Etiquetado: indio

ASFALTO FÉRTIL

carretilla

—Voy a toda hostia por el asfalto fértil, donde crecen los Mercedes.

Se incorporó un poco para escupir en una palangana pantanosa. Luego se recostó mirando al techo de nuevo. Llevaba una semana sin salir de casa porque le habían echado del curro. Batió su marca personal: 15 días. Lo poco que ganó, o bien navegaba orgánico, viscoso, por la palangana o se derramó por sus piernas en algún momento del fin de semana. Aquel sueldo viviría para siempre en su chaise longue y alfombra. Indio había abierto las ventanas, pero el hedor le había cogido cariño. Aquello era mucho peor que cuando la Ceci y la Tamara lo lavaron en la bañera; la vez del Descendimiento.

—Noto que la máquina culea del pretón que le he metido, casi me salgo por un lateral. Me coloco delante de la hilera de carracos aparcados en batería. Hay muchos SUV; ya sabes, Indio, que ahora se llevan mucho, para matarse menos. Y también berlinazas de ministro. Guapísimos, unos tanques que alucinas, ochenta el más barato. De ahí para arriba. Ojo, que hay un Rolls que vale varias de nuestras vidas. Pues eso, que me pongo con las uñas mirándolos fijamente, en perpendicular. Voy en gayumbos nada más, descalzo, aunque el día es gris y hace frío. Estoy en perfecta comunión con el medio, ¿me entiendes?, la máquina y yo somos uno. Entonces respiro profundamente y me enciendo una buena estaca de guaigüi. Piso poco a poco el acelerador, quiero ver como las uñas se hincan lentamente en la puerta del conductor. La chapa comienza a crujir y retorcerse, las ventanillas se resquebrajan, sale líquido de las tripas del cacharro, sangra el Mercedes de los huevos ¿entiendes? Se arma un follón de cojones; el de la garita se lleva las manos a la cabeza, los airbags saltan, ¡fum!, ¡fum! Buenísimo, primo.  Por las ventanas de las oficinas comienzan a asomar las caritas del personal; seguro que piensan que soy del puto ISIS o algo así, pero más chungo aún, sin pijama negro, un terrorista en pernetas. No entienden lo que está pasando y me encanta. No se puede explicar con palabras, Indio. Se me aparecen los momentos más felices; el nacimiento de mi sobrina, cuando me echaron de las monjas, con la Yoli a solas, cuando llevé a mi madre a ver el mar. Son como fotos que se superponen unas a otras y se mezclan. Y acelero y levanto las uñas y le doy la vuelta al Mercedes, y lo aparto, y a por el siguiente. Y es la vieja, de repente, Indio, y va de la mano de la Yoli (cañón con ropa como de boda y el carmín moruno aquel que se ponía), y lleva a mi sobrina también de la mano. Aparecen sobre el salpicadero, pequeñitas, como en Cariño, he encogido a los niños. Pues eso, que me crezco muchísimo, primo. Ya sabes, estas cosas te tocan la patata. Empiezo a llorar de alegría y echo más humo que la chimenea de la máquina. Y ellas se ríen y empiezan a bailar Paquito el Chocolatero; mi madre en zapatillas de casa, como en el pueblo, la Yoli se arremanga el vestido y empieza como la Lola Flores, mi sobrina zascandilea por ahí, moviendo los brazos a ritmo de las trompetas. ¡Hostia, Indio! ¡Soy tan feliz! Acelero más aún y los putos carros estallan. Tiririririririiri, ¡eh!, ¡eh!, ¡eh! Y van las tres ahí, en cadeneta; tres generaciones de mujeres que me dicen a la vez: «Tata, reviéntalos».

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PORTARSE

macetas

En una esquina del salón se agolpaban varias macetas con plantas coloridas. Indio no las recordaba. Tampoco recordaba la última vez que estuvo en casa de Rafa.

