Categoría: Historias desechables

HAY QUE TENER UN PLAN

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Tata dividía a la gente en cachondas e imbéciles. Esa es una cachonda y su novio un imbécil, soltaba cuando su interlocutor introducía los protagonistas de la conversación o aparecían de improvisto. Manchaba como el fueloil: Lo que te digo, un imbécil y la otra, ya sabes… Aquella tarde les tocó a Sanse y a Ceci representar a la humanidad.

—A ver, lo que pasa es que Sanse no ha trabajado en su puta vida, no me jodas. Si aún vive con los viejos, Indio… Hay que andar más vivo, coño, que no le corre sangre por las venas. Todo el día a mesa puesta, como un Pepe, y aún se queja.

Cruzaron el paso de cebra hacia el bulevar. Tata miraba para todos lados acelerando el paso. No se paró ni a vacilar con la cachonda de ACNUR que los emboscó. Le debía de perseguir Lucky Luciano.

—Habló el de los treinta días cotizados.

—Yo me busco la vida, primo. Me llevo cosas de sitios para llevarlas a otros sitios. Soy como los camiones, los trenes o los barcos. Pero no me cambies de tema, que estamos despellejando a Sanse. Que, ojo, podría partirlo que alucinas, ¿eh? Porque es superlisto, el mamón. Más que tú, Indio, sin ofender. Lo que pasa es que no quiere; es como Guti, que pudo ser el mejor del mundo, pero no le salió del cimbel. No me entra en la cabeza eso, primaco. Tanta carrera, tanta ingeniería, tanta filosofía, para acabar machacándosela con el portátil, lo único que le entretiene, al mono salido, porque hará un par de generaciones que no cata hembra, y yo para las letras no, pero para lo femenino tengo la memoria de mil elefantes, que sería con la Ceci si te descuidas, le dejaría servirse un poco de marisco cuando el instituto, por pena, que a mí chapó, alguien tiene que interesarse por los necesitados y yo ando fuera de cobertura, anda que no se ha ganado el cielo, otra que todo lo que tiene de lista en la azotea lo tiene de pringada en el sótano; mira, pues la Ceci no es una cachonda, al menos no todo el rato, que eres un hablador, pero el maromo es imbécil al corte, no tiene ni dónde caerse muerto y viene y se lleva una de las perlas del barrio, vamos hombre, no me jodas, por las pocas que podíamos inflar un poco el pecho, coño, que yo cuando la veo vestida de Ally McBeal, con sus taconcitos, tipi tipi, su maletín y conduciendo el Bemeuvito se me saltan las putas lágrimas, fuera bromas, y le alabo el gusto, aquí todo son habladurías, ya sabes; se van siempre los mejores, ¿cómo no vas a pirar?, es lo que le pasa a Sanse, si vales y te quedas te hunden los hijos de perra, así somos, funcionamos como un remolino que traga poco a poco, somos las pesas en los tobillos, capaces de ahogar a Michael Phelps si nos ponemos. Llega un momento en el que el barrio solo es bueno para recordarlo y, para eso, hay que largarse; mira a Sanse, venga leer sin parar, que de tanto libro va a dar en loco como el puto Lazarillo de las pelotas y escribiendo unas chapas que no las entiende ni Jesucristo, eso solo funciona más allá de las vías, lo sabe cualquiera, hay que tener un plan, que se alquile un pisito bien lejos, aunque, claro, para eso tiene que trabajar, que habrá que verlo por un agujero en el curro, o que haga como la Tamara, que se ha ido con los ingleses y los ha puesto firmes, por algo será, a ver si ahora van a ser tontos los ingleses, primos hermanos de los americanos que dominan el mundo, ¡zas!, otra cremitas que nos han sisado; una cosa te digo: si tengo yo ese coco, aquí iba a estar, no te jode, viéndote el puto jerol. Los huevos. Salgo zumbando para algún país panchito, que allí a los extranjeros los tratan de puta madre, invento algo que alucinas, la bici que aparque sola, y me voy a Miami con Julio Iglesias a ponerme amarillo de follar, lo primero es lo primero. Plis, mor, guimi mor, oh Tata, yes beibi. Flipas. Y luego vuelvo más rico que Dubai y planto en medio del puto barrio un palacio que se vea desde la estratosfera, cuyas casas, porque tendrá bastantes, formen un inmenso “JODÉOS” que pueda leerse desde el espacio. Dime que no es un buen plan. Lo tengo pensadísimo todo, primo. Solo tiene un fallo: yo.

