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El ascensor se detiene bruscamente. La luz en el techo parpadea y termina por apagarse. Ángel -un travesti-, Eugenio -un trabajador del campo- y Gemma -una jubilada- quedan iluminados por la tenue luz de emergencia. Gemma se persigna mirando al techo; Eugenio resopla y mira el reloj. Pasan unos minutos y el ascensor no se pone en marcha.

—Esto es increíble… En una capital moderna, que ocurran estas cosas…

Ángel saca un puñado de papeles arrugados del bolso y los mira detenidamente.

—No tardará. A lo mejor han tenido que llamar al servicio técnico.

—¡No será un atentado terrorista! Mire que mi marido, que en paz descanse, siempre me dijo que subiera por las escaleras. ¡Ay, Dios mío! Que yo sufro del corazón.

—Tranquilícese señora, que aquí no va a pasar nada. Voy a llamar al timbre porque esto es intolerable.

Eugenio pulsa el timbre, pero no suena. Aun así, se agacha y pega la oreja al altavoz.

—Oiga, oiga, soy Eugenio López. Le hablo desde el ascensor. Queremos saber cuándo va a ponerse en marcha este trasto porque tengo el coche en doble fila y cita con el notario…

—No le oyen; es inútil, está claro que ha sido un apagón.

Eugenio se incorpora y mira desafiante a Ángel.

—Ya… Pues resulta que yo tengo una cita importante ahora mismo… y el coche en doble fila. Ya saben cómo es aparcar en el centro, a ver si me van a denunciar…

Los tres se quedan en silencio. Ángel sigue leyendo los papeles, Gemma se ha puesto a rezar en voz baja y Eugenio sigue mirando la hora de forma compulsiva.

—¿Qué lee?

—¿Perdón?

—Si no es indiscreción, claro…

—Ah… Es el guion de Chimenea Mortal. Voy a un casting para la décima parte.

—No será de esas películas… Ya me entiende.

Ángel alza la mirada de las hojas.

—No la entiendo.

—Es que le veo así disfrazado… Bueno, olvídelo. ¿Y se dedica usted a esto?

—En realidad soy peón de albañil, pero mi pasión verdadera es la interpretación.

Eugenio le observa impresionado.

—¿Es artista?

—¿Y qué papel se está preparando?

—Pues el protagonista. La única superviviente de Chimenea Mortal IX; porque el asesino mata a todo el mundo y…

—¡Esa la he visto yo! —exclama Eugenio—; el asesino es en realidad un antiguo compañero del amigo de la protagonista que conoció en la mili, en Melilla.

—Esas eran las películas que le gustaban a mi marido, las de «alemanes».

—Ehhh, sí… Más o menos.

Gemma se dirige a Eugenio:

—¡Qué vida tan interesante! ¿No cree?

—Y que lo diga… Ahora entiendo lo de su indumentaria. Es que los artistas… Y yo pensando que era una vulgar pelandusca, con perdón.

—Pues yo creo que te van a coger, fíjate. Tengo un presentimiento.

—Bueno, en realidad el casting ha empezado hace un cuarto de hora y seguimos aquí atrapados…

Eugenio está cada vez más irritado:

—Es que no hay derecho… Este país, arruinando siempre los nuevos talentos… Hay que estar ciego, ¡si de espaldas es usted igualita que Janet Leigh! Pero descuide, que vamos a ir al casting ese y, ¡vaya si le van a atender!

—Por supuesto que le van a atender, faltaría más.

—Creo que no hace falta, de verdad. Además, usted tiene cita con el notario y usted…

—Yo voy al doctor Cuevas; pero no se preocupe por eso, porque el doctor Cuevas es íntimo de mi marido, de cuando estuvieron en Rusia.

—No se hable más. La acompañamos y punto. A ver este maldito trasto…

Eugenio da un puñetazo a la pared del ascensor. La luz vuelve y el aparato se pone en marcha.

—Por fin. Rápido, ¿a qué piso va?

—Eh… Al doce.

Gemma rebusca en el bolso y saca un rosario.

—¿Quiere que se lo deje? A mi nieto le ayudó a sacarse la oposición.

—No, se lo agradezco, pero… En serio, son ustedes muy amables. Gracias, pero no es necesaria tanta molestia; si, en realidad, no tengo el personaje muy preparado…

—¡Tonterías! Está usted espléndida.

El ascensor se detiene y las puertas se abren. Eugenio y Gemma agarran a Ángel y lo sacan del habitáculo.

