Etiquetado: fútbol

LA MISIÓN

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Johnny Rotten pronunció una de las definiciones de vida más precisas. Él hablaba de “caos levemente organizado”, un cúmulo de circunstancias más o menos entendibles que permiten que un autobús pase cada quince minutos por la misma parada. No sabemos bien por qué ocurre eso realmente, por qué las cosas funcionan; todos hemos trabajado en lugares que se encontraban a un segundo de venirse abajo, pero ahí seguían, erguidos incomprensiblemente. Quizás la naturaleza de la vida sea esa: caminar por el cable a punto de caer al vacío. Cualquier corriente de aire inesperada -un desamor, un despido, una enfermedad, una pérdida- puede precipitar un descenso exprés sin promoción.

Ahora podríamos decir que vivimos en un caos perfectamente organizado. Nadie sabe nada, esa es la verdad, o al menos la impresión que da. Confiamos en no coger el bicho e infectar a otros o, si no nos queda más remedio que convivir con él, que sea por poco tiempo. Básicamente esperamos que el virus no les coja cariño a nuestros pulmones. Y poco más podemos hacer, me temo, desde nuestras casas. Solo aguardar a que nuestros pueblos dejen de parecer Silent Hill, y desear ánimo y suerte a nuestros familiares y amigos. Suerte para evitar subir al necromarcador electrónico.

Resulta que, en medio del tornado infeccioso, a lo mejor ascendemos a Segunda. Si el habitual barullo de leyes, decretos, recomendaciones, obligaciones, subvenciones, subsidios son galimatías redactados mal adrede para que no entendamos nada, la ristra de publicaciones extraordinarias desde que se inició el estado de alarma se estudiará en Oxford o Harvard o donde hagan estas cosas. Y habrá un monográfico especial sobre fútbol. Estos días no me he interesado por el balón. Yo daba la temporada por suspendida; esto nos ha superado, hay que ser realistas. Pero el fútbol se resiste a morir; al menos su faceta administrativa y económica, que tiene sus propios galimatías, decretos y recomendaciones.

El otro día vi una entrevista online al míster Sergio Rodríguez, la colgó un colega en el grupo de WhatsApp del fútbol. Rodríguez es un tipo con una misión, una historia. Y eso me chifla. Quiere devolver al “equipo de mi tierra” al fútbol profesional. Seguramente me equivoque, pero creo que tiene una espina clavada desde chaval, un sentimiento de orfandad deportiva desde que marchó a San Sebastián a raíz del descenso del Logroñés a Tercera (creo que fue así, ya ni me acuerdo). Luego volvió como jugador a una casa parecida a la suya, a un club nuevo que se asemeja al que perteneció, que viste igual, pero es diferente, donde colgó las botas e inició su carrera como entrenador. Es el soldado que regresa a casa después de la guerra, descubre que su esposa ha muerto, y se casa con la hermana para enfrentar lo que venga. Sergio es de este equipo. Y eso es el alma, amigo.

Durante muchos años fue muy complicado explicarle a la gente que eras de un equipo insignificante. De un equipo muerto. Creo que esto va a cambiar, ya lo está haciendo. El virus nos pilló en medio de algo, algo grande, con seguridad un Play Off apoteósico dispensador de infartos. Ahora llegan rumores de ascenso sin jugar y uno no sabe si alegrarse o entristecerse. No obstante, sería la guinda de extrañeza en la historia futbolística de esta ciudad; ¿por qué demonios todo lo que se hace aquí parece condenado a vivir en el esperpento y la locura? No me digan que no sería el colofón absurdo a veinte años delirantes.

ENSOÑACIÓN

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Vivir en la casa de tu infancia debería estar prohibido. No sé a qué espera el gobierno para decretar algo al respecto aprovechando el tirón del estado de alarma. A los lugares de la infancia hay que volver en el crepúsculo de la vida de marino que pasó la juventud en el mar, como veterano de guerras lejanas o tras triunfar empresarial o artísticamente. Entonces te harán una entrevista porque eres importante, responderás que todo aquello era campo y que los rincones de la vivienda siempre te sirvieron de inspiración. La historia no luce igual cuando vuelves con treinta años, cuando la casa ni tú habéis envejecido lo suficiente y amadrigarte allí se interpreta como fracaso. Eres el que juega bien y pierde, la joven promesa truncada por una lesión injusta.

