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EL NEWCASTLE DEL SUR

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Cuatro amigos contestan mal las preguntas de un examen de inglés. Podría ser la imagen habitual en cualquier clase de tercero de la ESO de la península, pero durante la primavera de 1999, confundir adrede el was con el were y olvidarse súbitamente de la lista de verbos irregulares formaba parte de un plan que garantizara nuestra supervivencia. Nos íbamos en verano tres semanas al sur de Inglaterra -habían dicho los viejos- y en nuestros cerebros quinceañeros aquello sonaba a veintiún gloriosos días en una tierra extraña, a aventura y adrenalina, a ficción maravillosa que todo viaje supone. Sonaba a todo menos a estudiar inglés. Cuando nos comunicaron que existía una prueba de nivel que determinaría la clase a la que asistiríamos, todo se vino un poco abajo. No tuvimos más remedio que hacerlo; no podíamos arriesgarnos a quedar aislados cada uno en un aula, como islotes, había que estar todo el rato juntos, en plan piña. Es ridículo y estúpido. Entonces nos pareció una idea brillante: contestar todo al revés para que nos pusieran en elementary. Podría considerarse el acta fundacional del Newcastle del Sur, fugaz club veraniego.

Un par de años antes de ese embrollo me había comprado una camiseta del Newcastle. Era la moda de los clubes extranjeros apuntalada por El Día Después, nuestra ventana al -entonces- exótico fútbol europeo, además de complemento del sistema educativo; a él le debo prematuros conocimientos geográficos. Por ejemplo, sé que Sunderland es una ciudad industrial del norte de Inglaterra, que el equipo de Gelsenkirchen -población minera alemana situada en la cuenca del Rhur- se llama Schalke 04 o que en Trondheim -tercera ciudad noruega más poblada- animan al Rosenborg. Nos hacíamos de los equipos según desfilaban por la tele los lunes por la tarde. A mí me habían seducido la rosa del escudo del Blackburn Rovers y el enhiesto cuello de la camisa de Cantoná; sin embargo, el influjo decisivo lo ejerció Shearer celebrando goles con el puño en alto. Me hice del Niuca  -le digo así, como si fuera urraca de nacimiento- y yo, mi camiseta y mis tres amigos nos fuimos al pueblecito inglés.

En el sur el Newcastle no tenía tirón. «Si te pones la camiseta, lo más seguro es que te peguen», me habían avisado, «por español, latino o por fan de un equipo norteño». Por lo que sea. El Newcastle del Sur, en sus veintiún días de vida, no se clasificó para UEFA ni Champions; peleó por la permanencia a base de alcohol de licorería casi clandestina que trasegaba junto a sus amigos -clubes hermanados- en un césped cercano a una marisma. Los cuatro se emborracharon, rieron y se enamoraron de la misma chica, que iba al edificio de los listos, o por lo menos de los que hicieron el examen bien. Española, obviamente; «las inglesas son superfeas», había anotado el Newcastle del Sur en su cuaderno de bitácora, se lo había dicho un explorador previo. Pero estaba Miss Williams. Miss Williams era una profesora joven, Miss Williams era inglesa, Miss Williams era guapa. El Newcastle del Sur aprendió así a cuestionar las fuentes.

La permanencia se logró. A pesar de que la chica española no se fijara en el Newcastle del Sur y de que Miss Williams no le llevase nunca en su Mini. La camiseta blanquinegra cosechó algún exiguo triunfo; una ciudadana británica, al verme con ella puesta, se levantó la suya al grito de ¡njuːˈkæsəl!, y la mujer que amadrinó a uno de mis colegas nos hizo una pizza mientras se preguntaba qué demonios hacía un adolescente idiota con la cami del equipo de su pueblo. Quiero pensar que si no se hubiera emocionado al ver las rayas blancas y negras nunca la hubiera hecho. Era una mujer triste. Nos dijo que ella nació en el norte, pero que llevaba muchos años allí. Nos enseñaba fotos de un hombre joven, vestido de piloto frente a un caza.

I miss my husband, I miss my town. Esto no lo dijo, pero lo pensaba.   

