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UNA FOTO

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Tamara la encontró en una carpeta creada el miércoles 3 de enero de 2013. Antes de venir a Inglaterra. Recordaba perfectamente lo que hizo aquella semana; papeles para el nuevo trabajo, despedirse de sus padres, de los amigos, visitar el cementerio para contárselo a su abuela, que se murió sin verla colocada, quedar con Indio para decirle que se iba y follar con él por última vez.

Amplió la imagen escaneada de la original. Año 2000 más o menos, Indio aún no llevaba coleta. Los cinco hacinados en el banco de madera de la plazuela. Indio, Tata, Sanse, Ceci y ella. Aunque la imagen mostraba la plaza del barrio, su mente se empeñaba en transportarla a sitios que no aparecían encuadrados. De repente se encontraba en su trastero, desnuda, Indio frente a ella, tembloroso, admirando su cuerpo escuálido y desvaído, a medio hacer.

La polaca llegó a casa. Es viernes y me dirá de ir tomar algo, pensó Tamara. Tenía ganas de salir, pero la foto se había interpuesto entre ella y su voluntad. La había anulado. Fue un golpe a traición. Pero, ¿de quién? ¿Por qué se había puesto a revisar el disco duro? Necesitaba saber que todos los megabytes estaban debidamente ubicados. ¡Tantas manías! Si no fuera tan ordenada no la hubiese encontrado y ahora no dudaría ante la proposición de la polaca; le diría que sí, claro, que era viernes y había que salir, quedar con los del trabajo, tomar unas pintas, ir a una discoteca, bailar canciones en español, huir de los del trabajo, juntarse con desconocidos, acostarse con uno quizás, ahora era atractiva, nunca más escuálida. Escuchó los pasos de la polaca en el pasillo, puertas de armarios que se abrían y cerraban. Se le pasó por la cabeza que a lo mejor deseaba ver la foto. Le aterraba el hecho de que, inconscientemente, hubiera llegado a conectar el aparato a la corriente, enchufar el cable a su portátil para bucear hasta el archivo. No había nada que ordenar; Vacaciones Turquía, Currículum, Renta, Temarios Oposiciones; todo seguía en su sitio. No se acostumbraba a la ensoñación en la que vivía; Indio aparecía en el metro a veces, cuando sus párpados caían; casi podía notar cómo el aire caliente del verano recorría el vagón directo a su rostro; una moto que nunca le gustó mucho. Otras veces ocurría durante una reunión soporífera. El aburrimiento y la somnolencia invocaban su imagen, fue su diagnóstico ¿Por qué ahora? Tengo una red de conocidos estable y espacio para mis cosas. ¿Qué son mis cosas? Tengo que distraerme. ¿De qué? Ya voy al gimnasio, colaboro dando clases de alfabetización en una oenegé, leo, estoy al corriente de la actualidad de mis dos países, el natal y el de residencia. Sobrevivo más o menos de acuerdo a mis principios morales e ideológicos. Soy feliz, hago lo que quiero. ¿Por qué vuelve para complicarlo todo? ¿Era aquello lo que popularmente se conocía como dejar una profunda huella?  ¿Sabrá él del cambio? ¿Era consciente de que ella limó -casi eliminó- su arrogancia y soberbia? Lo mejoró para que lo disfrutaran otras; aportó algo bueno a la sociedad.

La polaca abrió la puerta después de llamar un par de veces. Ya se había puesto el pijama.

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A Jean Pierre le jodía mucho no tener pelo en el pecho. «En Mali, a las mujeres les encantan los hombres como tú», le había contado a Indio al tiempo que trataba de levantarle la camiseta. Jean Pierre vivía obsesionado con su ausencia de vello y, en el curro putrefacto de ETT donde coincidió con Indio, su presencia fue un regalo de los dioses de la precariedad a sus hijos más avanzados. Le hicieron ir a la farmacia a por Semen de Choto, la clave de los frondosos pectorales ibéricos. «A nosotros tampoco nos salía como ahora, no te creas; para tener una buena mata te tienes que untar bien, después de las comidas y al acostarte». Txarly, un desterrado de Bilbao, conectó los cables de la bomba; el bar donde sacar la conversación, la farmacéutica adecuada, el establecimiento acristalado con visibilidad óptima.