—¡Esperen! No tengan tanta prisa, necesito repasar el…

—Verás cuando cuente en el pueblo que he descubierto a una estrella del celuloide…

El ascensor se queda vacío. Suena una voz metálica:

«¿Eugenio López? ¿Eugenio López? Ahora mismo mandamos a un técnico, no se preocupe. Recuerde: no haga ningún movimiento brusco que pueda poner en peligro su integridad física…».

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LA ESCUELA VERDADERA

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La semana pasada se presentó el nuevo monográfico que se ha currado Puskas para  La Chimenea Fanzine: LA ESCUELA VERDADERA. Una mirada de apreciación al rap de Nueva York y una reflexión crítica sobre la inmadurez del género. Los que somos fanáticos suyos siempre ansiamos que mueva ficha; que cante un poco o que saque algún disco de estos que, cuando suenan, sube el pan y se convierten en puñeteros clásicos inmediatamente. “A ver qué dice el Puskas” pienso cuando me llevo el nuevo trabajo hacia el reproductor más cercano. Pues esta vez ha dicho muchas cosas, ha escrito un librito que puede considerarse una pequeña enciclopedia de bolsillo para el rapero y el profano -que a veces son lo mismo- acerca del rap y el hip hop. Con un estilo fluido y directo, Puskas aclara y explica tecnicismos, propone una lista abundante de los artistas que iniciaron toda esta movida, detalla los contextos sociales y culturales del Nueva York de los ochenta, cuenta anécdotas y critica reflexivamente la deriva del género. Completo, completo. La guía definitiva para el distraído, ya lo avisa la portada. Consíganlo en los lugares de distribución habituales, háganse el favor.

Aprovecho para publicar las reseñas de sendos discos de Puskas –Ley de vida (2008) y Bitch Street (2010)- que salieron en dos difuntos blogs que mantuve hace años.

RADIOGRAFÍA DE UNA CIUDAD CUALQUIERA

Podría tratarse de un barrio de cualquier ciudad de cualquier país occidental, pero el rapero Puskas se ha propuesto diseccionar la vida cotidiana de Logroño, la de verdad, la de los barrios, en su nuevo trabajo Ley de vida. En el fondo si repasamos su extensa discografía nos damos cuenta de que este anhelo por desentrañar y conocer los secretos de nuestra pequeña ciudad (con sus minúsculos triunfos y grandes miserias) siempre ha estado presente. Basta con recordar temas antiguos como “Lo justo” o su anterior álbum 13 (la antesala de lo que nos ocupa) para extraer el común denominador, la esencia de su obra: la lucidez y la coherencia de su discurso, la fina ironía y la facilidad para señalar los problemas endémicos de este barco a la deriva llamado Logroño aquí y ahora. Mientras unos pierden el tiempo financiando cruentas guerras de ego adolescente, Puskas no se ha dejado llevar por lo que diga un gilipollas en chándal y ha confeccionado, junto a Ochoa, un disco desgarrador y real. Los textos son más descarnados que nunca y apenas en alguna canción vemos un rayo de esperanza (“No todo está perdido”). El disco supura pesimismo y añoranza de un pasado mágico que se nos escapó sin darnos cuenta, al que intentamos sin éxito regresar y únicamente podemos recrear en la memoria mediante complejos mapas de recuerdos (“Logroño era una fiesta”en el que han colaborado músicos de otras bandas de la ciudad). El hilo conductor de la ley de vida es la defensa de la vida cotidiana del barrio frente a la frivolidad exhibicionista de película de Hollywood que nos intenta colocar algún listillo. La base instrumental es sencillamente espectacular, la banda sonora perfecta para el estilo arrastrado, poético e incendiario de las líneas que Puskas escupe con precisión de cirujano. Un disco clarividente, necesario, alejado de tópicos pueriles que pretende hacer reflexionar a toda una ciudad.

