Etiquetado: 2010

LA ESCUELA VERDADERA

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La semana pasada se presentó el nuevo monográfico que se ha currado Puskas para  La Chimenea Fanzine: LA ESCUELA VERDADERA. Una mirada de apreciación al rap de Nueva York y una reflexión crítica sobre la inmadurez del género. Los que somos fanáticos suyos siempre ansiamos que mueva ficha; que cante un poco o que saque algún disco de estos que, cuando suenan, sube el pan y se convierten en puñeteros clásicos inmediatamente. “A ver qué dice el Puskas” pienso cuando me llevo el nuevo trabajo hacia el reproductor más cercano. Pues esta vez ha dicho muchas cosas, ha escrito un librito que puede considerarse una pequeña enciclopedia de bolsillo para el rapero y el profano -que a veces son lo mismo- acerca del rap y el hip hop. Con un estilo fluido y directo, Puskas aclara y explica tecnicismos, propone una lista abundante de los artistas que iniciaron toda esta movida, detalla los contextos sociales y culturales del Nueva York de los ochenta, cuenta anécdotas y critica reflexivamente la deriva del género. Completo, completo. La guía definitiva para el distraído, ya lo avisa la portada. Consíganlo en los lugares de distribución habituales, háganse el favor.

Aprovecho para publicar las reseñas de sendos discos de Puskas –Ley de vida (2008) y Bitch Street (2010)- que salieron en dos difuntos blogs que mantuve hace años.

RADIOGRAFÍA DE UNA CIUDAD CUALQUIERA

Podría tratarse de un barrio de cualquier ciudad de cualquier país occidental, pero el rapero Puskas se ha propuesto diseccionar la vida cotidiana de Logroño, la de verdad, la de los barrios, en su nuevo trabajo Ley de vida. En el fondo si repasamos su extensa discografía nos damos cuenta de que este anhelo por desentrañar y conocer los secretos de nuestra pequeña ciudad (con sus minúsculos triunfos y grandes miserias) siempre ha estado presente. Basta con recordar temas antiguos como “Lo justo” o su anterior álbum 13 (la antesala de lo que nos ocupa) para extraer el común denominador, la esencia de su obra: la lucidez y la coherencia de su discurso, la fina ironía y la facilidad para señalar los problemas endémicos de este barco a la deriva llamado Logroño aquí y ahora. Mientras unos pierden el tiempo financiando cruentas guerras de ego adolescente, Puskas no se ha dejado llevar por lo que diga un gilipollas en chándal y ha confeccionado, junto a Ochoa, un disco desgarrador y real. Los textos son más descarnados que nunca y apenas en alguna canción vemos un rayo de esperanza (“No todo está perdido”). El disco supura pesimismo y añoranza de un pasado mágico que se nos escapó sin darnos cuenta, al que intentamos sin éxito regresar y únicamente podemos recrear en la memoria mediante complejos mapas de recuerdos (“Logroño era una fiesta”en el que han colaborado músicos de otras bandas de la ciudad). El hilo conductor de la ley de vida es la defensa de la vida cotidiana del barrio frente a la frivolidad exhibicionista de película de Hollywood que nos intenta colocar algún listillo. La base instrumental es sencillamente espectacular, la banda sonora perfecta para el estilo arrastrado, poético e incendiario de las líneas que Puskas escupe con precisión de cirujano. Un disco clarividente, necesario, alejado de tópicos pueriles que pretende hacer reflexionar a toda una ciudad.

