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LA ESCUELA VERDADERA

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La semana pasada se presentó el nuevo monográfico que se ha currado Puskas para  La Chimenea Fanzine: LA ESCUELA VERDADERA. Una mirada de apreciación al rap de Nueva York y una reflexión crítica sobre la inmadurez del género. Los que somos fanáticos suyos siempre ansiamos que mueva ficha; que cante un poco o que saque algún disco de estos que, cuando suenan, sube el pan y se convierten en puñeteros clásicos inmediatamente. “A ver qué dice el Puskas” pienso cuando me llevo el nuevo trabajo hacia el reproductor más cercano. Pues esta vez ha dicho muchas cosas, ha escrito un librito que puede considerarse una pequeña enciclopedia de bolsillo para el rapero y el profano -que a veces son lo mismo- acerca del rap y el hip hop. Con un estilo fluido y directo, Puskas aclara y explica tecnicismos, propone una lista abundante de los artistas que iniciaron toda esta movida, detalla los contextos sociales y culturales del Nueva York de los ochenta, cuenta anécdotas y critica reflexivamente la deriva del género. Completo, completo. La guía definitiva para el distraído, ya lo avisa la portada. Consíganlo en los lugares de distribución habituales, háganse el favor.

Aprovecho para publicar las reseñas de sendos discos de Puskas –Ley de vida (2008) y Bitch Street (2010)- que salieron en dos difuntos blogs que mantuve hace años.

RADIOGRAFÍA DE UNA CIUDAD CUALQUIERA

Podría tratarse de un barrio de cualquier ciudad de cualquier país occidental, pero el rapero Puskas se ha propuesto diseccionar la vida cotidiana de Logroño, la de verdad, la de los barrios, en su nuevo trabajo Ley de vida. En el fondo si repasamos su extensa discografía nos damos cuenta de que este anhelo por desentrañar y conocer los secretos de nuestra pequeña ciudad (con sus minúsculos triunfos y grandes miserias) siempre ha estado presente. Basta con recordar temas antiguos como “Lo justo” o su anterior álbum 13 (la antesala de lo que nos ocupa) para extraer el común denominador, la esencia de su obra: la lucidez y la coherencia de su discurso, la fina ironía y la facilidad para señalar los problemas endémicos de este barco a la deriva llamado Logroño aquí y ahora. Mientras unos pierden el tiempo financiando cruentas guerras de ego adolescente, Puskas no se ha dejado llevar por lo que diga un gilipollas en chándal y ha confeccionado, junto a Ochoa, un disco desgarrador y real. Los textos son más descarnados que nunca y apenas en alguna canción vemos un rayo de esperanza (“No todo está perdido”). El disco supura pesimismo y añoranza de un pasado mágico que se nos escapó sin darnos cuenta, al que intentamos sin éxito regresar y únicamente podemos recrear en la memoria mediante complejos mapas de recuerdos (“Logroño era una fiesta”en el que han colaborado músicos de otras bandas de la ciudad). El hilo conductor de la ley de vida es la defensa de la vida cotidiana del barrio frente a la frivolidad exhibicionista de película de Hollywood que nos intenta colocar algún listillo. La base instrumental es sencillamente espectacular, la banda sonora perfecta para el estilo arrastrado, poético e incendiario de las líneas que Puskas escupe con precisión de cirujano. Un disco clarividente, necesario, alejado de tópicos pueriles que pretende hacer reflexionar a toda una ciudad.

