Categoría: Historias desechables

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El ascensor se detiene bruscamente. La luz en el techo parpadea y termina por apagarse. Ángel -un travesti-, Eugenio -un trabajador del campo- y Gemma -una jubilada- quedan iluminados por la tenue luz de emergencia. Gemma se persigna mirando al techo; Eugenio resopla y mira el reloj. Pasan unos minutos y el ascensor no se pone en marcha.

—Esto es increíble… En una capital moderna, que ocurran estas cosas…

Ángel saca un puñado de papeles arrugados del bolso y los mira detenidamente.

—No tardará. A lo mejor han tenido que llamar al servicio técnico.

—¡No será un atentado terrorista! Mire que mi marido, que en paz descanse, siempre me dijo que subiera por las escaleras. ¡Ay, Dios mío! Que yo sufro del corazón.

—Tranquilícese señora, que aquí no va a pasar nada. Voy a llamar al timbre porque esto es intolerable.

Eugenio pulsa el timbre, pero no suena. Aun así, se agacha y pega la oreja al altavoz.

—Oiga, oiga, soy Eugenio López. Le hablo desde el ascensor. Queremos saber cuándo va a ponerse en marcha este trasto porque tengo el coche en doble fila y cita con el notario…

—No le oyen; es inútil, está claro que ha sido un apagón.

Eugenio se incorpora y mira desafiante a Ángel.

—Ya… Pues resulta que yo tengo una cita importante ahora mismo… y el coche en doble fila. Ya saben cómo es aparcar en el centro, a ver si me van a denunciar…

Los tres se quedan en silencio. Ángel sigue leyendo los papeles, Gemma se ha puesto a rezar en voz baja y Eugenio sigue mirando la hora de forma compulsiva.

—¿Qué lee?

—¿Perdón?

—Si no es indiscreción, claro…

—Ah… Es el guion de Chimenea Mortal. Voy a un casting para la décima parte.

—No será de esas películas… Ya me entiende.

Ángel alza la mirada de las hojas.

—No la entiendo.

—Es que le veo así disfrazado… Bueno, olvídelo. ¿Y se dedica usted a esto?

—En realidad soy peón de albañil, pero mi pasión verdadera es la interpretación.

Eugenio le observa impresionado.

—¿Es artista?

—¿Y qué papel se está preparando?

—Pues el protagonista. La única superviviente de Chimenea Mortal IX; porque el asesino mata a todo el mundo y…

—¡Esa la he visto yo! —exclama Eugenio—; el asesino es en realidad un antiguo compañero del amigo de la protagonista que conoció en la mili, en Melilla.

—Esas eran las películas que le gustaban a mi marido, las de «alemanes».

—Ehhh, sí… Más o menos.

Gemma se dirige a Eugenio:

—¡Qué vida tan interesante! ¿No cree?

—Y que lo diga… Ahora entiendo lo de su indumentaria. Es que los artistas… Y yo pensando que era una vulgar pelandusca, con perdón.

—Pues yo creo que te van a coger, fíjate. Tengo un presentimiento.

—Bueno, en realidad el casting ha empezado hace un cuarto de hora y seguimos aquí atrapados…

Eugenio está cada vez más irritado:

—Es que no hay derecho… Este país, arruinando siempre los nuevos talentos… Hay que estar ciego, ¡si de espaldas es usted igualita que Janet Leigh! Pero descuide, que vamos a ir al casting ese y, ¡vaya si le van a atender!

—Por supuesto que le van a atender, faltaría más.

—Creo que no hace falta, de verdad. Además, usted tiene cita con el notario y usted…

—Yo voy al doctor Cuevas; pero no se preocupe por eso, porque el doctor Cuevas es íntimo de mi marido, de cuando estuvieron en Rusia.

—No se hable más. La acompañamos y punto. A ver este maldito trasto…

Eugenio da un puñetazo a la pared del ascensor. La luz vuelve y el aparato se pone en marcha.

—Por fin. Rápido, ¿a qué piso va?

—Eh… Al doce.

Gemma rebusca en el bolso y saca un rosario.

—¿Quiere que se lo deje? A mi nieto le ayudó a sacarse la oposición.

—No, se lo agradezco, pero… En serio, son ustedes muy amables. Gracias, pero no es necesaria tanta molestia; si, en realidad, no tengo el personaje muy preparado…

—¡Tonterías! Está usted espléndida.

