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REYES

reyes

Ceci giró sobre sí misma.

—Hala, qué chulo.

—Mi autorregalo. Del Mango de gordas; la más pequeña, eso sí. No sé, igual lo cambio.

—Te queda fenomenal, yo me lo quedaba.

—Si me agacho se me ve hasta el pensamiento.

—Pues no te agaches. Queremos sopas y sorber… —Tamara alcanzó un paquete envuelto en papel de periódico—. Mira, para cuando llegaron a casa de Sanse sus majestades ya no tenían ni para pipas.

Sanse se recolocó sus enormes gafas de concha.

—Perdona, a mi casa vienen siempre los primeros, que yo soy muy monárquico para ciertas cosas; Burger King para comer, Royal Crown para fumar y King Size para amar —cogió su maqueta del Enola Gay escala uno setenta y dos—. Esto va a ser difícil de igualar.

Tamara rompió los titulares cruzados.

Oráculo manual y arte de prudencia. ¿Qué insinúas? Me encanta— Le besó en la mejilla.

—Eres demasiado buena para este planeta, Tamara. Se lo iba a regalar a Indio, pero vino al mundo con uno debajo del brazo. No cambies nunca.

—Gilipollas.

Ceci arrancó la etiqueta del vestido y se sentó en el hueco libre del tresillo.

—Mira cómo se sube. Su puta madre. ¿Y este qué? —alzó la voz— ¿Necesitas ayuda?

En la habitación contigua Indio se colocaba la americana gris. Salió al salón.

—Bueno, Rodolfo Valentino —Sanse silbó.

—No me veo yo con esto.

—Indio macho, si has nacido para llevar traje —dijo Ceci.

—Ya lo creo, Indio Evolution.

—Además, esto tiene que costar un pastizal.

—Es un regalo tripartito, no busques que no hay más —Tamara sonrió.

Indio frunció el ceño.

—¿Tú también?

Sanse encogió los hombros.

—Estas son las perpetradoras intelectuales; solo soy autor material, un tercio de responsabilidad. Yo, si fuera tú, no se lo perdonaba nunca.

—Es que eres muy difícil de regalar; no lees, no escuchas música, los deportivos son muy caros. Y hierba, me niego.

—Yo te quería cortar la coleta, que me pone negra.

Indio la sujetó como si fuera a desaparecer solo con mencionarlo.

—Ni de coña. ¿Desde cuándo fumas, Tamara? No te sienta bien Londres a ti.

Sanse rio.

—Ahí lleva razón, mira el rosáceo que te está saliendo en las mejillas. Ya casi has completado la transformación en cerdita Peggy. De belleza ibera a celta feúcha en cuatro años de té y fish and chips. Es que lo arruinan todo.

—Frena, guapo, que te meto el avión por el culo.

—Uf, pero igual de brava.

—Oye Indio —Ceci se levantó del sofá y se bajó el vestido—, ¿puedes darme el chándal? Solo un momento.

Dudó.

—¿Para qué?

—Tú déjamelo.

Indio volvió con él y se lo ofreció a Ceci. Esta abrió la ventana y lo arrojó. Sanse se congeló.

—Era de Adidas.

Sanse volvió a la vida rápidamente.

—De Adidas dice el señor de los bazares, el Indochino.

Tamara, boquiabierta, comenzó a aplaudir.

—Sí señora. El puto chándal de los huevos. Y no se lo ha tomado ni tan mal. Cierra, anda, que hace mucho frío.

—¿Cuándo os vais? —preguntó Indio.

—Pasado mañana.

—¿Hasta cuándo?

Ceci y Tamara se miraron de reojo.

—Eso ya…

Indió sacó el teléfono y marcó el número del mejor restaurante de la ciudad.

—Hala, pues ya está mi regalo. Pero si yo voy así disfrazado vamos todos de gala, ¿eh? Tu ya tienes el vestido, Ceci.

—Es que se sube.

—Voy a cambiarme ahora mismo.

