer Marte habitable. Me hubiera encantado estar allí, en Marte, viajar en una de esas lanzaderas de inmigrantes que parecen una lata de refresco gris. Pero, ¡cuidado!, a lugar nuevo, enfermedades viejas; seguro que nada más bajar de la hojalata encuentro a un desdichado portador de la enfermedad, uno que evitó los estrictos análisis médicos y se coló entre la tripulación del viaje anterior. Ahí está, el imbécil, pegando patadas a la cosa diabólica que bota para meterla entre dos mochilas. Como los gilipollas tendemos a agruparnos, me veo en la hora cero de mi nueva vida marciana jugando un Alemán.

Hemos muerto bien, sin molestar a nadie, ni al Hércules. Con ocasiones aciagas de las que salen por un palmo y con un poquito más de suerte hubieran podido cambiar la eliminatoria. Nosotros parecíamos mocetes frente a ellos, hombres hechos y derechos, con sus hijos y esposas e historiales extensos en categorías superiores. La verdad es que nos quedan mejor las lágrimas a nosotros.

Me fastidió que no lloviera el domingo. No entiendo por qué salió el sol si nos habían echado del play off. Pero el mundo gira, que se dice, y el domingo lo hacía en pantaloneta y chinelas como si no pasara nada, de vermú, veraniegamente desenfadado. A otro año será, y trago de marianito. Eso me dice el mundo y yo de luto, a punto de plantearme el monacato. También me escalofría la idea de poder engancharme a la metadona Sub 21. Menos mal que Nacho ha mandado una foto de unas Adidas Nájera desde Estados Unidos. La tontada feliz del día. Debe ser el apellido de un patinador famoso, pero fantaseo con que un creativo de la marca las ha bautizado así por La Salera, el campo de fútbol más bonito del mundo. También pienso en que no está mal la Segunda B. Nos sienta bien.

BOCABAJO

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Te lo tienes que creer; puedes ganar el Comunio. Tienes maneras.

Escuchado durante un Chupinazo hace años.

 

 

Fuimos a Alicante y perdimos; era parte del plan maestro. A lo mejor lo normal es perder en Alicante, como habitual es morirse si cumples cierta edad. Quizás no debimos hacerlo; la cosa estaba para derrota por la mínima o, con un poquito de suerte, para prometedor empate a uno. Nos derrotó en una tierra ignota un equipo que se llama como un semidiós, que luce en su escudo laureles en la cabeza. En nuestro Grupo II todos son bastardos conocidos: el Capitán Anchoa, que ya ha subido sin ganar ni un partido, el Doctor Miranda, que ha perfeccionado la fórmula del uno cero en el noventa y tantos; villanos familiares de toda la vida. El Grupo II es tu clase del instituto y van desfilando los guaperas, los macarras buenos con moto, los macarras malos con moto, los empollones, una caterva de punkis, jevis y pijos y un repetidor eterno aspirante al ascenso. Conoces sus vidas, sus historias, formas parte de ellas. ¿Se diferenciará mucho el macarra de aquí del de allá? A lo mejor allá llevan motos de agua.

«Esto no ha terminado» dijo por dos veces en la rueda de prensa Sergio Rodríguez, como espantando lo que sabemos que vendrá después de encajar otros tres goles: El Funestismo. Volverán el olor a cadáver, los titulares mortuorios y los enterramientos prematuros porque somos un país necrófilo. Además, lo queremos al detalle; cómo fue apuñalada la víctima, qué arterias fueron seccionadas, la cantidad de sangre perdida, si las mutilaciones fueron post mortem o no. Algo terrible de ser asesinado es que quedas por siempre vinculado a tu asesino, y eso no es justo. ¿Qué tengo yo que ver con ese que me ha matado?  En noticias, en crónicas, en páginas de Wikipedia. Siempre el nombre de la víctima junto al de su asesino. En la misma frase. Es repugnante.