Cuando doña Margarita le encargó la misión de buscar dos «caballeros solventes y con estilo», Indio no dudó en exhumar su agenda. Jean Pierre, tieso, vendiendo mierdas por las terrazas del mundo; no dijo que no, no dijo que sí, pero fichado. El ángulo faltante lo encarnó Miguel, un rumano yonqui del crossfit que en realidad se llamaba Mihai, pero al que toda su fábrica llamaba Chauchescu.

En un eterno coto manchego, Doña Margarita holgaba acompañada. La escoltaban Frau Sigrid, un cíborg de silicona de casi dos metros y Miss Williamsson, que se parecía a todas las reinas de Inglaterra a la vez. Entre los tres deneís, dos siglos. Allí quemaban días siameses; al alba se vestían de doctor Livingstone y no dejaban perdiz viva; después de comer charlaban sobre negocios y familia -que venía a ser lo mismo- hasta la cena. Luego empezaban los juegos.

Son ustedes unos desalmados que han irrumpido en la residencia veraniega de tres amigas con la intención de robar una valiosa joya. Las mujeres permanecen ocultas en algún lugar de la casa y solo una conoce dónde se esconde el tesoro. Ganarán el juego si consiguen la joya antes de que finalice la hora y media que tarda la policía en llegar a la villa. Si eso ocurre, serán gratificados convenientemente. Si pierden, no podrán hablar durante lo que resta de estancia. Como ven, tienen los atuendos y todo lo que necesitarán para triunfar. Kevin, usted será Equis, el jefe del grupo. Otelo será Ípsilon y Roman, Omega. Solo podrán referirse a sí mismos con esos nombres. En caso contrario, perderán. El juego comenzará cuando se apaguen las luces y terminará cuando la corriente vuelva. No se anden con remilgos a la hora de sonsacar información. ¡Recuerden que son unos desalmados! Hagan lo propio; la verosimilitud es un gran afrodisíaco.

Indio reconoció la letra redonda, juvenil, de doña Margarita. Sobre la mesa se desplegaba el equipo de cada uno junto a un cartel con su nombre en clave; un disfraz de caco, una linterna y un maletín que ponía «No abrir hasta que la luz se apague».

Equis ordenó dividirse y cada uno buscó por un rincón de la casa. Dentro del armario de uno de los dormitorios se escondía doña Margarita. Se puso a gritar como una loca cuando Indio la sacó de los pelos. Ofrecía más resistencia de la esperable; aun así, doña Margarita simuló paralizarse por el miedo para que a Indio le diera tiempo de buscar, dentro del maletín, unas cuerdas y una mordaza que se habían enredado entre tubos de lubricante, bolsitas de polvo blanco y vibradores variados. Los gritos resonaban fuera de la habitación. Doña Margarita afirmaba no saber el paradero de la joya.

Se encendieron las luces. En el vestíbulo, Miguel e Indio se quitaban el disfraz. Apareció Jean Pierre al poco, pletórico. Les enseñó un sanguinolento diente dorado. «Hemos ganado», dijo. Después abrió su maletín y colocó los alicates en el lugar correspondiente junto al resto de herramientas.

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ASFALTO FÉRTIL

carretilla

—Voy a toda hostia por el asfalto fértil, donde crecen los Mercedes.

Se incorporó un poco para escupir en una palangana pantanosa. Luego se recostó mirando al techo de nuevo. Llevaba una semana sin salir de casa porque le habían echado del curro. Batió su marca personal: 15 días. Lo poco que ganó, o bien navegaba orgánico, viscoso, por la palangana o se derramó por sus piernas en algún momento del fin de semana. Aquel sueldo viviría para siempre en su chaise longue y alfombra. Indio había abierto las ventanas, pero el hedor le había cogido cariño. Aquello era mucho peor que cuando la Ceci y la Tamara lo lavaron en la bañera; la vez del Descendimiento.

