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SATÁNICA

pentáculo

Se sorprendió al ver a Sanse más delgado y elegante, con la barba recortada, delineada perfectamente, con un polo liso sin logotipos death metal ilegibles ni fotogramas de La matanza de Texas, sin rostros de Hannibal Lecter o Jack Torrance. Donde Indio esperaba una raspa de sardina devorada por los quinientos gatos de la fábrica, encontró a un tipo normal en obras. Se alegró melancólicamente; Sanse sobrevivía en el ring, inesperada buena noticia. Pero Sanse creció en cautividad voluntaria; y esos ejemplares no se adaptan bien a la naturaleza salvaje.

—Yo le debo la vida a la zonificación de los colegios públicos. Si hubiera ido a otro centro, habría muerto casi seguro. Tuve la suerte de que mis viejos no pudieran elegir; porque Indio no hay más que uno. Este hijo de puta que tienes aquí delante me salvó.

—Joder, Sanse, me vas a hacer llorar.

—Tranquilo, Rambo —Sanse dio un sorbo a la copa de vino.

Lucía escuchaba con interés. En su día le dieron como a una estera. Indio notaba su recelo y las trazas de otaku, de inadaptada, de superviviente. No iba de Sailor Moon al banco porque no le dejaban.

—Así que eras el defensor de los frikis. La gente como tú suele pisotearnos.

Sanse saltó:

—Ojo, Luci, que si te metes con él se activa un entramado de alianzas milenarias y voy también a la guerra.

—Una vez conocí a un salvador —Miró fijamente a Indio—. Ocurrió en mi pueblo. Este chico me gustaba mucho, era de los pocos que no me tiraba piedras ni me llamaba guarra. Imagínate a una tonta de trece años, completamente enamorada de la única persona que le había tratado bien. Un día me citó al lado de la carretera de entrada. Me extrañó que hubiera más chavales, casi estaba medio pueblo allí. Me dijo que íbamos a jugar a un juego. Visto ahora parece increíble que accediera, pero recuerda que yo me fiaba de él al cien por cien. Cogieron una soga y me ataron a una farola. Yo me reía porque no sabía de qué iba aquello y el resto de chicos y chicas se mostraban muy amables. Me ataron muy fuerte entre varios, no me podía mover. Aprovechó todo el mundo para insultarme y pegarme, para meter la mano por debajo de la blusa y de la falda. Barra libre. Yo buscaba a mi amigo entre la multitud. Se había esfumado. No tuvo huevos a quedarse. Él solo fue un instrumento, un peón de todos los niños del pueblo. Y había adultos que miraban desde la ventana, te lo juro. Me rescató el cura. Luego me hice satánica. Ya ves, Indio, voy a ser tu hueso —Le guiñó el ojo—. Pero antes dame lo mío.

Indio sacó un chivato lleno de verde y se lo pasó.

—Asqueroso poblacho de mierda —Abrió el paquete y se lo acercó a la nariz—. A ver si se anima Trump y lo bombardea de una puta vez

QUÉ BONITO SERÍA

vermú

—Mira, Ceci, no te pierdes nada. Piensas que mi vida es apasionante porque hago lo que quiero; todo el rollo ese de mujer liberada y tal. Es un espejismo; una no puede ideologizar todas las decisiones que toma porque muchas veces son casuales, no hay una reflexión previa; es una trampa para sentirte mejor y darte profundidad, además de una coartada a la que agarrarse si la cagas. Estás mal con Dani, tienes la sensación de que te apagas mientras veis Netflix en el sofá o cuando vas de esta puta oficina al puto gimnasio y luego a tu puta casa. Eso no es vivir, piensas, y a lo mejor es verdad. Quieres ser como yo, dices; y yo quiero ser como tú. Lo que es la vida.

—No es eso. Es que ya no me divierto con nada. Mi mundo es muy pequeño.

—Yo soy la juerga flamenca, no te jode. Dani es un tío de puta madre, un poco gilipollas, pero quién no lo es. Porque tú, Ceci, cariño, eres tonta perdida, perdona que te diga.

—Qué boba. Si te va a gustar al final; todo tuyo.

—Ni hablar. Lo que quiero decir, que me explico fatal, es que entiendo tu vacío. Te parece que todos llevan una vida de ensueño, que son superindependientes y modernos y que tú, que llevas con Dani desde el blanco y negro, eres más antigua que un coche de caballos. Para empezar, eso es todo mentira, basura trituradora de personas, que no te coman la cabeza. Porque tú, Ceci, cariño, no te quieres convertir en un resto, ¿verdad? Te lo dice el resto número uno, el MegaSuperFósil. Por ahí estamos ya los del segundo y tercer pase de la película. Nos reconocemos y hablamos y hacemos como que no la hemos visto. Alguno dice que no quiere volver a verla, pero ahí está; es como ir al cine y taparse los ojos. Me hace gracia porque hay pelis que cuanto más las veo, más me gustan. Aunque me sepa el final. Y las cosas no han cambiado tanto Ceci, lo que pasa es que no te acuerdas: los que valen se intuyen a lo lejos, son como dibujos borrosos; y los tontos la siguen teniendo grande. Qué desgracia. Y vamos ya para adentro, que vendrá el Cabeza Yunque a tocar los cojones con lo del tabaco. Pensándolo mejor, igual me apunto a un tratamiento de esos que usan para volver heteros a los gays, pero al revés. Lo felices que íbamos a ser, Ceci, cariño, fumando y charlando como cotorras por todo el mundo, de vermú hasta que la diabetes nos entierre gordas como truenos. Qué bonito sería.