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EL MUÑECO DEL GTA

hiundai

Tata sacó el teléfono del bolsillo trasero de su bañador David Beckham Swimwear por enésima vez; cubrió la pantalla con las manos para comprobar la hora, volvió a guardarlo y se ajustó el collarín. A pesar de la calorina, el ajetreo en el centro comercial no cesaba; las hormiguitas atravesaban el aparcamiento con sus cáscaras de pipa a cuestas. Los propietarios del todoterreno que servía de pared a Tata e Indio, una pareja joven, se habían montado muy en silencio, cortando su conversación acerca de una cena en el pueblo; salieron del parking a la velocidad de la luz. Los dos amigos intercambiaron vicios; chiflo por lata de Monster.

—Es que espantas con esta grifa. Ya te vale… ¿Por qué no quedaste dentro del Media Market? Por lo menos tienen fresquito —Tata arrojó la chusta y la pisoteó concienzudamente—. Este no viene, te lo digo yo.

El comentario de Tata, avalado por tres cuartos de hora de espera al sol, amenazaba con ser verdad. Él estaba tan tranquilo, dentro de las circunstancias; ignoraba que, si el ausente no llegaba, podía despedirse de la segunda tanda de dientes que le habían colocado los alumnos de una FP. Indio no descartaba daños colaterales en la ferretería familiar a cargo de su hermano Tatín, su fotocopia cinco años menor. Igual de chanchullero y buscavidas, pero en listo; Tatín tenía una mujer inteligente, guapa y con pasta, había heredado el negocio pese a ser el pequeño y preveía expandirlo por la provincia. Además, era buena persona, siempre visitaba al Tata en la cárcel; «si yo estoy aquí, Indio –le dijo una vez–, es por mi hermano. Por su estupidez. Si llega a ser un poco espabilado, yo no tengo ese coche ni a Vanesa ni este negocio ni nada. Así que doy gracias a Dios todas las mañanas por darme un hermano tan subnormal. Estoy en deuda con él, ¿cómo no le voy a ayudar?».

Cuando el Hyundai Coupe blanco apareció, Indio sintió gran alivio; aunque no acostumbraba a combinarlas, el Moli tenía palabra. Se bajó del vehículo sin apagar el contacto y se plantó enfrente de la pareja. Parecía un muñeco del GTA. Pero sin armas.

—A ver, Tata, a lo que estamos —dijo Indio.

Tata se sacó un sobre de los huevos.

—Moli, lo siento. He vendido todos los cacharros, pero te doy lo que…

—Calla, mierda. Que eres un mierda —Moli le arrebató el sobre.

—¿Ves? —dijo Indio—, todo tiene solución. Quitas algo, lo repones y listo. Fácil.

Aquel día Moli estaba parlanchín.

—Mira, te voy a contar algo. Yo tenía un balón precioso, un Questra que iba como un cohete, el oficial, un bollito riquísimo… Todos jugábamos con él; en los recreos, después de clase…, ¿verdad, Indio?

Indio asintió.

—Es decir, no me importaba dejarlo allí para el disfrute de todos, aunque yo no estuviera. No iba mucho a clase. Pero un día alguien lo coló en el edificio de al lado; no fue a buscarlo inmediatamente y, claro, ¿qué crees que pasó?

Tata se encogió de hombros. Moli reanudó su sermón.

—Pues que desapareció. Alguien se lo llevó, como es lógico. No me quedó más remedio que investigar quién lo había colado para pedirle los mil duros que costaba. Y me los dio, claro está. Pero no fue suficiente. Porque el Questra tenía valor sentimental. Es decir, el dinero estaba bien; me permitía comprar otro. Pero la cuestión era que la pasta no arreglaba lo que sentía por mi Questra: el dinero no restaura los sentimientos. Así que le reventé de todas formas. Vas pillando, ¿no?

—Te lo juro por mi sobrina, no te robo más.

—Me das pena —dijo Moli con cara de asco.

Después de que Moli se esfumara, Tata se santiguó; también se desabrochó el collarín y se lo lanzó a Indio.

—Hostia, ¡qué puto calor da eso! Gracias, primo. No llevarás cinco pavos…

Indio hurgó en su bolsillo. Le dio un par de euros.