EN LA CALLE DE LAS PUTAS

La oxidada chapa azul en la esquina de una manzana del centro recibe al extraño. Bitch Street. Es el Distrito Dos y la calle luce llena de vida, engalanada con banderines de plástico que zigzaguean sobre nuestras cabezas. No hay que ser muy listo para saber que se celebra algo. Algo gordo, algo que posiblemente estuviera allí antes de que Bitch Street fuera trazada en los despachos de urbanismo del ayuntamiento, y que ha permanecido ajeno a muchos que miran sin ver. Hay música rap. Los bafles se apilan enfrentados sobre las aceras atestadas de putas, buscavidas, currelas y algún que otro secreta. Sigo avanzando calle abajo y, sin quererlo, me he convertido en el objetivo de todas las miradas. Es normal, pienso, no me conocen demasiado y, al fin y al cabo, a nadie le gusta que enturbien su fiesta. Son demasiados preparativos, años de esfuerzo y dedicación para que venga ahora un desconocido a joderlo todo. Aún así, pese a la pátina de fiesta privada, el ambiente que se respira es muy agradable; ya me han invitado a un par de solysombras y mi percepción, levemente afectada, me juega malas pasadas. Los bordillos de las aceras de Bitch Street han decidido traicionarme y doy con mi barbilla en la clásica baldosa adornada con motivos vitivinícolas. La gente que ha presenciado mi derrumbe ríe a mandíbula batiente, se han dado cuenta de que alguien tan torpe como yo no puede ser policía. Se acercan dos tipos que me comentan que vaya con ellos rápido, que al final de la calle va a comenzar un concierto de Bitch Street. Son Puskas y Macho, dos raperos oriundos de la calle de las putas los encargados de poner el colofón a la velada festiva del barrio, los maestros de ceremonia que vertebran un espectáculo en el que prácticamente todos los habitantes de la calle tienen cabida. Se divierten haciendo rap y se nota, contagian al personal su alegría, humor e ironía ante una vida que se empeña en enseñar los dientes en vez de abrir las piernas. Y eso la gente de Bitch Street lo sabe y celebra. Estar ahí, al pie del escenario ya es motivo de júbilo. Estar ahí. Observando.

 

 

PEQUEÑA HISTORIA DE UN LUGAR (II)

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The Wire. 2002-2008. Estados Unidos. Creador: David Simon.

Finaliza el último episodio de The Wire y se apodera de mí una desazón dolorosa, la tristeza del último bocado de la tarta exquisita. Llega el asedio de cuestiones que había pospuesto mientras la veía, cuestiones de magna importancia. ¿Qué hacer cuando acaba? ¿Cómo suplir las dos horas nocturnas que tantas satisfacciones me han reportado durante los últimos tres meses? Y la principal: ¿Existe algún sucedáneo con el que perder el tiempo de manera igual de gustosa?

Es sorprendente cómo puedes añorar a unos grandísimos hijos de puta. Me ocurre con McNulty y Kima, con Daniels y Bunk, con Omar. Incluso con esa tonelada de repelús llamada Jay. El polaco –Prez- de nombre impronunciable que protagoniza una insólita evolución desde su nauseabunda aparición al principio de la serie a su reconciliación total en el ocaso. La siniestra pareja formada por el gigante Chris y la andrógina Snoop, que son la muerte en Baltimore y que me recuerdan a aquéllos ejecutores de los cómics de Sin City, el Gordo y el Enano pero en situación invertida. Si los matones de la ciudad del pecado amenizaban su trabajo de funeraria fuera de la ley pronunciando extensos discursos, los sicarios del capo Marlo son su imagen en negativo; apenas utilizan unas palabras para introducir lo que va a acontecer, puesto que la desdichada víctima conoce el destino de los que se cruzan en el camino de la pareja del farol y la pistola de clavos. El gran tapiz The Wire enlaza las hebras de la vida, de las personas, sus relaciones y su complejidad;  los seres humanos y su condición, más allá de si les ha tocado lidiar al margen de la legalidad; los malvados trajeados y el paria de gran corazón. Y viceversa. Un recorrido subterráneo que atraviesa todos los estamentos de Baltimore, desde los peligrosos guetos este y oeste a los encerados suelos del ayuntamiento y exhibe la doblez de muchos de sus habitantes sin rubor; hipocresía cómodamente instalada en sus (nuestros) quehaceres cotidianos cuyas consecuencias –a menudo horrendas- dependen del poder que dispongan (dispongamos). Doblez que el comandante Colvin explica al alcalde Carcetti mientras le muestra los bajos fondos de la ciudad. Colvin echa de menos al propietario de la funeraria del barrio pese a tratarse de un racista manifiesto que no abandonaría su oficio hasta enterrar al último negro del vecindario. Colvin (que es negro y antiguo inquilino de la barriada) cuenta que le respetaba en cierto modo, que al menos su pensamiento era translúcido y podían adivinarse sus intenciones independientemente de lo penosas que fueran. “Al menos era honesto”, confiesa el comandante fijando la mirada de Carcetti, “no como ustedes”. La imagen sin principio ni fin, los políticos bailando al son de la gramola circunstancial.

PEQUEÑA HISTORIA DE UN LUGAR (I)

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The Wire. 2002-2008. Estados Unidos. Creador: David Simon.

