Etiquetado: fútbol

OLVIDADO HUÉRFANO BLANQUIRROJO

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Cerca de mi casa hay una tienda de segunda mano y antigüedades cuyo escaparate siempre me reclama. Se despliegan ante el peatón multitud de instrumentos mesozoicos -algunos de uso enigmático-, revistas, prensa y libros quebradizos, enormes radios de madera; es -como lo son todas- al mismo tiempo vergel antediluviano y cementerio de utilidades. Paso mil veces por ahí y no puedo dejar de mirarlos. Me gusta cómo exhiben su orfandad dignamente, cómo te miran con sus ojos de metal ennegrecido, de letras que emergen del Mar Amarillo, de instantáneas en blanco y negro con peinados yeyés. Muestra la vida cotidiana de una ajena civilización extraterrestre pese a que los seres que aparecen fotografiados o ilustrados se parecen mucho a nosotros. Aunque el escaparate es cambiante -con frecuencia caótica, eso sí- hay siempre una temática que parece inamovible. No son las novelas de duro, que se imprimieron ejemplares para lectores de varias galaxias, ni los abrecartas ornamentados con profusión, ni material bélico superviviente a guerras pasadas. La estrella de David, con su aureola blanquirroja, ilumina el escaparate desde sus rincones. A veces lo hace incrustada en un banderín triangular o en una gorra de tela efímera, en una bufanda que giró más que un tiovivo, en un disco de vinilo; otras desde la mismísima camiseta, encima de Cajarioja o La Rioja Calidad. Hay algunas cosas que yo creo que son pre-Primera División, anteriores a mi nacimiento; tendré que preguntarles a los del pañuelo. Parado frente al cristal reflexiono sobre el paso del tiempo, así, pedantemente, mirando memorabilia del Logroñés, que dirían los yanquis. Me imagino a sus dueños enterrados empujando la losa del nicho para recomprar lo que fue suyo. Veo a descendientes jóvenes del Madrid y del Barça observar las rayas blancas y rojas con incomprensión. ¿Qué demonios es esto del abuelo? ¿Alguna peña del pueblo? ¿Algo de Franco? No tengo ni idea, pero seguro que si lo vendemos nos dan una pasta puesto que hay frikis de todo. Otros se deshicieron del cuerpo por la puerta de atrás, lo arrojaron al Ebro por la noche, envuelto en una alfombra con otro escudo; el penco ya no corría las grandes carreras y uno se cansa de tanto fracaso. Sobre todo si es palafrenero y se cree caballo de oros. La verdad es que hay pocas seguridades. La enfermedad, la muerte y el olvido. El Logroñés ha pasado las dos primeras metas volantes. Se resiste al olvido, aunque es una pelea estéril. Calculo que quedan unas tres generaciones, cuatro a lo sumo, que puedan glosar los años del Club Deportivo. Me invade un agobio horroroso. Si al Logroñés -que es lo más grande que ha habido-, le queda tan poco, ¿qué va a pasar conmigo? Mis pobres padres fallecerán algún día y, si no dejo descendencia, puede que desaparezca con mi generación. Uy, tengo que hacer algo para estirar el despotrique sobre mí un poco más. Tengo que destacar en algo.  Hijos. Buf. Escribir un libro famoso. Más o menos fácil, pero que sea famoso es muy complicado. Inventar algo que haga bien al conjunto de la humanidad. Tela. Y ya no sé más métodos para trascender. Positivamente, claro; preferiría ser recordado como tonto que como cabronazo. Sigue buscando. Ya está. Si le funcionó al Logro me funcionará a mí. ¡Subir a Primera División! La gente me celebrará en Murrieta sin camisa, se caerán de la emoción rondas enteras en mi honor sobre los adoquines de la calle San Juan, San Agustín o Laurel; las chicas se pintarán mi foto de carné en las mejillas, entornaré la vista como el Che Guevara en pósteres en residencias de estudiantes. ¡Hasta me pondrán una calle larga como al Logro! Espera, no tan rápido. Respira hondo y piensa. ¿Existe una Primera División de las personas?

