PINTURA DE CAMUFLAJE

camaleón

Sanse arrancó de nuevo el Cinquecento de su primo. Trazó eses afiladas de grupo jevi y se detuvo al rebasar la última farola. Indio bajó la ventanilla para liberar la humareda.

—Vaya ruina.

El copiloto le ignoró.

—Bueno, ni tan mal. Venga, ahora al revés. Mueve esa mano, que la tienes de palo.

—¿Marcha atrás dices? Ni de coña, ¿y si me quedo embarazada? Me cago en todo, ¿por qué me llevo tan mal con las máquinas? Parece que solo funcionaran tras notar la aspereza de años de trabajo manual y, cuando las cojo, detectaran que las mías no tienen callos y se negaran a trabajar, las hijas de puta.

—Chico, qué exagerado, los ordenadores se te dan bien.

—No, en serio, tron —Sanse apagó el contacto y volvió el rostro hacia su amigo—. Creo que he vivido sin saber lo que quiero, sin preocuparme por nada más que mis putos tebeos, mis libros y discos; mis basurillas. Soy un hombre de una cultura inmensa, lo he conseguido, hurra por mí; puedo recitarte cronológicamente la filmografía de Ingmar Bergman, conozco el apellido del que llevó los cables en Ben-Hur, a qué colegio fue cualquier fluffer de los setenta. Hostia puta, tengo tres carreras y una memoria prodigiosa para lo irrelevante. Pero te envidio, Indio. A buenas, ¿eh? Y no porque las pongas en fila, eso me la suda. Tú eres resolutivo, práctico: se rompe algo, lo arreglas y a otra cosa. Es lo que hacen los tíos; mi viejo, por ejemplo, tú… A mí hasta cambiar una bombilla me da ansiedad, me paralizo y se me queda cara de subnormal; soy tan torpe que tengo que llamar a un tipo de verdad para que lo haga y, entonces sí, escribo un libro sobre ello. Muy bonito a lo mejor, y con suerte contendrá un par de frases ingeniosas que luego me avergonzarán. Soy anecdótico, tron. Y un farsante. Un tío de cartón piedra.

—Joder —encendió la chusta—; solo llevas dos días trabajando, cinco años sin conducir y tres meses con Lucía. Deberías estar feliz y, sobre todo, más tranquilo.

—No vuelvas a pronunciar esa puta palabra. A ver, te estoy contando que no sé ni por dónde me da el aire y me respondes como un conocido en un paso de cebra. ¿Y si se dan cuenta en el trabajo de que no soy como ellos, que no sé hacer nada? Por lo que veo, Lucía es otra inútil como yo, ¿qué pasará cuando me pida que le arregle la cisterna del váter o un puto radiador? Se van a dar cuenta. Tengo miedo, Indio. Auténtico pavor a que me descubran y todo se vaya a la mierda, a que en el curro no me acepten… O peor: ¿y si a Lucía, como a las putas máquinas, se le antojan de repente las manos ásperas? De momento —golpeó el volante—, este italiano cabrón ya me ha pillado.

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