Etiquetado: 2018

EN CASA

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Todos los que nacieron en el ochenta y tres me caen mal. Aún hoy, después de haber alcanzado una supuesta madurez, si conozco a alguien de esa hornada me pongo en guardia inconscientemente. “¡Cuidado!”, susurra una vocecilla dentro de mí, “este pertenece a la camada de aquel año maldito, este mamón es de los mayores”. Aunque parezca simpático y agradable, me digo, algo esconderá debajo de su carcasa modélica, algo quedará de aquel ser malvado, nacido exclusivamente para atormentarnos a nosotros, los del ochenta y cuatro. En mi colegio reinaron durante años, pero cuando pasaron al instituto se diluyeron; en un centro gigantesco, con gran densidad de cabrones por metro cuadrado, importados de barrios o pueblos lejanos y peligrosos -lo lejano siempre es peligroso-, sucumbieron sin heroísmo. Una de las cosas que recuerdo con mayor claridad de mis días de recién llegado al instituto fue el toscón que un ser anónimo -una montaña de un barrio lejano y peligroso- asestó a U., uno de nuestros antiguos torturadores. ¡Plas!, retumbó en el pasillo de techos altísimos. Y todo el mundo rio. Mi cara de incomprensión animó a la montaña a dar explicaciones: “Anda, dale una hostia a U.” Me dio pena U., que me miraba como si no me conociera con ojos de perrillo apaleado. Y no le pegué, claro. Pensé en Darth Vader arrodillándose ante el Emperador en El Imperio contraataca. Siempre hay alguien más malo. Y un montón de preguntas llegaron. ¿Quién es este ser, que a al villano de mi colegio lo tiene acojonado? ¿Cómo ha pasado U. de verdugo a víctima? ¿Qué le ha ocurrido durante el último año?

Dice la solapa de Barraca y tangana que Enrique Ballester nació en Castellón en 1983, así que, de entrada, no me tendría que caer bien. A los del ochenta y tres les exijo el doble, tienen que demostrar su valía para que pueda reconocerlos como uno más. Barraca y tangana es su nuevo libro, una recopilación de las columnas que escribió entre 2016 y 2018 en el periódico Levante-EMV. Ballester, ese mamón del ochenta y tres, ya me cautivó con Infrafútbol, pero ahora, con este compendio se ha convertido en una de mis predilecciones. A cualquiera que le guste el fútbol le doy la chapa para que se lo compre. Ante la nueva polémica de turno en el trabajo o en el bar, ya sea un penalti dudoso, el galimatías del VAR, un forzamiento de tarjetas, suspiro y pienso “léete El Libro Amarillo Mostaza, anda, a ver si aprendes algo”. Aquí el fútbol es lo de menos. Bueno, no lo de menos porque nunca lo es; impregna todas las páginas, es la mina de la que se alimenta su literatura, pero sería injusto reducirlo solo a un libro de fútbol. Es muy difícil descifrar qué es ese algo que algunas obras poseen. Podemos aproximarnos y enumerar parámetros racionales -pensados a posteriori- para explicar por qué nos gustan o nos dan repelús. Yo, por ejemplo, me he construido el parapeto argumental de que todo aquello que me encanta contribuye a desentrañar lo incomprensible y confuso de nuestra existencia; el misterio de la interacción humana, en palabras del director David Mamet. Así dicho, suena pedante, qué le vamos a hacer. Creo que una de las claves de mi adicción a Ballester es que utiliza el fútbol como excusa para contar la vida. Todo está narrado desde fuera, Ballester se encarna en testigo irónico, reflexivo y cómico. Y esa es otra de las claves: el humor. Corrosivo a veces, más blanco otras, pero siempre certero e inteligente. Ballester tiene ese algo con el que conecto de forma inmediata; desde la primera frase lapidaria del libro, la obra dialoga conmigo como si fuéramos amigos de siempre. Existe una cercanía, una sensación de sentirte como en casa. Ese sentimiento es fantástico, si no lo han experimentado me compadezco de ustedes. No sé qué tipo de reacciones químicas se desatan al leer o contemplar algo que te habla directamente a las tripas, pero produce la mayor sensación de bienestar del mundo. Estar en casa es llegar y que todo esté ahí. Meterme en la cama donde ya duerme mi novia que nació en el ochenta y tres, reunirme con los amigos para hacer nada, escribir esta mierda mientras me tomo un café igual de congelado que una grada de tercera. Desde ahora, también leer El Libro Amarillo Mostaza. Y los que vengan.

Tanto Infrafútbol como Barraca y Tangana han sido editados por Libros del KO.

ASFALTO FÉRTIL

carretilla

—Voy a toda hostia por el asfalto fértil, donde crecen los Mercedes.