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AL MUÑECO

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Son cuatro palabras: solo contra el portero. Ahora el término más extendido para designar la situación es mano a mano, pero yo sigo llamándola de la manera antigua, que tiene sabor a western clásico; ese solo añade el dramatismo y épica necesarios para ilustrar un trance del juego donde las pulsaciones se disparan, el agua se congela y los lácteos se cortan. Mano a mano no me transmite la gravedad del momento, la tragedia que envuelve a un jugador de campo enfrentándose a ese marciano que puede tocar la pelota con las manos. La locución incluso tiene una acepción que significa en familiaridad o en compañía. No. Estar solo en un deporte colaborativo como es la vida suele ser una putada. Lo sabe bien cualquier entrenador cuando a su defensa le hacen el dos para uno.

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Solo es la ausencia de compañía, supone correr detrás de la pelota sabiendo que no puedes esperar a que ningún amiguito llegue a tiempo a sacarte las castañas del fuego o a fallar por ti, es preguntarte por qué te ha tocado la china de tener que llevar esa mierda que rueda en ese preciso momento, tú que eres lateral derecho y no has estudiado para ello. Es el fatum latino más básico (después de los penaltis), ¿qué determinará la fuerza oscura? ¿Clímax o depresión? Sabes qué mieles esperan a los héroes; si la bola empuja las redes, de paso también impulsará la exigua natalidad de este envejecido terruño, provocará que el Consejo de Ancianos de Preferencia, los del pañuelo más rápido a este lado del río, se alcen de la poltrona con la cadera convaleciente para jalearte, endulzarás la semana de la tribu hasta el domingo siguiente, cuando el polvo que levante el autocar de los mamones de la cueva de al lado empañe otra vez el horizonte.

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¡Solo! te gritan tus compañeros por si aún no te habías dado cuenta de que en ese preciso instante lo eres todo. ¡Solo! rugen los que aún no están mordiéndose la bufanda o demasiado concentrados en mantener a raya los esfínteres y la vejiga en la grada. ¡Solo! canta el coro de niños recogepelotas, en pie a punto de sacarse el peto fosforito y lanzarlo por los aires. ¡Solo! grita tu abuela difunta en la foto del viaje de novios a Madrid. ¡Solo! te avisan los quintos de tu tío desde una instantánea tomada en El Aaiún en 1960. ¡Solo! como un grito cósmico estremecedor que atraviesa la Vía Láctea.

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El portero, ese bastardo. Ahí está, siempre parece imperturbable, parece saber algo que tú desconoces. ¿Utilizará algún truco de telepatía que le enseñó un antiguo entrenador soviético? Recuerdas las palabras del tótem Ronaldo Nazario. Meter gol es fácil; solamente hay que poner el balón en el sitio contrario al que se va a tirar el portero. Estás cada vez más cansado, ya casi no distingues nada, tu corazón ha batido el récord de pulsaciones. ¡Lástima que en París no entreguen el Coeur D’Or! ¡Este año que te iba a votar todo el mundo! Cargas la pierna para pegarle fuerte, da igual dónde, pero por lo menos que vaya fuerte.

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Le das al muñeco. Toda tu vida representada en décimas de segundo, tus difuntos pendientes de ti y tú vas y le pegas al muñeco. Al hombro. ¿O ha sido en el muslo? ¿Quizás la pelota impactó en el vientre del portero? ¿En su entrepierna? ¿En la cara? ¿Le dio de refilón a una de sus orejas desviando lo justo la trayectoria? Ha sido tan rápido que ni te has percatado. Te llevas las manos detrás de la nuca. Sabes que la has tenido. Esperas que los del pañuelo, que ya vuelven a ser monarcas sedentes, se apiaden de ti y no te silben mucho.

ESTO ERA OLD FIELD

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Si usted ha experimentado alguna de las siguientes sensaciones en algún momento de su vida, le recomiendo que acuda a su médico de cabecera de inmediato; puede que el mal todavía se encuentre en una fase de incubación y, con la ayuda de un profesional avezado, pueda salvarse de una filia dañina que determinará su existencia futura. Se desconocen los factores externos que espolean el desarrollo del Síndrome de Fascinación por el Patatal (SFP). Tampoco si la genética interpreta a la víctima o al asesino en esta película de terror mil veces repuesta. Se cuentan por millones las personas que lidian a diario con la incomprensión que genera este misterioso desorden neuronal. Tus compañeros de viaje no entenderán porqué tienes que desviarte de la ruta turística convencional para contemplar un olvidado terreno de juego, a menudo engullido por la naturaleza y cuyos asientos son capital mundial del tétanos. ¿Por qué vetustos campos de fútbol se están llenando de visitantes plantados en la línea de banda como pasmarotes? Esto no es tan raro, dirán los más ingenuos, si acuden a ver un partido. El problema es que la última vez que se jugó al fútbol allí, el balón era cuadrado y de granito. ¿No sienten ya escalofríos?

