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TARROS Y TACOS

tarro

Me di cuenta en Salamanca en 2004. Ya había dado algún garbeo por Europa con unos amigos, así que -pensaba yo, un poco flipado- la geografía española no escondía ningún secreto para mí. De repente descubrí que el secreto era mi procedencia. Minúsculo terruño eternamente fronterizo, nadie sabía muy bien dónde estaba Logroño; si era una provincia vasca, si se erigía al lado de Pamplona, si era un barrio de Zaragoza o la quinta provincia gallega. Muchos se referían a los cuatro monos riojanos que pululábamos por la facultad como esos del norte. Como el bonito. Me encanta la expresión del norte, que abarca desde Finisterre a Creus y desde Santander a ¿Soria? Recuerda, no sé por qué, a cuando aquí decimos del sur. Me di cuenta paulatinamente, no fue una revelación; lo que en realidad significa del norte es que el sujeto no es vasco, ni asturiano, ni navarro, ni maño, ni catalán, ni gallego. Es decir, que el individuo procede de un lugar sin rasgos distintivos poderosos. A los cántabros, emparedados entre dos monumentos a la identidad, sospecho que les ocurre algo parecido.

La mejor -quizás la única- definición de riojano la da Patricio Escobal en la introducción para el lector anglosajón de sus memorias Las sacas: «es generalmente industrioso y alegre, buen bebedor y gran jurador». Aun teniendo en cuenta que al definir un grupo de personas siempre te equivocas, me parece bastante acertada. Yo añadiría que además padece una obsesión enfermiza por meter alimentos en tarros. Si se lo propusieran, mis paisanos serían capaces de embotar una ballena sin trocear o un triceratops con cuernos y todo. Pero vamos a sacar la lupa. Los tacos. Esto da para libro gordo. Y es que -aquí sí que me la juego- no creo que haya muchos sitios donde las palabrotas se relacionen tan bien entre sí, se digan con tanta naturalidad y fluyan nutriendo un torrente imparable. ¿No lo ven en carteles a pie de autovía? T&T. Tarros y tacos. ¿A qué chorra esperas para venir? Hostia ya. O mejor aún: Donde hasta los curas se cagan en Dios. No te la pierdas. O Descubra la Cimmeria con viñas… Convendrán conmigo en que basar la identidad de una sociedad en la proliferación de botes de cristal y en jurar hasta dormidos no tiene mucha miga. Podría interpretarse como una identidad débil, y es cierto. Para qué negarlo. De hecho, este aspecto me fascina. Porque, ¿qué es un riojano? ¿Seres monolingües que al trasluz podrían verse como vascos totalmente romanizados o castellanos asilvestrados? Surgen problemas: dependiendo de la hora del día el riojano puede parecer incluso un navarro o un aragonés. Este déficit identitario provoca un provinciano orgullo, bastante enclenque, enternecedor y peligroso; habrá discrepantes que piensan que La Rioja es La Rioja desde que la cubría el mar de Tetis. Cada uno puede creer lo que quiera, faltaría más; pero ocurre que tengo un método científico que demuestra la veracidad de la pamema que les cuento. Se llama La Trampa Berona. [música de misterio]

La Trampa Berona parte de la siguiente base: cuánto más fuerte es una identidad, más caricaturizable es. Llamen a un amigo que dibuje más o menos bien. Todo el mundo que sabe dibujar algo puede hacer una caricatura aceptable. Empiece así, suave, pídale que dibuje un vasco, para que su amigo exclame «¡chupao!» y se recree sombreando el rabito de la chapela. Luego continúe con un andaluz, para que el desdichado se entretenga garabateando dos buenas patillas. Y luego, a traición, cuando se encuentre cómodo y confiado, golpéele sin contemplaciones: dígale que dibuje un riojano. Y sin trucos, sin botella de vino en la mano ni hojas de parra en las sienes ni coloretes.

¿Qué tal van? ¿Aburridos ya? Pues ahora viene lo mejor. Sí, lectores míos, a estas alturas van a descubrir la verdadera razón de estas cuatro líneas: el fútbol. Lo siento de veras por aquellos que lo odien. Pueden parar aquí. ¿De verdad pensaban que todo este ladrillo sobre la identidad construiría alguna conclusión seria?