Tata se detuvo frente al paso de cebra que apuntillaba al bulevar.

—¿Qué haces?

—A partir de aquí no puedo pasar. Que me matan.

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PINTURA DE CAMUFLAJE

camaleón

Sanse arrancó de nuevo el Cinquecento de su primo. Trazó eses afiladas de grupo jevi y se detuvo al rebasar la última farola. Indio bajó la ventanilla para liberar la humareda.

—Vaya ruina.

El copiloto le ignoró.

—Bueno, ni tan mal. Venga, ahora al revés. Mueve esa mano, que la tienes de palo.

—¿Marcha atrás dices? Ni de coña, ¿y si me quedo embarazada? Me cago en todo, ¿por qué me llevo tan mal con las máquinas? Parece que solo funcionaran tras notar la aspereza de años de trabajo manual y, cuando las cojo, detectaran que las mías no tienen callos y se negaran a trabajar, las hijas de puta.

—Chico, qué exagerado, los ordenadores se te dan bien.

—No, en serio, tron —Sanse apagó el contacto y volvió el rostro hacia su amigo—. Creo que he vivido sin saber lo que quiero, sin preocuparme por nada más que mis putos tebeos, mis libros y discos; mis basurillas. Soy un hombre de una cultura inmensa, lo he conseguido, hurra por mí; puedo recitarte cronológicamente la filmografía de Ingmar Bergman, conozco el apellido del que llevó los cables en Ben-Hur, a qué colegio fue cualquier fluffer de los setenta. Hostia puta, tengo tres carreras y una memoria prodigiosa para lo irrelevante. Pero te envidio, Indio. A buenas, ¿eh? Y no porque las pongas en fila, eso me la suda. Tú eres resolutivo, práctico: se rompe algo, lo arreglas y a otra cosa. Es lo que hacen los tíos; mi viejo, por ejemplo, tú… A mí hasta cambiar una bombilla me da ansiedad, me paralizo y se me queda cara de subnormal; soy tan torpe que tengo que llamar a un tipo de verdad para que lo haga y, entonces sí, escribo un libro sobre ello. Muy bonito a lo mejor, y con suerte contendrá un par de frases ingeniosas que luego me avergonzarán. Soy anecdótico, tron. Y un farsante. Un tío de cartón piedra.

—Joder —encendió la chusta—; solo llevas dos días trabajando, cinco años sin conducir y tres meses con Lucía. Deberías estar feliz y, sobre todo, más tranquilo.

—No vuelvas a pronunciar esa puta palabra. A ver, te estoy contando que no sé ni por dónde me da el aire y me respondes como un conocido en un paso de cebra. ¿Y si se dan cuenta en el trabajo de que no soy como ellos, que no sé hacer nada? Por lo que veo, Lucía es otra inútil como yo, ¿qué pasará cuando me pida que le arregle la cisterna del váter o un puto radiador? Se van a dar cuenta. Tengo miedo, Indio. Auténtico pavor a que me descubran y todo se vaya a la mierda, a que en el curro no me acepten… O peor: ¿y si a Lucía, como a las putas máquinas, se le antojan de repente las manos ásperas? De momento —golpeó el volante—, este italiano cabrón ya me ha pillado.

REYES

reyes

Ceci giró sobre sí misma.

—Hala, qué chulo.

—Mi autorregalo. Del Mango de gordas; la más pequeña, eso sí. No sé, igual lo cambio.

—Te queda fenomenal, yo me lo quedaba.