Seguro que desgraciadamente tienen amigos o familiares afectados por esta tara. Poco se puede hacer por ellos hoy, aparte de acompañarles en sus visitas para que no se despeñen por un barranco a diez centímetros de donde ondeó un raído banderín de córner. Sin embargo, podemos anticiparnos a la enfermedad y, cuando observemos los primeros síntomas, comenzar una terapia de choque con algún otro deporte o afición no muy extendida. Se recomienda mucho el tenis porque, al contrario que con los descuidados rectángulos verdes, solo existen pistas en poblaciones con un número considerable de habitantes. Imagine que se va con su pareja enferma de fin de semana rural. Sin televisión, sin internet, sin vida; el plan perfecto; comer, beber, amar y vuelta a empezar. Es muy probable que en el destino escogido exista o haya existido alguna vez un campo de fútbol o algo que se le asemeje. Infórmese bien antes de contratar el alojamiento porque al enfermo no le costará mucho averiguar dónde se encuentra preguntando a los nativos de cierta edad. De hecho, los autóctonos se sorprenderán ante el requerimiento de unos urbanitas como ustedes y, con toda probabilidad, volcarán sobre el paciente una montonera de datos que no le harán bien, sobreexcitándole para lo que resta de jornada. Incluso puede que le acompañen en la búsqueda de la tierra prometida, produciéndose situaciones incómodas, semilla de un final tipo Perros de paja. Tenga cuidado. Estas son las habituales frases y comportamientos que denotarán el posible nacimiento del síndrome en nuestro ser querido.

-Cuando conduce y ve los focos de un posible estadio, aparta la mirada de la carretera para contemplarlos embobado. Si no conduce, se queda ensimismado hasta que se pierden en el horizonte.

-Huye de las visitas arquetípicas. Introducirá en la conversación su único interés constantemente mediante frases como “no me importaría ver el campo del equipo de aquí”, “hay un paseo precioso hasta el campo de fútbol” o “pilla de camino a la ermita de Nuestra Señora de Torremoñeco, importante vestigio románico visigodo”. Haga caso omiso, el enfermo puede ser muy zalamero con tal de conseguir sus propósitos.

-La contemplación del terreno de juego apela a su nostalgia de la niñez. El paciente, cautivo de su enfermedad, rememorará su esmirriada carrera futbolística fenecida en juveniles. Elogiará aquellos campos de fútbol similares al que ve, dulcificará superficies más pensadas para celebrar carreras de Sojourners que para practicar el fútbol. Dependiendo del carácter y edad del enfermo, puede que se sienta como un veterano de guerra caminando entre la prosperidad de la vida surgida sobre el antiguo campo de batalla, donde solo conoció la muerte y la desolación. El enfermo entornará entonces los ojos y, muy envarado, afirmará que “este campo representa el auténtico fútbol, el de la lucha, la bravura, el choque de cráneos, el ruido de tibias partiendo, los tobillos en escabeche y muslos en unidades de quemados; las infecciones por chinitas que hibernaban en nuestras heridas, el bronceado de yodo, los dorsales de precinto, las pituitarias adictas al Reflex, las duchas con agua de Bering, la teba camino del entrenamiento, la Private rotativa, el bote de física antinatural, la ausencia del mismo cuando la ciénaga reclamaba los cuerpos, el barro reseco en la manta de suplentes, váteres con olor a meado por más que se limpiaran, la manga de la sudadera atufada de Cloretilo, camisetas torturadas por el logotipo de la empresa patrocinadora, los petos que hedían a kilómetros; los tiempos del pensamiento único llegar-es-poner. Ahora todo es diferente, juegan en tapetes, no tienen ni idea de lo que es sobrevivir a Old Field. Se me ponen los pelos de punta solo de pensar que aquí jamás se dieron dos pases seguidos, puedo percibir millones de peinadas fantasmagóricas, es más, las puedo ver; puedo ver más allá de esta realidad, soy capaz de observar los despejes que casi llegaron a la carretera general, puedo ver a los niños buscando balones entre la maleza. Porque sí, cariño, esto que tienes delante, este erial desconocido para la humanidad, esto es Old Field. Porque en cada rincón del planeta, por muy alejado o repugnante que sea, por muy desconectado que esté del resto globalizado, hay, hubo o habrá un Old Field. Y sí, amor: quiero verlos todos”.

