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EL RAYO BENIDORMENSE

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El club debió de fundarse durante los años noventa en la abarrotada playa de Levante de la población alicantina, enfrente del Cable Ski. Puede que incluso mis padres, Dani y Conchi firmaran el acta sentados en la grada del Cable Ski, mientras comentaban las culetadas de los esquiadores. Como ven, se trata de un club de incuestionables orígenes obreros.

Dani y Conchi eran de Vallecas y seguidores del Rayo Vallecano. Como dios manda, supongo. También su hijo, que no recuerdo cómo se llamaba, y nunca estaba con ellos en la playa, ni siquiera en Benidorm. Aun así, ellos hablaban mucho de él. Puede que este tuviera mujer, hijos a su vez, y veraneara en otro sitio, no lo recuerdo bien; quizás los madrileños puedan escoger entre más de tres destinos para irse de vacaciones y no sean como nosotros, que por ley solo podemos ir a Cambrils, Noja o Benidorm. Dani y Conchi estaban jubilados, es decir, que eran bastante más mayores que mis padres. Conchi casaba con la clásica mujer española de su edad, no se me ocurre mejor definición. Miren a su alrededor y la verán. Dani lucía moreno limítrofe con un incendio, de galán ibérico tripón y anaranjado; tan chamuscado andaba que mientras hablaba con mi padre de la situación política, del GAL, del narcotráfico, del Logroñés y del Rayo, yo tenía miedo a que Dani se esfumara y se convirtiera en sombra de Hiroshima. Mi madre y Conchi charlaban sin parar en aquellas sillas infernales que pesaban como si tuvieran un esqueleto de hormigón. Siempre así, ellos de pie donde rompían las olas y ellas sentadas. Se conocían porque mis tíos también veraneaban en Benidorm y eran vecinos de toalla. Como mis padres compartían con mis tíos las mismas coordenadas para clavar la sombrilla, también compartían los amigos. Dani siempre me vacilaba con el Logroñes y yo me cabreaba mucho. Decía que era un club que no le importaba a nadie. Aunque lo comentaba solo para chincharme, ¡qué premonitorias palabras! Entonces yo entonaba el “¡Así, así, así gana el Madrid!” pensando, ignorante, que aquello le molestaría. Le recordaba también que Vallecas era un barrio. Muy grande a lo mejor, más que Logroño seguramente, pero un maldito barrio. Él se partía. Durante bastantes quincenas de agosto consecutivas, el Rayo Benidormense vivió feliz sus años dorados: ellos de pie, charlando, y ellas sentadas, charlando. Mi venganza llegó la temporada 93-94, cuando el Rayo descendió y el Logroñés se mantuvo. No hubo supervivientes.

Mi tía-abuela vendió el apartamento en el año 98 o 99. La andadura del Rayo Benidormense tuvo un final prosaico, sin épica, como suelen ser los desenlaces de las historias bonitas. Para el recuerdo quedan varias temporadas en lo más alto. Y un vínculo incrustado en el cerebro para siempre. Cada vez que veo o leo al Rayo, me vienen a la cabeza Conchi, Dani y su hijo, que no me acuerdo cómo se llama. Un rápido cálculo me advierte de que pueden haber muerto. Me gustaría imaginármelos en una playa, tomando el sol, en Vallecas.