—¿Y yo? Me podíais haber regalado el traje a mí, perras. A ver, ¿qué me pongo? Tengo esta —Sanse señaló su camiseta de Evil Dead—, la de Cannibal Corpse o la de Hellraiser.

MATAR AL INDIO

calaveraindia

—Mí cerveza querer. Rostro pálido gustar, ¡ñam, ñam!

—Dios, qué original.

Indio se percató de que apenas quedaban plumas en el penacho de jefe de la tribu; se lo había quitado porque le picaban la nuca y la frente. A los pocos segundos de abrir el plástico, ya se cayeron la mitad al suelo del salón y de camino al Elepé perdió otras tantas.

—Gracias por venir. No te esperaba.

—Todos los días no se ganan premios importantes, Ariadna Monroe.

El vestido blanco de la película aquella, el corte de pelo y el maquillaje clavados, pero a Indio le sobrevino el rostro sin vida de la actriz, la foto famosa en blanco y negro. Ni los retratos de Warhol, ni una taza ni una whopper. Ariadna dirigía un programa de sátira que se había convertido en un fenómeno televisivo. Lo hacía todo; escribía los guiones y encarnaba a Blonde D’Ebote, la ingenua corrosiva que ajusticiaba personajes relevantes de la actualidad política con preguntas-bomba. Lo de Mejor programa de entretenimiento no hacía honor ni a la peor de sus líneas. Un cerebrito, Ari, además de una impecable gestora de fiestas. La escasa luz del local iluminaba a los asistentes distribuidos en corros. Drácula, Iron Man, un zombi y María Antonieta charlaban en uno cercano.

—Antes de nada, ya sé que me he puesto el lunar a la derecha, me acabo de dar cuenta. Pide lo que quieras. Aún falta mucha gente.

Escucharon un «enhorabuena» a su espalda. Ari se dio la vuelta y cosió a besos a Frankenstein. Indio aprovechó para ir al baño; preveía una velada aburrida, una pizca de anestesia no venía mal para soportar a tanto desconocido. Abrió la puerta y se introdujo en el cubículo. Dispuso una pequeña línea sobre la reluciente cisterna.

—Así que te follas a Ari.

Indio aspiró la coca y corrió el pestillo; dislexia súbita. Debía de ser el tal Manu, su amigo de toda la vida y amante durante las estaciones secas. Ella hablaba mucho de Don Perfecto; comprensivo, inteligente, puntal firme cuando murió su padre; compañero de viaje, le llamaba en plan cursi. Tras las esporádicas loas, Indio dudaba entre casarse con semejante sensei de la vida o emprender una campaña por la conservación de un ejemplar único, destinado al formol bajo el epígrafe «os lo perdisteis». Revisó su caño en el espejo, suspiró y se puso la escafandra para transitar la cruz de la luna, imperceptible a la mirada benévola de Ari. Llegó el cruce de cables, era inevitable. El Cantar de Mío Mimosín de Ariadna le había distraído; se lo creyó, cosas del amor. Y así andaba Indio; la barricada construida a medias, sin estrategia defensiva y con Míster Hyde montando guardia tras una miserable puerta de aglomerado. Y la otra puerta, la de salida, muy lejos.

—Abre, anda. Y ponme una.

Un sonido metálico acompañaba los cortos pasos del supuesto Manu.

—Es el de chicas. Y está lleno.

—Que te quede clara una cosita: aunque ya no esté con ella, Ari me importa mucho, ¿te enteras? Es mi amor desde la escuela, el primero; seguro que me comprendes.

—Me pierdo con las telenovelas, demasiados personajes.

—Ni se te ocurra joderla ni meterla en ninguna historieta, que ya sé de qué palo vas tú; de oca en oca, que te conozco.

—De oídas.

—Salió el listillo. Bueno, resumiendo: si le pasa algo a Ari, te meto dos tiros, payaso. ¡Ah!, y mudito te quiero, nene.