En este primer día de reclusión nos hemos puesto a meter cosas en cajas. Teníamos previstos unos pequeños cambios que se van a posponer. Rebuscar en fondos de armarios antiguos es comprar boletos que activen la ensoñación. Cualquier objeto perteneciente a un antiguo morador -unas cotidianas anotaciones en papel cuadriculado- la disparan inesperadamente. Y ahí están las existencias como si fueran capas de acetato transparentes u hojas de papel vegetal superpuestas. No son solamente los rastros de las personas en mi casa, ocurre también cuando miro por la ventana y observo la ciudad ahora vacía, mi antiguo colegio mudo y las plazas donde jugábamos al Empalme y al Mundialito. Puedo ver todas esas transparencias a la vez. Y eso es un problema porque, como ya he dicho, soy aún joven para que algo así me ocurra.

Han aparecido los restos de una maqueta recortable. “Construye esta Casa Encantada”. Y mientras, M. y yo tratando de adecentar nuestro lugar, un poco a nuestro gusto, tratando de ser lo más respetuoso posible con las personas que viven en acetatos diferentes, sabiendo que un lugar solo resulta acogedor para uno mismo. De esta casa encantada me acuerdo perfectamente porque me encantaba. Una de las cosas que me molestaba era que no todos los interiores estaban ilustrados. Eso fue un chasco; yo pensaba que si hundías el cúter en la mitad de la torre y abrías una pequeña ventanita podrías ver habitaciones secretas. Pero no, la ahorrativa lógica productiva solo previó que la casa se abriera por los lugares estipulados, así que solo dibujaron esos interiores y personajes. Tuve que ser un niño asqueroso, ahora que caigo. Un inconformista que necesitaba que toda la casa estuviese pintada, aunque no se viese. Quizás porque en la realidad sabemos que tras una pared nunca hay nada en blanco.

Aquella casa tuvo otro uso además del decorativo. Fue el elemento central sobre el que construíamos el circuito de Animal Race, nuestro juego de mesa refrito de Warhammer y Wacky Wheels, la copia del Mario Kart a la que andábamos enganchados. En este acetato vivimos todos a doscientos metros. Qué guay.

Vaya cosa rara ha salido hoy. Casi no he hablado de fútbol. Aunque la verdad es que ahora lo que más me apetecería es pegar un par de pelotazos, jugar a “ver quién la echa más alta”, al Empalme; dibujar con tiza la portería en la pared de ladrillo y que comenzara la gala de inauguración del Mundialito. Yo, Brasil.

PALO Y FUERA

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Hay cosas difíciles de imaginar. Un mundo sin capitalismo, por ejemplo, o tu vida con varios millones de euros en el bolsillo. Vivimos tiempos ultrasónicos que no nos permiten pensar. Como todo ocurre tan deprisa tenemos que ser rápidos para catalogarlo todo en un pestañeo, y solo nos valen ya dos columnas donde listar aquello que vemos, oímos, padecemos o disfrutamos. Todo es maravillo y espléndido, o penoso y censurable. Nuestra existencia transcurre entre obra maestra y fracaso absoluto, ya no hay grises, la complejidad de la vida resuelta en un tuit. Ya sé que el libro que se está leyendo es una basura o un incunable, puedo adivinar que su disco favorito de la semana es imprescindible o alimento para contenedor de plástico. Me imagino que su equipo no vale para la categoría o son Los 11 Fantásticos. Yo mismo no sé si marcharme de vacaciones a Manhattan o a las Viniegras.

Dicen que nos acostumbramos fácilmente a lo bueno, pero a mí, esto de ir a trece puntos del segundo me inquieta mucho. Me parece que estoy en un decorado que me han construido a mi medida. Voy al trabajo y la gente me pregunta sobre el partido del domingo; en la gasolinera, el operario y un cliente conversan sobre los cambios que el míster debió o no hacer. Hasta la panadera lleva un pin blanquirrojo en la solapa. ¿Quién está detrás de todo esto? ¿Quién se mete en mi cabeza por las noches? Empiezo a pensar que el trabajador de la gasolinera y el cliente son actores que representan sus papeles a la perfección, hablando a voces con gran campechanía para que yo los escuche. Todo huele a chamusquina. No puede ser que esto esté ocurriendo. Todo es perfecto. Miro a mi alrededor y solo veo rostros amables con sonrisas de muñeco de ventrílocuo. Hay demasiada felicidad y eso no es bueno. Más aún, me parece hasta inmoral. Y peligroso. Tengo miedo a que nos pase como a los buzos que ascienden de las profundidades sin respetar los descansos y acabemos secos en la cubierta del barco. Me aterra la posibilidad de acomodarnos, de subestimar a la cosa esférica que rueda porque todos hemos contemplado sus maldades, hemos visto las consecuencias de sus caprichos, entendemos la metafísica del rebote.