—Si me agacho se me ve hasta el pensamiento.

—Pues no te agaches. Queremos sopas y sorber… —Tamara alcanzó un paquete envuelto en papel de periódico—. Mira, para cuando llegaron a casa de Sanse sus majestades ya no tenían ni para pipas.

Sanse se recolocó sus enormes gafas de concha.

—Perdona, a mi casa vienen siempre los primeros, que yo soy muy monárquico para ciertas cosas; Burger King para comer, Royal Crown para fumar y King Size para amar —cogió su maqueta del Enola Gay escala uno setenta y dos—. Esto va a ser difícil de igualar.

Tamara rompió los titulares cruzados.

Oráculo manual y arte de prudencia. ¿Qué insinúas? Me encanta— Le besó en la mejilla.

—Eres demasiado buena para este planeta, Tamara. Se lo iba a regalar a Indio, pero vino al mundo con uno debajo del brazo. No cambies nunca.

—Gilipollas.

Ceci arrancó la etiqueta del vestido y se sentó en el hueco libre del tresillo.

—Mira cómo se sube. Su puta madre. ¿Y este qué? —alzó la voz— ¿Necesitas ayuda?

En la habitación contigua Indio se colocaba la americana gris. Salió al salón.

—Bueno, Rodolfo Valentino —Sanse silbó.

—No me veo yo con esto.

—Indio macho, si has nacido para llevar traje —dijo Ceci.

—Ya lo creo, Indio Evolution.

—Además, esto tiene que costar un pastizal.

—Es un regalo tripartito, no busques que no hay más —Tamara sonrió.

Indio frunció el ceño.

—¿Tú también?

Sanse encogió los hombros.

—Estas son las perpetradoras intelectuales; solo soy autor material, un tercio de responsabilidad. Yo, si fuera tú, no se lo perdonaba nunca.

—Es que eres muy difícil de regalar; no lees, no escuchas música, los deportivos son muy caros. Y hierba, me niego.

—Yo te quería cortar la coleta, que me pone negra.

Indio la sujetó como si fuera a desaparecer solo con mencionarlo.

—Ni de coña. ¿Desde cuándo fumas, Tamara? No te sienta bien Londres a ti.

Sanse rio.

—Ahí lleva razón, mira el rosáceo que te está saliendo en las mejillas. Ya casi has completado la transformación en cerdita Peggy. De belleza ibera a celta feúcha en cuatro años de té y fish and chips. Es que lo arruinan todo.

—Frena, guapo, que te meto el avión por el culo.

—Uf, pero igual de brava.

—Oye Indio —Ceci se levantó del sofá y se bajó el vestido—, ¿puedes darme el chándal? Solo un momento.

Dudó.

—¿Para qué?

—Tú déjamelo.

Indio volvió con él y se lo ofreció a Ceci. Esta abrió la ventana y lo arrojó. Sanse se congeló.

—Era de Adidas.

Sanse volvió a la vida rápidamente.

—De Adidas dice el señor de los bazares, el Indochino.

Tamara, boquiabierta, comenzó a aplaudir.

—Sí señora. El puto chándal de los huevos. Y no se lo ha tomado ni tan mal. Cierra, anda, que hace mucho frío.

—¿Cuándo os vais? —preguntó Indio.

—Pasado mañana.

—¿Hasta cuándo?

Ceci y Tamara se miraron de reojo.

—Eso ya…

Indió sacó el teléfono y marcó el número del mejor restaurante de la ciudad.

—Hala, pues ya está mi regalo. Pero si yo voy así disfrazado vamos todos de gala, ¿eh? Tu ya tienes el vestido, Ceci.

—Es que se sube.

—Voy a cambiarme ahora mismo.

—¿Y yo? Me podíais haber regalado el traje a mí, perras. A ver, ¿qué me pongo? Tengo esta —Sanse señaló su camiseta de Evil Dead—, la de Cannibal Corpse o la de Hellraiser.