El Logroñés se consagró como otro rasgo característico riojano reconocible por el resto de habitantes gracias a su década dorada de los 90. No me acuerdo porque era muy pequeño, pero supongo que sería como un Éibar hoy, que a todos agrada porque es un club enano y no supone peligro para ningún equipo consagrado y mayor. Nos gusta identificarnos con los tuercebotas defensores de la aldea gala (lo verdadero, la esencia incorruptible) de los canallas millonarios de la Champions, mercenarios de Blackwater al servicio de la FIFA; es un mecanismo narrativo básico. Durante unos años el Logroñés contribuyó sin querer a apuntalar el riojanismo -suponiendo que exista- en un sitio con afinidades deportivas peculiares -la mitad de la Rioja Baja es de Osasuna-. Lo mismo en la capital, donde ser del Logroñés siempre ha suscitado mofas más que otra cosa, sobre todo a partir de la Gran Caída. El difunto Club Deportivo lo tenía fácil para atraer fieles: un escudo enigmático pero sencillo de dibujar -obra de un masón, ¡toma ya!-; un himno grandioso, los mejores versos jamás escritos, con una advertencia incluida –Según me traten trato– que podría entintar brazos carcelarios o ser lema de escudo de armas. Pero por encima de todo, el éxito.

En la actualidad existe una disputa por la identidad futbolística que solo el éxito deportivo puede decidir. Los dos clubes homónimos se enfrentan en un contexto identitario entreverado y mutable; ni siquiera uno de ellos, autoproclamado heredero de las glorias pasadas, consigue rentabilizar su añoranza. Los más jóvenes no pueden sentir nostalgia de algo que no han vivido. Ambos clubes optaron por refundar un espíritu hinchado por la primera división; creían que la ciudad les seguiría. Se equivocaron los dos. A la mayoría de la gente le importa tres pepinos lo que pueda sucederles. Huérfanos de estrella de David y Chuta, aplicaron el cuanta más riojanidad, mejor al elaborar símbolos. Los nuevos escudos son abigarramiento de cruces de Santiago, de San Andrés, puentes sobre el Ebro y bandas blanquirrojas; solo falta un plato de caparrones en una esquina. También se compusieron nuevos himnos inanes que solo transmiten desesperación. No se me ocurre nada más alejado del Logroñés que la ópera. El antiguo era pura coherencia, auténtica charanga borracha -disculpen la redundancia- a juego con las tapias coronadas con cristales y alambre de espino de Las Gaunas viejas.

Acabo. Pero no me gustaría cerrar el Word sin antes invitarles a que descubran ustedes mismos el único común denominador riojano. Gentes de otras latitudes, anímense a llamar a sus conocidos o amigos riojanos. Seguro que tienen o han tenido alguno. Queden con ellos, a ser posible en su casa. Y entonces díganles que no puede seguir fingiendo que no pasa nada, que conocen su secreto. Que lo saben todo. Díganles que se los enseñen. Solo un segundo.

Los tarros.

SILBA, QUE YO NO SÉ

silba

En Las Gaunas estoy con la juventud. Con mi percepción de ella al menos. Creo que son los únicos que no silban al equipo cuando las cosas no van bien. O lo hacen menos o yo no los veo o no me quiero dar cuenta. La verdad, casi seguro, será una conjunción de las tres. Sin embargo, cuando el estruendo conquista el campo debido a un fallo defensivo, un mal pase (o uno atrás para asegurar) tengo la sensación de que los chavales no entienden el porqué del clamor. Veo sus caras de “no es para tanto”, contemplo su extrañeza ante un veredicto, el de la grada senior, que consideran injusto y precipitado. Entonces me acuerdo del equilibrio de Ancelotti, del ardor adolescente y del Brexit; por lo visto, los viejos ingleses se quieren separar del Continente y los jóvenes no. Siempre que escucho ese ruido horroroso también me viene Alessandro Alessandroni. Material para diez mil westerns atesoramos en el municipal. No andará lejos de ser el mayor potencial silbador del mundo y ahí se nos queda, desperdiciado. ¿No podrían instalarse algunas dinamos sonoras para que, por lo menos, generáramos algo de electricidad? A lo mejor así encendían antes los focos.

Me encantaría poder englobarlos en alguna categoría sociológica pero no hay consenso, así que los seguiré llamando jóvenes. Les envidio. No saben de la que se han librado. El azar quiso que nacieran cuando el Logroñés ya sólo era el fantasma de un cuento de Stephen King. Un espíritu victoriano que habitó casas fastuosas en los noventa, se conocía todos sus rincones e incluso asustaba de vez en cuando. Estos afortunados únicamente lo conocen por boca de sus mayores, que narran las peripecias, hazañas y anécdotas (Maradona en Las Gaunas, por aquí pasaron los mejores), la vida feliz, la juerga flamenca. Tolkien se equivocó: La Comarca de los hobbits se situaba al final de República Argentina.