No obstante, finjo bien. Miro la clasificación y hago una captura de pantalla. Es lo más bonito que he visto en mi vida tras Florencia y Siena. Sonrío y estoy contento de verdad. Solo hay una cosilla que no se me va de la cabeza y corre el riesgo de convertirse en pensamiento recurrente. Nos los estamos pasando tan bien que espero que Dios del Fútbol no sea demasiado cruel con nosotros. Espero que cuando el balón circule sin rumbo por nuestra área pequeña, atravesando la brisa de mayo en el minuto ochenta y nueve, se le olviden nuestros brindis y carcajadas, sufra un alzheimer súbito que le impida recordar nuestros pecadores tiempos felices y haga como si nuestro goce no hubiera existido nunca. Espero que cuando la pelota impacte en la frente de un delantero rival o en el culo de nuestro lateral derecho, en el talón de un central, y salga propulsada hacia nuestra portería, se levante de su trono celestial en el VAR supremo, alce un dedo y diga con su voz de caverna: palo y fuera.

MASCARADA

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El viernes por la noche me quedé en casa viendo la tele. Ahora debería decir que el teléfono recibió una ristra de súplicas de mis amigos para que me vistiera inmediatamente y saliera a quemar la noche. Pero no ocurrió nada. Nadie es imprescindible, pensé, mientras Bertín Osborne entrevistaba a Norma Duval en un salón inmenso. En otro canal debatían sobre La isla de las tentaciones, en La 2 ponían un policiaco español y en Teledeporte no daban ningún partido que sirviera de revulsivo. Norma Duval me emocionó cuando habló de la enfermedad de su hermana. Las enfermedades te ayudan a diferenciar lo fundamental de lo accesorio y son como las aficiones o los delanteros centro: los nuestros nos parecen muy malos y siempre preferimos los de otros equipos.

Norma comenzó a aburrirme cuando enseñó su palacio, y después la publicidad me remató. Con la peli empezada y Teledeporte de rally, tuve que utilizar el salvavidas de Instagram. Rápidamente algo me atrapó. Me froté los ojos, bloqueé y desbloqueé el móvil, pero aquello seguía allí. Como no lo vi venir, no pude ni apretar los dientes ni cerrar los ojos, protegerme del impacto en la sien que fue leer: McGol en las Gaunas.

No me cabrea ni me indigna esta vaina. Supongo que los contratos publicitarios contribuirán a pagar el sueldo del anhelado Delantero Definitivo 25G. También sospecho que McGol en Las Gaunas será alguna chorrada que harán en los descansos, como en la NBA, y a mí me ha recordado un poco al inicio de los Tiempos Oscuros. Qué le vamos a hacer si la mente me juega malas pasadas. Llámenme pueril -o paleto, directamente-, pero lo que más me gusta de la NBA son los escudos -¿se llaman así en baloncesto?-, las mascotas y la Kiss Cam. ¡Y las animadoras! Ahí van las pistas: blanquirrojo, mascota, animadoras. No hay que ser Poirot.

Toda decadencia empieza con un gran festejo. Suele ser desmedido y sobreactuado porque, más que fiesta, es mascarada. Los organizadores conocen la profundidad del pozo en el que se han metido, y la del hoyo del Logroñés de 1996 superaba a la Fosa de las Marianas. La directiva decidió berlusconizar un poquito el club para su presentación de la temporada 96/97 y así desviar la atención del dispendio. Recuerdo el desfile de majorettes brasileñas por República Argentina; ya en el campo el concierto de Cañita Brava, la vuelta al ruedo de Señor Gol -¡nuestra mascota!- acompañado de las Rioja Girls, el equipo de animadoras que se congeló durante la temporada en escenario construido debajo del marcador. Yo tenía doce años y aquel circo me parecía normal, en consonancia con las Mama Chicho y los Tal y Tal de la década. Contemplando cómo crecimos, no hemos salido ni tan mal, al cielo gracias. Antes envidiaba a los que son un poco mayores que yo y se criaron con la televisión crítica de La Bola de Cristal y todo eso. Me consuelo cuando los veo por ahí, sin rumbo, igual de idiotas que yo.