MATAR AL INDIO

calaveraindia

—Mí cerveza querer. Rostro pálido gustar, ¡ñam, ñam!

—Dios, qué original.

Indio se percató de que apenas quedaban plumas en el penacho de jefe de la tribu; se lo había quitado porque le picaban la nuca y la frente. A los pocos segundos de abrir el plástico, ya se cayeron la mitad al suelo del salón y de camino al Elepé perdió otras tantas.

—Gracias por venir. No te esperaba.

—Todos los días no se ganan premios importantes, Ariadna Monroe.

El vestido blanco de la película aquella, el corte de pelo y el maquillaje clavados, pero a Indio le sobrevino el rostro sin vida de la actriz, la foto famosa en blanco y negro. Ni los retratos de Warhol, ni una taza ni una whopper. Ariadna dirigía un programa de sátira que se había convertido en un fenómeno televisivo. Lo hacía todo; escribía los guiones y encarnaba a Blonde D’Ebote, la ingenua corrosiva que ajusticiaba personajes relevantes de la actualidad política con preguntas-bomba. Lo de Mejor programa de entretenimiento no hacía honor ni a la peor de sus líneas. Un cerebrito, Ari, además de una impecable gestora de fiestas. La escasa luz del local iluminaba a los asistentes distribuidos en corros. Drácula, Iron Man, un zombi y María Antonieta charlaban en uno cercano.

—Antes de nada, ya sé que me he puesto el lunar a la derecha, me acabo de dar cuenta. Pide lo que quieras. Aún falta mucha gente.

Escucharon un «enhorabuena» a su espalda. Ari se dio la vuelta y cosió a besos a Frankenstein. Indio aprovechó para ir al baño; preveía una velada aburrida, una pizca de anestesia no venía mal para soportar a tanto desconocido. Abrió la puerta y se introdujo en el cubículo. Dispuso una pequeña línea sobre la reluciente cisterna.

—Así que te follas a Ari.

Indio aspiró la coca y corrió el pestillo; dislexia súbita. Debía de ser el tal Manu, su amigo de toda la vida y amante durante las estaciones secas. Ella hablaba mucho de Don Perfecto; comprensivo, inteligente, puntal firme cuando murió su padre; compañero de viaje, le llamaba en plan cursi. Tras las esporádicas loas, Indio dudaba entre casarse con semejante sensei de la vida o emprender una campaña por la conservación de un ejemplar único, destinado al formol bajo el epígrafe «os lo perdisteis». Revisó su caño en el espejo, suspiró y se puso la escafandra para transitar la cruz de la luna, imperceptible a la mirada benévola de Ari. Llegó el cruce de cables, era inevitable. El Cantar de Mío Mimosín de Ariadna le había distraído; se lo creyó, cosas del amor. Y así andaba Indio; la barricada construida a medias, sin estrategia defensiva y con Míster Hyde montando guardia tras una miserable puerta de aglomerado. Y la otra puerta, la de salida, muy lejos.

—Abre, anda. Y ponme una.

Un sonido metálico acompañaba los cortos pasos del supuesto Manu.

—Es el de chicas. Y está lleno.

—Que te quede clara una cosita: aunque ya no esté con ella, Ari me importa mucho, ¿te enteras? Es mi amor desde la escuela, el primero; seguro que me comprendes.

—Me pierdo con las telenovelas, demasiados personajes.

—Ni se te ocurra joderla ni meterla en ninguna historieta, que ya sé de qué palo vas tú; de oca en oca, que te conozco.

—De oídas.

—Salió el listillo. Bueno, resumiendo: si le pasa algo a Ari, te meto dos tiros, payaso. ¡Ah!, y mudito te quiero, nene.

El tipo dio un golpecito en la puerta y volvió a la fiesta. Indio esperó un par de minutos antes de salir. Nada más verle, Ari Monroe interrumpió su conversación con Lara Croft y Miércoles; le hizo señas para que se acercara. Ambas le comunicaron las ganas que tenían de conocerle.

