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LA AMADA MUERTA

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Marcelo Tejera agarra la pelota, se da la vueltecita, levanta la cabeza y efectúa un pase de treinta metros, raso y milimétrico, a lo De la Peña. Rubén Sosa centra de tres círculos y Manel bate al portero al primer toque. Justo unos instantes después, cuando los jugadores arropan al delantero de Sabadell durante la celebración, noto que mermo en la butaca del auditorio municipal y no quiero que nadie me vea. La carne se me ha puesto de gallina, cuesta contener la riada ante la infancia, expuesta tan sin avisar que olvidé prepararme para encajar el gancho emocional. La imagen muestra ese grano de vídeo doméstico de comunión o de boda, es el estuche negro de VHS sin etiquetar que encuentras en las postrimerías del armario. Un descubrimiento que revuelve la curiosidad, inesperado e ilusionante. Entonces pones la cinta y comienzan a desfilar los difuntos. Ahí están, los difuntos, parecen felices en su mundo de cinta magnética deteriorada; saludan a cámara o son filmados sin enterarse, observas sus gestos sin impostar. Los ves a ellos de verdad, recuerdas aquellos ademanes, reconoces los andares del fallecido, sus palabras. Te conmueve. Yo, además, me asusto. Me aterrorizan. Viven dentro de cajas de luz, atrapados, no pueden salir. Y menos mal, porque intuimos qué pasaría si lograran traspasar la pantalla o brincar fuera de las fotografías. Para ellos el tiempo se suspendió cuando se fueron; no siempre entienden que los vivos deben rehacer su vida, que su muerte fue inesperada y traumática o agónica, que se marcharon dejando infinito sufrimiento en los vivos; que morirse es fácil, pero causa un montón de molestias. No se acostumbran a que quienes nos quedamos tengamos que vivir. No se les puede culpar; supongo que la naturaleza superviviente del muerto anima su regreso. Con lo bonito que tiene que ser convertirse en recuerdo trascendental, exclamar sigan, sigan, apartarse de una vez y dejar de cambiar las cosas de sitio, de abrir y cerrar puertas de armarios o romper la vajilla cada vez que la incomprensión te carcoma. A una semana del Día de Difuntos, la amada muerta se escapa de la fosa-juzgado común y se presenta en el auditorio del ayuntamiento, con su vestido blanquirrojo hecho jirones, zombi perdida, irradiando reproches para quienes la confinaron a un triste vodevil. La no vida exhibe su dignidad ante las autoridades municipales, exjugadores, periodistas y el reducido cónclave de nigromantes que, a estas alturas de la película de terror, aún la recordamos mediante rituales que nadie comprende. “Tempus fugit, hincha mortuorio”, digo para mí. Mientras, en la pantalla, ella sigue mostrando recuerdos; Markovic marca el tres a dos contra Osasuna en Las -viejas- Gaunas. De ese solo sé que salió el sol. Llovía mucho, era una tarde asquerosa hasta que marcó Dejan su segundo tanto, el que certificaba remontada y permanencia, y se abrió un claro en el cielo. Me subí a las vallas para celebrarlo de manera ortodoxa -gritando y agitando los barrotes hasta la extenuación-; los rayos alumbraron el césped como a la virgen en la Anunciación de Fra Angélico. Visto de nuevo, el sol ya brillaba antes del cabezazo del serbio; la memoria no es una compañera fiable. De la nostalgia, esa morroputa caprichosa, mejor ni hablemos. Se siguen sucediendo los goles escogidos durante los años de Primera y, de repente, estoy corriendo entre las huertas de Varea. Algunos compañeros se han refugiado dentro de los recreativos del barrio para ahorrarse la paliza y fumar algún cigarro a ritmo de hadoukens; siempre les interesaron más las chilenas de Guile que las reales, aquellas que intentábamos sobre la superficie lunar del campo de tierra. Llevo la estrella de David en el pecho, encima del logotipo La Rioja Calidad, porque somos club convenido. Es lo más cerca que estuve de jugar para ella. Entonces aún vivía, era muy guapa, muy alta, muy lista, muy todo. Los chicos no entienden nada ahora, pienso. Pobres desgraciados.

Después de terminar la presentación, cuando se disponía a bajar del escenario, José Luis Gilabert volvió sobre sus pasos al atril, quién sabe si por temor a resquemores ultraterrenales; había olvidado comentar que su libro Una historia de Primera se lo dedicaba a su amigo fallecido, el entrenador Chuchi Aranguren, paladín del ascenso y primera permanencia. Uno de los culpables de mi gustosa infancia General de Pie.