Hay que guardarse de los Tiempos Oscuros -es la última vez que lo escribo; quién sabe si podrían aparecer, como Candyman, de tanto repetirlo-. Y para prevenirse, primero hay que identificarlos. No es complicado; cuando vean las luces, los fuegos artificiales, el brillo de los Mercedes y las bailarinas, tensen los cuellos y tuerzan el morro. Bailen si quieren. Pero bailen sabiendo que lo importante se va por el desagüe.

LA MANO DERECHA

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A lo mejor todo tiene que ver con planos de la existencia. En la lejanía se adivina una final de la Supercopa de España; ayer el Logroñés echó al Cádiz en Las Gaunas tras una tanda de penaltis corriente, es decir, cruel y asquerosa. A casi siete mil kilómetros de Yedda, la vida sigue con sus colas en las taquillas y sus bocadillos al descanso; ayer enseñó un poco de cacha para que nos confiemos, para que creamos que sí, que los planos a veces convergen y que se puede alcanzar la ansiada intersección. Que podemos ser la equis. La realidad es que en el recién estrenado 2020 nada parece que vaya a converger, ni futbolística ni política ni socialmente.

En la siguiente ronda puede que nos toque un primera de competición europea. Tenemos en torno a un cincuenta por ciento de posibilidades de conocer a un extraterrestre. Los extraterrestres viven en Primera División y son muy inaccesibles, acostumbran a esconderse, a la vista de todos, detrás de varios dedos de cristal blindado, rodeados por un foso con cocodrilos. Todo el rollo este de converger no les va mucho y prefieren relacionarse con marcianos de distintos colores, pero igual de brillantes que los suyos. Por eso odian la Copa. Si por ellos fuera jugarían una pachanga sin fin en el Parque de los Príncipes u Old Trafford, donde no llegaran los molestos segundas B de ciudades sin glamour. A lo mejor ya ni eso, y preferirían Miami o Abu Dhabi, directamente. La Copa es la única manera que tienen los terrícolas de conocerlos; quizás sea el último rescoldo de lo llamado -peligrosamente- fútbol de antaño.

¿A quién no le gustaría que un extraterrestre le sacara a bailar, aunque solo fuera una noche? Para las personas que te miden según tus compañías, esto es importantísimo. Que vengan el Madrid o el Barça es algo crucial. Salir en la foto con alguien poderoso te otorga prestigio, claro, incluso puede que algo se pegue. Me recuerda a la cantidad de personas que dicen conocer a la mano derecha de un antiguo presidente de la Comunidad, del gerente de una gran empresa que trincó en los noventa, de algún consejero regional, del alcalde de tu pueblo, del fuerte independientemente de la escala. En un país con más nobles que vasallos no es de extrañar que ocurra algo así, lo que me sorprende es que no exista aún un grado o licenciatura con ese nombre. Lo teníamos tan cerca de los morros que no lo veíamos. Estudiar para ser Mano Derecha. El futuro.

Uno de mis momentos preferidos de la pasada década lo protagonizó Pablo Infante, héroe del Mirandés, y tuvo que ver con la Copa precisamente. Podría contar sus muchas virtudes futbolísticas -quedó pichichi de la competición aquel año- porque lo hemos sufrido como rival; sin embargo, lo que me fascina no se relaciona con nada técnico. Un reportero lo entrevistó brevemente después de que los burgaleses perdieran la semifinal contra el Athletic en San Mamés. El periodista, con la condescendencia del pijo de la capital hacia el pueblerino, hizo una apreciación sobre la magnificencia del contexto, la Catedral rugiendo por su pase a la final. Vaya fiesta, ¿no? Merece la pena también vivir esto, se le ocurrió decir, esperando a que el pobre diablo asintiera y dijera que sí, que estaba encantadísimo de pisar el césped vizcaíno. Entonces, Infante -sosteniendo el balón, mirando al frente, visigótico-, respondió la siguiente maravilla: Bueno, fiesta para ellos, que han ganado.