El tipo dio un golpecito en la puerta y volvió a la fiesta. Indio esperó un par de minutos antes de salir. Nada más verle, Ari Monroe interrumpió su conversación con Lara Croft y Miércoles; le hizo señas para que se acercara. Ambas le comunicaron las ganas que tenían de conocerle.

—Mira, ahí está Manu. Este a lo suyo, le digo que venga y ni puto caso. Otro sin imaginación; cómo son los maderos.

Entonces observó las espuelas de las botas, el pañuelo al cuello, el sombrero calado hasta las cejas, la barba de semana, la cartuchera del revólver, las puntas de la estrella de sheriff. Manu le miraba fijamente. A Indio solo se le ocurrió levantar la mano:

—Jao.

EL MUÑECO DEL GTA

hiundai

Tata sacó el teléfono del bolsillo trasero de su bañador David Beckham Swimwear por enésima vez; cubrió la pantalla con las manos para comprobar la hora, volvió a guardarlo y se ajustó el collarín. A pesar de la calorina, el ajetreo en el centro comercial no cesaba; las hormiguitas atravesaban el aparcamiento con sus cáscaras de pipa a cuestas. Los propietarios del todoterreno que servía de pared a Tata e Indio, una pareja joven, se habían montado muy en silencio, cortando su conversación acerca de una cena en el pueblo; salieron del parking a la velocidad de la luz. Los dos amigos intercambiaron vicios; chiflo por lata de Monster.

—Es que espantas con esta grifa. Ya te vale… ¿Por qué no quedaste dentro del Media Market? Por lo menos tienen fresquito —Tata arrojó la chusta y la pisoteó concienzudamente—. Este no viene, te lo digo yo.

El comentario de Tata, avalado por tres cuartos de hora de espera al sol, amenazaba con ser verdad. Él estaba tan tranquilo, dentro de las circunstancias; ignoraba que, si el ausente no llegaba, podía despedirse de la segunda tanda de dientes que le habían colocado los alumnos de una FP. Indio no descartaba daños colaterales en la ferretería familiar a cargo de su hermano Tatín, su fotocopia cinco años menor. Igual de chanchullero y buscavidas, pero en listo; Tatín tenía una mujer inteligente, guapa y con pasta, había heredado el negocio pese a ser el pequeño y preveía expandirlo por la provincia. Además, era buena persona, siempre visitaba al Tata en la cárcel; «si yo estoy aquí, Indio –le dijo una vez–, es por mi hermano. Por su estupidez. Si llega a ser un poco espabilado, yo no tengo ese coche ni a Vanesa ni este negocio ni nada. Así que doy gracias a Dios todas las mañanas por darme un hermano tan subnormal. Estoy en deuda con él, ¿cómo no le voy a ayudar?».

Cuando el Hyundai Coupe blanco apareció, Indio sintió gran alivio; aunque no acostumbraba a combinarlas, el Moli tenía palabra. Se bajó del vehículo sin apagar el contacto y se plantó enfrente de la pareja. Parecía un muñeco del GTA. Pero sin armas.

—A ver, Tata, a lo que estamos —dijo Indio.

Tata se sacó un sobre de los huevos.

—Moli, lo siento. He vendido todos los cacharros, pero te doy lo que…

—Calla, mierda. Que eres un mierda —Moli le arrebató el sobre.

—¿Ves? —dijo Indio—, todo tiene solución. Quitas algo, lo repones y listo. Fácil.

Aquel día Moli estaba parlanchín.

—Mira, te voy a contar algo. Yo tenía un balón precioso, un Questra que iba como un cohete, el oficial, un bollito riquísimo… Todos jugábamos con él; en los recreos, después de clase…, ¿verdad, Indio?

Indio asintió.

—Es decir, no me importaba dejarlo allí para el disfrute de todos, aunque yo no estuviera. No iba mucho a clase. Pero un día alguien lo coló en el edificio de al lado; no fue a buscarlo inmediatamente y, claro, ¿qué crees que pasó?

Tata se encogió de hombros. Moli reanudó su sermón.