Rafa era profesor de universidad, pero buen tío. La madre de Indio trabajó muchos años limpiando y cocinando en aquel piso. Siempre decía lo mismo: «Rafa se portó muy bien con nosotros».

Gloria se despidió. Iba a la escuela de idiomas. Indio la siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró. Rafa esperó a que el sonido del ascensor se apagara.

—Yo tampoco lo entiendo —dijo—. Y me da igual, no voy a buscar explicaciones. Se ha empeñado en vivir aquí. Conmigo. Tiene veinte años y ha decidido compartir su tiempo con un carcamal que odia salir, que ya no quiere viajar, que no le caen bien los hombres ni las mujeres, ni los negros ni los blancos ni amarillos; feo, gordo, calvo, al que nadie quiere arrimarse. Le he dicho que se vaya. No quiere. Ni yo tampoco; pero mi obligación es decírselo.

Rafa enmudeció unos segundos y volvió la cabeza hacia los tiestos.

—¿Sabes lo que hice yo con veinte años?

Indio se encogió de hombros.

—Alquilé un coche con mis amigos y nos fuimos al extranjero. Hambrientos de mundo, de Europa. Queríamos conocer aquel misterio que nos esperaba desde Grecia y Roma. Estaba ahí para nosotros. Como si sus más de dos mil años de historia solo fueran un trámite para que la recorriéramos. Fuimos a Francia, Alemania y Dinamarca. Follamos lo que nos dejaron, bebimos lo que pudimos y, cuando jodimos las perras, volvimos. No es mucho, Miguel Ángel esculpió la Piedad con veintitrés. Ahora no quiere marcharse a Irlanda a currar en verano. Yo le repito que eso es porque aún no le ha entrado el hambre, pero que el hambre llegará porque es ley de vida. Y hay que aceptarlo. Estoy preparado; no te puedes comprar un león de melena preciosa y exigirle que no coma. Sería injusto y cruel; a mí nadie me mandó a la jaula. La verdad es que me basta con verla pasearse por aquí, regar las plantas, lavarse los dientes, oler la estela del perfume por el pasillo. Ya sé lo que dicen, ni te voy a preguntar.

—Mejor.

El móvil de Indio vibró. Regresó el tono familiar de Rafa.

—Bueno, ¿y vosotros qué tal? Hace mucho que no veo a tu madre.

Indio sacó el teléfono. Mensaje de Mamá Móvil.

Dale recuerdos a Rafa y

Aprovechó el escribiendo para sacar el paquete de tabaco y un chivato lleno de marihuana.

—Igual que siempre.

—¿Te puedo hacer una pregunta? No te mosquees.

—No me cabreo.

—¿Te habla de mi alguna vez?

—No.

—Claro —Cogió el chivato verde y lo abrió—. Para prevenir el glaucoma.

Volvió la vibración al teléfono de Indio. Mamá Móvil terminó de escribir.

no se la cobres. acuérdate anda porfavor

HAY QUE TENER UN PLAN

thehood

Tata dividía a la gente en cachondas e imbéciles. Esa es una cachonda y su novio un imbécil, soltaba cuando su interlocutor introducía los protagonistas de la conversación o aparecían de improvisto. Manchaba como el fueloil: Lo que te digo, un imbécil y la otra, ya sabes… Aquella tarde les tocó a Sanse y a Ceci representar a la humanidad.

—A ver, lo que pasa es que Sanse no ha trabajado en su puta vida, no me jodas. Si aún vive con los viejos, Indio… Hay que andar más vivo, coño, que no le corre sangre por las venas. Todo el día a mesa puesta, como un Pepe, y aún se queja.

Cruzaron el paso de cebra hacia el bulevar. Tata miraba para todos lados acelerando el paso. No se paró ni a vacilar con la cachonda de ACNUR que los emboscó. Le debía de perseguir Lucky Luciano.

—Habló el de los treinta días cotizados.