A ver si la siguiente fiesta la celebramos nosotros.

EL NEWCASTLE DEL SUR

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Cuatro amigos contestan mal las preguntas de un examen de inglés. Podría ser la imagen habitual en cualquier clase de tercero de la ESO de la península, pero durante la primavera de 1999, confundir adrede el was con el were y olvidarse súbitamente de la lista de verbos irregulares formaba parte de un plan que garantizara nuestra supervivencia. Nos íbamos en verano tres semanas al sur de Inglaterra -habían dicho los viejos- y en nuestros cerebros quinceañeros aquello sonaba a veintiún gloriosos días en una tierra extraña, a aventura y adrenalina, a ficción maravillosa que todo viaje supone. Sonaba a todo menos a estudiar inglés. Cuando nos comunicaron que existía una prueba de nivel que determinaría la clase a la que asistiríamos, todo se vino un poco abajo. No tuvimos más remedio que hacerlo; no podíamos arriesgarnos a quedar aislados cada uno en un aula, como islotes, había que estar todo el rato juntos, en plan piña. Es ridículo y estúpido. Entonces nos pareció una idea brillante: contestar todo al revés para que nos pusieran en elementary. Podría considerarse el acta fundacional del Newcastle del Sur, fugaz club veraniego.

Un par de años antes de ese embrollo me había comprado una camiseta del Newcastle. Era la moda de los clubes extranjeros apuntalada por El Día Después, nuestra ventana al -entonces- exótico fútbol europeo, además de complemento del sistema educativo; a él le debo prematuros conocimientos geográficos. Por ejemplo, sé que Sunderland es una ciudad industrial del norte de Inglaterra, que el equipo de Gelsenkirchen -población minera alemana situada en la cuenca del Rhur- se llama Schalke 04 o que en Trondheim -tercera ciudad noruega más poblada- animan al Rosenborg. Nos hacíamos de los equipos según desfilaban por la tele los lunes por la tarde. A mí me habían seducido la rosa del escudo del Blackburn Rovers y el enhiesto cuello de la camisa de Cantoná; sin embargo, el influjo decisivo lo ejerció Shearer celebrando goles con el puño en alto. Me hice del Niuca  -le digo así, como si fuera urraca de nacimiento- y yo, mi camiseta y mis tres amigos nos fuimos al pueblecito inglés.

En el sur el Newcastle no tenía tirón. «Si te pones la camiseta, lo más seguro es que te peguen», me habían avisado, «por español, latino o por fan de un equipo norteño». Por lo que sea. El Newcastle del Sur, en sus veintiún días de vida, no se clasificó para UEFA ni Champions; peleó por la permanencia a base de alcohol de licorería casi clandestina que trasegaba junto a sus amigos -clubes hermanados- en un césped cercano a una marisma. Los cuatro se emborracharon, rieron y se enamoraron de la misma chica, que iba al edificio de los listos, o por lo menos de los que hicieron el examen bien. Española, obviamente; «las inglesas son superfeas», había anotado el Newcastle del Sur en su cuaderno de bitácora, se lo había dicho un explorador previo. Pero estaba Miss Williams. Miss Williams era una profesora joven, Miss Williams era inglesa, Miss Williams era guapa. El Newcastle del Sur aprendió así a cuestionar las fuentes.

La permanencia se logró. A pesar de que la chica española no se fijara en el Newcastle del Sur y de que Miss Williams no le llevase nunca en su Mini. La camiseta blanquinegra cosechó algún exiguo triunfo; una ciudadana británica, al verme con ella puesta, se levantó la suya al grito de ¡njuːˈkæsəl!, y la mujer que amadrinó a uno de mis colegas nos hizo una pizza mientras se preguntaba qué demonios hacía un adolescente idiota con la cami del equipo de su pueblo. Quiero pensar que si no se hubiera emocionado al ver las rayas blancas y negras nunca la hubiera hecho. Era una mujer triste. Nos dijo que ella nació en el norte, pero que llevaba muchos años allí. Nos enseñaba fotos de un hombre joven, vestido de piloto frente a un caza.

I miss my husband, I miss my town. Esto no lo dijo, pero lo pensaba.   

