COSAS GUAYS (Primavera 2017)

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Señales de humo

Primero la venda: no quiero convertirme en un triste de esos que proclama que todo ha muerto. La afirmación de que algo ha perecido no es sino la proyección del fallecimiento del que lo dice. Uno llega, hace, escribe u compone algo y enseguida se apresura a asesinar la disciplina que cultiva por temor a que florezcan frutos más sabrosos o peligrosas hierbas parasitarias. Como si aquel que pusiera fin a las cosas porque sí encarnase un tope artístico insuperable, el capítulo final del libro. Este proceder me repele, aunque alguna vez he caído en las redes del sabihondo que se blinda artificialmente ante los acontecimientos y finge no sorprenderse por nada. En 2014 me percaté de que el disco más reciente de mi Mp3 era de 1999. Ahí la descubrí, la trampa para gilipollas. Durante mi verborrea inconsciente he afirmado que el rock murió por la repetición y la nula ambición de originalidad y frescura. No está de moda construir cosas nuevas con piedras viejas. Luego me enganché a Giuda, la cantimplora semienterrada en el desierto, y aún echo de menos a Lobo Eléctrico, reyes del olimpo del rock del país.

Que en Barakaldo -un lugar proclive al rock- surja una gran banda de rock no debería ser una gran noticia. Un repaso improvisado y acuden raudos Parabellum, Distorsión, Yo soy Julio César, y ahora, Porco Bravo, indiscutible banda -solo lastrada por su excesiva turbonegrización– que ejercen de auténticos embajadores underground. Desde hace unos diez años también están los Tiparrakers, cuyo punk rock seco y afilado no hace demasiado ruido. Cualquiera que sepa de qué va esto no tarda ni dos segundos en percatarse de que hay fondo. “¿Quién es el bueno de ellos?” preguntaba siempre mi tío en la vieja grada general. Bien, estos son los buenos de allí. Definir el sonido tiparraker es difícil; y eso es lo mejor que le puede ocurrir a cualquiera, una bendición, significa que has roto el molde y no saben en qué cajón meterte. Cuando te pones a escribir sobre un grupo y llegas a este punto, se suele hablar de personalidad. Yo creo que esta es consecuencia de la despreocupación y del talento, y me imagino a los Tiparrakers en el local, haciendo lo que les viene en gana sin ensimismarse con ningún artista en concreto. La base de la banda podría ser -vete a saber- esa zona gris entre rock agresivo y punk que trazó Motörhead. Pero la voz vehemente de su cantante, su manera de introducir los versos cortantes los eleva aún más, le otorga al conjunto una solidez envidiable. Una voz de extrarradio que tiende a la melodía y la claridad, que deja de lado los imprecisos dejes cazalleros. En Señales de humo, su cuarto y último trabajo, han conseguido tamizar ese ruido fronterizo mucho más. Es un disco perfecto, pegadizo, corto, lleno de futuros hits como “No comprendo”, “Quien es quien”, “Triángulo, cuadrado, rombo”, “8 días” o “Ciudad higienizada”; las tres canciones restantes no desmerecen nada y redondean el compacto. No me gustaría acabar sin hacer referencia a su directo. El pasado octubre les vi junto a los suecos The Baboon Show, una baza peligrosa a causa de la arrolladora energía de los nórdicos. Sin embargo, estos Vizcaínos Desconocidos fueron su austero contrapunto punk rocker, regalando una velada y actitud extraordinarias. La lección previa a las bufonadas de los de Estocolmo.

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RING RING MALDITO

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Nos dice el inglés que pensemos en nuestras New Year’s resolutions y me entran unas ganas locas de tener una pistola para pintar un Pollock con su sesera. Como no tengo armas de fuego a mano, pues pienso, qué pereza. No me renuevo demasiado, siempre la misma resolution: intentar ser buena persona, que es más difícil que aprender inglés a la vez que dejas de fumar mientras haces sentadillas con doscientos kilos. Es muy cursi, lo sé y me da igual, pero aun así no lo digo, a ver si se piensan que soy demasiado bisoño o directamente imbécil. No digo nada, de hecho. Al mirar discretamente la hora en el móvil me percato de que un amigo me está llamando. Son las diez menos cuarto aún, debería estar currando. Mi cerebro activa el Protocolo de Sonidos y Comunicantes Intempestivos, un proceso minuciosamente diseñado que registra todos los timbres, teléfonos, interfonos, campanas y sirenas de barco; analiza su duración, rebusca en los confines de la memoria la última llamada del número en cuestión (si es conocido) con el fin de anticipar una reacción. Este súbito proceder no prevé nada, sin embargo, y al final todo desemboca en la misma sensación una y otra vez: angustia. Algo (malo) ha ocurrido.

