UNA NOCHE CON VERÓNICA D’ELEXIDO

 

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Escuché por primera vez el nombre de Verónica D’Elexido la pasada primavera, de forma accidental, cuando mi amigo Roberto se convirtió, por unos breves instantes, en diana de las ebrias mofas de un compañero de clase. Roberto trataba de zafarse del tipo en cuestión, un plomo lenguaraz y sudoroso que había esperado el momento adecuado para el ataque en algún oscuro rincón del bar o escondido tras una columna, valorando si nuestros acompañantes –dos amigas– eran suficientes para constituir un público digno de su escarnio. El borracho gritaba algo ininteligible; primero nos lo espetaba a nosotros, luego a Roberto, se le acercó tan bruscamente que casi lo derriba del taburete: «Diliisidou, Diliisidou, Diilisidou». Por suerte, el asalto transcurrió en pocos segundos y la bestia nos abandonó en busca de nuevas víctimas. No es que la curiosidad me reconcomiera, pero el patetismo del episodio precipitó algunas preguntas. «Es la americana de clase». Roberto se sonrojó. Pareció pedir permiso con la mirada a nuestras interlocutoras. «Verónica D’Elexido. Es muy guapa. Me vuelve loco». Roberto es transparente en exceso y enseguida me percaté de que la tal Verónica le había subyugado; el repaso biográfico fue extenso en detalles, probablemente recolectados durante alguna conversación más íntima y prolongada, delataba algo más que simple admiración. La chica estudiaba Antropología en la Universidad de Miskatonic de Arkham –su ciudad natal– y llegó becada a comienzo de curso. Coincidía con Roberto en la mayoría de sus clases de Humanidades por lo que la veía a diario, un gran estímulo para posibles enamoramientos. La equis del apellido, de origen español, debía pronunciarse jota, «como México», aclaró Roberto; el castellano se lo había enseñado su abuela venezolana y lo hablaba quedamente con acento dulce y suave. «Pero esto no es lo más importante», nos aseguró Roberto antes de concluir, «escogió Logroño como destino porque un antepasado suyo nació aquí, ¿no es increíble?». La verdad es que Roberto sabía cómo contagiarnos la fascinación que sentía por Verónica, al rato todos estábamos hablando de ella a pesar de que sólo él la conocía. Hasta que llegó el verano, y con él, mi oportunidad. O más bien mi turno.

Aquélla noche simplemente apareció. Sabía mi nombre porque Roberto le había hablado de mí en una ocasión, también aseguraba haberme visto con él alguna vez, aunque yo no lo recordaba. Hacía calor y tomamos unas cuantas cervezas en una terraza del centro. Entendí de súbito el hechizo que Verónica ejercía sobre Roberto; sus ojos verdes parecían descifrarme sin esfuerzo; ávidos de espíritu, miraban dentro sin que pudiera impedirlo, directos a la verdad. Charlamos animadamente, mis bromas habituales funcionaban y ella alternaba típicas historias hilarantes con algunas extrañas o incomprensibles para mí, derivadas quizás, de sus conversaciones universitarias y sus preferencias artísticas o literarias; era fanática de un poeta llamado Abdul Al Hazred y admiraba los cuadros del pintor norteamericano Richard Pickman. Yo asentía y fingía interés durante esos momentos; en realidad no tenía la menor idea de lo que estaba hablando. El tiempo transcurrió en un suspiro y el camarero se acercó para comunicarnos que éramos los últimos clientes y que sólo quedaba nuestra mesa por recoger.

El piso de Verónica estaba cerca de la universidad, en Padre Marín o Caballero de la Rosa, siempre las confundo. Nos encontrábamos en el trance que antecede al encuentro sexual entre desconocidos, cuando el ánimo y la distensión anteriores se detienen abruptamente y nuestros movimientos adoptan un aire severo mientras repasamos mentalmente el protocolo estándar que nos asegure satisfacción sin sobresaltos. Verónica me había conducido al dormitorio y me senté en el borde de la cama. Ella parecía guiarse por un código diferente al mío; permanecía esquiva a cualquier acercamiento y, sin embargo, en un santiamén me desabrochó el cinturón, se arrodilló y comenzó a chupar. Era la suya una forma salvaje, de sacudidas vehementes, rápidas y profundas; las manos cruzadas a su espalda, su determinación, le conferían aspecto de atleta olímpico. Me recliné para observar su rostro mientras tanto y la agarré del cabello, quise tirar de ella hacia arriba, que se incorporara, deseaba contemplarla desnuda. Se detuvo un instante y con el dorso de la mano interrumpió el goteo de su barbilla; lo hizo fugazmente, apenas un imperceptible gesto con el fin de ahorrarme la visión de sus vertidos, que a mí podrían parecerme desagradables, o tal vez la avergonzaran, sencillamente, temerosa de que pudieran interpretarse como síntomas de inexperiencia. «Deja», susurró, y volvió a las veloces cabezadas; parecía haberse parado más para decirme eso que por verdadera necesidad de tomar aire o regular las incipientes arcadas. Me entraron ganas de correrme y apreté la melena de Verónica para retirarla de acuerdo a las convenciones internacionales, pero ella ya lo había decidido. No insistí más. Después salió de la habitación, rumbo al cuarto de baño, probablemente.

Desperté y Verónica ya se había marchado. No sabía si vivía sola o si compartía el piso así que tomé las precauciones necesarias y me vestí para investigar el resto de la casa. No había nadie. Era antigua pero reformada y Verónica o los que vivieran allí no se habían esmerado con la decoración, todas las estancias se asemejaban a una habitación de hotel. Husmeé en las estanterías del salón, Verónica me había demostrado que era leída la noche anterior; todos eran libros de carácter científico, en inglés la mayoría y relacionados con la antropología, aunque había otros más raros, escritos con caracteres que desconocía. No había ni cafetera ni nada parecido; abrí el frigorífico y encontré multitud de pequeños frascos de uso médico, dos estantes repletos, todos perfectamente alineados e identificados mediante adhesivo frontal; fecha y nombre. September 21 – Jaime, September 29 – Ricardo, October 4 – Fran… En la segunda balda, a la derecha del todo estaba el mío, 12 de Junio. La rosca se había pasado y me costó un rato abrirlo; Verónica había decidido llevarse a Arkham un souvenir bastante personal, acerqué la nariz y enseguida supe que la noche anterior, cuando salió del dormitorio, no fue rauda al lavabo ni al váter. Cerré el frasquito y lo introduje en la cazadora, a ver si así se rompía el encantamiento que la señorita D’Elexido estaba preparando. Antes de irme, decidí comprobar algo. Hurgué en la colección de Verónica hasta llegar a las extracciones del mes de abril. El día siete, Roberto sucumbió como yo lo había hecho unas horas antes. Mi nerviosismo comenzaba a avasallarme y me marché del piso, ni siquiera esperé al ascensor, bajé los seis pisos a la carrera. Decidí llamar a Roberto aunque no sabía muy bien por qué; ¿debía contarle aquello? Después de todo, era cosa de locos, ni yo mismo daba crédito a lo que había presenciado. Marqué su número, no obstante. Recordé a Verónica D’Elexido y su refrigerador; cada vez teníamos más cosas en común Roberto y yo.

 

Publicado en La Chimenea #17. Especial Logroño Fantástico.

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