Al principio, cuando me recomendaron The Wire, no podía imaginar que se trataba de algo así, de una obra tan completa, rica y endiabladamente entretenida. La culpa de no empaparme de ella antes es sólo mía, lo reconozco; muchos amigos serie-adictos me habían instado a que la viese lo más rápidamente posible, incluso alguno clamaba que cómo podía vivir sin ver The Wire. El único problema que encontraba a The Wire (no es que dudara del gusto de mis amigos) era su formato serie. No acostumbro a ver muchas, nunca me he enganchado a ninguna y hay tantas, que no consigo aclararme ni ponerme al día acerca de cuáles son decentes, cuáles me pueden gustar o identificar las pestíferas. Se añade la pereza que me produce iniciar un camino más o menos largo (en este caso no son más que cinco temporadas) y ya tenemos el archiconocido cóctel de la desgana. De esta forma, los primeros cuatro capítulos que me prestaron languidecían en algún nivel de la torre de deuvedés aguardando un benevolente detalle por mi parte, una ocasión perfecta para no defraudarme. Una noche los devoré de tirón y al día siguiente comencé las gestiones telefónicas adecuadas para hacerme con la serie completa. De esto hará poco menos de un mes; he visto las dos primeras temporadas y estoy en el ecuador de la tercera. Todo lo que había oído acerca de The Wire es cierto; de momento (no sé como terminará) me parece la mejor serie que he visto nunca, sencillamente. La última que comencé a ver fue The Walking Dead; ví cuatro o cinco episodios, el primero muy bueno y el resto me parecieron bastante flojos.

En The Wire la verdadera protagonista es la ciudad de Baltimore, como la Barcelona de Vázquez Montalbán o la Marsella de Jean-Claude Izzo en la trilogía mediterránea protagonizada por Fabio Montale. Y tantos ejemplos más. El mundo del hampa, las pugnas de poder policiales y políticas y las relaciones entre ambas como excusa para un análisis social magnífico. No hay cartón piedra ni señuelos de llamativos colores; una despreocupación por sí misma poco frecuente en el paisaje televisivo actual. The Wire es la chica que te gusta, no te hace ni puñetero caso pero no puedes dejar de mirar. Si quieres vienes, y si no, pues nada, no hay interés por meternos el producto con calzador. Personajes que no hacen lo que quieres que hagan, autónomos. Una realización estupenda, sin esa manía persecutoria que ha poseído a la mayoría de series de televisión y las ha transformado en penosas bagatelas desechables. The Wire respeta al espectador, no lo trata como un gilipollas limitado. Y sobre todo esa sensación (quizás me equivoque) de producto barato que nos demuestra que la pasta no lo es todo, que hace falta algo más, que es posible elaborar historias magníficas dándole al coco. Seguiré contando bondades sobre The Wire dentro de otro mes, cuando la termine de ver.

SKYFALL (Sam Mendes, 2012)

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Skyfall. 2012. Reino Unido. Dir: Sam Mendes.

Aprovechando el estreno inminente de Skyfall, El País Semanal publicó un artículo sobre los diferentes actores que han dado vida a James Bond con el objetivo de dilucidar cuál de ellos ha sido más Bond. Algunos de los autores optaba por la primitiva atracción que ejerce Connery –a mí siempre me ha parecido un poco tosco-, la ironía de Roger Moore, la agresividad de Dalton, la testimonial actuación de George Lazenby y la elegancia del más reciente 007 de los noventa, Pierce Brosnan. También se comentaba si Daniel Craig daba el pego o no, a pesar de que Skyfall supone su tercera encarnación del agente británico. Yo me he tragado toda la saga aunque muchas de sus entregas las tengo olvidadas; me gustan las aventuras de Bond en sí, los lugares que habrán escogido para filmarlas, las taras físicas que sufrirán sus taimados enemigos, los estrafalarios inventos de Q, los aún más estrafalarios guiones que parecen escritos por niños de primaria, las existencias dramáticas de la chicas Bond, las chicas Bond en sí… Para mí todo supone un compendio indivisible, a veces por encima del propio actor que interpreta al famoso espía, así que puede decirse que me da un poco lo mismo quién sea. Si tengo que elegir me quedo con Roger Moore. La espía que me amó – The spy who loved me (Lewis Gilbert, 1977) es de mis películas bondianas preferidas y la verdad es que no sé por qué. Quizás sea ese aire de serie b que tiene.