—Yo me busco la vida, primo. Me llevo cosas de sitios para llevarlas a otros sitios. Soy como los camiones, los trenes o los barcos. Pero no me cambies de tema, que estamos despellejando a Sanse. Que, ojo, podría partirlo que alucinas, ¿eh? Porque es superlisto, el mamón. Más que tú, Indio, sin ofender. Lo que pasa es que no quiere; es como Guti, que pudo ser el mejor del mundo, pero no le salió del cimbel. No me entra en la cabeza eso, primaco. Tanta carrera, tanta ingeniería, tanta filosofía, para acabar machacándosela con el portátil, lo único que le entretiene, al mono salido, porque hará un par de generaciones que no cata hembra, y yo para las letras no, pero para lo femenino tengo la memoria de mil elefantes, que sería con la Ceci si te descuidas, le dejaría servirse un poco de marisco cuando el instituto, por pena, que a mí chapó, alguien tiene que interesarse por los necesitados y yo ando fuera de cobertura, anda que no se ha ganado el cielo, otra que todo lo que tiene de lista en la azotea lo tiene de pringada en el sótano; mira, pues la Ceci no es una cachonda, al menos no todo el rato, que eres un hablador, pero el maromo es imbécil al corte, no tiene ni dónde caerse muerto y viene y se lleva una de las perlas del barrio, vamos hombre, no me jodas, por las pocas que podíamos inflar un poco el pecho, coño, que yo cuando la veo vestida de Ally McBeal, con sus taconcitos, tipi tipi, su maletín y conduciendo el Bemeuvito se me saltan las putas lágrimas, fuera bromas, y le alabo el gusto, aquí todo son habladurías, ya sabes; se van siempre los mejores, ¿cómo no vas a pirar?, es lo que le pasa a Sanse, si vales y te quedas te hunden los hijos de perra, así somos, funcionamos como un remolino que traga poco a poco, somos las pesas en los tobillos, capaces de ahogar a Michael Phelps si nos ponemos. Llega un momento en el que el barrio solo es bueno para recordarlo y, para eso, hay que largarse; mira a Sanse, venga leer sin parar, que de tanto libro va a dar en loco como el puto Lazarillo de las pelotas y escribiendo unas chapas que no las entiende ni Jesucristo, eso solo funciona más allá de las vías, lo sabe cualquiera, hay que tener un plan, que se alquile un pisito bien lejos, aunque, claro, para eso tiene que trabajar, que habrá que verlo por un agujero en el curro, o que haga como la Tamara, que se ha ido con los ingleses y los ha puesto firmes, por algo será, a ver si ahora van a ser tontos los ingleses, primos hermanos de los americanos que dominan el mundo, ¡zas!, otra cremitas que nos han sisado; una cosa te digo: si tengo yo ese coco, aquí iba a estar, no te jode, viéndote el puto jerol. Los huevos. Salgo zumbando para algún país panchito, que allí a los extranjeros los tratan de puta madre, invento algo que alucinas, la bici que aparque sola, y me voy a Miami con Julio Iglesias a ponerme amarillo de follar, lo primero es lo primero. Plis, mor, guimi mor, oh Tata, yes beibi. Flipas. Y luego vuelvo más rico que Dubai y planto en medio del puto barrio un palacio que se vea desde la estratosfera, cuyas casas, porque tendrá bastantes, formen un inmenso “JODÉOS” que pueda leerse desde el espacio. Dime que no es un buen plan. Lo tengo pensadísimo todo, primo. Solo tiene un fallo: yo.

Tata se detuvo frente al paso de cebra que apuntillaba al bulevar.

—¿Qué haces?

—A partir de aquí no puedo pasar. Que me matan.

PINTURA DE CAMUFLAJE

camaleón

Sanse arrancó de nuevo el Cinquecento de su primo. Trazó eses afiladas de grupo jevi y se detuvo al rebasar la última farola. Indio bajó la ventanilla para liberar la humareda.