—Eres dios.

JUEGO DE TROÑOS

banco

Cuando Indio se sentó en el yerbín, Sanse llevaba más de media hora de palique. A sus pies se erigía la gran pirámide del faraón Facundo, atravesada por media docena de colillas babosas. Indio comenzó a liarse un porro sin prisa, como le gustaba, como si fuera el último. Tamara y Ceci flanquaban a Sanse en el banco de piedra.

—Vamos a ver qué piensa este, que sabe mucho de eso.

Las chicas cortaron la carcajada; convenía dejar hablar a Sanse, hacía más llevadera la vida de sus interlocutores.

—Indio, ¿sabes Juego de Tronos?

Asintió.

—Bien. Estas dicen que no es una serie equilibrada, que no salen más que tetas y coños. Que de rabos, nada.

—Es que es así —Ceci retiró una cáscara de la comisura—; y tiesos ya, ni hablemos.

Sanse reanudó:

—El caso es que llevan razón, Indio. No creas que no me jode dársela, a este par de monas… Pero hay un error, digamos que semántico en todo esto. Y justo acabas de llegar para aclararnos un poco las cosas.

—A ver, Sanse, que es una manera de hablar —El tono de Tamara denotaba indignación creciente.

—No, no. Es que hay que hablar con precisión. Que tenéis estudios, habéis ido al extranjero. Hostia, que tenéis cartones donde pone Doña Tamara y Doña Cecilia colgados por las paredes.

Indio lio el cilindro y lo prendió. Las conocía de toda la vida, a Ceci y a Tamara. Para él ni siquiera eran mujeres, eran la Tamara y la Ceci. Aun así, siempre que hablaba con ellas, de repente, se encontraba sentado en el alféizar de la azotea de un rascacielos, con los pies colgando hacia la calle diminuta. Ellas no lo notaban; Indio disimulaba muy bien. O eso creía.

—Lo de las tetas, pase. Pero los coños… Eso que sale en Juego de Tronos es el matojo, el pubis en plan fino; sin escorzo, el coño no se ve desde un plano frontal. Está a la vuelta de la esquina, ¿no es así? Es decir, sabemos que está ahí, pero no lo vemos. ¿O es que el pubis también forma parte del coño? ¿Ha anexionado el coño al pubis, quizás? Al ritmo que vais llegará pronto al ombligo.

Ceci había dejado de sonreír.

—Ya te estás pasando de listo, Sanse. El próximo día va a quedar contigo tu puta madre. Y le planteas el dilema.

GRANDE DE ESPAÑA

venus

Llevaba más de una semana sin fumar porque a doña Margarita no le gustaba el olor de la marihuana. No le dejaba ni dar un par de caladas a un Winston, la muy tiquismiquis. Por lo demás, Indio estaba contento. Las puestas de sol gaditanas eran tan impresionantes como decían; se hospedaban en un facsímil del palacio de Buckingham; la comida toda en francés, como mejor sabe, coñac de verdad, perico clase A, velero a juego, dinerito. Margarita no era muy de follar, no le gustaba sudar ni que le sudasen. Para eso había que usar las manos; así de finas las tenía, de no haber pegado palo al agua en su vida. Solo su personal trainer tenía el privilegio de contemplarla al borde de la asfixia, con el pelo pegajoso y la frente inundada. Wikipedia le había confirmado que aparentaba cien años menos. “Todo natural, ¿eh? No como esas ordinarias de la televisión”, comentaba frente al espejo de pared. Era verdad. Se había empeñado en escapar de la flanera; no quería transformarse en barril mediterráneo, viscoso y bamboleante, pero tampoco ser un osario como algunas mujeres de su edad. Consiguió lo más difícil: el equilibrio entre la calidez de la abundancia, la esfera que arropa, y la tersura del pellejo de las flacas, inmaculado siempre, ajeno a la decrepitud. Bajo aquellas directrices había construido un culo ancho y grande, confortable, un lugar donde ir a morir. El auténtico Ojal Suprême.