El ascensor se detiene y las puertas se abren. Eugenio y Gemma agarran a Ángel y lo sacan del habitáculo.

—¡Esperen! No tengan tanta prisa, necesito repasar el…

—Verás cuando cuente en el pueblo que he descubierto a una estrella del celuloide…

El ascensor se queda vacío. Suena una voz metálica:

«¿Eugenio López? ¿Eugenio López? Ahora mismo mandamos a un técnico, no se preocupe. Recuerde: no haga ningún movimiento brusco que pueda poner en peligro su integridad física…».

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GRANDE DE ESPAÑA

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Llevaba más de una semana sin fumar porque a doña Margarita no le gustaba el olor de la marihuana. No le dejaba ni dar un par de caladas a un Winston, la muy tiquismiquis. Por lo demás, Indio estaba contento. Las puestas de sol gaditanas eran tan impresionantes como decían; se hospedaban en un facsímil del palacio de Buckingham; la comida toda en francés, como mejor sabe, coñac de verdad, perico clase A, velero a juego, dinerito. Margarita no era muy de follar, no le gustaba sudar ni que le sudasen. Para eso había que usar las manos; así de finas las tenía, de no haber pegado palo al agua en su vida. Solo su personal trainer tenía el privilegio de contemplarla al borde de la asfixia, con el pelo pegajoso y la frente inundada. Wikipedia le había confirmado que aparentaba cien años menos. “Todo natural, ¿eh? No como esas ordinarias de la televisión”, comentaba frente al espejo de pared. Era verdad. Se había empeñado en escapar de la flanera; no quería transformarse en barril mediterráneo, viscoso y bamboleante, pero tampoco ser un osario como algunas mujeres de su edad. Consiguió lo más difícil: el equilibrio entre la calidez de la abundancia, la esfera que arropa, y la tersura del pellejo de las flacas, inmaculado siempre, ajeno a la decrepitud. Bajo aquellas directrices había construido un culo ancho y grande, confortable, un lugar donde ir a morir. El auténtico Ojal Suprême.

Indio tenía que morir tres veces al día. Antes de las comidas, la condesa utilizaba su rostro como butaca. Tumbado boca arriba, esperaba a que doña Margarita terminara de arreglarse en el cuarto de baño. Otras veces se la encontraba ya con las nalgas abiertas. En el momento de la inmersión, al observar su sexo apenas holgado, Indio pensaba en la recua de gilipollas que había salido de allí. Un torero, un aspirante a futbolista, un abogado y una cantante. No le extrañaba que Margarita prefiriera ver su fortuna en una pira antes que en manos de aquellos fantoches. Había prohibido por escrito hablar durante el tema, además de exigir igualdad para ambas concavidades. Las indicaciones eran solo suyas. “Tiene que ir en espiral. Yo no sé qué enseñan ahora”. Se corría rápidamente. “Esto que me pasa es un regalo, una destreza de nacimiento; no saque demasiado pecho, hombrecito”. En un par de ocasiones la condesa invirtió los papeles, se dedicó a inspeccionarle; concatenaba lametones húmedos, largos, con otros fugaces y afilados, certeros.

Doña Margarita acostumbraba a charlar después.

—A veces sueño que me siento sobre el mundo y lo asfixio. Me asombra que siga usted con vida, Kevin; con este culo enorme, en alguna se me queda. ¡Qué bochorno! Diga la verdad, ¿le gusta? Y no me cuente obviedades como está muy bien para la edad que tiene.

Indio le dijo que sí, que a pesar de crecer en los noventa, él era más de culo que de tetas.

—¡Qué gracioso es, Kevin! ¡Qué bien miente! Por cierto, no se lo he comentado porque me apura un poco, pero debe cambiar su nombre de batalla. Eso de Kevin está muy visto, no tiene tirón. Se da un aire a Lorenzo Lamas. De joven, claro. Y parece usted, no se ofenda, un nativo norteamericano, como se dice ahora. Quizás Pontiac o Gerónimo vayan más con su cautivador estilo. No se ría, apuesto a que se lo han dicho más de una vez.