EN LA CALLE DE LAS PUTAS

La oxidada chapa azul en la esquina de una manzana del centro recibe al extraño. Bitch Street. Es el Distrito Dos y la calle luce llena de vida, engalanada con banderines de plástico que zigzaguean sobre nuestras cabezas. No hay que ser muy listo para saber que se celebra algo. Algo gordo, algo que posiblemente estuviera allí antes de que Bitch Street fuera trazada en los despachos de urbanismo del ayuntamiento, y que ha permanecido ajeno a muchos que miran sin ver. Hay música rap. Los bafles se apilan enfrentados sobre las aceras atestadas de putas, buscavidas, currelas y algún que otro secreta. Sigo avanzando calle abajo y, sin quererlo, me he convertido en el objetivo de todas las miradas. Es normal, pienso, no me conocen demasiado y, al fin y al cabo, a nadie le gusta que enturbien su fiesta. Son demasiados preparativos, años de esfuerzo y dedicación para que venga ahora un desconocido a joderlo todo. Aún así, pese a la pátina de fiesta privada, el ambiente que se respira es muy agradable; ya me han invitado a un par de solysombras y mi percepción, levemente afectada, me juega malas pasadas. Los bordillos de las aceras de Bitch Street han decidido traicionarme y doy con mi barbilla en la clásica baldosa adornada con motivos vitivinícolas. La gente que ha presenciado mi derrumbe ríe a mandíbula batiente, se han dado cuenta de que alguien tan torpe como yo no puede ser policía. Se acercan dos tipos que me comentan que vaya con ellos rápido, que al final de la calle va a comenzar un concierto de Bitch Street. Son Puskas y Macho, dos raperos oriundos de la calle de las putas los encargados de poner el colofón a la velada festiva del barrio, los maestros de ceremonia que vertebran un espectáculo en el que prácticamente todos los habitantes de la calle tienen cabida. Se divierten haciendo rap y se nota, contagian al personal su alegría, humor e ironía ante una vida que se empeña en enseñar los dientes en vez de abrir las piernas. Y eso la gente de Bitch Street lo sabe y celebra. Estar ahí, al pie del escenario ya es motivo de júbilo. Estar ahí. Observando.

 

 

UNA NOCHE CON VERÓNICA D’ELEXIDO

 

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Escuché por primera vez el nombre de Verónica D’Elexido la pasada primavera, de forma accidental, cuando mi amigo Roberto se convirtió, por unos breves instantes, en diana de las ebrias mofas de un compañero de clase. Roberto trataba de zafarse del tipo en cuestión, un plomo lenguaraz y sudoroso que había esperado el momento adecuado para el ataque en algún oscuro rincón del bar o escondido tras una columna, valorando si nuestros acompañantes –dos amigas– eran suficientes para constituir un público digno de su escarnio. El borracho gritaba algo ininteligible; primero nos lo espetaba a nosotros, luego a Roberto, se le acercó tan bruscamente que casi lo derriba del taburete: «Diliisidou, Diliisidou, Diilisidou». Por suerte, el asalto transcurrió en pocos segundos y la bestia nos abandonó en busca de nuevas víctimas. No es que la curiosidad me reconcomiera, pero el patetismo del episodio precipitó algunas preguntas. «Es la americana de clase». Roberto se sonrojó. Pareció pedir permiso con la mirada a nuestras interlocutoras. «Verónica D’Elexido. Es muy guapa. Me vuelve loco». Roberto es transparente en exceso y enseguida me percaté de que la tal Verónica le había subyugado; el repaso biográfico fue extenso en detalles, probablemente recolectados durante alguna conversación más íntima y prolongada, delataba algo más que simple admiración. La chica estudiaba Antropología en la Universidad de Miskatonic de Arkham –su ciudad natal– y llegó becada a comienzo de curso. Coincidía con Roberto en la mayoría de sus clases de Humanidades por lo que la veía a diario, un gran estímulo para posibles enamoramientos. La equis del apellido, de origen español, debía pronunciarse jota, «como México», aclaró Roberto; el castellano se lo había enseñado su abuela venezolana y lo hablaba quedamente con acento dulce y suave. «Pero esto no es lo más importante», nos aseguró Roberto antes de concluir, «escogió Logroño como destino porque un antepasado suyo nació aquí, ¿no es increíble?». La verdad es que Roberto sabía cómo contagiarnos la fascinación que sentía por Verónica, al rato todos estábamos hablando de ella a pesar de que sólo él la conocía. Hasta que llegó el verano, y con él, mi oportunidad. O más bien mi turno.