 

EL RAYO BENIDORMENSE

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El club debió de fundarse durante los años noventa en la abarrotada playa de Levante de la población alicantina, enfrente del Cable Ski. Puede que incluso mis padres, Dani y Conchi firmaran el acta sentados en la grada del Cable Ski, mientras comentaban las culetadas de los esquiadores. Como ven, se trata de un club de incuestionables orígenes obreros.

Dani y Conchi eran de Vallecas y seguidores del Rayo Vallecano. Como dios manda, supongo. También su hijo, que no recuerdo cómo se llamaba, y nunca estaba con ellos en la playa, ni siquiera en Benidorm. Aun así, ellos hablaban mucho de él. Puede que este tuviera mujer, hijos a su vez, y veraneara en otro sitio, no lo recuerdo bien; quizás los madrileños puedan escoger entre más de tres destinos para irse de vacaciones y no sean como nosotros, que por ley solo podemos ir a Cambrils, Noja o Benidorm. Dani y Conchi estaban jubilados, es decir, que eran bastante más mayores que mis padres. Conchi casaba con la clásica mujer española de su edad, no se me ocurre mejor definición. Miren a su alrededor y la verán. Dani lucía moreno limítrofe con un incendio, de galán ibérico tripón y anaranjado; tan chamuscado andaba que mientras hablaba con mi padre de la situación política, del GAL, del narcotráfico, del Logroñés y del Rayo, yo tenía miedo a que Dani se esfumara y se convirtiera en sombra de Hiroshima. Mi madre y Conchi charlaban sin parar en aquellas sillas infernales que pesaban como si tuvieran un esqueleto de hormigón. Siempre así, ellos de pie donde rompían las olas y ellas sentadas. Se conocían porque mis tíos también veraneaban en Benidorm y eran vecinos de toalla. Como mis padres compartían con mis tíos las mismas coordenadas para clavar la sombrilla, también compartían los amigos. Dani siempre me vacilaba con el Logroñes y yo me cabreaba mucho. Decía que era un club que no le importaba a nadie. Aunque lo comentaba solo para chincharme, ¡qué premonitorias palabras! Entonces yo entonaba el “¡Así, así, así gana el Madrid!” pensando, ignorante, que aquello le molestaría. Le recordaba también que Vallecas era un barrio. Muy grande a lo mejor, más que Logroño seguramente, pero un maldito barrio. Él se partía. Durante bastantes quincenas de agosto consecutivas, el Rayo Benidormense vivió feliz sus años dorados: ellos de pie, charlando, y ellas sentadas, charlando. Mi venganza llegó la temporada 93-94, cuando el Rayo descendió y el Logroñés se mantuvo. No hubo supervivientes.

Mi tía-abuela vendió el apartamento en el año 98 o 99. La andadura del Rayo Benidormense tuvo un final prosaico, sin épica, como suelen ser los desenlaces de las historias bonitas. Para el recuerdo quedan varias temporadas en lo más alto. Y un vínculo incrustado en el cerebro para siempre. Cada vez que veo o leo al Rayo, me vienen a la cabeza Conchi, Dani y su hijo, que no me acuerdo cómo se llama. Un rápido cálculo me advierte de que pueden haber muerto. Me gustaría imaginármelos en una playa, tomando el sol, en Vallecas.