Hubo un tiempo en el que el nerviosismo no se apoderaba de mi cada vez que el teléfono sonaba a horas raras. Eran los buenos tiempos telefónicos, la era de los fijos y los zapatófonos. Por entonces las voces al otro lado de la línea sólo transmitían buenas nuevas -cuelga tú, no cuelga tú, cariño-; vivía feliz, ignorante de las aptitudes catastróficas del aparato, incluso me gustaba recibir llamadas porque significaba que se acordaban de mí, que íbamos a dar una vuelta por ahí, a pasarlo bien. Pero un día la señal acústica acompaña a la desgracia, se convierte en pegadiza banda sonora y ¡ay!, ya no podrás desvincularlas jamás. Cada vez que oigas ese sonido un policía en el umbral atravesará tu mente, o un doctor de semblante grave, o un chaleco fosforito de urgencias, o un bombero con una radial, o un ramo de flores pegado a una farola. Drew Barrymore en Scream.

No aguanto más, dejo al grupo con el get a (better) job, improve my English y salgo al pasillo, devuelvo la llamada (¿calling back se dice?, voy a suspender), mi colega tarda apenas un segundo en manifestarse. Mala cosa tan rápido, me dice el augur de chichinabo que todos llevamos dentro, el que acierta poco y asusta mucho, el que nada lo sabe. Es una desgracia, efectivamente. Reversible, al menos.

—Para que lo sepas. Llámale, sin que se note; yo quedaré también con él.

Sobrecoge escuchar las resolutions de los fiambres, siempre son paradójicas. Se iba a casar pasado mañana y se sale de la vía al ir a ver a su amante, justo le acaban de ascender y salta por los aires tras un escape de gas, deja mujer y dos hijos en cada provincia. Parece que un retorcido guionista -la vida perra- hubiera planeado los momentos de la muerte y sus irónicas circunstancias. Vaya puta mierda, empezar el año así. Vuelvo al go to the gym, travel around the world. Me entristece mucho la noticia que me acaban de asestar; fuera comienza a llover muy fuerte y los cristales suenan tipitipi-tip- tip. Como en las películas.

LA MIRADA DE LUCAS

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Los martes leo el Pronto en casa de mis padres. Empiezo por el final, por esa sección que aglutina curiosidades de índole diversa, luego voy al epígrafe trabajo de Tauro, por si hubiera novedades y, de ahí, salto al monográfico Vidas interesantes. No hago demasiado caso al resto, miro los santos a ver si reconozco a alguien interesante de verdad, poco más. A veces encuentro petróleo; la revista aúna la actualidad rampante con mini-artículos sobre personajes condenados al ostracismo durante decenios y de otros en decadencia permanente. De ese batiburrillo emerge la mirada triste de George Lucas. Al principio no me doy cuenta porque George está rodeado de los clásicos personajes Disney ataviados como los de Star Wars; Minnie de Leia, Goofy de Darth Vader, Mickey de Obi Wan y el pato Donald de Han Solo. Eso despista mucho. También sale R2D2. Arropado por la recua, Lucas sale vestido de Lucas: eterna camisa de cuadros, deportivas blancas y tejanos desgastados. Detrás han pintado un bosque parecido a los que -sabemos- crecen en la luna de Endor. El creador del fructífero universo parece cansado, ausente, fija su mirada en el horizonte, como la de Luke ante la Binary Sunset de Tatooine. Se nota que está pensando en otra cosa, que no quiere estar allí. En su cabeza se agolpan las imágenes y las cuestiones. ¿Por qué Rogue One no empieza con el texto amarillo y el tema de John Williams? ¿Por qué nos privan de ese ¡pum! emocional en el pecho? Quizás se encuentre confundido, como el inicio de este spin off, un galimatías en el que ocurren muchas cosas mal narradas. Tan mal, que han tenido que poner carteles debajo de los nuevos planetas, señales de tráfico para no perderse. Piensa en algo plano y liso, sin honduras dramáticas ni cómicas ni nada. La intemperie de la estepa sin fin. Imagina los personajes nuevos, el comando suicida. Todos merecen morir: la protagonista vacía, el líder rebelde de ambigua moral, el ciego karateka, jedi de marca blanca, el grandullón del blaster ametrallador. La Alianza de Civilizaciones de Zapatero era, en realidad, la Alianza Rebelde. El robot sí que le da un poco de pena. Pobre máquina, más humana que los personajes. No hay química, no hay complicidad y todo se verbaliza, incluso lo intrascendente: ha faltado un “me voy a mear” en algún momento. Muchas palabras, pero ninguna memorable. Ni siquiera Moff Tarkin -Peter Cushing resucitado digitalmente- cuenta algo interesante, un secundario de infinitos quilates desaprovechado. Quizás no era necesaria su nueva aparición. Lucas piensa en Vader. Su entrada en la peli le gusta. Es lo mejor, junto al descubrimiento del nuevo Planeta Caribe. Incluso disfruta la nueva versión de “su carencia de fe resulta molesta”. Y el malo, el de la capa blanca, es salvable dentro de todo el desaguisado. Tira que te va. El problema es que no está tan mal, se han arriesgado un poco más. No mucho, pero sí algo más que en el Episodio VII. Uy, eso mejor ni tocarlo, ¡fuera! ¡fuera! Hay cosas buenas, ideas incluso decentes… pero no se profundiza, son como esbozos, se intuyen pero no tiene forma. Lucas sacude la cabeza levemente. ¿Y si le corto la cabeza a Goofy con el sable láser y la clavo en una pica a la entrada del rancho?