—Noto que la máquina culea del pretón que le he metido, casi me salgo por un lateral. Me coloco delante de la hilera de carracos aparcados en batería. Hay muchos SUV; ya sabes, Indio, que ahora se llevan mucho, para matarse menos. Y también berlinazas de ministro. Guapísimos, unos tanques que alucinas, ochenta el más barato. De ahí para arriba. Ojo, que hay un Rolls que vale varias de nuestras vidas. Pues eso, que me pongo con las uñas mirándolos fijamente, en perpendicular. Voy en gayumbos nada más, descalzo, aunque el día es gris y hace frío. Estoy en perfecta comunión con el medio, ¿me entiendes?, la máquina y yo somos uno. Entonces respiro profundamente y me enciendo una buena estaca de guaigüi. Piso poco a poco el acelerador, quiero ver como las uñas se hincan lentamente en la puerta del conductor. La chapa comienza a crujir y retorcerse, las ventanillas se resquebrajan, sale líquido de las tripas del cacharro, sangra el Mercedes de los huevos ¿entiendes? Se arma un follón de cojones; el de la garita se lleva las manos a la cabeza, los airbags saltan, ¡fum!, ¡fum! Buenísimo, primo.  Por las ventanas de las oficinas comienzan a asomar las caritas del personal; seguro que piensan que soy del puto ISIS o algo así, pero más chungo aún, sin pijama negro, un terrorista en pernetas. No entienden lo que está pasando y me encanta. No se puede explicar con palabras, Indio. Se me aparecen los momentos más felices; el nacimiento de mi sobrina, cuando me echaron de las monjas, con la Yoli a solas, cuando llevé a mi madre a ver el mar. Son como fotos que se superponen unas a otras y se mezclan. Y acelero y levanto las uñas y le doy la vuelta al Mercedes, y lo aparto, y a por el siguiente. Y es la vieja, de repente, Indio, y va de la mano de la Yoli (cañón con ropa como de boda y el carmín moruno aquel que se ponía), y lleva a mi sobrina también de la mano. Aparecen sobre el salpicadero, pequeñitas, como en Cariño, he encogido a los niños. Pues eso, que me crezco muchísimo, primo. Ya sabes, estas cosas te tocan la patata. Empiezo a llorar de alegría y echo más humo que la chimenea de la máquina. Y ellas se ríen y empiezan a bailar Paquito el Chocolatero; mi madre en zapatillas de casa, como en el pueblo, la Yoli se arremanga el vestido y empieza como la Lola Flores, mi sobrina zascandilea por ahí, moviendo los brazos a ritmo de las trompetas. ¡Hostia, Indio! ¡Soy tan feliz! Acelero más aún y los putos carros estallan. Tiririririririiri, ¡eh!, ¡eh!, ¡eh! Y van las tres ahí, en cadeneta; tres generaciones de mujeres que me dicen a la vez: «Tata, reviéntalos».

PORTARSE

macetas

En una esquina del salón se agolpaban varias macetas con plantas coloridas. Indio no las recordaba. Tampoco recordaba la última vez que estuvo en casa de Rafa.

Rafa era profesor de universidad, pero buen tío. La madre de Indio trabajó muchos años limpiando y cocinando en aquel piso. Siempre decía lo mismo: «Rafa se portó muy bien con nosotros».

Gloria se despidió. Iba a la escuela de idiomas. Indio la siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró. Rafa esperó a que el sonido del ascensor se apagara.

—Yo tampoco lo entiendo —dijo—. Y me da igual, no voy a buscar explicaciones. Se ha empeñado en vivir aquí. Conmigo. Tiene veinte años y ha decidido compartir su tiempo con un carcamal que odia salir, que ya no quiere viajar, que no le caen bien los hombres ni las mujeres, ni los negros ni los blancos ni amarillos; feo, gordo, calvo, al que nadie quiere arrimarse. Le he dicho que se vaya. No quiere. Ni yo tampoco; pero mi obligación es decírselo.

Rafa enmudeció unos segundos y volvió la cabeza hacia los tiestos.

—¿Sabes lo que hice yo con veinte años?

Indio se encogió de hombros.

—Alquilé un coche con mis amigos y nos fuimos al extranjero. Hambrientos de mundo, de Europa. Queríamos conocer aquel misterio que nos esperaba desde Grecia y Roma. Estaba ahí para nosotros. Como si sus más de dos mil años de historia solo fueran un trámite para que la recorriéramos. Fuimos a Francia, Alemania y Dinamarca. Follamos lo que nos dejaron, bebimos lo que pudimos y, cuando jodimos las perras, volvimos. No es mucho, Miguel Ángel esculpió la Piedad con veintitrés. Ahora no quiere marcharse a Irlanda a currar en verano. Yo le repito que eso es porque aún no le ha entrado el hambre, pero que el hambre llegará porque es ley de vida. Y hay que aceptarlo. Estoy preparado; no te puedes comprar un león de melena preciosa y exigirle que no coma. Sería injusto y cruel; a mí nadie me mandó a la jaula. La verdad es que me basta con verla pasearse por aquí, regar las plantas, lavarse los dientes, oler la estela del perfume por el pasillo. Ya sé lo que dicen, ni te voy a preguntar.