MIL DOSCIENTOS QUINCE (IV)

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El público enloqueció y Susana apenas podía mantenerse firme ante el aluvión de empujones. Lentamente el caballo descendió galopando hasta el escenario. Los bailarines recogieron a Xella y el caballo desapareció al trote tras el escenario. En ese momento, al ritmo de los acordes de la canción, estallaron cuatro cañones que expulsaron largas llamaradas. Susana, dolorida, contemplaba a Xella. El eslogan del banco cruzó su memoria fugazmente. El show de la década. Susana deseaba que no lo fuera, pero estaba empezando a creérselo. No habían reparado en gastos, hasta el caballo alado podría ser resultado de una manipulación genética. Estaba aturdida, percibía que Xella no era humana. Poco quedaba de la Rebeca que conoció en Objetivo Éxito. Acabó la canción y Susana decidió marcharse. Era duro soportarlo. Cuando estaba muy cerca de la salida, retumbó la voz de Xella.

—¡Buenas noches!

Rugido del público.

—¡¿Estáis listos para Xella?!

Rugido del público.

—Me gustaría empezar esta noche recordando la canción que me dio la vida… La canción que me abrió las puertas…

Susana no se lo podía creer. Giró sobre sí misma y volvió a mirar al escenario.

—Quisiera…—el público comenzó a corear el nombre de Xella—. Quisiera agradecer eternamente a la persona sin la cual yo no sería lo que soy ahora… Esa persona es…

Los ojos de Susana se humedecieron.

—¡Jeanette! —gritó Xella.

Empezaron a sonar los acordes de Porque te vas y Susana no lo pensó mucho. Corrió entre el gentío y llegó a situarse a unos cincuenta metros del escenario. No podía continuar, el público se agolpaba a medida que se acercaba a las primeras filas. Xella interpretaba la canción con la que la sentenciaron la Noche En Que Todo Acabó. Susana estaba rabiosa, pero se sabía impotente en medio del océano de personas. Maniatada. Buscó en su bolsillo y la encontró. Con todas sus fuerzas, lanzó la moneda de veinticinco directamente a Xella. No vio el proyectil en ningún momento, ni siquiera pensó que llegase a su objetivo. Estaba tan lejos… Susana miró a Xella en la pantalla del costado izquierdo; el foco golpeó en su cabeza y la cantante se desplomó al instante. La música se detuvo, el show de la década cesó; Susana miró a su alrededor.

Sólo había lanzado una moneda de veinticinco pesetas.

MIL DOSCIENTOS QUINCE (III)

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Susana se contemplaba en el espejo minutos antes del momento más trascendental de su vida. Comenzó a repasar mentalmente la letra de Porque te vas, la última canción del repertorio conjunto. Las maquilladoras revoloteaban a su alrededor retocando errores imperceptibles que sólo ellas parecían ver. Raúl, el jefe de maquilladores, supervisaba el peinado que acabaron justo en ese momento dos mujeres en edad de jubilarse. Normalmente Raúl era una persona propensa a la diversión continua que animaba las jornadas laborales con sus chascarrillos sobre actores y cantantes. Esa noche tenía cara de velatorio. Susana ladeó la cabeza para apreciar su perfil.  Tanto el incisivo tupé como el abultado recogido le parecían horribles.  

Susana miró a Raúl.

—No me convence el moño…

—Estás espléndida, Susana —dijo Raúl—. Voy a ver a tu compañera.

Y desapareció.

—Es que los recogidos no me sientan muy bien…

            Se sonrojó y no dejaba de mirar sus orejas en el espejo. No eran descomunales, pero eran grandes. Simplemente.

—¡Qué tontería! —exclamó una de las veteranas peluqueras.

—¿Cuáles te gustan más? —preguntó la otra mujer sosteniendo dos grandes pares de pendientes.

—Los rojos.

Empezó de nuevo. Cuarenta vueltas a la derecha.

