Etiquetado: u.d. logroñés

POST MORTEM

nube

Llamar a mi novia para contarle lo que ya sabe, cenar con unos amigos y después empezar un juego de mesa que consiste en hacer Marte habitable. Me hubiera encantado estar allí, en Marte, viajar en una de esas lanzaderas de inmigrantes que parecen una lata de refresco gris. Pero, ¡cuidado!, a lugar nuevo, enfermedades viejas; seguro que nada más bajar de la hojalata encuentro a un desdichado portador de la enfermedad, uno que evitó los estrictos análisis médicos y se coló entre la tripulación del viaje anterior. Ahí está, el imbécil, pegando patadas a la cosa diabólica que bota para meterla entre dos mochilas. Como los gilipollas tendemos a agruparnos, me veo en la hora cero de mi nueva vida marciana jugando un Alemán.

Hemos muerto bien, sin molestar a nadie, ni al Hércules. Con ocasiones aciagas de las que salen por un palmo y con un poquito más de suerte hubieran podido cambiar la eliminatoria. Nosotros parecíamos mocetes frente a ellos, hombres hechos y derechos, con sus hijos y esposas e historiales extensos en categorías superiores. La verdad es que nos quedan mejor las lágrimas a nosotros.

Me fastidió que no lloviera el domingo. No entiendo por qué salió el sol si nos habían echado del play off. Pero el mundo gira, que se dice, y el domingo lo hacía en pantaloneta y chinelas como si no pasara nada, de vermú, veraniegamente desenfadado. A otro año será, y trago de marianito. Eso me dice el mundo y yo de luto, a punto de plantearme el monacato. También me escalofría la idea de poder engancharme a la metadona Sub 21. Menos mal que Nacho ha mandado una foto de unas Adidas Nájera desde Estados Unidos. La tontada feliz del día. Debe ser el apellido de un patinador famoso, pero fantaseo con que un creativo de la marca las ha bautizado así por La Salera, el campo de fútbol más bonito del mundo. También pienso en que no está mal la Segunda B. Nos sienta bien.

BOCABAJO

boca abajo.jpg

 

Te lo tienes que creer; puedes ganar el Comunio. Tienes maneras.

Escuchado durante un Chupinazo hace años.

 

 

Fuimos a Alicante y perdimos; era parte del plan maestro. A lo mejor lo normal es perder en Alicante, como habitual es morirse si cumples cierta edad. Quizás no debimos hacerlo; la cosa estaba para derrota por la mínima o, con un poquito de suerte, para prometedor empate a uno. Nos derrotó en una tierra ignota un equipo que se llama como un semidiós, que luce en su escudo laureles en la cabeza. En nuestro Grupo II todos son bastardos conocidos: el Capitán Anchoa, que ya ha subido sin ganar ni un partido, el Doctor Miranda, que ha perfeccionado la fórmula del uno cero en el noventa y tantos; villanos familiares de toda la vida. El Grupo II es tu clase del instituto y van desfilando los guaperas, los macarras buenos con moto, los macarras malos con moto, los empollones, una caterva de punkis, jevis y pijos y un repetidor eterno aspirante al ascenso. Conoces sus vidas, sus historias, formas parte de ellas. ¿Se diferenciará mucho el macarra de aquí del de allá? A lo mejor allá llevan motos de agua.

«Esto no ha terminado» dijo por dos veces en la rueda de prensa Sergio Rodríguez, como espantando lo que sabemos que vendrá después de encajar otros tres goles: El Funestismo. Volverán el olor a cadáver, los titulares mortuorios y los enterramientos prematuros porque somos un país necrófilo. Además, lo queremos al detalle; cómo fue apuñalada la víctima, qué arterias fueron seccionadas, la cantidad de sangre perdida, si las mutilaciones fueron post mortem o no. Algo terrible de ser asesinado es que quedas por siempre vinculado a tu asesino, y eso no es justo. ¿Qué tengo yo que ver con ese que me ha matado?  En noticias, en crónicas, en páginas de Wikipedia. Siempre el nombre de la víctima junto al de su asesino. En la misma frase. Es repugnante.