POST MORTEM

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Llamar a mi novia para contarle lo que ya sabe, cenar con unos amigos y después empezar un juego de mesa que consiste en hacer Marte habitable. Me hubiera encantado estar allí, en Marte, viajar en una de esas lanzaderas de inmigrantes que parecen una lata de refresco gris. Pero, ¡cuidado!, a lugar nuevo, enfermedades viejas; seguro que nada más bajar de la hojalata encuentro a un desdichado portador de la enfermedad, uno que evitó los estrictos análisis médicos y se coló entre la tripulación del viaje anterior. Ahí está, el imbécil, pegando patadas a la cosa diabólica que bota para meterla entre dos mochilas. Como los gilipollas tendemos a agruparnos, me veo en la hora cero de mi nueva vida marciana jugando un Alemán.

Hemos muerto bien, sin molestar a nadie, ni al Hércules. Con ocasiones aciagas de las que salen por un palmo y con un poquito más de suerte hubieran podido cambiar la eliminatoria. Nosotros parecíamos mocetes frente a ellos, hombres hechos y derechos, con sus hijos y esposas e historiales extensos en categorías superiores. La verdad es que nos quedan mejor las lágrimas a nosotros.

Me fastidió que no lloviera el domingo. No entiendo por qué salió el sol si nos habían echado del play off. Pero el mundo gira, que se dice, y el domingo lo hacía en pantaloneta y chinelas como si no pasara nada, de vermú, veraniegamente desenfadado. A otro año será, y trago de marianito. Eso me dice el mundo y yo de luto, a punto de plantearme el monacato. También me escalofría la idea de poder engancharme a la metadona Sub 21. Menos mal que Nacho ha mandado una foto de unas Adidas Nájera desde Estados Unidos. La tontada feliz del día. Debe ser el apellido de un patinador famoso, pero fantaseo con que un creativo de la marca las ha bautizado así por La Salera, el campo de fútbol más bonito del mundo. También pienso en que no está mal la Segunda B. Nos sienta bien.

BOCABAJO

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Te lo tienes que creer; puedes ganar el Comunio. Tienes maneras.

Escuchado durante un Chupinazo hace años.

 

 

Fuimos a Alicante y perdimos; era parte del plan maestro. A lo mejor lo normal es perder en Alicante, como habitual es morirse si cumples cierta edad. Quizás no debimos hacerlo; la cosa estaba para derrota por la mínima o, con un poquito de suerte, para prometedor empate a uno. Nos derrotó en una tierra ignota un equipo que se llama como un semidiós, que luce en su escudo laureles en la cabeza. En nuestro Grupo II todos son bastardos conocidos: el Capitán Anchoa, que ya ha subido sin ganar ni un partido, el Doctor Miranda, que ha perfeccionado la fórmula del uno cero en el noventa y tantos; villanos familiares de toda la vida. El Grupo II es tu clase del instituto y van desfilando los guaperas, los macarras buenos con moto, los macarras malos con moto, los empollones, una caterva de punkis, jevis y pijos y un repetidor eterno aspirante al ascenso. Conoces sus vidas, sus historias, formas parte de ellas. ¿Se diferenciará mucho el macarra de aquí del de allá? A lo mejor allá llevan motos de agua.

«Esto no ha terminado» dijo por dos veces en la rueda de prensa Sergio Rodríguez, como espantando lo que sabemos que vendrá después de encajar otros tres goles: El Funestismo. Volverán el olor a cadáver, los titulares mortuorios y los enterramientos prematuros porque somos un país necrófilo. Además, lo queremos al detalle; cómo fue apuñalada la víctima, qué arterias fueron seccionadas, la cantidad de sangre perdida, si las mutilaciones fueron post mortem o no. Algo terrible de ser asesinado es que quedas por siempre vinculado a tu asesino, y eso no es justo. ¿Qué tengo yo que ver con ese que me ha matado?  En noticias, en crónicas, en páginas de Wikipedia. Siempre el nombre de la víctima junto al de su asesino. En la misma frase. Es repugnante.

Por suerte el Hércules no nos ha matado, aunque periodistas profesionales del infortunio y agoreros rasos nos envíen coronas de flores. Y justo ahora -son puntuales-, cuando se ha extendido un perfume diferente por la ciudad, tanto tiempo amedrentada por el hedor del cuerpo del Club Deportivo, a quien no dejaron descansar en paz y montaron sobre Babieca para ganar aún no sabemos qué. La afición se ha sacudido el miedo a los muertos, vive feliz disfrutando de su equipo. Y miran hacia delante, hacia el domingo que viene. Son dos goles. Alguien los puede marcar. ¿Por qué no nosotros? Alguien tiene que subir. ¿Por qué no nosotros?