Indio tenía que morir tres veces al día. Antes de las comidas, la condesa utilizaba su rostro como butaca. Tumbado boca arriba, esperaba a que doña Margarita terminara de arreglarse en el cuarto de baño. Otras veces se la encontraba ya con las nalgas abiertas. En el momento de la inmersión, al observar su sexo apenas holgado, Indio pensaba en la recua de gilipollas que había salido de allí. Un torero, un aspirante a futbolista, un abogado y una cantante. No le extrañaba que Margarita prefiriera ver su fortuna en una pira antes que en manos de aquellos fantoches. Había prohibido por escrito hablar durante el tema, además de exigir igualdad para ambas concavidades. Las indicaciones eran solo suyas. “Tiene que ir en espiral. Yo no sé qué enseñan ahora”. Se corría rápidamente. “Esto que me pasa es un regalo, una destreza de nacimiento; no saque demasiado pecho, hombrecito”. En un par de ocasiones la condesa invirtió los papeles, se dedicó a inspeccionarle; concatenaba lametones húmedos, largos, con otros fugaces y afilados, certeros.

Doña Margarita acostumbraba a charlar después.

—A veces sueño que me siento sobre el mundo y lo asfixio. Me asombra que siga usted con vida, Kevin; con este culo enorme, en alguna se me queda. ¡Qué bochorno! Diga la verdad, ¿le gusta? Y no me cuente obviedades como está muy bien para la edad que tiene.

Indio le dijo que sí, que a pesar de crecer en los noventa, él era más de culo que de tetas.

—¡Qué gracioso es, Kevin! ¡Qué bien miente! Por cierto, no se lo he comentado porque me apura un poco, pero debe cambiar su nombre de batalla. Eso de Kevin está muy visto, no tiene tirón. Se da un aire a Lorenzo Lamas. De joven, claro. Y parece usted, no se ofenda, un nativo norteamericano, como se dice ahora. Quizás Pontiac o Gerónimo vayan más con su cautivador estilo. No se ría, apuesto a que se lo han dicho más de una vez.

TRES CÍRCULOS (IV)

trescirculos

—Ah, eres tú. ¿No sabes llamar antes? Dame las putas llaves y lárgate.
Jíman se relajó, miraba las estadísticas del primer tiempo a la vez que hablaba. Casualidad de la vida, en mitad del salón había aparecido una chica con mallas y auriculares al cuello, larga coleta nacida en la cima del cráneo y camiseta deportiva naranja fluorescente. Las rayas de Adidas delimitaban una silueta apetecible, sin redondez excesiva ni músculos muy marcados. El maquillaje acentuaba sus ojos levemente oblicuos, dos espías con traje color almendra imposibles de burlar. Se había plantado con las piernas separadas, como un duelista, sosteniendo el manojo de llaves a la altura del rostro mientras ocultaba la diestra a su espalda. Desafiante y poderosa; Indio imaginó así las amazonas incas o aztecas, si es que alguna vez existieron. La Guerrera Andina y el Indio Suburbano. De revista. Repasaba la lista de invitados a la hipotética boda cuando reparó en Carlos y Moni. Su ensoñación cesó y recordó por qué estaba sentado en el sofá del camello más detestable de la ciudad. La chica dejó caer las llaves sobre el parqué y con la otra mano apuntó un pequeño revólver al pecho de Jíman.
Hubieran hecho buena pareja.
—Cariño, el niño me ha vuelto a hablar.
—¿Y qué te ha dicho el niño de los cojones? Porque andará perdido, el pobre.
—Ángel, tratas todo como mierda.
Jíman parecía acostumbrado a vivir encañonado, el maldito ni se inmutaba. El estómago de Indio era ya un incendio, sus entrañas se estaban derritiendo y pronto descenderían las perneras. Y Carlos en cuclillas, honrando a su hermana en alguna estancia contigua, perdiéndose la película justo en el momento en que la chica y la pistola le adelantan por la derecha a toda velocidad, dejando su atentado intestinal en chascarrillo de portera, a varios océanos de las vendettas novelescas en condiciones. Merecidas o no, la cosa iba de venganzas aquella tarde. Indio valoró el aciago informe de daños. Escenario uno: la chica no aprieta el gatillo (por tanto) Jíman la muele a palos (resultado) policía. Escenario dos: la chica aprieta el gatillo (pudiera ser que) Jíman muriera (resultado) policía. En cualquier caso la inacción era lo recomendable. Además los vecinos no tardarían en intervenir vía telefónica; incluso pudieran darse otros escenarios que
PUM
Jíman se desplomó de espaldas y pasó a ser M.A.P. (28), un habitual del menudeo muy conocido por la policía. La mujer se acercó y le metió otro par de tiros en el pecho. Luego se arrodilló y soltó el revólver, besó una medalla que llevaba oculta en el pecho, se santiguó y se puso a rezar mirando el cuerpo del camello. Indio se levantó a cámara lenta y los tres hoyos en el cuerpo de Jíman le recordaron algo. La Regla de los Tres Círculos había dicho el fiambre un poco antes. Arrancó el mando de la consola para llevárselo. La tele continuaba con las estadísticas, CSKA 5 – FC Barcelona 1. En el pasillo estaba Carlos con los pantalones cagados, había terminado su obra sin enterarse de nada.
—Tienes que ver la gorra, Indio. La he llenado a ras.