Por suerte el Hércules no nos ha matado, aunque periodistas profesionales del infortunio y agoreros rasos nos envíen coronas de flores. Y justo ahora -son puntuales-, cuando se ha extendido un perfume diferente por la ciudad, tanto tiempo amedrentada por el hedor del cuerpo del Club Deportivo, a quien no dejaron descansar en paz y montaron sobre Babieca para ganar aún no sabemos qué. La afición se ha sacudido el miedo a los muertos, vive feliz disfrutando de su equipo. Y miran hacia delante, hacia el domingo que viene. Son dos goles. Alguien los puede marcar. ¿Por qué no nosotros? Alguien tiene que subir. ¿Por qué no nosotros?

Tengo entendido que en algunas regiones de los Balcanes se enterraba bocabajo a los que pensaban poseídos o creían vampiros; por si les daba por escarbar. Tenían miedo a que volvieran a chuparles la sangre. Deberían hacer lo mismo con este equipo aquellos que quieren sepultarlo noventa minutos antes de tiempo. Porque de lo contrario, se va a levantar y va a llamar a las puertas de los aprendices de augur para tirarles de las orejas. También deberían saber las gentes de poca fe, los tenebrosos y cansos que este mismo equipo fue cadáver durante bastantes minutos la eliminatoria anterior. Ha pasado una semana y ya se nos han olvidado nuestras propias gestas. O parece que siempre estamos dispuestos a admirar más las ajenas.

MEMORIA Y PACIENCIA

segunda

Según fuentes familiares, el padre de mi tío Carmelo no cenaba si perdía el Logroñés. La derrota le enfurruñaba tanto que se enclaustraba en su casa del casco viejo, ciudad a secas en aquel entonces. Con el pretexto de recogerle para la ronda diaria por los bares, su cuadrilla no tardaba en plantarse frente a la puerta y llamarlo a voces. El motivo real, conocidos sus cabreos deportivos, no era otro que el vacile; me gusta imaginarme a este hombre en una celda de castigo, flagelándose después de acomodarse el cilicio que llevaría hasta la siguiente victoria, imperturbable ante las chanzas de sus amigos. Sobra decir que debió de ser un hombre muy delgado.

Es una historia exagerada, probablemente. Dada la inclinación del ser humano (y la de mi familia en particular) a la hipérbole, no creo que dejara de cenar ni una sola vez; a lo mejor se abstuvo una noche porque el tinto no le cayó bien y ya saben, desde entonces, mataperros. Si viviera hoy, podría cenar cigalas todos los días: 72 puntos y subcampeonato.

Ha sido una temporada de afectaciones apocalípticas. Que es en lo que se ha convertido el fútbol y gran parte del periodismo que le rodea. Hace tan solo unos meses un porcentaje importante de la afición quería fulminar a Sergio Rodríguez, un tipo reflexivo, sereno y pedagógico, de la casa, con un historial muy reseñable. Los resultados no acompañaban a las expectativas, película mil veces repuesta, y llegaron los cuatro jinetes: el entrenador no vale para segunda B, no se ha planificado bien la temporada, la forma física es lamentable, los médicos son matasanos. Además, la templanza de Sergio en las ruedas de prensa se interpretaba como falta de compromiso o personalidad; es sabido que no vociferar es sinónimo de blandura, no gritar ni hacer aspavientos genera desconfianza. Entiendo el atractivo que desprende un equipo dirigido por el sargento de artillería Highway, la poderosa imagen de unos tomates locales convertidos en el once ideal de la Champions. Es una pena que sea un personaje de ficción.

La paciencia marida mal con las jornadas semanales, es verdad universal, pero tengo la sensación de que nunca antes se agotaba tan rápido. Ahora bastan un par de derrotas (o empates) consecutivas para que se entonen las letanías más cenizas y se quiera destruir todo sin saber qué hacer después. Solo nos vale con quemar el poblado, como si todo lo que habitara en él fuera inútil o perjudicial. Noto que hay personas que se vanaglorian de ser resultadistas, lo son a mucha honra, dicen, porque el fútbol es así. ¿No hay algo perverso en tal afirmación? Alguien que solo ansía victorias, le da igual todo lo demás o cómo conseguirlas. Menos mal que solo hablamos de fútbol.