Tengo entendido que en algunas regiones de los Balcanes se enterraba bocabajo a los que pensaban poseídos o creían vampiros; por si les daba por escarbar. Tenían miedo a que volvieran a chuparles la sangre. Deberían hacer lo mismo con este equipo aquellos que quieren sepultarlo noventa minutos antes de tiempo. Porque de lo contrario, se va a levantar y va a llamar a las puertas de los aprendices de augur para tirarles de las orejas. También deberían saber las gentes de poca fe, los tenebrosos y cansos que este mismo equipo fue cadáver durante bastantes minutos la eliminatoria anterior. Ha pasado una semana y ya se nos han olvidado nuestras propias gestas. O parece que siempre estamos dispuestos a admirar más las ajenas.

MEMORIA Y PACIENCIA

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Según fuentes familiares, el padre de mi tío Carmelo no cenaba si perdía el Logroñés. La derrota le enfurruñaba tanto que se enclaustraba en su casa del casco viejo, ciudad a secas en aquel entonces. Con el pretexto de recogerle para la ronda diaria por los bares, su cuadrilla no tardaba en plantarse frente a la puerta y llamarlo a voces. El motivo real, conocidos sus cabreos deportivos, no era otro que el vacile; me gusta imaginarme a este hombre en una celda de castigo, flagelándose después de acomodarse el cilicio que llevaría hasta la siguiente victoria, imperturbable ante las chanzas de sus amigos. Sobra decir que debió de ser un hombre muy delgado.

Es una historia exagerada, probablemente. Dada la inclinación del ser humano (y la de mi familia en particular) a la hipérbole, no creo que dejara de cenar ni una sola vez; a lo mejor se abstuvo una noche porque el tinto no le cayó bien y ya saben, desde entonces, mataperros. Si viviera hoy, podría cenar cigalas todos los días: 72 puntos y subcampeonato.

Ha sido una temporada de afectaciones apocalípticas. Que es en lo que se ha convertido el fútbol y gran parte del periodismo que le rodea. Hace tan solo unos meses un porcentaje importante de la afición quería fulminar a Sergio Rodríguez, un tipo reflexivo, sereno y pedagógico, de la casa, con un historial muy reseñable. Los resultados no acompañaban a las expectativas, película mil veces repuesta, y llegaron los cuatro jinetes: el entrenador no vale para segunda B, no se ha planificado bien la temporada, la forma física es lamentable, los médicos son matasanos. Además, la templanza de Sergio en las ruedas de prensa se interpretaba como falta de compromiso o personalidad; es sabido que no vociferar es sinónimo de blandura, no gritar ni hacer aspavientos genera desconfianza. Entiendo el atractivo que desprende un equipo dirigido por el sargento de artillería Highway, la poderosa imagen de unos tomates locales convertidos en el once ideal de la Champions. Es una pena que sea un personaje de ficción.

La paciencia marida mal con las jornadas semanales, es verdad universal, pero tengo la sensación de que nunca antes se agotaba tan rápido. Ahora bastan un par de derrotas (o empates) consecutivas para que se entonen las letanías más cenizas y se quiera destruir todo sin saber qué hacer después. Solo nos vale con quemar el poblado, como si todo lo que habitara en él fuera inútil o perjudicial. Noto que hay personas que se vanaglorian de ser resultadistas, lo son a mucha honra, dicen, porque el fútbol es así. ¿No hay algo perverso en tal afirmación? Alguien que solo ansía victorias, le da igual todo lo demás o cómo conseguirlas. Menos mal que solo hablamos de fútbol.

Este texto será acusado de ventajista, de escribirse en los buenos tiempos. Puedo vivir con ello. De momento, toca seguir disfrutando de la mejor temporada en diez años. Acabe como acabe, ya es un éxito.