—Mejor.

El móvil de Indio vibró. Regresó el tono familiar de Rafa.

—Bueno, ¿y vosotros qué tal? Hace mucho que no veo a tu madre.

Indio sacó el teléfono. Mensaje de Mamá Móvil.

Dale recuerdos a Rafa y

Aprovechó el escribiendo para sacar el paquete de tabaco y un chivato lleno de marihuana.

—Igual que siempre.

—¿Te puedo hacer una pregunta? No te mosquees.

—No me cabreo.

—¿Te habla de mi alguna vez?

—No.

—Claro —Cogió el chivato verde y lo abrió—. Para prevenir el glaucoma.

Volvió la vibración al teléfono de Indio. Mamá Móvil terminó de escribir.

no se la cobres. acuérdate anda porfavor

HAY QUE TENER UN PLAN

thehood

Tata dividía a la gente en cachondas e imbéciles. Esa es una cachonda y su novio un imbécil, soltaba cuando su interlocutor introducía los protagonistas de la conversación o aparecían de improvisto. Manchaba como el fueloil: Lo que te digo, un imbécil y la otra, ya sabes… Aquella tarde les tocó a Sanse y a Ceci representar a la humanidad.

—A ver, lo que pasa es que Sanse no ha trabajado en su puta vida, no me jodas. Si aún vive con los viejos, Indio… Hay que andar más vivo, coño, que no le corre sangre por las venas. Todo el día a mesa puesta, como un Pepe, y aún se queja.

Cruzaron el paso de cebra hacia el bulevar. Tata miraba para todos lados acelerando el paso. No se paró ni a vacilar con la cachonda de ACNUR que los emboscó. Le debía de perseguir Lucky Luciano.

—Habló el de los treinta días cotizados.

—Yo me busco la vida, primo. Me llevo cosas de sitios para llevarlas a otros sitios. Soy como los camiones, los trenes o los barcos. Pero no me cambies de tema, que estamos despellejando a Sanse. Que, ojo, podría partirlo que alucinas, ¿eh? Porque es superlisto, el mamón. Más que tú, Indio, sin ofender. Lo que pasa es que no quiere; es como Guti, que pudo ser el mejor del mundo, pero no le salió del cimbel. No me entra en la cabeza eso, primaco. Tanta carrera, tanta ingeniería, tanta filosofía, para acabar machacándosela con el portátil, lo único que le entretiene, al mono salido, porque hará un par de generaciones que no cata hembra, y yo para las letras no, pero para lo femenino tengo la memoria de mil elefantes, que sería con la Ceci si te descuidas, le dejaría servirse un poco de marisco cuando el instituto, por pena, que a mí chapó, alguien tiene que interesarse por los necesitados y yo ando fuera de cobertura, anda que no se ha ganado el cielo, otra que todo lo que tiene de lista en la azotea lo tiene de pringada en el sótano; mira, pues la Ceci no es una cachonda, al menos no todo el rato, que eres un hablador, pero el maromo es imbécil al corte, no tiene ni dónde caerse muerto y viene y se lleva una de las perlas del barrio, vamos hombre, no me jodas, por las pocas que podíamos inflar un poco el pecho, coño, que yo cuando la veo vestida de Ally McBeal, con sus taconcitos, tipi tipi, su maletín y conduciendo el Bemeuvito se me saltan las putas lágrimas, fuera bromas, y le alabo el gusto, aquí todo son habladurías, ya sabes; se van siempre los mejores, ¿cómo no vas a pirar?, es lo que le pasa a Sanse, si vales y te quedas te hunden los hijos de perra, así somos, funcionamos como un remolino que traga poco a poco, somos las pesas en los tobillos, capaces de ahogar a Michael Phelps si nos ponemos. Llega un momento en el que el barrio solo es bueno para recordarlo y, para eso, hay que largarse; mira a Sanse, venga leer sin parar, que de tanto libro va a dar en loco como el puto Lazarillo de las pelotas y escribiendo unas chapas que no las entiende ni Jesucristo, eso solo funciona más allá de las vías, lo sabe cualquiera, hay que tener un plan, que se alquile un pisito bien lejos, aunque, claro, para eso tiene que trabajar, que habrá que verlo por un agujero en el curro, o que haga como la Tamara, que se ha ido con los ingleses y los ha puesto firmes, por algo será, a ver si ahora van a ser tontos los ingleses, primos hermanos de los americanos que dominan el mundo, ¡zas!, otra cremitas que nos han sisado; una cosa te digo: si tengo yo ese coco, aquí iba a estar, no te jode, viéndote el puto jerol. Los huevos. Salgo zumbando para algún país panchito, que allí a los extranjeros los tratan de puta madre, invento algo que alucinas, la bici que aparque sola, y me voy a Miami con Julio Iglesias a ponerme amarillo de follar, lo primero es lo primero. Plis, mor, guimi mor, oh Tata, yes beibi. Flipas. Y luego vuelvo más rico que Dubai y planto en medio del puto barrio un palacio que se vea desde la estratosfera, cuyas casas, porque tendrá bastantes, formen un inmenso “JODÉOS” que pueda leerse desde el espacio. Dime que no es un buen plan. Lo tengo pensadísimo todo, primo. Solo tiene un fallo: yo.