Este texto será acusado de ventajista, de escribirse en los buenos tiempos. Puedo vivir con ello. De momento, toca seguir disfrutando de la mejor temporada en diez años. Acabe como acabe, ya es un éxito.

TARROS Y TACOS

tarro

Me di cuenta en Salamanca en 2004. Ya había dado algún garbeo por Europa con unos amigos, así que -pensaba yo, un poco flipado- la geografía española no escondía ningún secreto para mí. De repente descubrí que el secreto era mi procedencia. Minúsculo terruño eternamente fronterizo, nadie sabía muy bien dónde estaba Logroño; si era una provincia vasca, si se erigía al lado de Pamplona, si era un barrio de Zaragoza o la quinta provincia gallega. Muchos se referían a los cuatro monos riojanos que pululábamos por la facultad como esos del norte. Como el bonito. Me encanta la expresión del norte, que abarca desde Finisterre a Creus y desde Santander a ¿Soria? Recuerda, no sé por qué, a cuando aquí decimos del sur. Me di cuenta paulatinamente, no fue una revelación; lo que en realidad significa del norte es que el sujeto no es vasco, ni asturiano, ni navarro, ni maño, ni catalán, ni gallego. Es decir, que el individuo procede de un lugar sin rasgos distintivos poderosos. A los cántabros, emparedados entre dos monumentos a la identidad, sospecho que les ocurre algo parecido.

La mejor -quizás la única- definición de riojano la da Patricio Escobal en la introducción para el lector anglosajón de sus memorias Las sacas: «es generalmente industrioso y alegre, buen bebedor y gran jurador». Aun teniendo en cuenta que al definir un grupo de personas siempre te equivocas, me parece bastante acertada. Yo añadiría que además padece una obsesión enfermiza por meter alimentos en tarros. Si se lo propusieran, mis paisanos serían capaces de embotar una ballena sin trocear o un triceratops con cuernos y todo. Pero vamos a sacar la lupa. Los tacos. Esto da para libro gordo. Y es que -aquí sí que me la juego- no creo que haya muchos sitios donde las palabrotas se relacionen tan bien entre sí, se digan con tanta naturalidad y fluyan nutriendo un torrente imparable. ¿No lo ven en carteles a pie de autovía? T&T. Tarros y tacos. ¿A qué chorra esperas para venir? Hostia ya. O mejor aún: Donde hasta los curas se cagan en Dios. No te la pierdas. O Descubra la Cimmeria con viñas… Convendrán conmigo en que basar la identidad de una sociedad en la proliferación de botes de cristal y en jurar hasta dormidos no tiene mucha miga. Podría interpretarse como una identidad débil, y es cierto. Para qué negarlo. De hecho, este aspecto me fascina. Porque, ¿qué es un riojano? ¿Seres monolingües que al trasluz podrían verse como vascos totalmente romanizados o castellanos asilvestrados? Surgen problemas: dependiendo de la hora del día el riojano puede parecer incluso un navarro o un aragonés. Este déficit identitario provoca un provinciano orgullo, bastante enclenque, enternecedor y peligroso; habrá discrepantes que piensan que La Rioja es La Rioja desde que la cubría el mar de Tetis. Cada uno puede creer lo que quiera, faltaría más; pero ocurre que tengo un método científico que demuestra la veracidad de la pamema que les cuento. Se llama La Trampa Berona. [música de misterio]

La Trampa Berona parte de la siguiente base: cuánto más fuerte es una identidad, más caricaturizable es. Llamen a un amigo que dibuje más o menos bien. Todo el mundo que sabe dibujar algo puede hacer una caricatura aceptable. Empiece así, suave, pídale que dibuje un vasco, para que su amigo exclame «¡chupao!» y se recree sombreando el rabito de la chapela. Luego continúe con un andaluz, para que el desdichado se entretenga garabateando dos buenas patillas. Y luego, a traición, cuando se encuentre cómodo y confiado, golpéele sin contemplaciones: dígale que dibuje un riojano. Y sin trucos, sin botella de vino en la mano ni hojas de parra en las sienes ni coloretes.