EN LA CALLE DE LAS PUTAS

La oxidada chapa azul en la esquina de una manzana del centro recibe al extraño. Bitch Street. Es el Distrito Dos y la calle luce llena de vida, engalanada con banderines de plástico que zigzaguean sobre nuestras cabezas. No hay que ser muy listo para saber que se celebra algo. Algo gordo, algo que posiblemente estuviera allí antes de que Bitch Street fuera trazada en los despachos de urbanismo del ayuntamiento, y que ha permanecido ajeno a muchos que miran sin ver. Hay música rap. Los bafles se apilan enfrentados sobre las aceras atestadas de putas, buscavidas, currelas y algún que otro secreta. Sigo avanzando calle abajo y, sin quererlo, me he convertido en el objetivo de todas las miradas. Es normal, pienso, no me conocen demasiado y, al fin y al cabo, a nadie le gusta que enturbien su fiesta. Son demasiados preparativos, años de esfuerzo y dedicación para que venga ahora un desconocido a joderlo todo. Aún así, pese a la pátina de fiesta privada, el ambiente que se respira es muy agradable; ya me han invitado a un par de solysombras y mi percepción, levemente afectada, me juega malas pasadas. Los bordillos de las aceras de Bitch Street han decidido traicionarme y doy con mi barbilla en la clásica baldosa adornada con motivos vitivinícolas. La gente que ha presenciado mi derrumbe ríe a mandíbula batiente, se han dado cuenta de que alguien tan torpe como yo no puede ser policía. Se acercan dos tipos que me comentan que vaya con ellos rápido, que al final de la calle va a comenzar un concierto de Bitch Street. Son Puskas y Macho, dos raperos oriundos de la calle de las putas los encargados de poner el colofón a la velada festiva del barrio, los maestros de ceremonia que vertebran un espectáculo en el que prácticamente todos los habitantes de la calle tienen cabida. Se divierten haciendo rap y se nota, contagian al personal su alegría, humor e ironía ante una vida que se empeña en enseñar los dientes en vez de abrir las piernas. Y eso la gente de Bitch Street lo sabe y celebra. Estar ahí, al pie del escenario ya es motivo de júbilo. Estar ahí. Observando.

 

 

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GAGA Y LA “A”

INTERSCOPE RECORDS GAGA PHONE

Telephone. 2010. Estados Unidos. Dir: Jonas Akerlund.

¿Se trata del enésimo reciclaje de fetichismo punk por parte de la industria? El vídeo de Lady Gaga, perfectamente dirigido por el avezado Jonas Akerlund es un salteado saturado de cultura basura. Por estar, están todos los clichés que existen bajo la capa del cielo; onomatopeyas de cómic, pantallas partidas setenteras, saturación de colores, histrionismo, homenajes tarantinianos, subgéneros eróticos (cárceles de mujeres) y pop. Pero no era suficiente. Había que otorgarle una pátina de marginalidad al asunto. ¿Hay vida más allá de los Ramones?, debió preguntarse un productor musical en algún lugar de Norteamérica y los becarios en plan Anacleto agente secreto, ojo al parche en algún conciertillo de macarras. Línea caliente con el despacho del súper.

—Tenemos a un fulano que parece una ferretería, a una pava con un pantocrátor tatuado en los riñones desde cuyo interior sonríe Malcolm McLaren y a Charly, un tipo que acabamos de conocer en una gasolinera. Dice que nos pudriremos en el infierno. Cambio.

Nervios en Detroit. Los gerifaltes se revuelven en las butacas de cuero negro, apuran sus botellines de agua mineral, se masajean las seseras. El súper, hierático, habla:

—Sigan buscando.

Ivonne, una colombiana hecha de canela, atraviesa la estancia y sirve unos cuba libres. Posición de Apoxiomeno y sonrisa complaciente a los mandamases, pero el horno no está para bollos. Con inteligencia, flota hasta desaparecer. Que cada palo aguante su vela, piensa. La esfinge rompió el silencio de nuevo.

—Sigan buscando.

Los espías improvisados están al borde de sufrir un ataque epiléptico. Hay mucho humo, y luces de colores, y peinados estrambóticos. Charly es un indeseable que les ha dado el palo. A tomar por saco el equipo de emepecuatro con captador de ultrasonidos y la microcámara de vídeo con GPS camuflada en una tachuela de la chupa. Aún con todo, los agentes se reponen.

—… un personaje con chándal de mercadillo, una chica vestida de policía, perdón, puede ser policía…es policía, confirmado. Cambio.

Un estruendo y se corta la comunicación. La esfinge se frota los ojos. Akerlund, que ha tocado en Bathory, desafía al silencio.

G.I.S.M, Doom y la A dentro del círculo.

La esfinge no sabe de qué habla Akerlund. Alza la mano y le muestra el camino hacia una pizarra electrónica.

—Yo creo que si se lo pintamos a Lady Gaga en la chepa, no se va a hablar de otra cosa durante mucho tiempo. Incluidos los punkis.
La esfinge aplaude lentamente. La comitiva se incorpora a la gran ovación que se avecina. La conexión se restablece repentinamente y suena un eructo.

—Os pudriréis en el infierno.

DANINSKY

paul naschy

El hombre que vio llorar a Frankenstein. 2010. España. Dir: Ángel Agudo.