Susana rebobinó para estudiar detenidamente uno de los pocos primeros planos que el realizador falsario le dedicó. Los había contado pero ya no lo recordaba. La proporción de primeros planos durante la última canción de la noche era de cuatro a uno a favor de Rebeca. Sin embargo, exceptuando los planos generales en las que aparecían las dos, Susana acaparaba casi la totalidad de los planos largos. Viéndolo de nuevo, la jugada fue maestra. Una traición perfecta, coral. Todos los participantes del engaño sabían muy bien qué labor desempeñaban en el mismo; todo lo que hicieran, desde multitud de frentes distintos, había sido concebido para sumar maldad, para hundirla. Sabían de la importancia de trabajar conjuntamente, algo fundamental en sus profesiones. Pulsó de nuevo el play y congeló la imagen. Su peinado y vestido, escogidos con gusto pésimo, jugaron un papel decisivo la Noche En Que Todo Acabó. Susana parecía una cortina. En ese momento decidió que era el vestido más feo que había visto en toda su vida. El moño y el tupé remataban el adefesio. Su propia imagen, vestida de esa guisa y con ese tocado, le recordaba a una foto de su abuela en los años cuarenta o cincuenta. Susana era un anacronismo comparada con Rebeca, cuyo estilo no difería demasiado del utilizado en las otras canciones. Se habían obstinado en condenarla a ella, no les interesaba aupar a Rebeca más de lo necesario. Era una lucha catódica desigual, inducida, y los telespectadores no decepcionaron: setenta y cinco por ciento a favor de Rebeca y veinticinco por ciento a favor de Susana. Hubo dos primorosas cantantes en el escenario; en casa de los televidentes solo hubo una. Susana apagó la televisión y se marchó rumbo al palacio de los deportes.

Quedaba sólo media hora para el inicio. A Susana le había costado mucho acceder al recinto, pero ya estaba junto a una de las improvisadas barras situadas frente al escenario. Pidió un refresco y zigzagueó entre la multitud hasta situarse a media distancia de la primera fila de espectadores, absolutamente colapsada. No quería perderse ningún detalle de la actuación, pero tampoco encontrarse muy cerca de los fervorosos seguidores de Xella. Desde su situación tenía buena perspectiva del escenario y además podía apreciar las dos grandes pantallas que flanqueaban la mastodóntica mole metálica. Las luces se apagaron y la música cesó. Xella estaba a punto de saltar a escena, pero ¿cómo lo haría? En cada concierto, la estrella acostumbraba a volver locos a sus fans con apariciones teatrales impresionantes. No iba a ser menos ahora. Un haz de luz iluminó la esquina superior derecha del escenario. Allí, tres pisos sobre la cabeza del resto de los mortales, Xella comenzó a cantar a capela uno de sus temas, sentada a horcajadas sobre un caballo alado. Susana valoró el realismo del caballo, si realmente era un animal, una máquina o una proyección.

MIL DOSCIENTOS QUINCE (II)

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El reloj de la cocina marcaba las once y media. Una vez distribuida la pequeña compra que había hecho en el supermercado, Susana se sentó en el sofá y encendió la televisión. Tenía el día libre hasta la hora del concierto. Hubiera deseado que comenzara cuanto antes, en ése mismo instante. Pensar en lo que pudo haber sido durante tanto rato no podía ser bueno. Le gustaba trabajar en el bar; hablar con tantas personas y el trabajo tras la barra no dejaba demasiado tiempo para pensar. Era su adormidera, por eso los días libres le asustaban tanto; fuera de la rutina laboral, no sabía qué hacer. Antes de la Noche En Que Todo Acabó, Susana se divertía escribiendo sus canciones; composiciones que debido a su perfeccionismo obsesivo se mantendrían inacabadas a perpetuidad. Por lo menos quedaba un remoto poso de ilusión que la espoleaba a seguir adelante sin detenerse a pensar si aquello que hacía valía la pena, si era bueno o malo. Ésa época desgraciadamente terminó. Xella había destruido la estructura onírica de Susana, dinamitando los pilares del triunfo sobre los que se asentaban el resto de esperanzas. Xella era la cabeza visible de una conspiración. La Noche En Que Todo Acabó. Ya sabía a lo que iba a dedicar las siguientes horas. Barajó la opción y no le pareció estúpido; hacía mucho que no lo veía y era el día perfecto. Del mueble sobre el que se asentaba la televisión extrajo un dvd que inmediatamente introdujo en el reproductor. La pantalla azul eléctrico dio paso a un flamante plató televisivo repleto de estructuras verticales donde los bailarines se contorsionaban al ritmo de la conocida sintonía de Objetivo Éxito. Multitud de músicos parapetados en plataformas imposibles, el público en ebullición; una imagen dolorosa que Susana evitaba recordar. Tan solo en ocasiones muy puntuales, cuando su carácter se tornaba más taciturno de lo habitual, utilizaba el dvd como terapia de choque, aunque no siempre los resultados eran satisfactorios. Por mucho que intentara observar aquella actuación con ojos neutros, era como admirar un cadáver. Por muy bello que fuera, seguía siendo un cadáver. Susana pensaba que no había nada glorioso en ello. Su actuación era un acueducto romano o la desdentada muralla de un poblado medieval. Pertenecía a otro tiempo.