¿Qué tal van? ¿Aburridos ya? Pues ahora viene lo mejor. Sí, lectores míos, a estas alturas van a descubrir la verdadera razón de estas cuatro líneas: el fútbol. Lo siento de veras por aquellos que lo odien. Pueden parar aquí. ¿De verdad pensaban que todo este ladrillo sobre la identidad construiría alguna conclusión seria?

El Logroñés se consagró como otro rasgo característico riojano reconocible por el resto de habitantes gracias a su década dorada de los 90. No me acuerdo porque era muy pequeño, pero supongo que sería como un Éibar hoy, que a todos agrada porque es un club enano y no supone peligro para ningún equipo consagrado y mayor. Nos gusta identificarnos con los tuercebotas defensores de la aldea gala (lo verdadero, la esencia incorruptible) de los canallas millonarios de la Champions, mercenarios de Blackwater al servicio de la FIFA; es un mecanismo narrativo básico. Durante unos años el Logroñés contribuyó sin querer a apuntalar el riojanismo -suponiendo que exista- en un sitio con afinidades deportivas peculiares -la mitad de la Rioja Baja es de Osasuna-. Lo mismo en la capital, donde ser del Logroñés siempre ha suscitado mofas más que otra cosa, sobre todo a partir de la Gran Caída. El difunto Club Deportivo lo tenía fácil para atraer fieles: un escudo enigmático pero sencillo de dibujar -obra de un masón, ¡toma ya!-; un himno grandioso, los mejores versos jamás escritos, con una advertencia incluida –Según me traten trato– que podría entintar brazos carcelarios o ser lema de escudo de armas. Pero por encima de todo, el éxito.

En la actualidad existe una disputa por la identidad futbolística que solo el éxito deportivo puede decidir. Los dos clubes homónimos se enfrentan en un contexto identitario entreverado y mutable; ni siquiera uno de ellos, autoproclamado heredero de las glorias pasadas, consigue rentabilizar su añoranza. Los más jóvenes no pueden sentir nostalgia de algo que no han vivido. Ambos clubes optaron por refundar un espíritu hinchado por la primera división; creían que la ciudad les seguiría. Se equivocaron los dos. A la mayoría de la gente le importa tres pepinos lo que pueda sucederles. Huérfanos de estrella de David y Chuta, aplicaron el cuanta más riojanidad, mejor al elaborar símbolos. Los nuevos escudos son abigarramiento de cruces de Santiago, de San Andrés, puentes sobre el Ebro y bandas blanquirrojas; solo falta un plato de caparrones en una esquina. También se compusieron nuevos himnos inanes que solo transmiten desesperación. No se me ocurre nada más alejado del Logroñés que la ópera. El antiguo era pura coherencia, auténtica charanga borracha -disculpen la redundancia- a juego con las tapias coronadas con cristales y alambre de espino de Las Gaunas viejas.

Acabo. Pero no me gustaría cerrar el Word sin antes invitarles a que descubran ustedes mismos el único común denominador riojano. Gentes de otras latitudes, anímense a llamar a sus conocidos o amigos riojanos. Seguro que tienen o han tenido alguno. Queden con ellos, a ser posible en su casa. Y entonces díganles que no puede seguir fingiendo que no pasa nada, que conocen su secreto. Que lo saben todo. Díganles que se los enseñen. Solo un segundo.

Los tarros.

POR CELEBRAR

ojo

Corre el minuto setenta de partido y en Las Gaunas, ganando uno a cero al Racing de Santander, se escuchan olés.

Cada religión, cada oficio -cada aspecto de la vida-, tiene sus reglas. Su existencia da sentido a todo; nos permite subvertirlas y saltárnoslas, o pasar en verde a las cuatro de la mañana del lunes o cambiarlas por obsoletas e inútiles. En un juego, son la base de la diversión. Las religiones o creencias llevan aparejadas una mitología, es decir, una mentira que explica su origen. Esta mitología se compone de episodios más o menos mágicos de los que se extraen unos avisos para navegantes, a menudo bastante sádicos. No comáis la manzana, la primera regla del Club de la Lucha es no hablar del Club de la Lucha, nunca alimentéis al mogwai a partir de las doce de la noche. Sin transgresión no hay película y nosotros queremos la nuestra. Nos rebelamos contra más de dos mil años de pensamiento mágico y contra la física newtoniana; ¿acción-reacción? Nos desabrochamos la guerrera frente al pelotón. Por favor, aquí, en el pecho.