—Vaya ruina.

El copiloto le ignoró.

—Bueno, ni tan mal. Venga, ahora al revés. Mueve esa mano, que la tienes de palo.

—¿Marcha atrás dices? Ni de coña, ¿y si me quedo embarazada? Me cago en todo, ¿por qué me llevo tan mal con las máquinas? Parece que solo funcionaran tras notar la aspereza de años de trabajo manual y, cuando las cojo, detectaran que las mías no tienen callos y se negaran a trabajar, las hijas de puta.

—Chico, qué exagerado, los ordenadores se te dan bien.

—No, en serio, tron —Sanse apagó el contacto y volvió el rostro hacia su amigo—. Creo que he vivido sin saber lo que quiero, sin preocuparme por nada más que mis putos tebeos, mis libros y discos; mis basurillas. Soy un hombre de una cultura inmensa, lo he conseguido, hurra por mí; puedo recitarte cronológicamente la filmografía de Ingmar Bergman, conozco el apellido del que llevó los cables en Ben-Hur, a qué colegio fue cualquier fluffer de los setenta. Hostia puta, tengo tres carreras y una memoria prodigiosa para lo irrelevante. Pero te envidio, Indio. A buenas, ¿eh? Y no porque las pongas en fila, eso me la suda. Tú eres resolutivo, práctico: se rompe algo, lo arreglas y a otra cosa. Es lo que hacen los tíos; mi viejo, por ejemplo, tú… A mí hasta cambiar una bombilla me da ansiedad, me paralizo y se me queda cara de subnormal; soy tan torpe que tengo que llamar a un tipo de verdad para que lo haga y, entonces sí, escribo un libro sobre ello. Muy bonito a lo mejor, y con suerte contendrá un par de frases ingeniosas que luego me avergonzarán. Soy anecdótico, tron. Y un farsante. Un tío de cartón piedra.

—Joder —encendió la chusta—; solo llevas dos días trabajando, cinco años sin conducir y tres meses con Lucía. Deberías estar feliz y, sobre todo, más tranquilo.

—No vuelvas a pronunciar esa puta palabra. A ver, te estoy contando que no sé ni por dónde me da el aire y me respondes como un conocido en un paso de cebra. ¿Y si se dan cuenta en el trabajo de que no soy como ellos, que no sé hacer nada? Por lo que veo, Lucía es otra inútil como yo, ¿qué pasará cuando me pida que le arregle la cisterna del váter o un puto radiador? Se van a dar cuenta. Tengo miedo, Indio. Auténtico pavor a que me descubran y todo se vaya a la mierda, a que en el curro no me acepten… O peor: ¿y si a Lucía, como a las putas máquinas, se le antojan de repente las manos ásperas? De momento —golpeó el volante—, este italiano cabrón ya me ha pillado.

REYES

reyes

Ceci giró sobre sí misma.

—Hala, qué chulo.

—Mi autorregalo. Del Mango de gordas; la más pequeña, eso sí. No sé, igual lo cambio.

—Te queda fenomenal, yo me lo quedaba.

—Si me agacho se me ve hasta el pensamiento.

—Pues no te agaches. Queremos sopas y sorber… —Tamara alcanzó un paquete envuelto en papel de periódico—. Mira, para cuando llegaron a casa de Sanse sus majestades ya no tenían ni para pipas.

Sanse se recolocó sus enormes gafas de concha.

—Perdona, a mi casa vienen siempre los primeros, que yo soy muy monárquico para ciertas cosas; Burger King para comer, Royal Crown para fumar y King Size para amar —cogió su maqueta del Enola Gay escala uno setenta y dos—. Esto va a ser difícil de igualar.

Tamara rompió los titulares cruzados.

Oráculo manual y arte de prudencia. ¿Qué insinúas? Me encanta— Le besó en la mejilla.

—Eres demasiado buena para este planeta, Tamara. Se lo iba a regalar a Indio, pero vino al mundo con uno debajo del brazo. No cambies nunca.