—Pues que desapareció. Alguien se lo llevó, como es lógico. No me quedó más remedio que investigar quién lo había colado para pedirle los mil duros que costaba. Y me los dio, claro está. Pero no fue suficiente. Porque el Questra tenía valor sentimental. Es decir, el dinero estaba bien; me permitía comprar otro. Pero la cuestión era que la pasta no arreglaba lo que sentía por mi Questra: el dinero no restaura los sentimientos. Así que le reventé de todas formas. Vas pillando, ¿no?

—Te lo juro por mi sobrina, no te robo más.

—Me das pena —dijo Moli con cara de asco.

Después de que Moli se esfumara, Tata se santiguó; también se desabrochó el collarín y se lo lanzó a Indio.

—Hostia, ¡qué puto calor da eso! Gracias, primo. No llevarás cinco pavos…

Indio hurgó en su bolsillo. Le dio un par de euros.

—Eres dios.

JUEGO DE TROÑOS

banco

Cuando Indio se sentó en el yerbín, Sanse llevaba más de media hora de palique. A sus pies se erigía la gran pirámide del faraón Facundo, atravesada por media docena de colillas babosas. Indio comenzó a liarse un porro sin prisa, como le gustaba, como si fuera el último. Tamara y Ceci flanquaban a Sanse en el banco de piedra.

—Vamos a ver qué piensa este, que sabe mucho de eso.

Las chicas cortaron la carcajada; convenía dejar hablar a Sanse, hacía más llevadera la vida de sus interlocutores.

—Indio, ¿sabes Juego de Tronos?

Asintió.

—Bien. Estas dicen que no es una serie equilibrada, que no salen más que tetas y coños. Que de rabos, nada.

—Es que es así —Ceci retiró una cáscara de la comisura—; y tiesos ya, ni hablemos.

Sanse reanudó:

—El caso es que llevan razón, Indio. No creas que no me jode dársela, a este par de monas… Pero hay un error, digamos que semántico en todo esto. Y justo acabas de llegar para aclararnos un poco las cosas.

—A ver, Sanse, que es una manera de hablar —El tono de Tamara denotaba indignación creciente.

—No, no. Es que hay que hablar con precisión. Que tenéis estudios, habéis ido al extranjero. Hostia, que tenéis cartones donde pone Doña Tamara y Doña Cecilia colgados por las paredes.

Indio lio el cilindro y lo prendió. Las conocía de toda la vida, a Ceci y a Tamara. Para él ni siquiera eran mujeres, eran la Tamara y la Ceci. Aun así, siempre que hablaba con ellas, de repente, se encontraba sentado en el alféizar de la azotea de un rascacielos, con los pies colgando hacia la calle diminuta. Ellas no lo notaban; Indio disimulaba muy bien. O eso creía.

—Lo de las tetas, pase. Pero los coños… Eso que sale en Juego de Tronos es el matojo, el pubis en plan fino; sin escorzo, el coño no se ve desde un plano frontal. Está a la vuelta de la esquina, ¿no es así? Es decir, sabemos que está ahí, pero no lo vemos. ¿O es que el pubis también forma parte del coño? ¿Ha anexionado el coño al pubis, quizás? Al ritmo que vais llegará pronto al ombligo.

Ceci había dejado de sonreír.

—Ya te estás pasando de listo, Sanse. El próximo día va a quedar contigo tu puta madre. Y le planteas el dilema.