POST MORTEM

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Llamar a mi novia para contarle lo que ya sabe, cenar con unos amigos y después empezar un juego de mesa que consiste en hacer Marte habitable. Me hubiera encantado estar allí, en Marte, viajar en una de esas lanzaderas de inmigrantes que parecen una lata de refresco gris. Pero, ¡cuidado!, a lugar nuevo, enfermedades viejas; seguro que nada más bajar de la hojalata encuentro a un desdichado portador de la enfermedad, uno que evitó los estrictos análisis médicos y se coló entre la tripulación del viaje anterior. Ahí está, el imbécil, pegando patadas a la cosa diabólica que bota para meterla entre dos mochilas. Como los gilipollas tendemos a agruparnos, me veo en la hora cero de mi nueva vida marciana jugando un Alemán.

Hemos muerto bien, sin molestar a nadie, ni al Hércules. Con ocasiones aciagas de las que salen por un palmo y con un poquito más de suerte hubieran podido cambiar la eliminatoria. Nosotros parecíamos mocetes frente a ellos, hombres hechos y derechos, con sus hijos y esposas e historiales extensos en categorías superiores. La verdad es que nos quedan mejor las lágrimas a nosotros.

Me fastidió que no lloviera el domingo. No entiendo por qué salió el sol si nos habían echado del play off. Pero el mundo gira, que se dice, y el domingo lo hacía en pantaloneta y chinelas como si no pasara nada, de vermú, veraniegamente desenfadado. A otro año será, y trago de marianito. Eso me dice el mundo y yo de luto, a punto de plantearme el monacato. También me escalofría la idea de poder engancharme a la metadona Sub 21. Menos mal que Nacho ha mandado una foto de unas Adidas Nájera desde Estados Unidos. La tontada feliz del día. Debe ser el apellido de un patinador famoso, pero fantaseo con que un creativo de la marca las ha bautizado así por La Salera, el campo de fútbol más bonito del mundo. También pienso en que no está mal la Segunda B. Nos sienta bien.

BOCABAJO

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Te lo tienes que creer; puedes ganar el Comunio. Tienes maneras.

Escuchado durante un Chupinazo hace años.

 

 

Fuimos a Alicante y perdimos; era parte del plan maestro. A lo mejor lo normal es perder en Alicante, como habitual es morirse si cumples cierta edad. Quizás no debimos hacerlo; la cosa estaba para derrota por la mínima o, con un poquito de suerte, para prometedor empate a uno. Nos derrotó en una tierra ignota un equipo que se llama como un semidiós, que luce en su escudo laureles en la cabeza. En nuestro Grupo II todos son bastardos conocidos: el Capitán Anchoa, que ya ha subido sin ganar ni un partido, el Doctor Miranda, que ha perfeccionado la fórmula del uno cero en el noventa y tantos; villanos familiares de toda la vida. El Grupo II es tu clase del instituto y van desfilando los guaperas, los macarras buenos con moto, los macarras malos con moto, los empollones, una caterva de punkis, jevis y pijos y un repetidor eterno aspirante al ascenso. Conoces sus vidas, sus historias, formas parte de ellas. ¿Se diferenciará mucho el macarra de aquí del de allá? A lo mejor allá llevan motos de agua.

«Esto no ha terminado» dijo por dos veces en la rueda de prensa Sergio Rodríguez, como espantando lo que sabemos que vendrá después de encajar otros tres goles: El Funestismo. Volverán el olor a cadáver, los titulares mortuorios y los enterramientos prematuros porque somos un país necrófilo. Además, lo queremos al detalle; cómo fue apuñalada la víctima, qué arterias fueron seccionadas, la cantidad de sangre perdida, si las mutilaciones fueron post mortem o no. Algo terrible de ser asesinado es que quedas por siempre vinculado a tu asesino, y eso no es justo. ¿Qué tengo yo que ver con ese que me ha matado?  En noticias, en crónicas, en páginas de Wikipedia. Siempre el nombre de la víctima junto al de su asesino. En la misma frase. Es repugnante.

Por suerte el Hércules no nos ha matado, aunque periodistas profesionales del infortunio y agoreros rasos nos envíen coronas de flores. Y justo ahora -son puntuales-, cuando se ha extendido un perfume diferente por la ciudad, tanto tiempo amedrentada por el hedor del cuerpo del Club Deportivo, a quien no dejaron descansar en paz y montaron sobre Babieca para ganar aún no sabemos qué. La afición se ha sacudido el miedo a los muertos, vive feliz disfrutando de su equipo. Y miran hacia delante, hacia el domingo que viene. Son dos goles. Alguien los puede marcar. ¿Por qué no nosotros? Alguien tiene que subir. ¿Por qué no nosotros?