Pasearon tranquilamente hasta el Kadett. El tránsito de gente era mucho menor, hasta las chicas en mallas se habían cansado ya; no se cruzaron con nadie que pudiera reconocer posteriormente a un hediondo y un melenudo con un mando de Play al hombro. La ausencia del tráiler portugués dejó el Opel desprotegido, como subido a un pedestal para que todos lo admiraran. Carlos arrancó.
—Voy a tener que limpiar el coche.
—Sí. Baja las ventanillas, anda.
—¿Dónde te llevo?
—Vamos a deshacernos de esto –Indio señaló el controlador de la consola– y de tu ropa. Dime que no has tocado nada más.
—Hombre, la gorra sí. Quién iba a saber que… ¿Y tú?
—No me ha dado tiempo. Sólo el mando y…
Indio se imaginó cayendo en espiral en un vacío oscuro e infinito.
—Mierda.
—¿Qué?
—La hierba. Tu puta bolsa de hierba.
Permanecieron en silencio un par de minutos.
—Oye Indio, a mi me intriga una cosa.
—Qué tripa se te ha roto ahora.
—Me pregunto si… A ver, la policía tiene mi cagada, ¿no?
—Eso es.
—Quisiera saber si es como las huellas dactilares, si hay un tipo que coge una cucharada de mierda, la mete por un embudo en una máquina y ¡zas!, sale mi careto en hachedé en todas las comisarías del mundo.
Indio proseguía con su letanía.
—Cómo he podido olvidar la hierba…
Carlos entendió que no había respuesta para sus cuestiones y aceleró para incorporarse a la autovía.

TRES CÍRCULOS (III)

trescirculos

—Pongo los comentarios en inglés porque estoy hasta la polla de Manolo Lama. Y para hacer oído. Me piro a Londres una temporada. Aires nuevos.
1-0.
—Hostia. De saque de centro. Te van a caer.
2-0.
—¡Ese Doumbia, que lleva dos ya! ¡Tres círculos!
—¿Qué dices? Hay truco, ¿no? Si me lo figuraba yo…
Tenía que entretener un rato más al Jíman. Carlos no aparecía. Era imposible que no tuviera ganas.
—¿No conoces La Regla de los Tres Círculos? El pase de la muerte, chico, que no te enteras. Apuras línea de fondo y pulsas tres veces el círculo: centro raso peligrosísimo. Lo mismo se lo mete en propia un defensa rival.
3-0.
—¿Y qué andas? ¿Currando?
—Lo menos posible. Ya sabes.
—Qué grande eres Indio; vives como un general. Sigues soltero, ¿verdad?
—Se intenta.
—Bien haces; a estas alturas ya sólo quieren el grumo.
4-0.
—Cuatro ya, y vamos por el treinta. ¿Dónde está el puto enano subnormal? Se borra el muy bufete…
Penalti a favor del Barça.
—¡No me jodas! ¡Berezutski, ruso de mierda! Penco miserable, te voy a quitar.
4-1.
—Aquí viene Messi. ¿No lo estabas invocando?
—Crujiré al autista cagalefas, no te preocupes.
—Te va bien. Me han dicho.
—Depende. No sé qué te han contado.
5-1.
—Tu colega se queda a vivir en mi váter. Que no se me muera allí, por favor… Paso de rollos.
Acabó la primera parte. Indio se apresuró a coger la bolsa hermética. Hacía mucho que no improvisaba. Hundió la nariz y entornó los ojos para analizar un cogollo con minuciosidad de joyero.
—Voy a probarla. ¿Es tuya?
—Que te veo, Indio.
Sonó la cerradura de la puerta, clack, clack. El semblante de Jíman mudó en tanatorio. Pasó la mano por su lustrosa cabellera dorada; si se hubiera marchado un mes antes, ahora estaría haciéndose fotos en Stamford Bridge. Se levantó sin tener muy claro qué hacer. Indio pensó que podía tirarse por la ventana. El sol desaparecía tras los esqueletos de viviendas y las grúas abandonadas. Nunca se lo imaginó así.
Virgencita, que sea la policía.