Hay gente para todo, se dice. Supongo que es cierto. Todos pensamos que somos normales, que el estrafalario y el imbécil, el equivocado, es el otro. Me encantaría que el coro de los olés fueran marcianos que nada saben de fútbol ni de leyes ni de supersticiones terráqueas. Que sus cuerpos -a nuestra imagen y semejanza- fueran solo fundas o vehículos manejados por un diminuto marcianillo verde, como en Men in Black. Que fueran alienígenas a los que tenemos que explicar la naturaleza de lo humano, no solo en aras de mejorar la convivencia, también para garantizar su seguridad. Pues no. Respiran como las personas, caminan erguidos como las personas, articulan sonidos y se comunican entre ellos como las personas. ¡Dios! ¡No! ¡Son personas!

Hay placeres perversos. Uno de mis favoritos es ver los rostros del rival (afición, jugadores) cuando se percata de que acaban de anular su gol. Ese festejo interruptus pare unas expresiones únicas. Debería tener palabra propia. No es tristeza ni desolación, es otra cosa. Mis amigos y yo las llamamos caritas. El diminutivo aquí es humillante, contrasta con la extrema gravedad del tema. Entonces asoma la cabeza el catolicismo. “Por celebrar”, cincela en mármol alguno de nosotros. La culpa es tuya porque has saltado un poco, has gritado, has liberado algo de adrenalina, te lo has pasado bien unos segundos. Por supuesto, servidor tiene, ha tenido y tendrá un repertorio infinito de caritas. Espero que nadie perdone la ocasión de divertirse al verme celebrar un gol con los brazos en alto y, poco a poco, cuando descubra el banderín levantado, se vayan flexionando hasta sujetar la cabeza con ambas manos.

No se pueden hacer ni decir ciertas cosas si quieres que tus congéneres te respeten. La suerte en el fútbol es decisiva. No me parece que en el resto de deportes influya tanto en el resultado como aquí. Este factor va por otros cauces, no aparece reflejado en el reglamento. Nadie sabe cómo funciona, pero hay una serie de consensos mágicos. Su incumplimiento enfada al Dios del Fútbol, que exigirá sangre por nuestra arrogancia y vaciará un poquito nuestra Piscina de Maná de la Suerte. Aquí van las más básicas. Para los marcianos.

a) Si tocas el trofeo antes de jugar la final probablemente pierdas.

b) Si insultas a un jugador rival. El jugador mejorará su rendimiento en función de la gravedad del insulto.

c) Si insultas a un jugador propio. No está bien, pero además su rendimiento baja.

d) Los exjugadores siempre marcan a los exequipos. Conviene no cabrearlos mucho y aplaudirles al principio.

e) No se celebra nada anticipadamente. Ni se piensa (crimental). Expresiones como “¿así cómo nos ponemos?” o “tres puntitos” antes de acabar el partido se castigan muy severamente.

f) Procura no verbalizar lo evidente pues llenará la Piscina de Maná del rival. La situación clásica es una falta lateral o frontal en contra. Prohibido decir “es peligrosísima” o “es malísima”.

g) Los cánticos-apelaciones testiculares no solo no funcionan, sino que provocan fallos defensivos en cadena. Versiones como “Échale huevos, equipo…” y derivados son fatales y malditos. Siempre que se cantan, se pierde o se empata y el supuesto efecto en la bravura de los jugadores suele terminar en un ramillete de tarjetas. ¡Nuestra Piscina de Maná podría quedar maldita lo que resta de partido!

h) Los gafes existen. Es crucial identificarlos para no invitarlos más al fútbol. Descubrir a un gafe suele llevar más de una temporada. Ánimo.

i) El derrotismo. Los comentarios negativos vacían la Piscina. Al igual que la opinión sobre nuestro jefe o el aspecto físico de alguien: se piensa, pero no se dice.