Tengo entendido que en algunas regiones de los Balcanes se enterraba bocabajo a los que pensaban poseídos o creían vampiros; por si les daba por escarbar. Tenían miedo a que volvieran a chuparles la sangre. Deberían hacer lo mismo con este equipo aquellos que quieren sepultarlo noventa minutos antes de tiempo. Porque de lo contrario, se va a levantar y va a llamar a las puertas de los aprendices de augur para tirarles de las orejas. También deberían saber las gentes de poca fe, los tenebrosos y cansos que este mismo equipo fue cadáver durante bastantes minutos la eliminatoria anterior. Ha pasado una semana y ya se nos han olvidado nuestras propias gestas. O parece que siempre estamos dispuestos a admirar más las ajenas.

MEMORIA Y PACIENCIA

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Según fuentes familiares, el padre de mi tío Carmelo no cenaba si perdía el Logroñés. La derrota le enfurruñaba tanto que se enclaustraba en su casa del casco viejo, ciudad a secas en aquel entonces. Con el pretexto de recogerle para la ronda diaria por los bares, su cuadrilla no tardaba en plantarse frente a la puerta y llamarlo a voces. El motivo real, conocidos sus cabreos deportivos, no era otro que el vacile; me gusta imaginarme a este hombre en una celda de castigo, flagelándose después de acomodarse el cilicio que llevaría hasta la siguiente victoria, imperturbable ante las chanzas de sus amigos. Sobra decir que debió de ser un hombre muy delgado.

Es una historia exagerada, probablemente. Dada la inclinación del ser humano (y la de mi familia en particular) a la hipérbole, no creo que dejara de cenar ni una sola vez; a lo mejor se abstuvo una noche porque el tinto no le cayó bien y ya saben, desde entonces, mataperros. Si viviera hoy, podría cenar cigalas todos los días: 72 puntos y subcampeonato.

Ha sido una temporada de afectaciones apocalípticas. Que es en lo que se ha convertido el fútbol y gran parte del periodismo que le rodea. Hace tan solo unos meses un porcentaje importante de la afición quería fulminar a Sergio Rodríguez, un tipo reflexivo, sereno y pedagógico, de la casa, con un historial muy reseñable. Los resultados no acompañaban a las expectativas, película mil veces repuesta, y llegaron los cuatro jinetes: el entrenador no vale para segunda B, no se ha planificado bien la temporada, la forma física es lamentable, los médicos son matasanos. Además, la templanza de Sergio en las ruedas de prensa se interpretaba como falta de compromiso o personalidad; es sabido que no vociferar es sinónimo de blandura, no gritar ni hacer aspavientos genera desconfianza. Entiendo el atractivo que desprende un equipo dirigido por el sargento de artillería Highway, la poderosa imagen de unos tomates locales convertidos en el once ideal de la Champions. Es una pena que sea un personaje de ficción.

La paciencia marida mal con las jornadas semanales, es verdad universal, pero tengo la sensación de que nunca antes se agotaba tan rápido. Ahora bastan un par de derrotas (o empates) consecutivas para que se entonen las letanías más cenizas y se quiera destruir todo sin saber qué hacer después. Solo nos vale con quemar el poblado, como si todo lo que habitara en él fuera inútil o perjudicial. Noto que hay personas que se vanaglorian de ser resultadistas, lo son a mucha honra, dicen, porque el fútbol es así. ¿No hay algo perverso en tal afirmación? Alguien que solo ansía victorias, le da igual todo lo demás o cómo conseguirlas. Menos mal que solo hablamos de fútbol.

Este texto será acusado de ventajista, de escribirse en los buenos tiempos. Puedo vivir con ello. De momento, toca seguir disfrutando de la mejor temporada en diez años. Acabe como acabe, ya es un éxito.