COSAS GUAYS (Nieblas 2016)

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Milf Fantasy

Salir de la rutina es uno de los requisitos básicos para que sucedan cosas. No sé qué clase de sustancias segregará nuestro cuerpo antes de emprender un viaje o pasar una temporada fuera de nuestra realidad habitual, cuál es motivo del vértigo que se instala en nuestras tripas durante el tiempo que dura la historia. Alejados del confort diario, la aventura se nos insinúa rápidamente o nosotros coqueteamos con ella, le ofrecemos nuestra mano porque estamos predispuestos a vivirla. Como si estar en otra ciudad, otro país, fuera transitar un plano de nuestra existencia distinto, poblado de actores diferentes al reparto de siempre. Tendemos a pensar que los habitantes de los planos nunca se conocerán porque ambas nos parecen realidades separadas, dos habitaciones contiguas sin puertas ni ventanas. En Un verano en las dunas, Seth nos cuenta cómo se enamora de la mujer del jefe. El canadiense nos lo cuenta con soltura y sin aspavientos, sin pisar la pasión desmesurada ni la asepsia total; el foco en el lugar adecuado siempre. Mediante línea estilizada presenta su experiencia como adolescente cocinero en un restaurante de un pequeño pueblecito turístico; me ha encantado el naturalismo de las conversaciones entre sus compañeros de curro, la forma brillante de Seth al cargar de vida sus personajes a través de diálogos magníficos. Seth se presenta a sí mismo como freak melenudo y reflexivo, un poco lacónico, con gran sentimiento de la justicia y fino sentido del humor. El cómic no va de nada y eso es lo mejor, que ahora parece que hay que explicarlo todo. Publicado originalmente entre 1991 y 1993, cuenta el enamoramiento del autor, el cual sucede fruto de la situación excepcional, un contexto adecuado (el marido gilipollas y baboso) y el influjo que la jefa Dunas ejerce sobre el joven Seth, convirtiéndose en su despertar sexual. Muy guay. La edición corre a cargo de Fulgencio Pimentel y es fabulosa. Además, también incluye la historia Dichosa la hora, otro trauma de Seth narrado con más desparpajo: la paliza que le pegan unos rockers durante una noche de fiesta.

AJ Davila

El que fuera uno de los máximos perpetradores de Davila 666 inició su carrera en solitario hace varios años y yo me acabo de enterar. Ya ven qué bien funciona este recomendador… El puertorriqueño (establecido ahora en México) ha publicado ya dos discos que me parecen fabulosos, Terror Amor (Nacional Records / Scatter Records, 2014) y Beibi (Burger Records, 2014). Su primer trabajo (Terror Amor) está trufado de colaboraciones y el resultado es fantástico (¡leo ahora que sale Juanita Calamidad, de Juanita y Los Feos!). A mi parecer, continúan la estela de Davila 666; quizás tire un poco más de las hebras pop que la difunta banda poseía para anudar un sonido más digerible, pero igual de oscuro y sucio (o más) que antes. Cien por cien guay.

LO QUE TIENES QUE HACER

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Son las cinco palabras mágicas. Deben pronunciarse rotundamente, con vehemencia visigótica, con tipografía grave y pesada, como de panteón. Es indispensable que el orden sea el arriba dispuesto. Pero todo esto ya lo sabes. Porque lo sabes todo.