Sam Mendes dirige a Bond en lo que parece una auténtica reconversión del personaje. Tras una aceptable Casino Royale (Martin Campbell, 2006) y la decepcionante Quantum of Solace (Marc Forster, 2008),  existían altas expectativas acerca del camino que tomaría la franquicia. En manos de Mendes, Bond se ha oscurecido un poco, parece un hombre que tiene conflictos como un ser terrenal. Problemas de verdad, no los habituales relacionados con una organización secreta que quiere destruir el mundo. Se trata del Bond más minimalista de todos, sólo necesita de una radio liliputiense y de su Walter PPK para poner freno a la venganza urdida por Silva. Esta asepsia instrumental puede interpretarse como un guiño al nacimiento cinematográfico del personaje; el Aston Martin plateado homenajea el primitivo despertar del agente en la piel de Connery. Bardem borda al malvado repulsivo y sádico a pesar de que no se ha doblado a sí mismo en la versión española; el doblaje de la película es de cárcel y llave al mar, pero eso es harina de otro costal y merece un artículo propio. El doblaje es una tradicional lacra que cada uno lleva como mejor puede, pero es que de un tiempo a esta parte, cada vez me parecen peores. Además de no dejar opción para ver –quien quiera- las versiones originales, nos las tenemos que tragar directamente tergiversadas, con lamentables traducciones y sincronizaciones penosas. Directamente mal hecho. Volviendo a Skyfall. Comienza con la clásica escena de acción y créditos espectaculares, no aburre en prácticamente ningún momento pese a existir algún que otro forzamiento narrativo, los habituales encajes a martillazos de las películas de Bond. Sólo se me ha hecho un poco pesada al final, para mí demasiado extendido. Mendes nos propone un Bond humano, acuña una nueva vertiente del personaje, su dimensión como individuo y recupera un elenco de personajes que puede funcionar para numerosas películas más.

PINTAN BASTOS EN PARÍS

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Taken. 2008. Francia. Dir: Pierre Morel.

Últimamente me he dedicado a perder el tiempo ingiriendo películas de venganza familiar, ése subgénero plagado de casquillos de bala, violencia exacerbada y persecuciones endiabladas con finales aleccionadores. Hay gente que no soporta éstas cintas. No les culpo. A mí me divierten bastante, siempre y cuando esté rodeado de amigos predispuestos a la caspa total; cinéfagos que nos entretenemos emulando a los guionistas del film barruntando lo que sucederá en la siguiente escena. Disfruté de lo lindo con Kevin Bacon ataviado con la cazadora del equipo de fútbol americano de su hijo muerto, recortada en mano, metiendo plomo a todo cristo en Death Sentence, claro homenaje a Charles Bronson. Sin embargo, de todas las vendettas que devoré me quedo con la que más carcajadas consiguió arrancarme. El título en castellano (Venganza) es esclarecedor, nada de metáforas rebuscadas ni juegos de palabras ocurrentes. Directo al grano. En Taken, un agente retirado de la CIA,encarnado por un siberiano Liam Neeson, tiene que acabar con una peligrosa banda de albaneses que ha raptado a su hija con el fin de drogarla y prostituirla en un infecto antro de un gueto parisino. Nada nuevo bajo el sol. Luc Besson firma un guión desbarrado, exagerado hasta el delirio, marciano y caricaturesco. La galería de personajes es de instantánea familiar sobre televisor; la madre de familia de raigambre, separada de un Neeson que olvidó a la suya perdido en juegos de espías en algún lugar del mundo, la dulce hija adolescente trasunto de la vírgen, el nuevo marido, un bufón cobarde, frívolo y estúpido. Completan el elenco de tópicos los antiguos compañeros de Neeson en la CIA. Montan barbacoas y comentan anécdotas de cuando provocaban golpes de estado en Sudamérica. Tras un inicio mostrándonos cuánto quiere Neeson a su hija, el baile da comienzo cuando  ésta le comenta la idea de irse a París con una amiga a pasar las vacaciones. Al agente de la CIA no le hace ni puñetera gracia eso de carne fresca en una Europa llena de tiburones y así se lo manifiesta a su ex mujer. Eres un paranoico Brian, las chicas sólo quieren divertirse, tienen que conocer el mundo, ya estás con lo de siempre… Liam Neeson accede a regañadientes firmando la autorización para salir del país puesto que la niña, para más inri, es menor de edad. Aún así, papá impone unas condiciones; tiene que llamarle a todas horas para decirle que se encuentra bien, al despertarse, al acostarse. No le pone un localizador GPS en las bragas porque entonces no habría película. En el aeropuerto, Liam Neeson descubre fortuitamente que la intención de las dos jóvenes es pegarse un festival impresionante siguiendo a la banda U2 en su gira europea (de diez Besson). Neeson imagina por un instante a su hija en algún espartano festival rockero, sucia de barro hasta las orejas,  borracha como una cuba en una orgía satánica con moteros tatuados. La deja marchar resignado.