EN CASA

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Todos los que nacieron en el ochenta y tres me caen mal. Aún hoy, después de haber alcanzado una supuesta madurez, si conozco a alguien de esa hornada me pongo en guardia inconscientemente. “¡Cuidado!”, susurra una vocecilla dentro de mí, “este pertenece a la camada de aquel año maldito, este mamón es de los mayores”. Aunque parezca simpático y agradable, me digo, algo esconderá debajo de su carcasa modélica, algo quedará de aquel ser malvado, nacido exclusivamente para atormentarnos a nosotros, los del ochenta y cuatro. En mi colegio reinaron durante años, pero cuando pasaron al instituto se diluyeron; en un centro gigantesco, con gran densidad de cabrones por metro cuadrado, importados de barrios o pueblos lejanos y peligrosos -lo lejano siempre es peligroso-, sucumbieron sin heroísmo. Una de las cosas que recuerdo con mayor claridad de mis días de recién llegado al instituto fue el toscón que un ser anónimo -una montaña de un barrio lejano y peligroso- asestó a U., uno de nuestros antiguos torturadores. ¡Plas!, retumbó en el pasillo de techos altísimos. Y todo el mundo rio. Mi cara de incomprensión animó a la montaña a dar explicaciones: “Anda, dale una hostia a U.” Me dio pena U., que me miraba como si no me conociera con ojos de perrillo apaleado. Y no le pegué, claro. Pensé en Darth Vader arrodillándose ante el Emperador en El Imperio contraataca. Siempre hay alguien más malo. Y un montón de preguntas llegaron. ¿Quién es este ser, que a al villano de mi colegio lo tiene acojonado? ¿Cómo ha pasado U. de verdugo a víctima? ¿Qué le ha ocurrido durante el último año?

Dice la solapa de Barraca y tangana que Enrique Ballester nació en Castellón en 1983, así que, de entrada, no me tendría que caer bien. A los del ochenta y tres les exijo el doble, tienen que demostrar su valía para que pueda reconocerlos como uno más. Barraca y tangana es su nuevo libro, una recopilación de las columnas que escribió entre 2016 y 2018 en el periódico Levante-EMV. Ballester, ese mamón del ochenta y tres, ya me cautivó con Infrafútbol, pero ahora, con este compendio se ha convertido en una de mis predilecciones. A cualquiera que le guste el fútbol le doy la chapa para que se lo compre. Ante la nueva polémica de turno en el trabajo o en el bar, ya sea un penalti dudoso, el galimatías del VAR, un forzamiento de tarjetas, suspiro y pienso “léete El Libro Amarillo Mostaza, anda, a ver si aprendes algo”. Aquí el fútbol es lo de menos. Bueno, no lo de menos porque nunca lo es; impregna todas las páginas, es la mina de la que se alimenta su literatura, pero sería injusto reducirlo solo a un libro de fútbol. Es muy difícil descifrar qué es ese algo que algunas obras poseen. Podemos aproximarnos y enumerar parámetros racionales -pensados a posteriori- para explicar por qué nos gustan o nos dan repelús. Yo, por ejemplo, me he construido el parapeto argumental de que todo aquello que me encanta contribuye a desentrañar lo incomprensible y confuso de nuestra existencia; el misterio de la interacción humana, en palabras del director David Mamet. Así dicho, suena pedante, qué le vamos a hacer. Creo que una de las claves de mi adicción a Ballester es que utiliza el fútbol como excusa para contar la vida. Todo está narrado desde fuera, Ballester se encarna en testigo irónico, reflexivo y cómico. Y esa es otra de las claves: el humor. Corrosivo a veces, más blanco otras, pero siempre certero e inteligente. Ballester tiene ese algo con el que conecto de forma inmediata; desde la primera frase lapidaria del libro, la obra dialoga conmigo como si fuéramos amigos de siempre. Existe una cercanía, una sensación de sentirte como en casa. Ese sentimiento es fantástico, si no lo han experimentado me compadezco de ustedes. No sé qué tipo de reacciones químicas se desatan al leer o contemplar algo que te habla directamente a las tripas, pero produce la mayor sensación de bienestar del mundo. Estar en casa es llegar y que todo esté ahí. Meterme en la cama donde ya duerme mi novia que nació en el ochenta y tres, reunirme con los amigos para hacer nada, escribir esta mierda mientras me tomo un café igual de congelado que una grada de tercera. Desde ahora, también leer El Libro Amarillo Mostaza. Y los que vengan.

Tanto Infrafútbol como Barraca y Tangana han sido editados por Libros del KO.