Así de petardos somos. Sabemos siempre la manera óptima de abordar una situación ajena, cómo hacer la mejor película de todos los tiempos, la fórmula para escribir el libro perfecto, cómo ligar sin parecer gilipollas, el mejor once. Qué más da. Todo lo conocemos ya. No hay novedad, no hay sorpresa. Todos conocemos la solución rápida e indolora a los problemas de los demás, pero vivimos incapaces de adivinar dónde se esconden nuestras fugas de agua. Cuando decimos LO QUE TIENES QUE HACER apelamos al Manual Secreto Para la Vida Sin Sobresaltos; un decálogo oculto que podemos recitar de memoria, que Indiana Jones arrebató a los nazis en una catacumba azteca. Es como la 2, este breviario, que todo el mundo la ve. ¡Hombre, por favor! ¡Que yo esto lo aprendí a la vez que las tablas de multiplicar! Me encanta, I’m lovin’ it. No sé si en otras partes del mundo utilizarán esta sentencia. Quizás sí, pero no la imagino con el mismo tono de “pobre desgraciado, si es que no tienes ni idea, déjame a mí”. No creo que brille ese barniz autóctono tan despectivo o, a veces, directamente amenazador. No importa que sea una decisión importante o una experiencia delicada y compleja. Todo se arregla fácilmente. “Tengo hambre”, coma. “No tengo dinero”, trabaje. “Estoy enfermo”; cúrese o muérase, pero no maree.

De las pocas verdades que encuentro es que nadie tiene ni idea de nada, me parece a mi. Damos tumbos por ahí con más o menos tino, copa en la mano, mezcla de filosofía de sobre de azúcar -¡la están leyendo!- y optimismo de marquesina de autobús -¡lo están sintiendo!-. Y el ego. Que esa es otra. Vaya combinación. ¡Bajemos todos de nuestros pedestales, oh, queridos seres humanos! ¡Venzamos a la fuerza misteriosa que nos lo impide, como en la película de Buñuel! ¡Yo daré el primer paso, no temáis, y menguaré mis excesos de ego, verbo y peso! ¡Repetid conmigo! ¡No diré las cinco palabras en balde! ¡No pronunciaré más tal cosa!

¡Ya sabéis lo que tenéis que hacer!

MIL DOSCIENTOS QUINCE (IV)

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El público enloqueció y Susana apenas podía mantenerse firme ante el aluvión de empujones. Lentamente el caballo descendió galopando hasta el escenario. Los bailarines recogieron a Xella y el caballo desapareció al trote tras el escenario. En ese momento, al ritmo de los acordes de la canción, estallaron cuatro cañones que expulsaron largas llamaradas. Susana, dolorida, contemplaba a Xella. El eslogan del banco cruzó su memoria fugazmente. El show de la década. Susana deseaba que no lo fuera, pero estaba empezando a creérselo. No habían reparado en gastos, hasta el caballo alado podría ser resultado de una manipulación genética. Estaba aturdida, percibía que Xella no era humana. Poco quedaba de la Rebeca que conoció en Objetivo Éxito. Acabó la canción y Susana decidió marcharse. Era duro soportarlo. Cuando estaba muy cerca de la salida, retumbó la voz de Xella.

—¡Buenas noches!

Rugido del público.

—¡¿Estáis listos para Xella?!

Rugido del público.

—Me gustaría empezar esta noche recordando la canción que me dio la vida… La canción que me abrió las puertas…

Susana no se lo podía creer. Giró sobre sí misma y volvió a mirar al escenario.

—Quisiera…—el público comenzó a corear el nombre de Xella—. Quisiera agradecer eternamente a la persona sin la cual yo no sería lo que soy ahora… Esa persona es…

Los ojos de Susana se humedecieron.

—¡Jeanette! —gritó Xella.

Empezaron a sonar los acordes de Porque te vas y Susana no lo pensó mucho. Corrió entre el gentío y llegó a situarse a unos cincuenta metros del escenario. No podía continuar, el público se agolpaba a medida que se acercaba a las primeras filas. Xella interpretaba la canción con la que la sentenciaron la Noche En Que Todo Acabó. Susana estaba rabiosa, pero se sabía impotente en medio del océano de personas. Maniatada. Buscó en su bolsillo y la encontró. Con todas sus fuerzas, lanzó la moneda de veinticinco directamente a Xella. No vio el proyectil en ningún momento, ni siquiera pensó que llegase a su objetivo. Estaba tan lejos… Susana miró a Xella en la pantalla del costado izquierdo; el foco golpeó en su cabeza y la cantante se desplomó al instante. La música se detuvo, el show de la década cesó; Susana miró a su alrededor.