—Mira, ahí está Manu. Este a lo suyo, le digo que venga y ni puto caso. Otro sin imaginación; cómo son los maderos.

Entonces observó las espuelas de las botas, el pañuelo al cuello, el sombrero calado hasta las cejas, la barba de semana, la cartuchera del revólver, las puntas de la estrella de sheriff. Manu le miraba fijamente. A Indio solo se le ocurrió levantar la mano:

—Jao.

EL MUÑECO DEL GTA

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Tata sacó el teléfono del bolsillo trasero de su bañador David Beckham Swimwear por enésima vez; cubrió la pantalla con las manos para comprobar la hora, volvió a guardarlo y se ajustó el collarín. A pesar de la calorina, el ajetreo en el centro comercial no cesaba; las hormiguitas atravesaban el aparcamiento con sus cáscaras de pipa a cuestas. Los propietarios del todoterreno que servía de pared a Tata e Indio, una pareja joven, se habían montado muy en silencio, cortando su conversación acerca de una cena en el pueblo; salieron del parking a la velocidad de la luz. Los dos amigos intercambiaron vicios; chiflo por lata de Monster.

—Es que espantas con esta grifa. Ya te vale… ¿Por qué no quedaste dentro del Media Market? Por lo menos tienen fresquito —Tata arrojó la chusta y la pisoteó concienzudamente—. Este no viene, te lo digo yo.

El comentario de Tata, avalado por tres cuartos de hora de espera al sol, amenazaba con ser verdad. Él estaba tan tranquilo, dentro de las circunstancias; ignoraba que, si el ausente no llegaba, podía despedirse de la segunda tanda de dientes que le habían colocado los alumnos de una FP. Indio no descartaba daños colaterales en la ferretería familiar a cargo de su hermano Tatín, su fotocopia cinco años menor. Igual de chanchullero y buscavidas, pero en listo; Tatín tenía una mujer inteligente, guapa y con pasta, había heredado el negocio pese a ser el pequeño y preveía expandirlo por la provincia. Además, era buena persona, siempre visitaba al Tata en la cárcel; «si yo estoy aquí, Indio –le dijo una vez–, es por mi hermano. Por su estupidez. Si llega a ser un poco espabilado, yo no tengo ese coche ni a Vanesa ni este negocio ni nada. Así que doy gracias a Dios todas las mañanas por darme un hermano tan subnormal. Estoy en deuda con él, ¿cómo no le voy a ayudar?».

Cuando el Hyundai Coupe blanco apareció, Indio sintió gran alivio; aunque no acostumbraba a combinarlas, el Moli tenía palabra. Se bajó del vehículo sin apagar el contacto y se plantó enfrente de la pareja. Parecía un muñeco del GTA. Pero sin armas.

—A ver, Tata, a lo que estamos —dijo Indio.

Tata se sacó un sobre de los huevos.

—Moli, lo siento. He vendido todos los cacharros, pero te doy lo que…

—Calla, mierda. Que eres un mierda —Moli le arrebató el sobre.

—¿Ves? —dijo Indio—, todo tiene solución. Quitas algo, lo repones y listo. Fácil.

Aquel día Moli estaba parlanchín.

—Mira, te voy a contar algo. Yo tenía un balón precioso, un Questra que iba como un cohete, el oficial, un bollito riquísimo… Todos jugábamos con él; en los recreos, después de clase…, ¿verdad, Indio?

Indio asintió.

—Es decir, no me importaba dejarlo allí para el disfrute de todos, aunque yo no estuviera. No iba mucho a clase. Pero un día alguien lo coló en el edificio de al lado; no fue a buscarlo inmediatamente y, claro, ¿qué crees que pasó?

Tata se encogió de hombros. Moli reanudó su sermón.

—Pues que desapareció. Alguien se lo llevó, como es lógico. No me quedó más remedio que investigar quién lo había colado para pedirle los mil duros que costaba. Y me los dio, claro está. Pero no fue suficiente. Porque el Questra tenía valor sentimental. Es decir, el dinero estaba bien; me permitía comprar otro. Pero la cuestión era que la pasta no arreglaba lo que sentía por mi Questra: el dinero no restaura los sentimientos. Así que le reventé de todas formas. Vas pillando, ¿no?