Las batallas que habrán tenido que escuchar. Confieso. También he narrado cómo vi a Guardiola, a Beguiristain, a Ronaldo (el bueno), Rivaldo, a todos. ¿De qué sirve? Para que te manden a la mierda con razón. ¿No podría interpretarse esta matraca como, no ya añoranza de un pasado mejor (el nuestro), sino como un plantarse, una negación de la vida actual? Recrearse en la nostalgia está muy bien para darle la espalda a todo.

Es una lástima que no se puedan injertar sentimientos propios en personas ajenas. Un sentimiento no se puede transmitir. Y nosotros a vueltas con el fantasma. Les hablamos de casas espléndidas, de gestas épicas contra el Madrid, de fichajes increíbles, de botas de oro en USA ’94. Pero la realidad es que el domingo vamos a Estella.

No silban porque les parecer normal. Que venga el Langreo, por ejemplo, es un síntoma de que todo va bien, no una cuestión de estatus perdido ni de honor manchado. No los veo tan poseídos por el espíritu del ascenso. A veces pienso que soy uno de ellos y me imagino sin conocer la primera división. ¿Cómo será conocer sólo esto? ¿Qué tal se vivirá sin fantasma que te asuste por las noches? ¿Cómo será el blanquirrojismo sin grilletes de oro?

OLVIDADO HUÉRFANO BLANQUIRROJO

rayas

Cerca de mi casa hay una tienda de segunda mano y antigüedades cuyo escaparate siempre me reclama. Se despliegan ante el peatón multitud de instrumentos mesozoicos -algunos de uso enigmático-, revistas, prensa y libros quebradizos, enormes radios de madera; es -como lo son todas- al mismo tiempo vergel antediluviano y cementerio de utilidades. Paso mil veces por ahí y no puedo dejar de mirarlos. Me gusta cómo exhiben su orfandad dignamente, cómo te miran con sus ojos de metal ennegrecido, de letras que emergen del Mar Amarillo, de instantáneas en blanco y negro con peinados yeyés. Muestra la vida cotidiana de una ajena civilización extraterrestre pese a que los seres que aparecen fotografiados o ilustrados se parecen mucho a nosotros. Aunque el escaparate es cambiante -con frecuencia caótica, eso sí- hay siempre una temática que parece inamovible. No son las novelas de duro, que se imprimieron ejemplares para lectores de varias galaxias, ni los abrecartas ornamentados con profusión, ni material bélico superviviente a guerras pasadas. La estrella de David, con su aureola blanquirroja, ilumina el escaparate desde sus rincones. A veces lo hace incrustada en un banderín triangular o en una gorra de tela efímera, en una bufanda que giró más que un tiovivo, en un disco de vinilo; otras desde la mismísima camiseta, encima de Cajarioja o La Rioja Calidad. Hay algunas cosas que yo creo que son pre-Primera División, anteriores a mi nacimiento; tendré que preguntarles a los del pañuelo. Parado frente al cristal reflexiono sobre el paso del tiempo, así, pedantemente, mirando memorabilia del Logroñés, que dirían los yanquis. Me imagino a sus dueños enterrados empujando la losa del nicho para recomprar lo que fue suyo. Veo a descendientes jóvenes del Madrid y del Barça observar las rayas blancas y rojas con incomprensión. ¿Qué demonios es esto del abuelo? ¿Alguna peña del pueblo? ¿Algo de Franco? No tengo ni idea, pero seguro que si lo vendemos nos dan una pasta puesto que hay frikis de todo. Otros se deshicieron del cuerpo por la puerta de atrás, lo arrojaron al Ebro por la noche, envuelto en una alfombra con otro escudo; el penco ya no corría las grandes carreras y uno se cansa de tanto fracaso. Sobre todo si es palafrenero y se cree caballo de oros. La verdad es que hay pocas seguridades. La enfermedad, la muerte y el olvido. El Logroñés ha pasado las dos primeras metas volantes. Se resiste al olvido, aunque es una pelea estéril. Calculo que quedan unas tres generaciones, cuatro a lo sumo, que puedan glosar los años del Club Deportivo. Me invade un agobio horroroso. Si al Logroñés -que es lo más grande que ha habido-, le queda tan poco, ¿qué va a pasar conmigo? Mis pobres padres fallecerán algún día y, si no dejo descendencia, puede que desaparezca con mi generación. Uy, tengo que hacer algo para estirar el despotrique sobre mí un poco más. Tengo que destacar en algo.  Hijos. Buf. Escribir un libro famoso. Más o menos fácil, pero que sea famoso es muy complicado. Inventar algo que haga bien al conjunto de la humanidad. Tela. Y ya no sé más métodos para trascender. Positivamente, claro; preferiría ser recordado como tonto que como cabronazo. Sigue buscando. Ya está. Si le funcionó al Logro me funcionará a mí. ¡Subir a Primera División! La gente me celebrará en Murrieta sin camisa, se caerán de la emoción rondas enteras en mi honor sobre los adoquines de la calle San Juan, San Agustín o Laurel; las chicas se pintarán mi foto de carné en las mejillas, entornaré la vista como el Che Guevara en pósteres en residencias de estudiantes. ¡Hasta me pondrán una calle larga como al Logro! Espera, no tan rápido. Respira hondo y piensa. ¿Existe una Primera División de las personas?