GRANDE DE ESPAÑA

venus

Llevaba más de una semana sin fumar porque a doña Margarita no le gustaba el olor de la marihuana. No le dejaba ni dar un par de caladas a un Winston, la muy tiquismiquis. Por lo demás, Indio estaba contento. Las puestas de sol gaditanas eran tan impresionantes como decían; se hospedaban en un facsímil del palacio de Buckingham; la comida toda en francés, como mejor sabe, coñac de verdad, perico clase A, velero a juego, dinerito. Margarita no era muy de follar, no le gustaba sudar ni que le sudasen. Para eso había que usar las manos; así de finas las tenía, de no haber pegado palo al agua en su vida. Solo su personal trainer tenía el privilegio de contemplarla al borde de la asfixia, con el pelo pegajoso y la frente inundada. Wikipedia le había confirmado que aparentaba cien años menos. “Todo natural, ¿eh? No como esas ordinarias de la televisión”, comentaba frente al espejo de pared. Era verdad. Se había empeñado en escapar de la flanera; no quería transformarse en barril mediterráneo, viscoso y bamboleante, pero tampoco ser un osario como algunas mujeres de su edad. Consiguió lo más difícil: el equilibrio entre la calidez de la abundancia, la esfera que arropa, y la tersura del pellejo de las flacas, inmaculado siempre, ajeno a la decrepitud. Bajo aquellas directrices había construido un culo ancho y grande, confortable, un lugar donde ir a morir. El auténtico Ojal Suprême.

Indio tenía que morir tres veces al día. Antes de las comidas, la condesa utilizaba su rostro como butaca. Tumbado boca arriba, esperaba a que doña Margarita terminara de arreglarse en el cuarto de baño. Otras veces se la encontraba ya con las nalgas abiertas. En el momento de la inmersión, al observar su sexo apenas holgado, Indio pensaba en la recua de gilipollas que había salido de allí. Un torero, un aspirante a futbolista, un abogado y una cantante. No le extrañaba que Margarita prefiriera ver su fortuna en una pira antes que en manos de aquellos fantoches. Había prohibido por escrito hablar durante el tema, además de exigir igualdad para ambas concavidades. Las indicaciones eran solo suyas. “Tiene que ir en espiral. Yo no sé qué enseñan ahora”. Se corría rápidamente. “Esto que me pasa es un regalo, una destreza de nacimiento; no saque demasiado pecho, hombrecito”. En un par de ocasiones la condesa invirtió los papeles, se dedicó a inspeccionarle; concatenaba lametones húmedos, largos, con otros fugaces y afilados, certeros.

Doña Margarita acostumbraba a charlar después.

—A veces sueño que me siento sobre el mundo y lo asfixio. Me asombra que siga usted con vida, Kevin; con este culo enorme, en alguna se me queda. ¡Qué bochorno! Diga la verdad, ¿le gusta? Y no me cuente obviedades como está muy bien para la edad que tiene.

Indio le dijo que sí, que a pesar de crecer en los noventa, él era más de culo que de tetas.

—¡Qué gracioso es, Kevin! ¡Qué bien miente! Por cierto, no se lo he comentado porque me apura un poco, pero debe cambiar su nombre de batalla. Eso de Kevin está muy visto, no tiene tirón. Se da un aire a Lorenzo Lamas. De joven, claro. Y parece usted, no se ofenda, un nativo norteamericano, como se dice ahora. Quizás Pontiac o Gerónimo vayan más con su cautivador estilo. No se ría, apuesto a que se lo han dicho más de una vez.

TRES CÍRCULOS (IV)