—Te lo juro por mi sobrina, no te robo más.

—Me das pena —dijo Moli con cara de asco.

Después de que Moli se esfumara, Tata se santiguó; también se desabrochó el collarín y se lo lanzó a Indio.

—Hostia, ¡qué puto calor da eso! Gracias, primo. No llevarás cinco pavos…

Indio hurgó en su bolsillo. Le dio un par de euros.

—Eres dios.

JUEGO DE TROÑOS

banco

Cuando Indio se sentó en el yerbín, Sanse llevaba más de media hora de palique. A sus pies se erigía la gran pirámide del faraón Facundo, atravesada por media docena de colillas babosas. Indio comenzó a liarse un porro sin prisa, como le gustaba, como si fuera el último. Tamara y Ceci flanquaban a Sanse en el banco de piedra.

—Vamos a ver qué piensa este, que sabe mucho de eso.

Las chicas cortaron la carcajada; convenía dejar hablar a Sanse, hacía más llevadera la vida de sus interlocutores.

—Indio, ¿sabes Juego de Tronos?

Asintió.

—Bien. Estas dicen que no es una serie equilibrada, que no salen más que tetas y coños. Que de rabos, nada.

—Es que es así —Ceci retiró una cáscara de la comisura—; y tiesos ya, ni hablemos.

Sanse reanudó:

—El caso es que llevan razón, Indio. No creas que no me jode dársela, a este par de monas… Pero hay un error, digamos que semántico en todo esto. Y justo acabas de llegar para aclararnos un poco las cosas.

—A ver, Sanse, que es una manera de hablar —El tono de Tamara denotaba indignación creciente.

—No, no. Es que hay que hablar con precisión. Que tenéis estudios, habéis ido al extranjero. Hostia, que tenéis cartones donde pone Doña Tamara y Doña Cecilia colgados por las paredes.

Indio lio el cilindro y lo prendió. Las conocía de toda la vida, a Ceci y a Tamara. Para él ni siquiera eran mujeres, eran la Tamara y la Ceci. Aun así, siempre que hablaba con ellas, de repente, se encontraba sentado en el alféizar de la azotea de un rascacielos, con los pies colgando hacia la calle diminuta. Ellas no lo notaban; Indio disimulaba muy bien. O eso creía.

—Lo de las tetas, pase. Pero los coños… Eso que sale en Juego de Tronos es el matojo, el pubis en plan fino; sin escorzo, el coño no se ve desde un plano frontal. Está a la vuelta de la esquina, ¿no es así? Es decir, sabemos que está ahí, pero no lo vemos. ¿O es que el pubis también forma parte del coño? ¿Ha anexionado el coño al pubis, quizás? Al ritmo que vais llegará pronto al ombligo.

Ceci había dejado de sonreír.

—Ya te estás pasando de listo, Sanse. El próximo día va a quedar contigo tu puta madre. Y le planteas el dilema.

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El ascensor se detiene bruscamente. La luz en el techo parpadea y  se apaga. Ángel -un travesti-, Eugenio -un trabajador del campo- y Gemma -una jubilada- quedan iluminados por la tenue luz de emergencia. Gemma se persigna mirando al techo; Eugenio resopla y mira el reloj. Pasan unos minutos y el ascensor no se pone en marcha.

—Esto es increíble… En una capital moderna, que ocurran estas cosas…

Ángel saca un puñado de papeles arrugados del bolso y los mira detenidamente.

—No tardará. A lo mejor han tenido que llamar al servicio técnico.

—¡No será un atentado terrorista! Mire que mi marido, que en paz descanse, siempre me dijo que subiera por las escaleras. ¡Ay, Dios mío! Que yo sufro del corazón.

—Tranquilícese señora, que aquí no va a pasar nada. Voy a llamar al timbre porque esto es intolerable.