—Gilipollas.

Ceci arrancó la etiqueta del vestido y se sentó en el hueco libre del tresillo.

—Mira cómo se sube. Su puta madre. ¿Y este qué? —alzó la voz— ¿Necesitas ayuda?

En la habitación contigua Indio se colocaba la americana gris. Salió al salón.

—Bueno, Rodolfo Valentino —Sanse silbó.

—No me veo yo con esto.

—Indio macho, si has nacido para llevar traje —dijo Ceci.

—Ya lo creo, Indio Evolution.

—Además, esto tiene que costar un pastizal.

—Es un regalo tripartito, no busques que no hay más —Tamara sonrió.

Indio frunció el ceño.

—¿Tú también?

Sanse encogió los hombros.

—Estas son las perpetradoras intelectuales; solo soy autor material, un tercio de responsabilidad. Yo, si fuera tú, no se lo perdonaba nunca.

—Es que eres muy difícil de regalar; no lees, no escuchas música, los deportivos son muy caros. Y hierba, me niego.

—Yo te quería cortar la coleta, que me pone negra.

Indio la sujetó como si fuera a desaparecer solo con mencionarlo.

—Ni de coña. ¿Desde cuándo fumas, Tamara? No te sienta bien Londres a ti.

Sanse rio.

—Ahí lleva razón, mira el rosáceo que te está saliendo en las mejillas. Ya casi has completado la transformación en cerdita Peggy. De belleza ibera a celta feúcha en cuatro años de té y fish and chips. Es que lo arruinan todo.

—Frena, guapo, que te meto el avión por el culo.

—Uf, pero igual de brava.

—Oye Indio —Ceci se levantó del sofá y se bajó el vestido—, ¿puedes darme el chándal? Solo un momento.

Dudó.

—¿Para qué?

—Tú déjamelo.

Indio volvió con él y se lo ofreció a Ceci. Esta abrió la ventana y lo arrojó. Sanse se congeló.

—Era de Adidas.

Sanse volvió a la vida rápidamente.

—De Adidas dice el señor de los bazares, el Indochino.

Tamara, boquiabierta, comenzó a aplaudir.

—Sí señora. El puto chándal de los huevos. Y no se lo ha tomado ni tan mal. Cierra, anda, que hace mucho frío.

—¿Cuándo os vais? —preguntó Indio.

—Pasado mañana.

—¿Hasta cuándo?

Ceci y Tamara se miraron de reojo.

—Eso ya…

Indió sacó el teléfono y marcó el número del mejor restaurante de la ciudad.

—Hala, pues ya está mi regalo. Pero si yo voy así disfrazado vamos todos de gala, ¿eh? Tu ya tienes el vestido, Ceci.

—Es que se sube.

—Voy a cambiarme ahora mismo.

—¿Y yo? Me podíais haber regalado el traje a mí, perras. A ver, ¿qué me pongo? Tengo esta —Sanse señaló su camiseta de Evil Dead—, la de Cannibal Corpse o la de Hellraiser.

MATAR AL INDIO

calaveraindia

—Mí cerveza querer. Rostro pálido gustar, ¡ñam, ñam!

—Dios, qué original.

Indio se percató de que apenas quedaban plumas en el penacho de jefe de la tribu; se lo había quitado porque le picaban la nuca y la frente. A los pocos segundos de abrir el plástico, ya se cayeron la mitad al suelo del salón y de camino al Elepé perdió otras tantas.

—Gracias por venir. No te esperaba.

—Todos los días no se ganan premios importantes, Ariadna Monroe.