j) Antes del partido hay que pensar en el partido. Hay que estar concentrado, se tienen que mandar ondas mentales a nuestra Piscina de Maná. No se puede ir al fútbol a pasar el rato o a hacerse fotos como si el partido fuera un monumento o a hablar del sexo de los ángeles. Al Dios del Fútbol no le suelen gustar los falsarios y nos penalizará según convenga.

k) Si te aburres, te fastidias. Eso de hacer olas y tal quedará registrado en el Libro de los Agravios del Dios de Fútbol. Pagarás por tus pecados.

l) Ver otros partidos en lugar del que tienes a unos metros. La radio tiene un pase, pero esto ya no.

m) Hacer de menos al rival. Matracos, banda del patio, cojos. Pues eso.

n) Y por supuesto, no alardear. Pavonearse no está bien, marcianos. Ni con cinco a cero.

El Dios del Fútbol, esta, nos la guarda.

SILBA, QUE YO NO SÉ

silba

En Las Gaunas estoy con la juventud. Con mi percepción de ella al menos. Creo que son los únicos que no silban al equipo cuando las cosas no van bien. O lo hacen menos o yo no los veo o no me quiero dar cuenta. La verdad, casi seguro, será una conjunción de las tres. Sin embargo, cuando el estruendo conquista el campo debido a un fallo defensivo, un mal pase (o uno atrás para asegurar) tengo la sensación de que los chavales no entienden el porqué del clamor. Veo sus caras de “no es para tanto”, contemplo su extrañeza ante un veredicto, el de la grada senior, que consideran injusto y precipitado. Entonces me acuerdo del equilibrio de Ancelotti, del ardor adolescente y del Brexit; por lo visto, los viejos ingleses se quieren separar del Continente y los jóvenes no. Siempre que escucho ese ruido horroroso también me viene Alessandro Alessandroni. Material para diez mil westerns atesoramos en el municipal. No andará lejos de ser el mayor potencial silbador del mundo y ahí se nos queda, desperdiciado. ¿No podrían instalarse algunas dinamos sonoras para que, por lo menos, generáramos algo de electricidad? A lo mejor así encendían antes los focos.

Me encantaría poder englobarlos en alguna categoría sociológica pero no hay consenso, así que los seguiré llamando jóvenes. Les envidio. No saben de la que se han librado. El azar quiso que nacieran cuando el Logroñés ya sólo era el fantasma de un cuento de Stephen King. Un espíritu victoriano que habitó casas fastuosas en los noventa, se conocía todos sus rincones e incluso asustaba de vez en cuando. Estos afortunados únicamente lo conocen por boca de sus mayores, que narran las peripecias, hazañas y anécdotas (Maradona en Las Gaunas, por aquí pasaron los mejores), la vida feliz, la juerga flamenca. Tolkien se equivocó: La Comarca de los hobbits se situaba al final de República Argentina.

Las batallas que habrán tenido que escuchar. Confieso. También he narrado cómo vi a Guardiola, a Beguiristain, a Ronaldo (el bueno), Rivaldo, a todos. ¿De qué sirve? Para que te manden a la mierda con razón. ¿No podría interpretarse esta matraca como, no ya añoranza de un pasado mejor (el nuestro), sino como un plantarse, una negación de la vida actual? Recrearse en la nostalgia está muy bien para darle la espalda a todo.

Es una lástima que no se puedan injertar sentimientos propios en personas ajenas. Un sentimiento no se puede transmitir. Y nosotros a vueltas con el fantasma. Les hablamos de casas espléndidas, de gestas épicas contra el Madrid, de fichajes increíbles, de botas de oro en USA ’94. Pero la realidad es que el domingo vamos a Estella.

No silban porque les parecer normal. Que venga el Langreo, por ejemplo, es un síntoma de que todo va bien, no una cuestión de estatus perdido ni de honor manchado. No los veo tan poseídos por el espíritu del ascenso. A veces pienso que soy uno de ellos y me imagino sin conocer la primera división. ¿Cómo será conocer sólo esto? ¿Qué tal se vivirá sin fantasma que te asuste por las noches? ¿Cómo será el blanquirrojismo sin grilletes de oro?