Eugenio pulsa el timbre, pero no suena. Aun así, se agacha y pega la oreja al altavoz.

—Oiga, oiga, soy Eugenio López. Le hablo desde el ascensor. Queremos saber cuándo va a ponerse en marcha este trasto porque tengo el coche en doble fila y cita con el notario…

—No le oyen; es inútil, está claro que ha sido un apagón.

Eugenio se incorpora y mira desafiante a Ángel.

—Ya. Pues resulta que yo tengo una cita importante ahora mismo y el coche en doble fila. Ya saben cómo es aparcar en el centro, a ver si me van a denunciar…

Los tres se quedan en silencio. Ángel sigue leyendo los papeles, Gemma se ha puesto a rezar en voz baja y Eugenio sigue mirando la hora de forma compulsiva.

—¿Qué lee?

—¿Perdón?

—Si no es indiscreción, claro…

—Ah… Es el guion de Chimenea Mortal. Voy a un casting para la décima parte.

—No será de esas películas… Ya me entiende.

Ángel alza la mirada de las hojas.

—No le entiendo.

—Es que le veo así disfrazado… Bueno, olvídelo. ¿Y se dedica usted a esto?

—En realidad soy peón de albañil, pero mi pasión verdadera es la interpretación.

Eugenio le observa impresionado.

—¿Es artista?

—¿Y qué papel se está preparando?

—Pues el protagonista. La única superviviente de Chimenea Mortal IX; porque el asesino mata a todo el mundo y…

—¡Esa la he visto yo! —exclama Eugenio—; el asesino es en realidad un antiguo compañero del amigo de la protagonista que conoció en la mili, en Melilla.

—Esas eran las películas que le gustaban a mi marido, las de «alemanes».

—Ehhh, sí… Más o menos.

Gemma se dirige a Eugenio:

—¡Qué vida tan interesante! ¿No cree?

—Y que lo diga… Ahora entiendo lo de su indumentaria. Es que los artistas… Y yo pensando que era una vulgar pelandusca, con perdón.

—Pues yo creo que te van a coger, fíjate. Tengo un presentimiento.

—Bueno, en realidad el casting ha empezado hace un cuarto de hora y seguimos aquí atrapados…

Eugenio está cada vez más irritado:

—Es que no hay derecho… Este país, arruinando siempre los nuevos talentos… Hay que estar ciego, ¡si de espaldas es usted igualita que Janet Leigh! Pero descuide, que vamos a ir al casting ese y, ¡vaya si le van a atender!

—Por supuesto que le van a atender, faltaría más.

—Creo que no es necesario, de verdad. Además, usted tiene cita con el notario y usted…

—Yo voy al doctor Cuevas; pero no se preocupe por eso porque el doctor Cuevas es íntimo de mi marido, de cuando estuvieron en Rusia.

—No se hable más. La acompañamos y punto. A ver este maldito trasto…

Eugenio da un puñetazo a la pared del ascensor. La luz vuelve y el aparato se pone en marcha.

—Por fin. Rápido, ¿a qué piso va?

—Eh… Al doce.

Gemma rebusca en el bolso y saca un rosario.

—¿Quiere que se lo deje? A mi nieto le ayudó a sacarse la oposición.

—No, se lo agradezco, pero… En serio, son ustedes muy amables. Gracias, pero no es necesaria tanta molestia; si, en realidad, no tengo el personaje muy preparado…

—¡Tonterías! Está usted espléndida.

El ascensor se detiene y las puertas se abren. Eugenio y Gemma agarran a Ángel y lo sacan del habitáculo.

—¡Esperen! No tengan tanta prisa, necesito repasar el…

—Verás cuando cuente en el pueblo que he descubierto a una estrella del celuloide…

El ascensor se queda vacío. Suena una voz metálica:

«¿Eugenio López? ¿Eugenio López? Ahora mismo mandamos a un técnico, no se preocupe. Recuerde: no haga ningún movimiento brusco que pueda poner en peligro su integridad física…».

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