París de la Francia. Las chicas se divierten haciéndose fotos ajenas al peligro que les espera. Un atractivo joven autóctono les invita a compartir un taxi alegando que son muy caros. Cuando llegan a su residencia, el francés misterioso comenta que habrá una fiesta por la noche. A la hija de Neeson no le seduce la idea de acudir a la fiesta del primer desconocido que pasa por el aeropuerto, pero su amiga (el personaje putón verbenero) la convence mediante un argumento de peso: el francés es muy guapo y por algún sitio hay que empezar la aventura europea. Ya en casa, mientras la amiga cheerleader salta de sofá en sofá mientras atruenan The Hives en el equipo de música, la responsable hija de Neeson habla con él por teléfono. En ese momento, irrumpen en casa cuatro gorilas con bómber. La hija narra en directo cómo los malvados albaneses se llevan a la fuerza a su amiga. Neeson, con nervios de acero, comunica lo que debe de hacer toda persona que sabe que le van a raptar inmediatamente; escucha impertérrito los gritos de su hija mientras se la llevan. Hasta aquí la primera mitad de la película. El resto no lo desvelo, aunque no hace falta ser Julio Verne para saber lo que va a ocurrir en lo que resta de metraje. Liam Neeson se presenta en París y en cinco minutos prepara el dos de mayo; provoca un colapso total de tráfico, es responsable directo del atropello del gancho de la banda albanesa y toda la policía de la ciudad comienza a perseguirle. La investigación (por llamarla de alguna manera) para averiguar el paradero de su hija está jalonada de mortales golpes en la nuez, disparos y martirios espeluznantes que el autosuficiente ex agente de la CIA reparte por doquier. Y en este punto de la película nos preguntamos por qué la CIA jubiló al bueno de Liam, si solo tienes que montarlo en una avioneta, enchufarle un paracaídas y lanzarlo sobre el primer país que desafíe al sueño americano. Liam lo devolverá a la edad de piedra en cuestión de minutos.  De todas formas, Pierre Morel dirige correctamente, crudo, con un ritmo trepidante. Dentro de toda la fantasía lisérgica de Besson, se sigue sin problemas y consigue que te la tragues de principio a fin. Véanla acompañados; diversión asegurada.

La última fila de asientos de un cine en un centro comercial. Una película intrascendente en la pantalla. Dos jóvenes la observan sin interés. Son un chico y una chica jóvenes; él la rodea lentamente con el brazo, acaricia su cabello. Acerca sus labios a los de la chica. De repente se oye un sonoro chasquido y el joven cae al suelo desparramando las palomitas y la naranjada. Alguien se vuelve una fila más adelante reclamando silencio. La chica suspira:

-Joder papá.

LA SORPRESA, WEST Y EL CINE SOCIAL

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The house of the devil. 2008. Estados Unidos. Dir: Ti West.

La sorpresa

No hay nada más agradable que las gratas sorpresas inesperadas. Con frecuencia he hablado en este espacio –y en algún otro, me temo- de la magia del descubrimiento fortuito, de los hallazgos que por diversos motivos nos alteran de algún modo si bien no sabemos el porqué por mucho que nos devanemos los sesos. Creo que el proceso de descubrir algo es absolutamente personal; independiente de las inducciones externas aunque agarremos asideros más o menos fiables, nos cueste reconocerlo o no. Ahí está cada uno para discriminar cuales de ellos creemos bien sujetos y cuales nos precipitarán irremediablemente al vacío. Además existe otra cosa, una práctica muy extendida -supongo- desde el principio de los tiempos; la apropiación de los descubrimientos que motivan o agradan a uno. En ciertos círculos los descubrimientos tienen más que ver con la obtención de un grado de exclusividad frente a la masa informe que con la esencia o bondades del hallazgo, ya sea este un escritor, un director de cine o un grupo de música. Cuando el vulgo lo descubra –piensa el conquistador primigenio- el escritor, director o grupo de música se devaluará hasta su mismo nivel, ya no será lo mismo o habrá cambiado, obviando que cualquier proceso artístico se concibe para su máxima difusión, pasando por alto que la calidad intrínseca del sujeto es la misma tenga uno o mil seguidores.