UNA CIUDAD, UNA REGIÓN, UN DESPEJE

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“¡A Murcia!” grita el Hervías cuando nuestro defensa se dispone a golpear el balón en el extrarradio del área. Si la patada es óptima, es decir, si el balón bota en el área contraria o, mejor aún, vuela fuera del campo rumbo a los Cameros o se introduce por algún vomitorio del fondo sur, entonces, solo entonces, el resto pronunciamos el título de este artículo. Es nuestro sin pecado concebida. Durante el aplauso comentamos la perfección de la parábola o la postura manierista del jugador al patear, si ha metido bien abajo el empeine, si se ha caído al hacerlo o se mantiene erguido con pose de atleta griego y sigue con la mirada el proyectil; y el sonido, ese ¡pum! como estallido de mortero que subvierte el association football, melodía de la necesidad de mandar a tomar por culo esa esfera diabólica y caprichosa. Y puntuamos el despeje, claro. Todo el mundo sabe que hay que rendirse ante un gran despeje, debemos inclinarnos ante su hechizo. La muerte por despeje defectuoso se lleva muchos equipos al año, quizás sea la primera causa de pérdida de puntos en las ligas no desarrolladas.

A tomar por culo y A Murcia son sinónimos de lejanía; la primera universal, la segunda local, de Logroño; de mis amigos más bien. No he estado jamás en Murcia capital ni provincia. Aparte de que está lejos, sé que hace calor y que -como a nosotros- le hacían una gala en la uno de Televisión Española. También, cada vez que leo o escucho la palabra Murcia me viene a la cabeza mi colega Alvis, encendiendo los grifos y tirando de las cadenas de los váteres del instituto antes de fumarnos el cigarrillo, escondidos en los servicios. “Que se jodan los de Murcia” decía con cierto sadismo a tenor de alguna polémica por el trasvase Tajo-Segura.

También está el Murcia. A pesar de considerarlo un mítico nunca le presté demasiada atención. Conocía el nombre de su estadio y poco más. Lo del estadio me atraía porque probablemente sea un topónimo, aspecto primordial para que un club me caiga bien; las personas desaparecemos y se nos puede cuestionar, nos pueden quitar y poner. Lo otro es eterno, posee la magia de lugar sagrado donde se reúne la tribu. Y un lugar no se puede equivocar.

Desde ahora soy bastante del Murcia. La culpa la tiene Luis María Valero, autor de Sed en La Condomina, un librito publicado por Libros del K.O. dentro de su colección Hooligans Ilustrados. Con librito me refiero solo a su tamaño, porque lo que hay dentro me parece monumental. Escribir de fútbol es escribir sobre la novela que se multiplica más allá del verde, de sensaciones y sentimientos que exigen al narrador precisión, calidad y alma. Valero tiene las tres; es un escritor buenísimo, sin duda, pero además es del Murcia y eso se nota, es el alma. Puede parecer secundario este dato y yo no tengo autoridad para hablar del Murcia. Es más, ¿quién soy yo para diseccionar el alma murcianista? Con el Murcia de Valero he sentido una conexión inmediata. La relación equipo-ciudad, la indiferencia de la mayoría de habitantes, la pertenencia a una sociedad secreta a la vista de todos, el murcianismo, una enfermedad incurable como otra cualquiera; puedes encontrarte mejor o peor, pero siempre serás portador. Desde La Condomina, el Murcia se extiende como una mancha de aceite por el resto de la península, por los estadios de Segunda división, por todos los grupos de Segunda B, por Albacete, némesis del murcianismo. Valero vertebra lo inefable y, como los buenos, hace fácil lo difícil. Logra explicarle al personal lo que la mayoría considera inexplicable: ser de un equipo. Sed en La Condomina me ha servido también como confirmación. Allí la canción es el séptima ciudad de España – séptimo puesto en Primera División. Aquí, el deberíamos estar en primera sí o sí. Es alentador comprobar que todo se parece.

PD: Luis María Valero escribe junto a Alejandro Oliva espléndidas y divertidísimas crónicas de los partidos del Murcia en el blog Mondo Moyano. Oro puro.