EN CASA

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Todos los que nacieron en el ochenta y tres me caen mal. Aún hoy, después de haber alcanzado una supuesta madurez, si conozco a alguien de esa hornada me pongo en guardia inconscientemente. “¡Cuidado!”, susurra una vocecilla dentro de mí, “este pertenece a la camada de aquel año maldito, este mamón es de los mayores”. Aunque parezca simpático y agradable, me digo, algo esconderá debajo de su carcasa modélica, algo quedará de aquel ser malvado, nacido exclusivamente para atormentarnos a nosotros, los del ochenta y cuatro. En mi colegio reinaron durante años, pero cuando pasaron al instituto se diluyeron; en un centro gigantesco, con gran densidad de cabrones por metro cuadrado, importados de barrios o pueblos lejanos y peligrosos -lo lejano siempre es peligroso-, sucumbieron sin heroísmo. Una de las cosas que recuerdo con mayor claridad de mis días de recién llegado al instituto fue el toscón que un ser anónimo -una montaña de un barrio lejano y peligroso- asestó a U., uno de nuestros antiguos torturadores. ¡Plas!, retumbó en el pasillo de techos altísimos. Y todo el mundo rio. Mi cara de incomprensión animó a la montaña a dar explicaciones: “Anda, dale una hostia a U.” Me dio pena U., que me miraba como si no me conociera con ojos de perrillo apaleado. Y no le pegué, claro. Pensé en Darth Vader arrodillándose ante el Emperador en El Imperio contraataca. Siempre hay alguien más malo. Y un montón de preguntas llegaron. ¿Quién es este ser, que a al villano de mi colegio lo tiene acojonado? ¿Cómo ha pasado U. de verdugo a víctima? ¿Qué le ha ocurrido durante el último año?

Dice la solapa de Barraca y tangana que Enrique Ballester nació en Castellón en 1983, así que, de entrada, no me tendría que caer bien. A los del ochenta y tres les exijo el doble, tienen que demostrar su valía para que pueda reconocerlos como uno más. Barraca y tangana es su nuevo libro, una recopilación de las columnas que escribió entre 2016 y 2018 en el periódico Levante-EMV. Ballester, ese mamón del ochenta y tres, ya me cautivó con Infrafútbol, pero ahora, con este compendio se ha convertido en una de mis predilecciones. A cualquiera que le guste el fútbol le doy la chapa para que se lo compre. Ante la nueva polémica de turno en el trabajo o en el bar, ya sea un penalti dudoso, el galimatías del VAR, un forzamiento de tarjetas, suspiro y pienso “léete El Libro Amarillo Mostaza, anda, a ver si aprendes algo”. Aquí el fútbol es lo de menos. Bueno, no lo de menos porque nunca lo es; impregna todas las páginas, es la mina de la que se alimenta su literatura, pero sería injusto reducirlo solo a un libro de fútbol. Es muy difícil descifrar qué es ese algo que algunas obras poseen. Podemos aproximarnos y enumerar parámetros racionales -pensados a posteriori- para explicar por qué nos gustan o nos dan repelús. Yo, por ejemplo, me he construido el parapeto argumental de que todo aquello que me encanta contribuye a desentrañar lo incomprensible y confuso de nuestra existencia; el misterio de la interacción humana, en palabras del director David Mamet. Así dicho, suena pedante, qué le vamos a hacer. Creo que una de las claves de mi adicción a Ballester es que utiliza el fútbol como excusa para contar la vida. Todo está narrado desde fuera, Ballester se encarna en testigo irónico, reflexivo y cómico. Y esa es otra de las claves: el humor. Corrosivo a veces, más blanco otras, pero siempre certero e inteligente. Ballester tiene ese algo con el que conecto de forma inmediata; desde la primera frase lapidaria del libro, la obra dialoga conmigo como si fuéramos amigos de siempre. Existe una cercanía, una sensación de sentirte como en casa. Ese sentimiento es fantástico, si no lo han experimentado me compadezco de ustedes. No sé qué tipo de reacciones químicas se desatan al leer o contemplar algo que te habla directamente a las tripas, pero produce la mayor sensación de bienestar del mundo. Estar en casa es llegar y que todo esté ahí. Meterme en la cama donde ya duerme mi novia que nació en el ochenta y tres, reunirme con los amigos para hacer nada, escribir esta mierda mientras me tomo un café igual de congelado que una grada de tercera. Desde ahora, también leer El Libro Amarillo Mostaza. Y los que vengan.

Tanto Infrafútbol como Barraca y Tangana han sido editados por Libros del KO.

POR CELEBRAR

ojo

Corre el minuto setenta de partido y en Las Gaunas, ganando uno a cero al Racing de Santander, se escuchan olés.