EL RAYO BENIDORMENSE

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El club debió de fundarse durante los años noventa en la abarrotada playa de Levante de la población alicantina, enfrente del Cable Ski. Puede que incluso mis padres, Dani y Conchi firmaran el acta sentados en la grada del Cable Ski, mientras comentaban las culetadas de los esquiadores. Como ven, se trata de un club de incuestionables orígenes obreros.

Dani y Conchi eran de Vallecas y seguidores del Rayo Vallecano. Como dios manda, supongo. También su hijo, que no recuerdo cómo se llamaba, y nunca estaba con ellos en la playa, ni siquiera en Benidorm. Aun así, ellos hablaban mucho de él. Puede que este tuviera mujer, hijos a su vez, y veraneara en otro sitio, no lo recuerdo bien; quizás los madrileños puedan escoger entre más de tres destinos para irse de vacaciones y no sean como nosotros, que por ley solo podemos ir a Cambrils, Noja o Benidorm. Dani y Conchi estaban jubilados, es decir, que eran bastante más mayores que mis padres. Conchi casaba con la clásica mujer española de su edad, no se me ocurre mejor definición. Miren a su alrededor y la verán. Dani lucía moreno limítrofe con un incendio, de galán ibérico tripón y anaranjado; tan chamuscado andaba que mientras hablaba con mi padre de la situación política, del GAL, del narcotráfico, del Logroñés y del Rayo, yo tenía miedo a que Dani se esfumara y se convirtiera en sombra de Hiroshima. Mi madre y Conchi charlaban sin parar en aquellas sillas infernales que pesaban como si tuvieran un esqueleto de hormigón. Siempre así, ellos de pie donde rompían las olas y ellas sentadas. Se conocían porque mis tíos también veraneaban en Benidorm y eran vecinos de toalla. Como mis padres compartían con mis tíos las mismas coordenadas para clavar la sombrilla, también compartían los amigos. Dani siempre me vacilaba con el Logroñes y yo me cabreaba mucho. Decía que era un club que no le importaba a nadie. Aunque lo comentaba solo para chincharme, ¡qué premonitorias palabras! Entonces yo entonaba el “¡Así, así, así gana el Madrid!” pensando, ignorante, que aquello le molestaría. Le recordaba también que Vallecas era un barrio. Muy grande a lo mejor, más que Logroño seguramente, pero un maldito barrio. Él se partía. Durante bastantes quincenas de agosto consecutivas, el Rayo Benidormense vivió feliz sus años dorados: ellos de pie, charlando, y ellas sentadas, charlando. Mi venganza llegó la temporada 93-94, cuando el Rayo descendió y el Logroñés se mantuvo. No hubo supervivientes.

Mi tía-abuela vendió el apartamento en el año 98 o 99. La andadura del Rayo Benidormense tuvo un final prosaico, sin épica, como suelen ser los desenlaces de las historias bonitas. Para el recuerdo quedan varias temporadas en lo más alto. Y un vínculo incrustado en el cerebro para siempre. Cada vez que veo o leo al Rayo, me vienen a la cabeza Conchi, Dani y su hijo, que no me acuerdo cómo se llama. Un rápido cálculo me advierte de que pueden haber muerto. Me gustaría imaginármelos en una playa, tomando el sol, en Vallecas.