Mientras mi padre entrenaba yo me entretenía pringándome las manos con magnesio. Era muy pequeñito y no me parecía muy emocionante observar como un puñado de bigardos levantaban pesas en la Escuela de Halterofilia. Mi padre dedicó su vida a ello, sin embargo. Me contaba historias emocionantes, casi siempre relacionadas con el cine o el espectáculo ; cuando vio a Schwarzenneger en Madrid mientras se celebraban los campeonatos europeos o la curiosa vida de un antiguo compañero suyo, una montaña almeriense que se dedicaba a tirarse de los caballos como extra de cine en las producciones que los italianos rodaban en el desierto. También otras más prosaicas; los atletas soviéticos corriendo en manada al Corte Inglés, Urtain -deshecho- guardando la entrada de algún tugurio madrileño… Así es como conocí, tan tempranamente, la existencia de Waldemar Daninsky o Paul Naschy o Jacinto Molina, campeón de España de halterofilia, posterior hombre lobo y para mí, uno de los precursores del disfraz cinematográfico. Quizás el mayor autor de películas disfrazadas que existe. El cine en sí es mentira, lo sabemos, un embuste que hay que tratar de disimular para que el respetable lo digiera sin ni siquiera plantearse que se ha sentado dos horas delante de una pantalla para ser estafado voluntariamente. De tal forma vemos la exuberante selva amazónica, pero en realidad es el jardín botánico de Sebastopol, reinas egipcias nacidas en Londres y soldados romanos con acento americano, como Robert Taylor en Quo Vadis? (Mervyn LeRoy, 1951), a punto de espetar un «Largo de aquí, forasteros» en cualquier momento. Pues bien, ¿qué pasa cuando descubrimos que alguien nos miente? ¿Qué sucede si sus mentiras son tan cristalinas que las vemos venir desde lejos? A la gente suele molestarle mucho que en el cine se noten las cosas. A mi no me importa. Me da igual que la sangre parezca tomate frito, que cuando los personajes viajen en coche o en tren se proyecte el paisaje de fondo, que la pareja se vista en dos planos después de retozar en la cama, incluso que lo hayan hecho con la ropa interior puesta. Me da igual, todo me gusta y todo lo disfruto. Paul Naschy es el especialista en el engaño a medio cocer, el tipo que miente siempre y todas las veces le pillan. Y no son mentirijillas sin importancia, no. De repente viajamos a Centroeuropa y en realidad es Guadarrama. Son montes sospechosamente familiares, vegetación escasa… Marrón, si tuviéramos que definirlo con una palabra. ¿Es Alemania marrón? No. ¿La República Checa tal vez? No. Es un hechizo mal pronunciado y, debido a la censura, España se disfraza de Francia, de Alemania o de Hungría; un disfraz caricatura a veces, como los de Mortadelo. La Magia Borras frente a David Copperfield. Estupendo documental, pese algún que otro momento lacrimógeno.

EL TRIBUTO (I). El oro y la mierda.

Live Aid Concert - Wembley Stadium

Cada época posee sus cruces artísticas. En el siglo XVIII fueron las horribles pelucas empolvadas, en los setenta los pantalones acampanados, en los noventa casi todo y a principios del nuevo siglo, la absurda moda de las camisetas de países se extendió como la peste negra. En el mundo musical, farandulero y de espectáculos de los dos miles en adelante, el anticlimax, el bochorno y el ridículo los encarnan dos temidas palabras: grupos tributo. A veces uno deja de entender a sus congéneres, abandona la idea de comprender lo que hacen; comienza a sentirse como Donald Sutherland en La invasión de los ultracuerpos y le cuesta discernir si todavía sigue en sus cabales o son el resto los que están como una regadera, si toda la humanidad ha sido abducida por un ente alienígena y está cambiando paulatinamente. ¿Por qué tenemos que sufrir a este tipo de bandas? ¿Es un fenómeno nacional o también en el extranjero se tiene tan poca piedad con las minorías que –como yo- preferimos escuchar grupos originales a clones putrefactos? ¿Qué países están libres de esta lacra? ¿Qué ha pasado para que ahora nos veamos inmersos en esta triste situación? Son interrogantes que a más de uno nos mantienen en ascuas… A continuación podrán leer un recorrido por mis experiencias con la diarrea del rock. También intentaré buscar –ya me dirán si con éxito- algunas de las claves del tinglado y de la proliferación de este mal.