TRES CÍRCULOS (II)

trescirculos

—No puedo ni fumar.
—Los nervios.
Carlos arrojó el cigarro y se detuvo para vomitar. La calle estaba desierta, únicamente transitada por alguna chica a la carrera, en mallas y con auriculares. Más que un barrio era un monumento a la asentada juventud procreadora, sin viejos, con monstruosos parques infantiles acolchados y bares con una concurrida zona chill-out nocturna, fruto del «nos quedamos por aquí» que los viernes alejaba a sus pobladores del centro. Indio lo conocía bien; gran demanda de cocaína, menor de cristal, fabulosos pagadores, currelas con curro, secretarias, cajeros de banco y funcionarios sanitarios. Además anduvo con una tía que vivía a dos manzanas del Jíman, una de esas que corre en mallas. Funcionaba bien la cosa. Ella trabajaba mucho y vivía sola; con las amigas desperdigadas por el mapamundi, casadas la mayoría, se conformaba con follar después de hacer footing. Para frotarse las manos, a priori. Luego se cansaron.

«Indio, la vida no es una peli de putas», el epitafio de su padre.

Jíman esperaba en el umbral de la puerta. Llevaba una camiseta de baloncesto y los habituales pantalones gigantescos. Sin gorra, como había pronosticado Carlos: en casa la colgaba del perchero de su dormitorio. Se sentaron en el salón; la tele encendida mostraba un menú del Fifa 15. Cenicero, mechero y Coca-Cola. Y nada más.
—Cuánto tiempo, Indio. Oí que te habías quitado.
—Algunos días. Es para el socio. Sesenta.
—Me suenas tú.
Carlos se había transformado en un ser translúcido.
—Del Elepé a lo mejor.
—Puede. Mucha cerda y mucho maricón.
Indio observaba a Carlos, que estaba a punto de erupcionar.
—Oye, ¿el servicio?
—Al fondo.
Jíman lanzó una bolsa transparente llena de marihuana encima de la mesita. Luego cogió los mandos de la consola.
—Dale, que te voy a machacar.
Demasiado bien transcurría todo.
—No soy muy de juegos.
—Vete a la mierda. Esto no es un juego. Es el puto Fifa. Es el juego. Mira —señalaba la pantalla—, tres Champions que he ganado con el Numancia.
Indio odiaba los videojuegos modernos, le parecían ininteligibles y demasiado complicados. Había un problema añadido: al jugar con la cruceta —porque el joystick analógico se le resbalaba— su pulgar izquierdo terminaba acalambrado durante días. Recordó su infancia en los recreativos, la fortuna dilapidada en partidas de Snow Bros. Los tiempos fáciles.
—Elige unos buenos Indio, que estoy a tope. Te voy a enseñar mi último descubrimiento. Te presento a Dios de Ébano-Negraldo-o rei Doumbia.
Jíman seleccionó al CSKA de Moscú. Indio buceaba en la segunda división inglesa. Le gustaban los escudos.
—Pues no sé. ¿Sigue siendo el Barça el mejor?