Se incorporó un poco para escupir en una palangana pantanosa. Luego se recostó mirando al techo de nuevo. Llevaba una semana sin salir de casa porque le habían echado del curro. Batió su marca personal: 15 días. Lo poco que ganó, o bien navegaba orgánico, viscoso, por la palangana o se derramó por sus piernas en algún momento del fin de semana. Aquel sueldo viviría para siempre en su chaise longue y alfombra. Indio había abierto las ventanas, pero el hedor le había cogido cariño. Aquello era mucho peor que cuando la Ceci y la Tamara lo lavaron en la bañera; la vez del Descendimiento.

—Noto que la máquina culea del pretón que le he metido, casi me salgo por un lateral. Me coloco delante de la hilera de carracos aparcados en batería. Hay muchos SUV; ya sabes, Indio, que ahora se llevan mucho, para matarse menos. Y también berlinazas de ministro. Guapísimos, unos tanques que alucinas, ochenta el más barato. De ahí para arriba. Ojo, que hay un Rolls que vale varias de nuestras vidas. Pues eso, que me pongo con las uñas mirándolos fijamente, en perpendicular. Voy en gayumbos nada más, descalzo, aunque el día es gris y hace frío. Estoy en perfecta comunión con el medio, ¿me entiendes?, la máquina y yo somos uno. Entonces respiro profundamente y me enciendo una buena estaca de guaigüi. Piso poco a poco el acelerador, quiero ver como las uñas se hincan lentamente en la puerta del conductor. La chapa comienza a crujir y retorcerse, las ventanillas se resquebrajan, sale líquido de las tripas del cacharro, sangra el Mercedes de los huevos ¿entiendes? Se arma un follón de cojones; el de la garita se lleva las manos a la cabeza, los airbags saltan, ¡fum!, ¡fum! Buenísimo, primo.  Por las ventanas de las oficinas comienzan a asomar las caritas del personal; seguro que piensan que soy del puto ISIS o algo así, pero más chungo aún, sin pijama negro, un terrorista en pernetas. No entienden lo que está pasando y me encanta. No se puede explicar con palabras, Indio. Se me aparecen los momentos más felices; el nacimiento de mi sobrina, cuando me echaron de las monjas, con la Yoli a solas, cuando llevé a mi madre a ver el mar. Son como fotos que se superponen unas a otras y se mezclan. Y acelero y levanto las uñas y le doy la vuelta al Mercedes, y lo aparto, y a por el siguiente. Y es la vieja, de repente, Indio, y va de la mano de la Yoli (cañón con ropa como de boda y el carmín moruno aquel que se ponía), y lleva a mi sobrina también de la mano. Aparecen sobre el salpicadero, pequeñitas, como en Cariño, he encogido a los niños. Pues eso, que me crezco muchísimo, primo. Ya sabes, estas cosas te tocan la patata. Empiezo a llorar de alegría y echo más humo que la chimenea de la máquina. Y ellas se ríen y empiezan a bailar Paquito el Chocolatero; mi madre en zapatillas de casa, como en el pueblo, la Yoli se arremanga el vestido y empieza como la Lola Flores, mi sobrina zascandilea por ahí, moviendo los brazos a ritmo de las trompetas. ¡Hostia, Indio! ¡Soy tan feliz! Acelero más aún y los putos carros estallan. Tiririririririiri, ¡eh!, ¡eh!, ¡eh! Y van las tres ahí, en cadeneta; tres generaciones de mujeres que me dicen a la vez: «Tata, reviéntalos».

PORTARSE

macetas

En una esquina del salón se agolpaban varias macetas con plantas coloridas. Indio no las recordaba. Tampoco recordaba la última vez que estuvo en casa de Rafa.

Rafa era profesor de universidad, pero buen tío. La madre de Indio trabajó muchos años limpiando y cocinando en aquel piso. Siempre decía lo mismo: «Rafa se portó muy bien con nosotros».

Gloria se despidió. Iba a la escuela de idiomas. Indio la siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró. Rafa esperó a que el sonido del ascensor se apagara.

—Yo tampoco lo entiendo —dijo—. Y me da igual, no voy a buscar explicaciones. Se ha empeñado en vivir aquí. Conmigo. Tiene veinte años y ha decidido compartir su tiempo con un carcamal que odia salir, que ya no quiere viajar, que no le caen bien los hombres ni las mujeres, ni los negros ni los blancos ni amarillos; feo, gordo, calvo, al que nadie quiere arrimarse. Le he dicho que se vaya. No quiere. Ni yo tampoco; pero mi obligación es decírselo.

Rafa enmudeció unos segundos y volvió la cabeza hacia los tiestos.

—¿Sabes lo que hice yo con veinte años?

Indio se encogió de hombros.