Tata se detuvo frente al paso de cebra que apuntillaba al bulevar.

—¿Qué haces?

—A partir de aquí no puedo pasar. Que me matan.

PINTURA DE CAMUFLAJE

camaleón

Sanse arrancó de nuevo el Cinquecento de su primo. Trazó eses afiladas de grupo jevi y se detuvo al rebasar la última farola. Indio bajó la ventanilla para liberar la humareda.

—Vaya ruina.

El copiloto le ignoró.

—Bueno, ni tan mal. Venga, ahora al revés. Mueve esa mano, que la tienes de palo.

—¿Marcha atrás dices? Ni de coña, ¿y si me quedo embarazada? Me cago en todo, ¿por qué me llevo tan mal con las máquinas? Parece que solo funcionaran tras notar la aspereza de años de trabajo manual y, cuando las cojo, detectaran que las mías no tienen callos y se negaran a trabajar, las hijas de puta.

—Chico, qué exagerado, los ordenadores se te dan bien.

—No, en serio, tron —Sanse apagó el contacto y volvió el rostro hacia su amigo—. Creo que he vivido sin saber lo que quiero, sin preocuparme por nada más que mis putos tebeos, mis libros y discos; mis basurillas. Soy un hombre de una cultura inmensa, lo he conseguido, hurra por mí; puedo recitarte cronológicamente la filmografía de Ingmar Bergman, conozco el apellido del que llevó los cables en Ben-Hur, a qué colegio fue cualquier fluffer de los setenta. Hostia puta, tengo tres carreras y una memoria prodigiosa para lo irrelevante. Pero te envidio, Indio. A buenas, ¿eh? Y no porque las pongas en fila, eso me la suda. Tú eres resolutivo, práctico: se rompe algo, lo arreglas y a otra cosa. Es lo que hacen los tíos; mi viejo, por ejemplo, tú… A mí hasta cambiar una bombilla me da ansiedad, me paralizo y se me queda cara de subnormal; soy tan torpe que tengo que llamar a un tipo de verdad para que lo haga y, entonces sí, escribo un libro sobre ello. Muy bonito a lo mejor, y con suerte contendrá un par de frases ingeniosas que luego me avergonzarán. Soy anecdótico, tron. Y un farsante. Un tío de cartón piedra.

—Joder —encendió la chusta—; solo llevas dos días trabajando, cinco años sin conducir y tres meses con Lucía. Deberías estar feliz y, sobre todo, más tranquilo.

—No vuelvas a pronunciar esa puta palabra. A ver, te estoy contando que no sé ni por dónde me da el aire y me respondes como un conocido en un paso de cebra. ¿Y si se dan cuenta en el trabajo de que no soy como ellos, que no sé hacer nada? Por lo que veo, Lucía es otra inútil como yo, ¿qué pasará cuando me pida que le arregle la cisterna del váter o un puto radiador? Se van a dar cuenta. Tengo miedo, Indio. Auténtico pavor a que me descubran y todo se vaya a la mierda, a que en el curro no me acepten… O peor: ¿y si a Lucía, como a las putas máquinas, se le antojan de repente las manos ásperas? De momento —golpeó el volante—, este italiano cabrón ya me ha pillado.