Cada religión, cada oficio -cada aspecto de la vida-, tiene sus reglas. Su existencia da sentido a todo; nos permite subvertirlas y saltárnoslas, o pasar en verde a las cuatro de la mañana del lunes o cambiarlas por obsoletas e inútiles. En un juego, son la base de la diversión. Las religiones o creencias llevan aparejadas una mitología, es decir, una mentira que explica su origen. Esta mitología se compone de episodios más o menos mágicos de los que se extraen unos avisos para navegantes, a menudo bastante sádicos. No comáis la manzana, la primera regla del Club de la Lucha es no hablar del Club de la Lucha, nunca alimentéis al mogwai a partir de las doce de la noche. Sin transgresión no hay película y nosotros queremos la nuestra. Nos rebelamos contra más de dos mil años de pensamiento mágico y contra la física newtoniana; ¿acción-reacción? Nos desabrochamos la guerrera frente al pelotón. Por favor, aquí, en el pecho.

Hay gente para todo, se dice. Supongo que es cierto. Todos pensamos que somos normales, que el estrafalario y el imbécil, el equivocado, es el otro. Me encantaría que el coro de los olés fueran marcianos que nada saben de fútbol ni de leyes ni de supersticiones terráqueas. Que sus cuerpos -a nuestra imagen y semejanza- fueran solo fundas o vehículos manejados por un diminuto marcianillo verde, como en Men in Black. Que fueran alienígenas a los que tenemos que explicar la naturaleza de lo humano, no solo en aras de mejorar la convivencia, también para garantizar su seguridad. Pues no. Respiran como las personas, caminan erguidos como las personas, articulan sonidos y se comunican entre ellos como las personas. ¡Dios! ¡No! ¡Son personas!

Hay placeres perversos. Uno de mis favoritos es ver los rostros del rival (afición, jugadores) cuando se percata de que acaban de anular su gol. Ese festejo interruptus pare unas expresiones únicas. Debería tener palabra propia. No es tristeza ni desolación, es otra cosa. Mis amigos y yo las llamamos caritas. El diminutivo aquí es humillante, contrasta con la extrema gravedad del tema. Entonces asoma la cabeza el catolicismo. “Por celebrar”, cincela en mármol alguno de nosotros. La culpa es tuya porque has saltado un poco, has gritado, has liberado algo de adrenalina, te lo has pasado bien unos segundos. Por supuesto, servidor tiene, ha tenido y tendrá un repertorio infinito de caritas. Espero que nadie perdone la ocasión de divertirse al verme celebrar un gol con los brazos en alto y, poco a poco, cuando descubra el banderín levantado, se vayan flexionando hasta sujetar la cabeza con ambas manos.

No se pueden hacer ni decir ciertas cosas si quieres que tus congéneres te respeten. La suerte en el fútbol es decisiva. No me parece que en el resto de deportes influya tanto en el resultado como aquí. Este factor va por otros cauces, no aparece reflejado en el reglamento. Nadie sabe cómo funciona, pero hay una serie de consensos mágicos. Su incumplimiento enfada al Dios del Fútbol, que exigirá sangre por nuestra arrogancia y vaciará un poquito nuestra Piscina de Maná de la Suerte. Aquí van las más básicas. Para los marcianos.

a) Si tocas el trofeo antes de jugar la final probablemente pierdas.

b) Si insultas a un jugador rival. El jugador mejorará su rendimiento en función de la gravedad del insulto.

c) Si insultas a un jugador propio. No está bien, pero además su rendimiento baja.

d) Los exjugadores siempre marcan a los exequipos. Conviene no cabrearlos mucho y aplaudirles al principio.

e) No se celebra nada anticipadamente. Ni se piensa (crimental). Expresiones como “¿así cómo nos ponemos?” o “tres puntitos” antes de acabar el partido se castigan muy severamente.

f) Procura no verbalizar lo evidente pues llenará la Piscina de Maná del rival. La situación clásica es una falta lateral o frontal en contra. Prohibido decir “es peligrosísima” o “es malísima”.

g) Los cánticos-apelaciones testiculares no solo no funcionan, sino que provocan fallos defensivos en cadena. Versiones como “Échale huevos, equipo…” y derivados son fatales y malditos. Siempre que se cantan, se pierde o se empata y el supuesto efecto en la bravura de los jugadores suele terminar en un ramillete de tarjetas. ¡Nuestra Piscina de Maná podría quedar maldita lo que resta de partido!

h) Los gafes existen. Es crucial identificarlos para no invitarlos más al fútbol. Descubrir a un gafe suele llevar más de una temporada. Ánimo.