—Alquilé un coche con mis amigos y nos fuimos al extranjero. Hambrientos de mundo, de Europa. Queríamos conocer aquel misterio que nos esperaba desde Grecia y Roma. Estaba ahí para nosotros. Como si sus más de dos mil años de historia solo fueran un trámite para que la recorriéramos. Fuimos a Francia, Alemania y Dinamarca. Follamos lo que nos dejaron, bebimos lo que pudimos y, cuando jodimos las perras, volvimos. No es mucho, Miguel Ángel esculpió la Piedad con veintitrés. Ahora no quiere marcharse a Irlanda a currar en verano. Yo le repito que eso es porque aún no le ha entrado el hambre, pero que el hambre llegará porque es ley de vida. Y hay que aceptarlo. Estoy preparado; no te puedes comprar un león de melena preciosa y exigirle que no coma. Sería injusto y cruel; a mí nadie me mandó a la jaula. La verdad es que me basta con verla pasearse por aquí, regar las plantas, lavarse los dientes, oler la estela del perfume por el pasillo. Ya sé lo que dicen, ni te voy a preguntar.

—Mejor.

El móvil de Indio vibró. Regresó el tono familiar de Rafa.

—Bueno, ¿y vosotros qué tal? Hace mucho que no veo a tu madre.

Indio sacó el teléfono. Mensaje de Mamá Móvil.

Dale recuerdos a Rafa y

Aprovechó el escribiendo para sacar el paquete de tabaco y un chivato lleno de marihuana.

—Igual que siempre.

—¿Te puedo hacer una pregunta? No te mosquees.

—No me cabreo.

—¿Te habla de mi alguna vez?

—No.

—Claro —Cogió el chivato verde y lo abrió—. Para prevenir el glaucoma.

Volvió la vibración al teléfono de Indio. Mamá Móvil terminó de escribir.

no se la cobres. acuérdate anda porfavor

COSAS GUAYS (Primavera 2018)

portada urss

La URSS

No me gustaban mucho.

Debió de ser cuando sacaron Producto, el primer disco suyo que escuché. Yo salvaba aquel trabajo por los textos impregnados de repelente anti-lo de siempre. “Personales”, como dice la crítica musical exprés de las redes cuando el bocado no atraviesa el gaznate a la primera o no le interesa tomarse en serio a sí misma, por incapacidad o dejadez. Recuerdo poner el disco muchas veces, admirar las letras y flagelarme porque la banda no me gustaba lo suficiente. Y tenían que gustarme más. ¡Con ese nombre! Su semejanza (a ratos) con Larsen me impedía disfrutarlos plenamente. A Larsen “los odio” porque compusieron Frontera francesa, emblema que las bandas punks riojanas activas hace veinte años utilizaron para rematar al respetable tras acribillarlo con ráfagas de interminables días en Texas.

Quizás debería concretar qué significa no me gustaban mucho. Al principio, también hace veinte años, ni beber cerveza ni fumar me agradaba demasiado. Intentaré explicarme mejor. Si hiciéramos una media aritmética de los parámetros punks y musicales, La URSS de Producto pasaría el corte de largo, situándose a años luz de la mediocridad. Aquel disco era mucho mejor que la media de discos punks. Sin embargo, yo aún no había entrado a su mundo. No encontraba el acceso. Y creo que los andaluces no habían abierto el portal definitivo a su particular reino, desbrazado el oculto sendero a sus dominios; todavía no habían publicado Sonidos de un derrumbe.

Suena tópico. Es a partir del LP de 2012 cuando La URSS anexiona mi país para siempre. A lo mejor no supe verlo antes. También contribuyó su directo, claro. Y el conocimiento de lo que tienen entre manos. La URSS moldea a placer esa materia punk primigenia; un mineral fácil de extraer, pero cambiante y extraño. Ellos lo conocen a la perfección, cómo reacciona ante los diferentes estímulos, al frío y al calor, a la luz y a la oscuridad; es el material con el que se construye la gramática del punk. Lo refinan, eliminan el rock para levantar un esqueleto antiguo recubierto de nuevas pieles y músculos, nueva carne, novedosos órganos que insuflan vida a una criatura ausente en los bestiarios. Es necesario dominar la sintaxis para identificar los elementos básicos y destruir lo conocido, las piezas que habitan el estilo, para construir lo nuevo. Luego llegó Maravillas del mundo. Más de lo mismo, más perfección y sabiduría.

Como La URSS se empeñan en seguir vivos y sacar discos, ahora acaban de lanzar Nuevo Testamento. Aquí se podría decir que la banda por fin tiene la producción que se merece o que Nuevo Testamento supone su consagración. Yo simplemente veo a una de las mejores bandas de punk recorriendo su camino, publicando discos buenísimos, potenciados por una gráfica exquisita y un discurso magnético. Ellos lo han diseccionado en este artículo, así que no escribiré demasiado del álbum.

Ya sé que soy muy pesado repitiendo siempre el mismo mantra. Me alegra que las bandas que me gustan continúen haciendo discos geniales.

 

El nuevo disco de La Urss se llama Nuevo Testamento y lo ha publicado Humo en España y Todo Destruido y Discos MMM en Estados Unidos.