Sólo había lanzado una moneda de veinticinco pesetas.

MIL DOSCIENTOS QUINCE (III)

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Susana se contemplaba en el espejo minutos antes del momento más trascendental de su vida. Comenzó a repasar mentalmente la letra de Porque te vas, la última canción del repertorio conjunto. Las maquilladoras revoloteaban a su alrededor retocando errores imperceptibles que sólo ellas parecían ver. Raúl, el jefe de maquilladores, supervisaba el peinado que acabaron justo en ese momento dos mujeres en edad de jubilarse. Normalmente Raúl era una persona propensa a la diversión continua que animaba las jornadas laborales con sus chascarrillos sobre actores y cantantes. Esa noche tenía cara de velatorio. Susana ladeó la cabeza para apreciar su perfil.  Tanto el incisivo tupé como el abultado recogido le parecían horribles.  

Susana miró a Raúl.

—No me convence el moño…

—Estás espléndida, Susana —dijo Raúl—. Voy a ver a tu compañera.

Y desapareció.

—Es que los recogidos no me sientan muy bien…

            Se sonrojó y no dejaba de mirar sus orejas en el espejo. No eran descomunales, pero eran grandes. Simplemente.

—¡Qué tontería! —exclamó una de las veteranas peluqueras.

—¿Cuáles te gustan más? —preguntó la otra mujer sosteniendo dos grandes pares de pendientes.

—Los rojos.

Empezó de nuevo. Cuarenta vueltas a la derecha.

Susana rebobinó para estudiar detenidamente uno de los pocos primeros planos que el realizador falsario le dedicó. Los había contado pero ya no lo recordaba. La proporción de primeros planos durante la última canción de la noche era de cuatro a uno a favor de Rebeca. Sin embargo, exceptuando los planos generales en las que aparecían las dos, Susana acaparaba casi la totalidad de los planos largos. Viéndolo de nuevo, la jugada fue maestra. Una traición perfecta, coral. Todos los participantes del engaño sabían muy bien qué labor desempeñaban en el mismo; todo lo que hicieran, desde multitud de frentes distintos, había sido concebido para sumar maldad, para hundirla. Sabían de la importancia de trabajar conjuntamente, algo fundamental en sus profesiones. Pulsó de nuevo el play y congeló la imagen. Su peinado y vestido, escogidos con gusto pésimo, jugaron un papel decisivo la Noche En Que Todo Acabó. Susana parecía una cortina. En ese momento decidió que era el vestido más feo que había visto en toda su vida. El moño y el tupé remataban el adefesio. Su propia imagen, vestida de esa guisa y con ese tocado, le recordaba a una foto de su abuela en los años cuarenta o cincuenta. Susana era un anacronismo comparada con Rebeca, cuyo estilo no difería demasiado del utilizado en las otras canciones. Se habían obstinado en condenarla a ella, no les interesaba aupar a Rebeca más de lo necesario. Era una lucha catódica desigual, inducida, y los telespectadores no decepcionaron: setenta y cinco por ciento a favor de Rebeca y veinticinco por ciento a favor de Susana. Hubo dos primorosas cantantes en el escenario; en casa de los televidentes solo hubo una. Susana apagó la televisión y se marchó rumbo al palacio de los deportes.

Quedaba sólo media hora para el inicio. A Susana le había costado mucho acceder al recinto, pero ya estaba junto a una de las improvisadas barras situadas frente al escenario. Pidió un refresco y zigzagueó entre la multitud hasta situarse a media distancia de la primera fila de espectadores, absolutamente colapsada. No quería perderse ningún detalle de la actuación, pero tampoco encontrarse muy cerca de los fervorosos seguidores de Xella. Desde su situación tenía buena perspectiva del escenario y además podía apreciar las dos grandes pantallas que flanqueaban la mastodóntica mole metálica. Las luces se apagaron y la música cesó. Xella estaba a punto de saltar a escena, pero ¿cómo lo haría? En cada concierto, la estrella acostumbraba a volver locos a sus fans con apariciones teatrales impresionantes. No iba a ser menos ahora. Un haz de luz iluminó la esquina superior derecha del escenario. Allí, tres pisos sobre la cabeza del resto de los mortales, Xella comenzó a cantar a capela uno de sus temas, sentada a horcajadas sobre un caballo alado. Susana valoró el realismo del caballo, si realmente era un animal, una máquina o una proyección.