i) El derrotismo. Los comentarios negativos vacían la Piscina. Al igual que la opinión sobre nuestro jefe o el aspecto físico de alguien: se piensa, pero no se dice.

j) Antes del partido hay que pensar en el partido. Hay que estar concentrado, se tienen que mandar ondas mentales a nuestra Piscina de Maná. No se puede ir al fútbol a pasar el rato o a hacerse fotos como si el partido fuera un monumento o a hablar del sexo de los ángeles. Al Dios del Fútbol no le suelen gustar los falsarios y nos penalizará según convenga.

k) Si te aburres, te fastidias. Eso de hacer olas y tal quedará registrado en el Libro de los Agravios del Dios de Fútbol. Pagarás por tus pecados.

l) Ver otros partidos en lugar del que tienes a unos metros. La radio tiene un pase, pero esto ya no.

m) Hacer de menos al rival. Matracos, banda del patio, cojos. Pues eso.

n) Y por supuesto, no alardear. Pavonearse no está bien, marcianos. Ni con cinco a cero.

El Dios del Fútbol, esta, nos la guarda.

SILBA, QUE YO NO SÉ

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En Las Gaunas estoy con la juventud. Con mi percepción de ella al menos. Creo que son los únicos que no silban al equipo cuando las cosas no van bien. O lo hacen menos o yo no los veo o no me quiero dar cuenta. La verdad, casi seguro, será una conjunción de las tres. Sin embargo, cuando el estruendo conquista el campo debido a un fallo defensivo, un mal pase (o uno atrás para asegurar) tengo la sensación de que los chavales no entienden el porqué del clamor. Veo sus caras de “no es para tanto”, contemplo su extrañeza ante un veredicto, el de la grada senior, que consideran injusto y precipitado. Entonces me acuerdo del equilibrio de Ancelotti, del ardor adolescente y del Brexit; por lo visto, los viejos ingleses se quieren separar del Continente y los jóvenes no. Siempre que escucho ese ruido horroroso también me viene Alessandro Alessandroni. Material para diez mil westerns atesoramos en el municipal. No andará lejos de ser el mayor potencial silbador del mundo y ahí se nos queda, desperdiciado. ¿No podrían instalarse algunas dinamos sonoras para que, por lo menos, generáramos algo de electricidad? A lo mejor así encendían antes los focos.

Me encantaría poder englobarlos en alguna categoría sociológica pero no hay consenso, así que los seguiré llamando jóvenes. Les envidio. No saben de la que se han librado. El azar quiso que nacieran cuando el Logroñés ya sólo era el fantasma de un cuento de Stephen King. Un espíritu victoriano que habitó casas fastuosas en los noventa, se conocía todos sus rincones e incluso asustaba de vez en cuando. Estos afortunados únicamente lo conocen por boca de sus mayores, que narran las peripecias, hazañas y anécdotas (Maradona en Las Gaunas, por aquí pasaron los mejores), la vida feliz, la juerga flamenca. Tolkien se equivocó: La Comarca de los hobbits se situaba al final de República Argentina.

Las batallas que habrán tenido que escuchar. Confieso. También he narrado cómo vi a Guardiola, a Beguiristain, a Ronaldo (el bueno), Rivaldo, a todos. ¿De qué sirve? Para que te manden a la mierda con razón. ¿No podría interpretarse esta matraca como, no ya añoranza de un pasado mejor (el nuestro), sino como un plantarse, una negación de la vida actual? Recrearse en la nostalgia está muy bien para darle la espalda a todo.

Es una lástima que no se puedan injertar sentimientos propios en personas ajenas. Un sentimiento no se puede transmitir. Y nosotros a vueltas con el fantasma. Les hablamos de casas espléndidas, de gestas épicas contra el Madrid, de fichajes increíbles, de botas de oro en USA ’94. Pero la realidad es que el domingo vamos a Estella.

No silban porque les parecer normal. Que venga el Langreo, por ejemplo, es un síntoma de que todo va bien, no una cuestión de estatus perdido ni de honor manchado. No los veo tan poseídos por el espíritu del ascenso. A veces pienso que soy uno de ellos y me imagino sin conocer la primera división. ¿Cómo será conocer sólo esto? ¿Qué tal se vivirá sin fantasma que te asuste por las noches? ¿Cómo será el blanquirrojismo sin grilletes de oro?