La ilustración de cabecera pertenece al relato Cenaco de Diego Rioja, publicado íntegramente en el número 38 de La Chimenea Fanzine.

FUERA DEL FOCO

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En República Argentina, a la altura de la Plaza de Libourne, mi tío pronunció el maleficio. «No creo que lo vuelva a ver en Primera». Era el año 1997 y la parroquia desfilaba hacia el centro mirando el suelo resignada, se confirmaba un descenso que se veía venir desde lejos. Las palabras de mi tío Carmelo me sonaron graves, demasiado trágicas; yo tenía trece años y la gesta del Salto del Caballo todavía estaba muy fresca, pensaba que eso de ascender a la máxima categoría era pan comido, que la Segunda División era un trámite que había que pasar, como la gripe o un catarro fuerte. Ni siquiera tenía conocimiento del fútbol semiprofesional, de los purgatorios de Segunda B y Tercera. Miré hacia atrás para despedirme de la tapia del campo –llamarlo estadio siempre fue pretencioso– hasta la temporada siguiente, con la esperanza puesta en que la directiva contratara buenos jugadores durante el verano. Como no recordaba haber visto jugar a Polster, soñaba con un nuevo Salenko que acompañara al panzer de Sabadell, Manel Martínez. Asistidos en todo momento por mi ídolo, el 23, el mago Marcelo Tejera, no tardaríamos en ascender de nuevo, una temporada o dos a lo sumo. Dieciocho años después de todo esto, mi equipo yace cadáver en una carpeta del Juzgado.

Los creadores de American Horror Story no han oído hablar del Logroñés en su vida y, con toda seguridad, el fútbol les importe tres pimientos. Sin embargo, en su cuarta temporada han introducido un personaje crucial para entender la evolución identitaria de mi equipo. Se trata de dos hermanas siamesas que comparten el mismo cuerpo. Es un monstruo bicéfalo con personalidades en permanente contradicción pero que indefectiblemente están abocadas al mismo destino. Han de llevarse bien por fuerza aunque las dos tienen arrebatos de separarse la una de la otra; la operación es delicada y el riesgo de que alguna fallezca en el proceso es muy alto. Ambas piensan que estarán mejor sin la otra, que podrán amar al chico que prefieran y hacer su voluntad sin estorbarse. Todos los que vivimos en esta ciudad somos sus pretendientes y no importa mucho cual elijamos pues conocemos la horrorosa vida marital que se desprenderá de tal acto. Yo escogí a una, algunos a la otra y muchos no quisieron saber nada del monstruito achacoso.

Esta temporada la U.D. Logroñés ocupa puestos de play off. Hasta hemos sido líderes, formando un triunvirato desigual junto a los tiburones Murcia y Oviedo. El monstruo apaleado se ha erguido orgulloso, se ha revuelto contra todo el mundo; quiere terminar con el aroma de mausoleo que se ha respirado durante años. Por momentos, hemos ganado como ganan los grandes. Los grandes de verdad, no el Madrid ni el Barcelona. Hablamos del todopoderoso Eibar. Un equipo que, hicieras lo que hicieras, te ganaba. Todavía está por descubrir la fórmula matemática por la cual el Eibar siempre se alza victorioso. Puedes colgar once del larguero, jugar al toque, encerrarte y salir a la contra, cavar zanjas para que sus delanteros se derrumben. Da igual qué entrenador lo dirija o qué jugadores formen la plantilla. Uno cero. Ciao. He envidiado mucho al Eibar, he visto su infalible mecanismo de precisión funcionando en Las Gaunas muchas tardes. Primero fabrican el espejismo de que juegas bien, que los tienes contra las cuerdas y vas a ganarles. Después fortalecen más su muro y, sin enterarte, dos flechas te fulminan en segundos. O un rebote de un balón parado. Poco importan el director y los actores, el Titanic, al final, siempre se hunde. Aunque lo he sufrido directamente, le deseo lo mejor. Es como el enemigo de toda la vida que con el tiempo se torna casi en familiar cercano. Bueno, ellos son la cima. Donde hay que mirar, al fútbol fuera del foco y deshacerse de creencias ególatras. Es necesario saber dónde te encuentras para comprender lo que te rodea. Humildad.