El vestido blanco de la película aquella, el corte de pelo y el maquillaje clavados, pero a Indio le sobrevino el rostro sin vida de la actriz, la foto famosa en blanco y negro. Ni los retratos de Warhol, ni una taza ni una whopper. Ariadna dirigía un programa de sátira que se había convertido en un fenómeno televisivo. Lo hacía todo; escribía los guiones y encarnaba a Blonde D’Ebote, la ingenua corrosiva que ajusticiaba personajes relevantes de la actualidad política con preguntas-bomba. Lo de Mejor programa de entretenimiento no hacía honor ni a la peor de sus líneas. Un cerebrito, Ari, además de una impecable gestora de fiestas. La escasa luz del local iluminaba a los asistentes distribuidos en corros. Drácula, Iron Man, un zombi y María Antonieta charlaban en uno cercano.

—Antes de nada, ya sé que me he puesto el lunar a la derecha, me acabo de dar cuenta. Pide lo que quieras. Aún falta mucha gente.

Escucharon un «enhorabuena» a su espalda. Ari se dio la vuelta y cosió a besos a Frankenstein. Indio aprovechó para ir al baño; preveía una velada aburrida, una pizca de anestesia no venía mal para soportar a tanto desconocido. Abrió la puerta y se introdujo en el cubículo. Dispuso una pequeña línea sobre la reluciente cisterna.

—Así que te follas a Ari.

Indio aspiró la coca y corrió el pestillo; dislexia súbita. Debía de ser el tal Manu, su amigo de toda la vida y amante durante las estaciones secas. Ella hablaba mucho de Don Perfecto; comprensivo, inteligente, puntal firme cuando murió su padre; compañero de viaje, le llamaba en plan cursi. Tras las esporádicas loas, Indio dudaba entre casarse con semejante sensei de la vida o emprender una campaña por la conservación de un ejemplar único, destinado al formol bajo el epígrafe «os lo perdisteis». Revisó su caño en el espejo, suspiró y se puso la escafandra para transitar la cruz de la luna, imperceptible a la mirada benévola de Ari. Llegó el cruce de cables, era inevitable. El Cantar de Mío Mimosín de Ariadna le había distraído; se lo creyó, cosas del amor. Y así andaba Indio; la barricada construida a medias, sin estrategia defensiva y con Míster Hyde montando guardia tras una miserable puerta de aglomerado. Y la otra puerta, la de salida, muy lejos.

—Abre, anda. Y ponme una.

Un sonido metálico acompañaba los cortos pasos del supuesto Manu.

—Es el de chicas. Y está lleno.

—Que te quede clara una cosita: aunque ya no esté con ella, Ari me importa mucho, ¿te enteras? Es mi amor desde la escuela, el primero; seguro que me comprendes.

—Me pierdo con las telenovelas, demasiados personajes.

—Ni se te ocurra joderla ni meterla en ninguna historieta, que ya sé de qué palo vas tú; de oca en oca, que te conozco.

—De oídas.

—Salió el listillo. Bueno, resumiendo: si le pasa algo a Ari, te meto dos tiros, payaso. ¡Ah!, y mudito te quiero, nene.

El tipo dio un golpecito en la puerta y volvió a la fiesta. Indio esperó un par de minutos antes de salir. Nada más verle, Ari Monroe interrumpió su conversación con Lara Croft y Miércoles; le hizo señas para que se acercara. Ambas le comunicaron las ganas que tenían de conocerle.

—Mira, ahí está Manu. Este a lo suyo, le digo que venga y ni puto caso. Otro sin imaginación; cómo son los maderos.

Entonces observó las espuelas de las botas, el pañuelo al cuello, el sombrero calado hasta las cejas, la barba de semana, la cartuchera del revólver, las puntas de la estrella de sheriff. Manu le miraba fijamente. A Indio solo se le ocurrió levantar la mano:

—Jao.