Comenzó a sonar Porque te vas de Jeanette y Susana apareció en pantalla por uno de los extremos del escenario. Al mismo tiempo, en el límite opuesto, Rebeca irrumpía en el plató, radiante, con ese punto de ingenuidad fingida y encandiladora que poseía antes de llamarse Xella y convertirse en una estrella planetaria. Era la segunda final de Objetivo Éxito y sus responsables decidieron alterar el formato seguido durante la final original. La nueva contienda sería un dueto. El repentino cambio vino dado por el resultado de la votación de los telespectadores durante la gala anterior. Rebeca y Susana empataron con el cincuenta por ciento de los votos, una situación insólita e irrepetible que la dirección del programa aprovechó para pulverizar los índices de audiencia. Ante la imposibilidad de decantarse por ninguna de las dos, optaron por que fuera de nuevo el público el juez supremo en una fastuosa gala compartida. Interpretarían un repertorio seleccionado durante la semana, una lista secreta que no se desveló durante las conexiones diarias con la casa-plató donde convivían las participantes. Susana observaba su actuación en la Noche En Que Todo Acabó y sintió náuseas. El amaño le resultaba cada vez más evidente y burdo. La distribución de los porcentajes parecía sospechosa por sí misma pero, ¿qué sentido tenía falsear un resultado para empatar? Si alguien había decidido que Rebeca fuera la ganadora, hubiese bastado con trampear el resultado a su favor. Nadie se hubiese enterado. Por lo menos, no en el momento. Susana tardó tiempo en darse cuenta de las razones. No deseaban sólo que Rebeca ganara; había que aplastar al rival. Apostaron fuerte por el personaje de Xella, y sólo podía haber una, ni siquiera imitaciones o productos similares que entorpecieran su camino directo al paraíso. Querían arruinar su posible carrera discográfica.

MIL DOSCIENTOS QUINCE (I)

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La sucursal bancaria estaba muy concurrida aquella lluviosa mañana. Mientras esperaba en una de las ramificaciones de la cola que se había formado en su interior, Susana aún trataba de decidir si era buena idea acudir al concierto. Consideraba la posibilidad desde hacía dos meses, cuando Xella anunció su nueva gira de actuaciones. Se daba cuenta de que no había meditado profundamente la cuestión, que aguardar en una fila interminable era un automatismo. Se despreciaba cuando llegaban este tipo de ocasiones en las que podía observarse desde el exterior, como si de una película se tratase. La mayoría de las veces a Susana no le gustaba lo que veía; un ser frágil incapaz de imponerse siquiera a sí misma. Tras decidir que no iba a asistir al concierto, allí estaba, en una oficina del banco que patrocinaba un espectáculo asombroso, una experiencia visual irrepetible, según rezaba el agresivo cartel promocional. Susana deseaba que, habiendo perdido la contienda contra su voluntad, por lo menos se hubiesen agotado las entradas, algo que no era descabellado teniendo en cuenta que apenas faltaban once horas para el comienzo del concierto. De esta forma, al menos tendría una disculpa, aunque no fuera algo de lo que enorgullecerse; la escasez de entradas no podía suplir su carencia de decisión. Era como jugar a perder, una sensación encontrada. Al fin llegó su turno, se acercó al mostrador para preguntar pero el empleado no le dejó terminar la frase.

—Te atiende mi compañera de enfrente.

Susana volvió sobre sus pasos y se dirigió a una mesa en la que no había reparado al entrar en la oficina, oculta entre el enjambre de personas y los paneles publicitarios gigantescos. La chica hablaba por teléfono e hizo un gesto para que esperara. Colgó inmediatamente, intimidada por el mohín de disgusto que atravesaba el rostro de Susana. La cajera adivinó, simpática, sus intereses.

—Vas a tener suerte, todavía quedan diez entradas.

¿Por qué no las habían vendido todas si tan fantástico era el espectáculo?