El oro y la mierda

Parece fácil diferenciarlos a primera vista, ¿verdad? Sin embargo habrán observado que muchas personas son incapaces de hacerlo correctamente o bien no les importa que les ofrezcan mierda a precio de oro. Una de dos. Les cuento. El dueño de un bar que frecuentaba cuando vivía en Salamanca era un fanático de Queen –nadie es perfecto-, amaba a la banda de Freddie Mercury de manera patológica e infantil; así suelen ser las pasiones que nos despiertan cualquier fetichismo, ya saben, construir barcos de madera, el macramé o coleccionar soldaditos de plomo, inexplicables y tan ridículas que las llevamos en secreto o procuramos no aventarlas demasiado. Pero en el rock todo es diferente, es algo colectivo, se celebra una ceremonia –el concierto- a la que hay que acudir. Podemos escuchar todos los discos del mundo en el garaje de nuestra casa pero no experimentaremos el verdadero rock hasta que no acudamos al directo, a la esencia primera. Por tanto los fetichistas rockeros se camuflan mejor entre el resto de mortales puesto que su hábitat es (era) el que frecuentaban las masas, tienen más oportunidades de mostrar su pasión que un recolector de coleópteros. Este hombre –una persona razonable, no un loco a encerrar- me confesó en una ocasión, mientras tomábamos unas copas, que su grupo preferido ya no era Queen, sino una banda clónica de Queen que descubrió de manera fortuita y de la que ya se había convertido en fan absoluto. Los ojos le brillaban y comenzó a ponerme vídeos en directo de la banda –no recuerdo el nombre- que se había descargado de Internet. Al principio no sabía si me estaba tomando el pelo pues a mi no me van Queen, pero aquello parecía un concierto de Queen, desde luego. Fuegos artificiales, un escenario titánico, los tíos clavados, perfectos en la ejecución de la música, perfectos emulando los gestos de los Queen originales. Y lo que más me sobrecogió: el público. Una marea humana a la altura de los británicos. “Es que son mejores; canta mejor que Freddie, el cabrón” dejó escapar el barman y suspiró, vencido por la copia. “Hombre, puede que sean músicos sobresalientes, por encima de los originales incluso, y también cabe la posibilidad de que se hayan operado para que sus rostros sean facsímiles milimétricos… Pero, no sé, tu los conoces mejor que nadie, sabes que no son Queen, que son otros tipos”, respondí. Había ocurrido algo maravilloso o inquietante, según se mire. La falsificación había superado al original produciéndose un fenómeno que se hallaba un peldaño por encima de los mejores suplantadores de artistas como Elmyr de Hory y estafadores cinematográficos como Welles, casi a la altura de Banksy, el mejor creador de identidades falsas estúpidamente veneradas. Como ven es una historia muy novelesca, casi cinematográfica; un seguidor de una banda de rock que se enamora de su réplica… Este fue mi primer contacto con las llamadas bandas tributo, entonces no eran todavía muy conocidas y nadie era capaz ni siquiera de vislumbrar lo que nos esperaba. Comenzaron a reproducirse sin control, se había abierto la veda. Nacieron millones de ellos, tributos de cualquier grupo concebidos para tocar en cualquier sitio; fiestas de pueblos, festivales de todo signo, conciertos del barrio, cumpleaños, chamizos, bautizos, comuniones… Había nacido un monstruo y ahora  ya es demasiado tarde para ponerle remedio. Pero esta dramática situación actual necesita un análisis más detallado, un alto en el camino que nos permita tomar algo de aire.

Continuará

LOS OJOS DE JULIA (Guillem Morales, 2010)

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Los ojos de Julia. 2010. España. Dir: Guillem Morales.

En más de una ocasión he comentado lo que me repatean las grandes campañas de publicidad de ciertas películas; los productores acostumbran a asediarnos con la imagen promocional o el tráiler del film de marras, produciendo –es mi caso- una animadversión hacia el mismo, o también hacia la actriz o actor principales que los representan. Los ojos de Julia fue una de esas películas, una que decidí no ver en su momento debido al chaparrón de anuncios en un canal determinado encargado de la producción de la cinta; la pobre Belén Rueda, que no me ha hecho nada y además, parece una mujer razonable que irradia –me parece a mí, al menos- serenidad y confianza a partes iguales, se me estaba indigestando. No sé si recuerdan la imagen suya con los ojos vendados. Ahora la he visto, un par de años después de todo aquello y qué quieren que les diga; quizás sea por mi reciente revisión terrorífica transalpina o porque estoy con la guardia más relajada de lo normal, pero me ha parecido una película muy entretenida, género puro. ¡Qué demonios! Es la película más giallesca que se ha producido en España en los últimos años. Ya saben –no quiero aburrir- los guantes, la chica, el cuchillo, el viejo cthulhiano… Es un poco refrito de los grandes, Argento, Hitchcock sin que ello suponga ningún inconveniente – hay una secuencia que recuerda mucho a aquélla protagonizada por James Stewart en La ventana indiscreta-. El guión a veces sufre como suele hacerlo en el género pero dentro del mismo, es un film interesante y decente. Además, Belén Rueda no sólo ha superado con creces mis expectativas sobre ella; actúa fenomenal y está perfecta como nueva reina del grito.