LA AMADA MUERTA

escudo

Marcelo Tejera agarra la pelota, se da la vueltecita, levanta la cabeza y efectúa un pase de treinta metros, raso y milimétrico, a lo De la Peña. Rubén Sosa centra de tres círculos y Manel bate al portero al primer toque. Justo unos instantes después, cuando los jugadores arropan al delantero de Sabadell durante la celebración, noto que mermo en la butaca del auditorio municipal y no quiero que nadie me vea. La carne se me ha puesto de gallina, cuesta contener la riada ante la infancia, expuesta tan sin avisar que olvidé prepararme para encajar el gancho emocional. La imagen muestra ese grano de vídeo doméstico de comunión o de boda, es el estuche negro de VHS sin etiquetar que encuentras en las postrimerías del armario. Un descubrimiento que revuelve la curiosidad, inesperado e ilusionante. Entonces pones la cinta y comienzan a desfilar los difuntos. Ahí están, los difuntos, parecen felices en su mundo de cinta magnética deteriorada; saludan a cámara o son filmados sin enterarse, observas sus gestos sin impostar. Los ves a ellos de verdad, recuerdas aquellos ademanes, reconoces los andares del fallecido, sus palabras. Te conmueve. Yo, además, me asusto. Me aterrorizan. Viven dentro de cajas de luz, atrapados, no pueden salir. Y menos mal, porque intuimos qué pasaría si lograran traspasar la pantalla o brincar fuera de las fotografías. Para ellos el tiempo se suspendió cuando se fueron; no siempre entienden que los vivos deben rehacer su vida, que su muerte fue inesperada y traumática o agónica, que se marcharon dejando infinito sufrimiento en los vivos; que morirse es fácil, pero causa un montón de molestias. No se acostumbran a que quienes nos quedamos tengamos que vivir. No se les puede culpar; supongo que la naturaleza superviviente del muerto anima su regreso. Con lo bonito que tiene que ser convertirse en recuerdo trascendental, exclamar sigan, sigan, apartarse de una vez y dejar de cambiar las cosas de sitio, de abrir y cerrar puertas de armarios o romper la vajilla cada vez que la incomprensión te carcoma. A una semana del Día de Difuntos, la amada muerta se escapa de la fosa-juzgado común y se presenta en el auditorio del ayuntamiento, con su vestido blanquirrojo hecho jirones, zombi perdida, irradiando reproches para quienes la confinaron a un triste vodevil. La no vida exhibe su dignidad ante las autoridades municipales, exjugadores, periodistas y el reducido cónclave de nigromantes que, a estas alturas de la película de terror, aún la recordamos mediante rituales que nadie comprende. “Tempus fugit, hincha mortuorio”, digo para mí. Mientras, en la pantalla, ella sigue mostrando recuerdos; Markovic marca el tres a dos contra Osasuna en Las -viejas- Gaunas. De ese solo sé que salió el sol. Llovía mucho, era una tarde asquerosa hasta que marcó Dejan su segundo tanto, el que certificaba remontada y permanencia, y se abrió un claro en el cielo. Me subí a las vallas para celebrarlo de manera ortodoxa -gritando y agitando los barrotes hasta la extenuación-; los rayos alumbraron el césped como a la virgen en la Anunciación de Fra Angélico. Visto de nuevo, el sol ya brillaba antes del cabezazo del serbio; la memoria no es una compañera fiable. De la nostalgia, esa morroputa caprichosa, mejor ni hablemos. Se siguen sucediendo los goles escogidos durante los años de Primera y, de repente, estoy corriendo entre las huertas de Varea. Algunos compañeros se han refugiado dentro de los recreativos del barrio para ahorrarse la paliza y fumar algún cigarro a ritmo de hadoukens; siempre les interesaron más las chilenas de Guile que las reales, aquellas que intentábamos sobre la superficie lunar del campo de tierra. Llevo la estrella de David en el pecho, encima del logotipo La Rioja Calidad, porque somos club convenido. Es lo más cerca que estuve de jugar para ella. Entonces aún vivía, era muy guapa, muy alta, muy lista, muy todo. Los chicos no entienden nada ahora, pienso. Pobres desgraciados.