LA AMADA MUERTA

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Marcelo Tejera agarra la pelota, se da la vueltecita, levanta la cabeza y efectúa un pase de treinta metros, raso y milimétrico, a lo De la Peña. Rubén Sosa centra de tres círculos y Manel bate al portero al primer toque. Justo unos instantes después, cuando los jugadores arropan al delantero de Sabadell durante la celebración, noto que mermo en la butaca del auditorio municipal y no quiero que nadie me vea. La carne se me ha puesto de gallina, cuesta contener la riada ante la infancia, expuesta tan sin avisar que olvidé prepararme para encajar el gancho emocional. La imagen muestra ese grano de vídeo doméstico de comunión o de boda, es el estuche negro de VHS sin etiquetar que encuentras en las postrimerías del armario. Un descubrimiento que revuelve la curiosidad, inesperado e ilusionante. Entonces pones la cinta y comienzan a desfilar los difuntos. Ahí están, los difuntos, parecen felices en su mundo de cinta magnética deteriorada; saludan a cámara o son filmados sin enterarse, observas sus gestos sin impostar. Los ves a ellos de verdad, recuerdas aquellos ademanes, reconoces los andares del fallecido, sus palabras. Te conmueve. Yo, además, me asusto. Me aterrorizan. Viven dentro de cajas de luz, atrapados, no pueden salir. Y menos mal, porque intuimos qué pasaría si lograran traspasar la pantalla o brincar fuera de las fotografías. Para ellos el tiempo se suspendió cuando se fueron; no siempre entienden que los vivos deben rehacer su vida, que su muerte fue inesperada y traumática o agónica, que se marcharon dejando infinito sufrimiento en los vivos; que morirse es fácil, pero causa un montón de molestias. No se acostumbran a que quienes nos quedamos tengamos que vivir. No se les puede culpar; supongo que la naturaleza superviviente del muerto anima su regreso. Con lo bonito que tiene que ser convertirse en recuerdo trascendental, exclamar sigan, sigan, apartarse de una vez y dejar de cambiar las cosas de sitio, de abrir y cerrar puertas de armarios o romper la vajilla cada vez que la incomprensión te carcoma. A una semana del Día de Difuntos, la amada muerta se escapa de la fosa-juzgado común y se presenta en el auditorio del ayuntamiento, con su vestido blanquirrojo hecho jirones, zombi perdida, irradiando reproches para quienes la confinaron a un triste vodevil. La no vida exhibe su dignidad ante las autoridades municipales, exjugadores, periodistas y el reducido cónclave de nigromantes que, a estas alturas de la película de terror, aún la recordamos mediante rituales que nadie comprende. “Tempus fugit, hincha mortuorio”, digo para mí. Mientras, en la pantalla, ella sigue mostrando recuerdos; Markovic marca el tres a dos contra Osasuna en Las -viejas- Gaunas. De ese solo sé que salió el sol. Llovía mucho, era una tarde asquerosa hasta que marcó Dejan su segundo tanto, el que certificaba remontada y permanencia, y se abrió un claro en el cielo. Me subí a las vallas para celebrarlo de manera ortodoxa -gritando y agitando los barrotes hasta la extenuación-; los rayos alumbraron el césped como a la virgen en la Anunciación de Fra Angélico. Visto de nuevo, el sol ya brillaba antes del cabezazo del serbio; la memoria no es una compañera fiable. De la nostalgia, esa morroputa caprichosa, mejor ni hablemos. Se siguen sucediendo los goles escogidos durante los años de Primera y, de repente, estoy corriendo entre las huertas de Varea. Algunos compañeros se han refugiado dentro de los recreativos del barrio para ahorrarse la paliza y fumar algún cigarro a ritmo de hadoukens; siempre les interesaron más las chilenas de Guile que las reales, aquellas que intentábamos sobre la superficie lunar del campo de tierra. Llevo la estrella de David en el pecho, encima del logotipo La Rioja Calidad, porque somos club convenido. Es lo más cerca que estuve de jugar para ella. Entonces aún vivía, era muy guapa, muy alta, muy lista, muy todo. Los chicos no entienden nada ahora, pienso. Pobres desgraciados.

Después de terminar la presentación, cuando se disponía a bajar del escenario, José Luis Gilabert volvió sobre sus pasos al atril, quién sabe si por temor a resquemores ultraterrenales; había olvidado comentar que su libro Una historia de Primera se lo dedicaba a su amigo fallecido, el entrenador Chuchi Aranguren, paladín del ascenso y primera permanencia. Uno de los culpables de mi gustosa infancia General de Pie.