Por suerte el Hércules no nos ha matado, aunque periodistas profesionales del infortunio y agoreros rasos nos envíen coronas de flores. Y justo ahora -son puntuales-, cuando se ha extendido un perfume diferente por la ciudad, tanto tiempo amedrentada por el hedor del cuerpo del Club Deportivo, a quien no dejaron descansar en paz y montaron sobre Babieca para ganar aún no sabemos qué. La afición se ha sacudido el miedo a los muertos, vive feliz disfrutando de su equipo. Y miran hacia delante, hacia el domingo que viene. Son dos goles. Alguien los puede marcar. ¿Por qué no nosotros? Alguien tiene que subir. ¿Por qué no nosotros?

Tengo entendido que en algunas regiones de los Balcanes se enterraba bocabajo a los que pensaban poseídos o creían vampiros; por si les daba por escarbar. Tenían miedo a que volvieran a chuparles la sangre. Deberían hacer lo mismo con este equipo aquellos que quieren sepultarlo noventa minutos antes de tiempo. Porque de lo contrario, se va a levantar y va a llamar a las puertas de los aprendices de augur para tirarles de las orejas. También deberían saber las gentes de poca fe, los tenebrosos y cansos que este mismo equipo fue cadáver durante bastantes minutos la eliminatoria anterior. Ha pasado una semana y ya se nos han olvidado nuestras propias gestas. O parece que siempre estamos dispuestos a admirar más las ajenas.

MEMORIA Y PACIENCIA

segunda

Según fuentes familiares, el padre de mi tío Carmelo no cenaba si perdía el Logroñés. La derrota le enfurruñaba tanto que se enclaustraba en su casa del casco viejo, ciudad a secas en aquel entonces. Con el pretexto de recogerle para la ronda diaria por los bares, su cuadrilla no tardaba en plantarse frente a la puerta y llamarlo a voces. El motivo real, conocidos sus cabreos deportivos, no era otro que el vacile; me gusta imaginarme a este hombre en una celda de castigo, flagelándose después de acomodarse el cilicio que llevaría hasta la siguiente victoria, imperturbable ante las chanzas de sus amigos. Sobra decir que debió de ser un hombre muy delgado.

Es una historia exagerada, probablemente. Dada la inclinación del ser humano (y la de mi familia en particular) a la hipérbole, no creo que dejara de cenar ni una sola vez; a lo mejor se abstuvo una noche porque el tinto no le cayó bien y ya saben, desde entonces, mataperros. Si viviera hoy, podría cenar cigalas todos los días: 72 puntos y subcampeonato.

Ha sido una temporada de afectaciones apocalípticas. Que es en lo que se ha convertido el fútbol y gran parte del periodismo que le rodea. Hace tan solo unos meses un porcentaje importante de la afición quería fulminar a Sergio Rodríguez, un tipo reflexivo, sereno y pedagógico, de la casa, con un historial muy reseñable. Los resultados no acompañaban a las expectativas, película mil veces repuesta, y llegaron los cuatro jinetes: el entrenador no vale para segunda B, no se ha planificado bien la temporada, la forma física es lamentable, los médicos son matasanos. Además, la templanza de Sergio en las ruedas de prensa se interpretaba como falta de compromiso o personalidad; es sabido que no vociferar es sinónimo de blandura, no gritar ni hacer aspavientos genera desconfianza. Entiendo el atractivo que desprende un equipo dirigido por el sargento de artillería Highway, la poderosa imagen de unos tomates locales convertidos en el once ideal de la Champions. Es una pena que sea un personaje de ficción.

La paciencia marida mal con las jornadas semanales, es verdad universal, pero tengo la sensación de que nunca antes se agotaba tan rápido. Ahora bastan un par de derrotas (o empates) consecutivas para que se entonen las letanías más cenizas y se quiera destruir todo sin saber qué hacer después. Solo nos vale con quemar el poblado, como si todo lo que habitara en él fuera inútil o perjudicial. Noto que hay personas que se vanaglorian de ser resultadistas, lo son a mucha honra, dicen, porque el fútbol es así. ¿No hay algo perverso en tal afirmación? Alguien que solo ansía victorias, le da igual todo lo demás o cómo conseguirlas. Menos mal que solo hablamos de fútbol.

Este texto será acusado de ventajista, de escribirse en los buenos tiempos. Puedo vivir con ello. De momento, toca seguir disfrutando de la mejor temporada en diez años. Acabe como acabe, ya es un éxito.