Después de terminar la presentación, cuando se disponía a bajar del escenario, José Luis Gilabert volvió sobre sus pasos al atril, quién sabe si por temor a resquemores ultraterrenales; había olvidado comentar que su libro Una historia de Primera se lo dedicaba a su amigo fallecido, el entrenador Chuchi Aranguren, paladín del ascenso y primera permanencia. Uno de los culpables de mi gustosa infancia General de Pie.

La ilustración de cabecera pertenece al relato Cenaco de Diego Rioja, publicado íntegramente en el número 38 de La Chimenea Fanzine.

FUERA DEL FOCO

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En República Argentina, a la altura de la Plaza de Libourne, mi tío pronunció el maleficio. «No creo que lo vuelva a ver en Primera». Era el año 1997 y la parroquia desfilaba hacia el centro mirando el suelo resignada, se confirmaba un descenso que se veía venir desde lejos. Las palabras de mi tío Carmelo me sonaron graves, demasiado trágicas; yo tenía trece años y la gesta del Salto del Caballo todavía estaba muy fresca, pensaba que eso de ascender a la máxima categoría era pan comido, que la Segunda División era un trámite que había que pasar, como la gripe o un catarro fuerte. Ni siquiera tenía conocimiento del fútbol semiprofesional, de los purgatorios de Segunda B y Tercera. Miré hacia atrás para despedirme de la tapia del campo –llamarlo estadio siempre fue pretencioso– hasta la temporada siguiente, con la esperanza puesta en que la directiva contratara buenos jugadores durante el verano. Como no recordaba haber visto jugar a Polster, soñaba con un nuevo Salenko que acompañara al panzer de Sabadell, Manel Martínez. Asistidos en todo momento por mi ídolo, el 23, el mago Marcelo Tejera, no tardaríamos en ascender de nuevo, una temporada o dos a lo sumo. Dieciocho años después de todo esto, mi equipo yace cadáver en una carpeta del Juzgado.

Los creadores de American Horror Story no han oído hablar del Logroñés en su vida y, con toda seguridad, el fútbol les importe tres pimientos. Sin embargo, en su cuarta temporada han introducido un personaje crucial para entender la evolución identitaria de mi equipo. Se trata de dos hermanas siamesas que comparten el mismo cuerpo. Es un monstruo bicéfalo con personalidades en permanente contradicción pero que indefectiblemente están abocadas al mismo destino. Han de llevarse bien por fuerza aunque las dos tienen arrebatos de separarse la una de la otra; la operación es delicada y el riesgo de que alguna fallezca en el proceso es muy alto. Ambas piensan que estarán mejor sin la otra, que podrán amar al chico que prefieran y hacer su voluntad sin estorbarse. Todos los que vivimos en esta ciudad somos sus pretendientes y no importa mucho cual elijamos pues conocemos la horrorosa vida marital que se desprenderá de tal acto. Yo escogí a una, algunos a la otra y muchos no quisieron saber nada del monstruito achacoso.

Esta temporada la U.D. Logroñés ocupa puestos de play off. Hasta hemos sido líderes, formando un triunvirato desigual junto a los tiburones Murcia y Oviedo. El monstruo apaleado se ha erguido orgulloso, se ha revuelto contra todo el mundo; quiere terminar con el aroma de mausoleo que se ha respirado durante años. Por momentos, hemos ganado como ganan los grandes. Los grandes de verdad, no el Madrid ni el Barcelona. Hablamos del todopoderoso Eibar. Un equipo que, hicieras lo que hicieras, te ganaba. Todavía está por descubrir la fórmula matemática por la cual el Eibar siempre se alza victorioso. Puedes colgar once del larguero, jugar al toque, encerrarte y salir a la contra, cavar zanjas para que sus delanteros se derrumben. Da igual qué entrenador lo dirija o qué jugadores formen la plantilla. Uno cero. Ciao. He envidiado mucho al Eibar, he visto su infalible mecanismo de precisión funcionando en Las Gaunas muchas tardes. Primero fabrican el espejismo de que juegas bien, que los tienes contra las cuerdas y vas a ganarles. Después fortalecen más su muro y, sin enterarte, dos flechas te fulminan en segundos. O un rebote de un balón parado. Poco importan el director y los actores, el Titanic, al final, siempre se hunde. Aunque lo he sufrido directamente, le deseo lo mejor. Es como el enemigo de toda la vida que con el tiempo se torna casi en familiar cercano. Bueno, ellos son la cima. Donde hay que mirar, al fútbol fuera del foco y deshacerse de creencias ególatras. Es necesario saber dónde te encuentras para comprender lo que te rodea. Humildad.