La ilustración de cabecera pertenece al relato Cenaco de Diego Rioja, publicado íntegramente en el número 38 de La Chimenea Fanzine.

FUERA DEL FOCO

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En República Argentina, a la altura de la Plaza de Libourne, mi tío pronunció el maleficio. «No creo que lo vuelva a ver en Primera». Era el año 1997 y la parroquia desfilaba hacia el centro mirando el suelo resignada, se confirmaba un descenso que se veía venir desde lejos. Las palabras de mi tío Carmelo me sonaron graves, demasiado trágicas; yo tenía trece años y la gesta del Salto del Caballo todavía estaba muy fresca, pensaba que eso de ascender a la máxima categoría era pan comido, que la Segunda División era un trámite que había que pasar, como la gripe o un catarro fuerte. Ni siquiera tenía conocimiento del fútbol semiprofesional, de los purgatorios de Segunda B y Tercera. Miré hacia atrás para despedirme de la tapia del campo –llamarlo estadio siempre fue pretencioso– hasta la temporada siguiente, con la esperanza puesta en que la directiva contratara buenos jugadores durante el verano. Como no recordaba haber visto jugar a Polster, soñaba con un nuevo Salenko que acompañara al panzer de Sabadell, Manel Martínez. Asistidos en todo momento por mi ídolo, el 23, el mago Marcelo Tejera, no tardaríamos en ascender de nuevo, una temporada o dos a lo sumo. Dieciocho años después de todo esto, mi equipo yace cadáver en una carpeta del Juzgado.

Los creadores de American Horror Story no han oído hablar del Logroñés en su vida y, con toda seguridad, el fútbol les importe tres pimientos. Sin embargo, en su cuarta temporada han introducido un personaje crucial para entender la evolución identitaria de mi equipo. Se trata de dos hermanas siamesas que comparten el mismo cuerpo. Es un monstruo bicéfalo con personalidades en permanente contradicción pero que indefectiblemente están abocadas al mismo destino. Han de llevarse bien por fuerza aunque las dos tienen arrebatos de separarse la una de la otra; la operación es delicada y el riesgo de que alguna fallezca en el proceso es muy alto. Ambas piensan que estarán mejor sin la otra, que podrán amar al chico que prefieran y hacer su voluntad sin estorbarse. Todos los que vivimos en esta ciudad somos sus pretendientes y no importa mucho cual elijamos pues conocemos la horrorosa vida marital que se desprenderá de tal acto. Yo escogí a una, algunos a la otra y muchos no quisieron saber nada del monstruito achacoso.

Esta temporada la U.D. Logroñés ocupa puestos de play off. Hasta hemos sido líderes, formando un triunvirato desigual junto a los tiburones Murcia y Oviedo. El monstruo apaleado se ha erguido orgulloso, se ha revuelto contra todo el mundo; quiere terminar con el aroma de mausoleo que se ha respirado durante años. Por momentos, hemos ganado como ganan los grandes. Los grandes de verdad, no el Madrid ni el Barcelona. Hablamos del todopoderoso Eibar. Un equipo que, hicieras lo que hicieras, te ganaba. Todavía está por descubrir la fórmula matemática por la cual el Eibar siempre se alza victorioso. Puedes colgar once del larguero, jugar al toque, encerrarte y salir a la contra, cavar zanjas para que sus delanteros se derrumben. Da igual qué entrenador lo dirija o qué jugadores formen la plantilla. Uno cero. Ciao. He envidiado mucho al Eibar, he visto su infalible mecanismo de precisión funcionando en Las Gaunas muchas tardes. Primero fabrican el espejismo de que juegas bien, que los tienes contra las cuerdas y vas a ganarles. Después fortalecen más su muro y, sin enterarte, dos flechas te fulminan en segundos. O un rebote de un balón parado. Poco importan el director y los actores, el Titanic, al final, siempre se hunde. Aunque lo he sufrido directamente, le deseo lo mejor. Es como el enemigo de toda la vida que con el tiempo se torna casi en familiar cercano. Bueno, ellos son la cima. Donde hay que mirar, al fútbol fuera del foco y deshacerse de creencias ególatras. Es necesario saber dónde te encuentras para comprender lo que te rodea. Humildad.