trescirculos

—Ah, eres tú. ¿No sabes llamar antes? Dame las putas llaves y lárgate.
Jíman se relajó, miraba las estadísticas del primer tiempo a la vez que hablaba. Casualidad de la vida, en mitad del salón había aparecido una chica con mallas y auriculares al cuello, larga coleta nacida en la cima del cráneo y camiseta deportiva naranja fluorescente. Las rayas de Adidas delimitaban una silueta apetecible, sin redondez excesiva ni músculos muy marcados. El maquillaje acentuaba sus ojos levemente oblicuos, dos espías con traje color almendra imposibles de burlar. Se había plantado con las piernas separadas, como un duelista, sosteniendo el manojo de llaves a la altura del rostro mientras ocultaba la diestra a su espalda. Desafiante y poderosa; Indio imaginó así las amazonas incas o aztecas, si es que alguna vez existieron. La Guerrera Andina y el Indio Suburbano. De revista. Repasaba la lista de invitados a la hipotética boda cuando reparó en Carlos y Moni. Su ensoñación cesó y recordó por qué estaba sentado en el sofá del camello más detestable de la ciudad. La chica dejó caer las llaves sobre el parqué y con la otra mano apuntó un pequeño revólver al pecho de Jíman.
Hubieran hecho buena pareja.
—Cariño, el niño me ha vuelto a hablar.
—¿Y qué te ha dicho el niño de los cojones? Porque andará perdido, el pobre.
—Ángel, tratas todo como mierda.
Jíman parecía acostumbrado a vivir encañonado, el maldito ni se inmutaba. El estómago de Indio era ya un incendio, sus entrañas se estaban derritiendo y pronto descenderían las perneras. Y Carlos en cuclillas, honrando a su hermana en alguna estancia contigua, perdiéndose la película justo en el momento en que la chica y la pistola le adelantan por la derecha a toda velocidad, dejando su atentado intestinal en chascarrillo de portera, a varios océanos de las vendettas novelescas en condiciones. Merecidas o no, la cosa iba de venganzas aquella tarde. Indio valoró el aciago informe de daños. Escenario uno: la chica no aprieta el gatillo (por tanto) Jíman la muele a palos (resultado) policía. Escenario dos: la chica aprieta el gatillo (pudiera ser que) Jíman muriera (resultado) policía. En cualquier caso la inacción era lo recomendable. Además los vecinos no tardarían en intervenir vía telefónica; incluso pudieran darse otros escenarios que
PUM
Jíman se desplomó de espaldas y pasó a ser M.A.P. (28), un habitual del menudeo muy conocido por la policía. La mujer se acercó y le metió otro par de tiros en el pecho. Luego se arrodilló y soltó el revólver, besó una medalla que llevaba oculta en el pecho, se santiguó y se puso a rezar mirando el cuerpo del camello. Indio se levantó a cámara lenta y los tres hoyos en el cuerpo de Jíman le recordaron algo. La Regla de los Tres Círculos había dicho el fiambre un poco antes. Arrancó el mando de la consola para llevárselo. La tele continuaba con las estadísticas, CSKA 5 – FC Barcelona 1. En el pasillo estaba Carlos con los pantalones cagados, había terminado su obra sin enterarse de nada.
—Tienes que ver la gorra, Indio. La he llenado a ras.

Pasearon tranquilamente hasta el Kadett. El tránsito de gente era mucho menor, hasta las chicas en mallas se habían cansado ya; no se cruzaron con nadie que pudiera reconocer posteriormente a un hediondo y un melenudo con un mando de Play al hombro. La ausencia del tráiler portugués dejó el Opel desprotegido, como subido a un pedestal para que todos lo admiraran. Carlos arrancó.
—Voy a tener que limpiar el coche.
—Sí. Baja las ventanillas, anda.
—¿Dónde te llevo?
—Vamos a deshacernos de esto –Indio señaló el controlador de la consola– y de tu ropa. Dime que no has tocado nada más.
—Hombre, la gorra sí. Quién iba a saber que… ¿Y tú?
—No me ha dado tiempo. Sólo el mando y…
Indio se imaginó cayendo en espiral en un vacío oscuro e infinito.
—Mierda.
—¿Qué?
—La hierba. Tu puta bolsa de hierba.
Permanecieron en silencio un par de minutos.
—Oye Indio, a mi me intriga una cosa.
—Qué tripa se te ha roto ahora.
—Me pregunto si… A ver, la policía tiene mi cagada, ¿no?
—Eso es.
—Quisiera saber si es como las huellas dactilares, si hay un tipo que coge una cucharada de mierda, la mete por un embudo en una máquina y ¡zas!, sale mi careto en hachedé en todas las comisarías del mundo.
Indio proseguía con su letanía.
—Cómo he podido olvidar la hierba…
Carlos entendió que no había respuesta para sus cuestiones y aceleró para incorporarse a la autovía.