Aquélla noche simplemente apareció. Sabía mi nombre porque Roberto le había hablado de mí en una ocasión, también aseguraba haberme visto con él alguna vez, aunque yo no lo recordaba. Hacía calor y tomamos unas cuantas cervezas en una terraza del centro. Entendí de súbito el hechizo que Verónica ejercía sobre Roberto; sus ojos verdes parecían descifrarme sin esfuerzo; ávidos de espíritu, miraban dentro sin que pudiera impedirlo, directos a la verdad. Charlamos animadamente, mis bromas habituales funcionaban y ella alternaba típicas historias hilarantes con algunas extrañas o incomprensibles para mí, derivadas quizás, de sus conversaciones universitarias y sus preferencias artísticas o literarias; era fanática de un poeta llamado Abdul Al Hazred y admiraba los cuadros del pintor norteamericano Richard Pickman. Yo asentía y fingía interés durante esos momentos; en realidad no tenía la menor idea de lo que estaba hablando. El tiempo transcurrió en un suspiro y el camarero se acercó para comunicarnos que éramos los últimos clientes y que sólo quedaba nuestra mesa por recoger.

El piso de Verónica estaba cerca de la universidad, en Padre Marín o Caballero de la Rosa, siempre las confundo. Nos encontrábamos en el trance que antecede al encuentro sexual entre desconocidos, cuando el ánimo y la distensión anteriores se detienen abruptamente y nuestros movimientos adoptan un aire severo mientras repasamos mentalmente el protocolo estándar que nos asegure satisfacción sin sobresaltos. Verónica me había conducido al dormitorio y me senté en el borde de la cama. Ella parecía guiarse por un código diferente al mío; permanecía esquiva a cualquier acercamiento y, sin embargo, en un santiamén me desabrochó el cinturón, se arrodilló y comenzó a chupar. Era la suya una forma salvaje, de sacudidas vehementes, rápidas y profundas; las manos cruzadas a su espalda, su determinación, le conferían aspecto de atleta olímpico. Me recliné para observar su rostro mientras tanto y la agarré del cabello, quise tirar de ella hacia arriba, que se incorporara, deseaba contemplarla desnuda. Se detuvo un instante y con el dorso de la mano interrumpió el goteo de su barbilla; lo hizo fugazmente, apenas un imperceptible gesto con el fin de ahorrarme la visión de sus vertidos, que a mí podrían parecerme desagradables, o tal vez la avergonzaran, sencillamente, temerosa de que pudieran interpretarse como síntomas de inexperiencia. «Deja», susurró, y volvió a las veloces cabezadas; parecía haberse parado más para decirme eso que por verdadera necesidad de tomar aire o regular las incipientes arcadas. Me entraron ganas de correrme y apreté la melena de Verónica para retirarla de acuerdo a las convenciones internacionales, pero ella ya lo había decidido. No insistí más. Después salió de la habitación, rumbo al cuarto de baño, probablemente.

Desperté y Verónica ya se había marchado. No sabía si vivía sola o si compartía el piso así que tomé las precauciones necesarias y me vestí para investigar el resto de la casa. No había nadie. Era antigua pero reformada y Verónica o los que vivieran allí no se habían esmerado con la decoración, todas las estancias se asemejaban a una habitación de hotel. Husmeé en las estanterías del salón, Verónica me había demostrado que era leída la noche anterior; todos eran libros de carácter científico, en inglés la mayoría y relacionados con la antropología, aunque había otros más raros, escritos con caracteres que desconocía. No había ni cafetera ni nada parecido; abrí el frigorífico y encontré multitud de pequeños frascos de uso médico, dos estantes repletos, todos perfectamente alineados e identificados mediante adhesivo frontal; fecha y nombre. September 21 – Jaime, September 29 – Ricardo, October 4 – Fran… En la segunda balda, a la derecha del todo estaba el mío, 12 de Junio. La rosca se había pasado y me costó un rato abrirlo; Verónica había decidido llevarse a Arkham un souvenir bastante personal, acerqué la nariz y enseguida supe que la noche anterior, cuando salió del dormitorio, no fue rauda al lavabo ni al váter. Cerré el frasquito y lo introduje en la cazadora, a ver si así se rompía el encantamiento que la señorita D’Elexido estaba preparando. Antes de irme, decidí comprobar algo. Hurgué en la colección de Verónica hasta llegar a las extracciones del mes de abril. El día siete, Roberto sucumbió como yo lo había hecho unas horas antes. Mi nerviosismo comenzaba a avasallarme y me marché del piso, ni siquiera esperé al ascensor, bajé los seis pisos a la carrera. Decidí llamar a Roberto aunque no sabía muy bien por qué; ¿debía contarle aquello? Después de todo, era cosa de locos, ni yo mismo daba crédito a lo que había presenciado. Marqué su número, no obstante. Recordé a Verónica D’Elexido y su refrigerador; cada vez teníamos más cosas en común Roberto y yo.

 

Publicado en La Chimenea #17. Especial Logroño Fantástico.