FUERA DEL FOCO

twins

En República Argentina, a la altura de la Plaza de Libourne, mi tío pronunció el maleficio. «No creo que lo vuelva a ver en Primera». Era el año 1997 y la parroquia desfilaba hacia el centro mirando el suelo resignada, se confirmaba un descenso que se veía venir desde lejos. Las palabras de mi tío Carmelo me sonaron graves, demasiado trágicas; yo tenía trece años y la gesta del Salto del Caballo todavía estaba muy fresca, pensaba que eso de ascender a la máxima categoría era pan comido, que la Segunda División era un trámite que había que pasar, como la gripe o un catarro fuerte. Ni siquiera tenía conocimiento del fútbol semiprofesional, de los purgatorios de Segunda B y Tercera. Miré hacia atrás para despedirme de la tapia del campo –llamarlo estadio siempre fue pretencioso– hasta la temporada siguiente, con la esperanza puesta en que la directiva contratara buenos jugadores durante el verano. Como no recordaba haber visto jugar a Polster, soñaba con un nuevo Salenko que acompañara al panzer de Sabadell, Manel Martínez. Asistidos en todo momento por mi ídolo, el 23, el mago Marcelo Tejera, no tardaríamos en ascender de nuevo, una temporada o dos a lo sumo. Dieciocho años después de todo esto, mi equipo yace cadáver en una carpeta del Juzgado.

Los creadores de American Horror Story no han oído hablar del Logroñés en su vida y, con toda seguridad, el fútbol les importe tres pimientos. Sin embargo, en su cuarta temporada han introducido un personaje crucial para entender la evolución identitaria de mi equipo. Se trata de dos hermanas siamesas que comparten el mismo cuerpo. Es un monstruo bicéfalo con personalidades en permanente contradicción pero que indefectiblemente están abocadas al mismo destino. Han de llevarse bien por fuerza aunque las dos tienen arrebatos de separarse la una de la otra; la operación es delicada y el riesgo de que alguna fallezca en el proceso es muy alto. Ambas piensan que estarán mejor sin la otra, que podrán amar al chico que prefieran y hacer su voluntad sin estorbarse. Todos los que vivimos en esta ciudad somos sus pretendientes y no importa mucho cual elijamos pues conocemos la horrorosa vida marital que se desprenderá de tal acto. Yo escogí a una, algunos a la otra y muchos no quisieron saber nada del monstruito achacoso.

Esta temporada la U.D. Logroñés ocupa puestos de play off. Hasta hemos sido líderes, formando un triunvirato desigual junto a los tiburones Murcia y Oviedo. El monstruo apaleado se ha erguido orgulloso, se ha revuelto contra todo el mundo; quiere terminar con el aroma de mausoleo que se ha respirado durante años. Por momentos, hemos ganado como ganan los grandes. Los grandes de verdad, no el Madrid ni el Barcelona. Hablamos del todopoderoso Eibar. Un equipo que, hicieras lo que hicieras, te ganaba. Todavía está por descubrir la fórmula matemática por la cual el Eibar siempre se alza victorioso. Puedes colgar once del larguero, jugar al toque, encerrarte y salir a la contra, cavar zanjas para que sus delanteros se derrumben. Da igual qué entrenador lo dirija o qué jugadores formen la plantilla. Uno cero. Ciao. He envidiado mucho al Eibar, he visto su infalible mecanismo de precisión funcionando en Las Gaunas muchas tardes. Primero fabrican el espejismo de que juegas bien, que los tienes contra las cuerdas y vas a ganarles. Después fortalecen más su muro y, sin enterarte, dos flechas te fulminan en segundos. O un rebote de un balón parado. Poco importan el director y los actores, el Titanic, al final, siempre se hunde. Aunque lo he sufrido directamente, le deseo lo mejor. Es como el enemigo de toda la vida que con el tiempo se torna casi en familiar cercano. Bueno, ellos son la cima. Donde hay que mirar, al fútbol fuera del foco y deshacerse de creencias ególatras. Es necesario saber dónde te encuentras para comprender lo que te rodea. Humildad.