TRES CÍRCULOS (I)

trescirculos

Aparcaron el Opel Kadett detrás de un tráiler portugués, en una barriada nueva con aceras amplias, poco tráfico y bloques rodeados de césped con árboles raquíticos. Carlos había apagado el contacto y cuando estaba a punto de abrir la puerta, el Indio le agarró del brazo con fuerza.
—Quieto. ¿Te has tomado eso?
—Que sí Indio. Joder, qué pesado te pones…
—Pues vamos a repasar el plan. Enseguida tendría que hacer efecto —miró el reloj—, en diez minutos o un cuarto de hora. Te vas a fumar un cigarrito de camino, tranquilamente, para ayudar un poco.
—Indio, macho, Ocean’s eleven
—Calla. Como este anormal nunca se aleja de la Play más de un metro, seguro que quiere jugar conmigo. Mientras nos viciamos, tú vas y lo haces. Ligero, no te recrees. Serás un aspresor, así que cuidado.
—La gorra. Es fundamental. Tiene que ser en la gorra.
Cerraron el Kadett y pusieron rumbo a casa de Jíman.

Miguel Ángel Pérez de Algo. El Jíman, por el tamaño y el rubio.

Sus padres eran de familia bien, médicos, pero el crío les salió del bando de los enfermos. Mentales, para más señas; eran frecuentes y complicados sus ataques de ira. Indio los recordaba bien, habían coincidido durante un par de cursos en el instituto. Ahora se dedicaba a pasar la hierba que cultivaba en el sótano de un pabellón agrícola. Un idiota con los días contados. Se había puesto por su cuenta con estruendo, repartiendo vicio rico y barato a lomos de un Vespino fosforito. De vez en cuando, para ganarse a los fumetas, hasta regalaba parte de la grifa. Vanidad y estupidez que lo convertían en candidato idóneo a un prematuro suicidio asistido. Y es que, eso de volar en libertad, a los malos no les gusta; comienzan a patrullar, chimbera al hombro, dispuestos a fertilizar el suelo con gorriones aventureros. O mensaje al castillo; que envíen los halcones a lo hora indicada en el lugar preciso. La cosa era que Indio no tenía nada contra él, pero Carlos, su amigo desde parvulario, le había quemado el móvil con llamadas y Whatsapps. Quería venganza. Por lo visto, el Jíman estuvo saliendo con su hermana, la Moni. La más vieja; mucho arrumaco, mucha casa rural, mucho sólo te quiero a ti mi vida, pero siempre sin descuidar al resto de menstruantes. Y mientras, la Moni hecha mierda, magdalena y antílope africano, a punto de acostarse sobre los raíles. Muchas luces no debía tener la chica; anda que enamorarse de semejante tarado… Indio pensaba que todo el mundo tenía derecho a ser tonto pero que su estupidez no obligaba a aprovecharse de ellos. Carlos no le pilló el punto a ver a su hermana como depósito de esperma o kleenex de madrugada. Andaba ciega, la pobre; cumplía con las aberraciones que se le ocurrían al Jíman sólo para complacerle. Y era retorcido el tipo; la hacía cabalgar la palanca de cambios, contaba Carlos, frotarse contra fulano o mengana, la paseaba por casa con una correa al cuello, a veinte uñas, vestida de Catwoman. A veces lo grababa con el móvil, según le daba. Tras insistirle mucho su hermano y después de que Jíman la despachara de casa, Moni le había puesto los vídeos, y éste, a su vez, al Indio; al principio le apuró la idea de observarla de esa guisa, haciendo a saber qué. «Mira Indio, yo he vomitado viendo esto. Imagínate cómo se encuentra ella… que es mi hermana, hostia… Pero quiero que me ayudes y por eso te los muestro». Eran clips cortos, de minuto y medio más o menos. En el más doloroso, el chorro de Jíman atravesaba la cara de susto de Moni en diagonal. Le había calado su gorra, una con los colores de Etiopía y la hoja de maría al frente; aquella debía ser su firma. Como remate, se carcajeaba fuera de plano y le dedicaba dulces versos como «no dejes nada, marrana». Al Indio se le revolvieron las tripas. El Carlos y la Moni. Destruidos por un subnormal con ínfulas de Tony Montana. No podía ser, pensó Indio.