EL MUÑECO DEL GTA

hiundai

Tata sacó el teléfono del bolsillo trasero de su bañador David Beckham Swimwear por enésima vez; cubrió la pantalla con las manos para comprobar la hora, volvió a guardarlo y se ajustó el collarín. A pesar de la calorina, el ajetreo en el centro comercial no cesaba; las hormiguitas atravesaban el aparcamiento con sus cáscaras de pipa a cuestas. Los propietarios del todoterreno que servía de pared a Tata e Indio, una pareja joven, se habían montado muy en silencio, cortando su conversación acerca de una cena en el pueblo; salieron del parking a la velocidad de la luz. Los dos amigos intercambiaron vicios; chiflo por lata de Monster.

—Es que espantas con esta grifa. Ya te vale… ¿Por qué no quedaste dentro del Media Market? Por lo menos tienen fresquito —Tata arrojó la chusta y la pisoteó concienzudamente—. Este no viene, te lo digo yo.

El comentario de Tata, avalado por tres cuartos de hora de espera al sol, amenazaba con ser verdad. Él estaba tan tranquilo, dentro de las circunstancias; ignoraba que, si el ausente no llegaba, podía despedirse de la segunda tanda de dientes que le habían colocado los alumnos de una FP. Indio no descartaba daños colaterales en la ferretería familiar a cargo de su hermano Tatín, su fotocopia cinco años menor. Igual de chanchullero y buscavidas, pero en listo; Tatín tenía una mujer inteligente, guapa y con pasta, había heredado el negocio pese a ser el pequeño y preveía expandirlo por la provincia. Además, era buena persona, siempre visitaba al Tata en la cárcel; «si yo estoy aquí, Indio –le dijo una vez–, es por mi hermano. Por su estupidez. Si llega a ser un poco espabilado, yo no tengo ese coche ni a Vanesa ni este negocio ni nada. Así que doy gracias a Dios todas las mañanas por darme un hermano tan subnormal. Estoy en deuda con él, ¿cómo no le voy a ayudar?».

Cuando el Hyundai Coupe blanco apareció, Indio sintió gran alivio; aunque no acostumbraba a combinarlas, el Moli tenía palabra. Se bajó del vehículo sin apagar el contacto y se plantó enfrente de la pareja. Parecía un muñeco del GTA. Pero sin armas.

—A ver, Tata, a lo que estamos —dijo Indio.

Tata se sacó un sobre de los huevos.

—Moli, lo siento. He vendido todos los cacharros, pero te doy lo que…

—Calla, mierda. Que eres un mierda —Moli le arrebató el sobre.

—¿Ves? —dijo Indio—, todo tiene solución. Quitas algo, lo repones y listo. Fácil.

Aquel día Moli estaba parlanchín.

—Mira, te voy a contar algo. Yo tenía un balón precioso, un Questra que iba como un cohete, el oficial, un bollito riquísimo… Todos jugábamos con él; en los recreos, después de clase…, ¿verdad, Indio?

Indio asintió.

—Es decir, no me importaba dejarlo allí para el disfrute de todos, aunque yo no estuviera. No iba mucho a clase. Pero un día alguien lo coló en el edificio de al lado; no fue a buscarlo inmediatamente y, claro, ¿qué crees que pasó?

Tata se encogió de hombros. Moli reanudó su sermón.

—Pues que desapareció. Alguien se lo llevó, como es lógico. No me quedó más remedio que investigar quién lo había colado para pedirle los mil duros que costaba. Y me los dio, claro está. Pero no fue suficiente. Porque el Questra tenía valor sentimental. Es decir, el dinero estaba bien; me permitía comprar otro. Pero la cuestión era que la pasta no arreglaba lo que sentía por mi Questra: el dinero no restaura los sentimientos. Así que le reventé de todas formas. Vas pillando, ¿no?

—Te lo juro por mi sobrina, no te robo más.

—Me das pena —dijo Moli con cara de asco.

Después de que Moli se esfumara, Tata se santiguó; también se desabrochó el collarín y se lo lanzó a Indio.

—Hostia, ¡qué puto calor da eso! Gracias, primo. No llevarás cinco pavos…

Indio hurgó en su bolsillo. Le dio un par de euros.

—Eres dios.