REYES

reyes

Ceci giró sobre sí misma.

—Hala, qué chulo.

—Mi autorregalo. Del Mango de gordas; la más pequeña, eso sí. No sé, igual lo cambio.

—Te queda fenomenal, yo me lo quedaba.

—Si me agacho se me ve hasta el pensamiento.

—Pues no te agaches. Queremos sopas y sorber… —Tamara alcanzó un paquete envuelto en papel de periódico—. Mira, para cuando llegaron a casa de Sanse sus majestades ya no tenían ni para pipas.

Sanse se recolocó sus enormes gafas de concha.

—Perdona, a mi casa vienen siempre los primeros, que yo soy muy monárquico para ciertas cosas; Burger King para comer, Royal Crown para fumar y King Size para amar —cogió su maqueta del Enola Gay escala uno setenta y dos—. Esto va a ser difícil de igualar.

Tamara rompió los titulares cruzados.

Oráculo manual y arte de prudencia. ¿Qué insinúas? Me encanta— Le besó en la mejilla.

—Eres demasiado buena para este planeta, Tamara. Se lo iba a regalar a Indio, pero vino al mundo con uno debajo del brazo. No cambies nunca.

—Gilipollas.

Ceci arrancó la etiqueta del vestido y se sentó en el hueco libre del tresillo.

—Mira cómo se sube. Su puta madre. ¿Y este qué? —alzó la voz— ¿Necesitas ayuda?

En la habitación contigua Indio se colocaba la americana gris. Salió al salón.

—Bueno, Rodolfo Valentino —Sanse silbó.

—No me veo yo con esto.

—Indio macho, si has nacido para llevar traje —dijo Ceci.

—Ya lo creo, Indio Evolution.

—Además, esto tiene que costar un pastizal.

—Es un regalo tripartito, no busques que no hay más —Tamara sonrió.

Indio frunció el ceño.

—¿Tú también?

Sanse encogió los hombros.

—Estas son las perpetradoras intelectuales; solo soy autor material, un tercio de responsabilidad. Yo, si fuera tú, no se lo perdonaba nunca.

—Es que eres muy difícil de regalar; no lees, no escuchas música, los deportivos son muy caros. Y hierba, me niego.

—Yo te quería cortar la coleta, que me pone negra.

Indio la sujetó como si fuera a desaparecer solo con mencionarlo.

—Ni de coña. ¿Desde cuándo fumas, Tamara? No te sienta bien Londres a ti.

Sanse rio.

—Ahí lleva razón, mira el rosáceo que te está saliendo en las mejillas. Ya casi has completado la transformación en cerdita Peggy. De belleza ibera a celta feúcha en cuatro años de té y fish and chips. Es que lo arruinan todo.

—Frena, guapo, que te meto el avión por el culo.

—Uf, pero igual de brava.

—Oye Indio —Ceci se levantó del sofá y se bajó el vestido—, ¿puedes darme el chándal? Solo un momento.

Dudó.

—¿Para qué?

—Tú déjamelo.

Indio volvió con él y se lo ofreció a Ceci. Esta abrió la ventana y lo arrojó. Sanse se congeló.

—Era de Adidas.

Sanse volvió a la vida rápidamente.

—De Adidas dice el señor de los bazares, el Indochino.

Tamara, boquiabierta, comenzó a aplaudir.

—Sí señora. El puto chándal de los huevos. Y no se lo ha tomado ni tan mal. Cierra, anda, que hace mucho frío.

—¿Cuándo os vais? —preguntó Indio.

—Pasado mañana.

—¿Hasta cuándo?

Ceci y Tamara se miraron de reojo.

—Eso ya…

Indió sacó el teléfono y marcó el número del mejor restaurante de la ciudad.

—Hala, pues ya está mi regalo. Pero si yo voy así disfrazado vamos todos de gala, ¿eh? Tu ya tienes el vestido, Ceci.

—Es que se sube.

—Voy a cambiarme ahora mismo.

—¿Y yo? Me podíais haber regalado el traje a mí, perras. A ver, ¿qué me pongo? Tengo esta —Sanse señaló su camiseta de Evil Dead—, la de Cannibal Corpse o la de Hellraiser.