Susana extrajo los treinta y cinco euros de la cartera y los puso encima de la mesa. La impresora vomitaba lentamente el resguardo de su pasaporte al éxtasis colectivo que se produciría aquella misma noche en el palacio de los deportes. Cuando caminaba arrepentida hacia la salida, escuchó a su espalda la voz de la empleada, reclamándola.

—Perdona, creo que me das veinticinco pesetas de más —se rió—; hacía un montón de tiempo que no veía una de éstas—. Situó la moneda a la altura de sus ojos y la contemplaba sorprendida.

Susana volvió para recuperarla, agradeció a la cajera que se la hubiese devuelto y salió de la oficina. Todavía caía una fina lluvia. Observó la moneda en la palma de su mano; era de veinticinco, de las grandes sin agujero. Para la cajera había sido una sorpresa encontrarla pero ella sabía perfectamente de qué moneda se trataba. No era una moneda corriente; durante más de la mitad de su existencia, Susana depositó toda su confianza en ella.

Jugueteaba con la vieja moneda de veinticinco pesetas en el bolsillo del chubasquero. La hacía girar sobre sí misma; primero en sentido horario, cuarenta vueltas completas, para luego invertir el proceso. Quince vueltas hacia la izquierda suponían el fin de un ritual concebido en su época de estudiante como pasatiempo para distraer los nervios antes de los exámenes. Se había convertido en su amuleto, siempre lo llevaba encima. Todo funcionaba bien con la moneda a su lado, sentía como le insuflaba una fuerza desconocida para afrontar cualquier situación. Le recordaba a los campos magnéticos o los escudos de protección de los personajes de videojuegos de su hermano, una suerte de invulnerabilidad secreta. Pocas veces salía de casa sin ella y, cuando su memoria le traicionaba, o la burlona moneda cobraba vida, saltando de un bolsillo del pantalón a otro, las catástrofes se sucedían. Susana aguardaba la fila en silencio, ajena al alborozo desmedido y los ensayos improvisados a ritmo de palmas en una ciudad extraña. No había recorrido más de doscientos kilómetros para desperdiciar una gran oportunidad congeniando con mediocres estúpidos en el aparcamiento de un centro comercial. Susana sabía el potencial del que disponía y, a pesar de que era un manojo de nervios, no tenía la menor duda de que el casting era un mero trámite por el que había que pasar; un trance desagradable y bochornoso, como la varicela cuando eres niño; es necesario sufrirla para inmunizarse cuanto antes. Susana no perdía detalle de todo lo que la rodeaba mientras giraba la moneda. Derecha, izquierda. A su lado, una mujer de unos cuarenta años hacía ejercicios de relajación; cerraba los ojos y aspiraba profundamente. Dentro de la variada gama de personas reunidas en los aledaños del centro comercial, a Susana le resultó simpática. Se llamaba Claudia y, aunque utilizaba un tono maternal ridículo, Susana había conversado animadamente con ella, quizás porque no la veía como una rival directa. Claudia era una persona estupenda pero patética desde un punto de vista artístico; hacía gala de una ilusoria apariencia juvenil que le repugnaba.  Le resultaba ofensivo y risible que una persona de su edad vistiera una minifalda tan breve que ni siquiera ella, con veinte años, se atrevía a lucir. Cuando acababa con sus respiraciones, Claudia sonreía a Susana e intentaba cantar el estribillo de Africa de Toto. O algo parecido. Susana conocía la canción, porque la había escuchado mil veces cuando su madre la llevaba en coche a la escuela. Los esfuerzos de Claudia porque la canción fuera mínimamente reconocible eran en vano. El espectáculo se completaba con una pronunciación repelente del inglés y una coreografía paquidérmica. Susana procuró mirar hacia otro lado, avergonzada, y en el bolsillo del chubasquero, las veinticinco pesetas rodaban más rápido que de costumbre. De repente se formó un tumulto frente a las puertas del centro comercial. Susana estaba situada un poco más lejos y no podía observar correctamente. Todo parecía indicar que habían abierto, por fin, las puertas. La estampida fue inevitable, pero Susana decidió avanzar despacio, con paso firme hacia lo que tanto había esperado. Un gigantesco rótulo saludaba a los aspirantes en el vestíbulo habilitado como sala de espera: OBJETIVO ÉXITO. ¡BIENVENIDOS A VUESTROS SUEÑOS! Alguien de la organización colocó una pegatina sobre su pecho. Mil doscientos quince.