MONJES GUERREROS

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Ultramarines: A Warhammer 40,000 Movie. 2010. Reino Unido. Dir: Martyn Pick.

Supongo que aquéllos que desconocen el belicoso cuadragésimo primer milenio creado por el gigante de los juegos de guerra fantásticos Games Workshop, pueden ahorrarse este pequeño artículo. Es algo largo de explicar si no estás familiarizado con el juego Warhammer, en este caso, con su versión futurista Warhammer 40.000. No obstante nunca está de más una pequeña introducción, porque los responsables de la película Ultramarines ya saben a quienes va dirigida, así que han pasado directamente de explicar en profundidad el particular universo en el que transcurre. Voy a intentar explicarlo en dos líneas para el profano. En un futuro medieval diferentes ejércitos de muchas y variopintas facciones se aniquilan en batallas estelares. Son batallas planetarias en las que las fuerzas del Emperador tratan de sobrevivir a las embestidas del Caos, mal absoluto que todo lo corrompe y emponzoña. Los encargados de defender a la maltrecha humanidad son los marines espaciales, las fuerzas de elite del Emperador, mitad sacerdotes y mitad soldados. De entre ellos, los más aguerridos son los Ultramarines. La película nos muestra una pequeña escaramuza que tiene lugar en un planeta remoto, una misión rutinaria que esconde más peligros de los que puedan intuirse y que, a pesar de su impenetrabilidad para el espectador ignorante, se sigue fácilmente y entretiene bastante. No la va ha disfrutar de la misma manera que alguien que haya crecido entre Bolters, servoarmaduras, speeders, rhinos y dreadnoughts, eso es evidente, pero pasará un ratillo divertido, aunque luego se vaya a la cama con la sensación de no haber entendido nada. Si le ocurre eso, tranquilo es normal y le pasa a todo el mundo. Muchos recuerdos me ha traído esta película. Qué bien.

LA PUERTA AL FINAL DEL PASILLO

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Black Swan. 2010. Estados Unidos. Dir: Darren Aronofsky.

Black Swan se articula en dos espacios diferenciados que en el fondo son lo mismo; el centro de ensayo de Nina y su propia casa. Son lugares asfixiantes cuyas paredes exudan cansancio. Lugares torturados que Nina conoce perfectamente, de hecho, es lo único que conoce. Los lugares son lugares, sólo eso. No tienen entidad por sí solos. Ambos espacios funcionan como decorados (muy buenos) vinculados a dos personajes clave; la casa terrorífica es una cosificación de la mamá de Nina y también del estado mental de la propia Nina. Opresión plúmbea que da repelús. Se nota que es un compartimento estanco, una celda o mazmorra. Un sitio que poca gente ha transitado, quizás solo el preso y el carcelero, o Nina y su mamá. Mejor que no te inviten nunca a comer porque es de esos sitios en los que te sentirías incómodo y podría sentarte mal la mariscada. Sonrisa “qué bueno todo” y hasta nunca. Percepción de que hay algo debajo de la cama, o en la despensa o detrás de la puerta. Recuerdo Repulsión de Roman Polansky y a Catherine Deneuve engullida por la casa-monstruo que ella misma ha proyectado. Aronofsky no da tanto protagonismo al espacio como Polansky, se centra en la madre de Nina. Hartazgo por exigencia que termina en delirio y en suplantar (o confundir) identidades ficticias. El ballet donde ensaya Nina no mejora mucho. Sala negra con espejos que a veces se convierte en una niebla espesa, no delimitada. ¿También hay algo escondido? Toda la película tiene algo escondido y Aronofsky oculta sus cartas muy bien, incluso lanza faroles impresionantes en forma de efectos digitales sobrecogedores. A mí me recordaron a Un hombre lobo americano en Londres. Metamorfosis como en Thriller de Michael Jackson. Y al final, ¿qué hay tras la puerta? Jo, ya lo sabíamos. Pero vale. A mí me vale.