West

Ahora más de uno se preguntará, ¿a quien he descubierto? Pues a Ti West, un tipo que apenas había oído mencionar y del que ahora, -la verdad sea dicha- tampoco se demasiado. He leído un poco en la web y he visto un par de fotos en las que West parece un cantante de un grupo grunge pero poco más puedo añadir. Mi afición por las películas de terror me llevó tras su pista casi sin quererlo, en un mecánico acto de prospección en busca de escalofriante materia prima con la que alimentar mis noches. Vi The House of the Devil sin expectativa alguna, con la libertad de presión total que tiene el  perfecto desconocido al que todavía no puedes disparar con su propia obra, con su munición. Comienza la película y enseguida noté que aquello era otra cosa que la rutinaria de terror; una composición de los planos muy medida, un aprovechamiento espectacular del panorámico. Me recordó a John Carpenter  y yo siempre recibo bien al hombre- cuyas- películas- se- titulan- siempre- igual (John Carpenter’s lo que sea). He de decir que la disfruté como hacía tiempo que no lo hacía con un film de terror. Gracias Ti por sacarle algo más de jugo a lo de siempre y hacer con ello cine social.

Cine social

Samantha Hughes es una estudiante un poco paria, harta de su compañera de habitación que la menosprecia absolutamente merced a su cotidiana y en ocasiones –se intuye- irrespetuosa actividad sexual. Por eso decide alquilar una casa para ella sola y surgen entonces los problemas económicos inherentes a cualquier persona de clase media en decadencia: no tiene suficiente dinero. Como la inyección monetaria tiene que ser inminente, Samantha coge un número de teléfono para trabajar de canguro -¡Peligro!- en una mansión habitada por gente lo suficientemente torva y extraña como para achantar a cualquiera. Su amiga del alma –una simpática rubia desprejuiciada como solo saben serlo los ricos- y el sentido común le instan a abandonar la casa y el trabajo, que ya encontrará otro modo de conseguir la pasta. Entonces el contratante ofrece mucho dinero por algo muy sencillo y Samantha acepta por pura necesidad aunque en el fondo sabe que siempre hay algo extraño cuando alguien da mucho a cambio de nada. ¿Le suena a alguien la historia? La de nuestras vidas, sectas satánicas y grandes cantidades de dinero aparte; al contrario que a Samantha, el tipo torvo y extraño nos sigue ofreciendo sueldos miserables. La película es de terror; da más miedo el futuro de Samantha que aquello que se esconde en la casa, que ya es decir. Por lo menos de momento el diablo solo me tienta los sábados en forma de kebab sólo-carne-dos-salsas y no como a la pobre Samantha, que menuda le lían.

REAL

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Fatso. 2008. Noruega. Dir: Arild Frölich

Una película dolorosamente real; al principio no hay rastro del cartelón inspirado en hechos reales pero todos sabemos que, ahora mismo, en este espacio y tiempo, eso está sucediendo. Escoltado por un humor desenfadado y rudo en ocasiones, Arild Frölich transita la brutalidad encubierta de las relaciones humanas describiendo la existencia sin sustancia de Rino, la encarnación noruega del patetismo sin paliativos. Excluido de los modos de vida convencionales, Rino se ha convertido en un eremita pornógrafo en su apartamento. Sólo recibe a su único amigo Filip, un personaje repugnante que finge ser un alocado mujeriego, sin embargo, al igual que la de Rino, su sexualidad está bajo cero. No posee una conexión con el mundo real puesto que su amistad con Filip es absolutamente casual. El padre de Rino decide poner en alquiler una de las habitaciones del apartamento y entonces llega Malin, una atractiva veinteañera sueca llena de energía, con una ajetreada vida social y sexual. El micromundo masturbatorio de Rino salta por los aires y se enamora perdidamente de ella. Malin se burla de las carencias interactivas de Rino, de sus habilidades sociales destruidas. A pesar de ser una joven menuda, a Rino le parece una excavadora que le pasa por encima. No está preparado para ello, nadie le ha dado un protocolo de actuación, Pornotube es mentira. O es mentira para él, al menos. Creo que era Alan Moore el que decía que la vida es una mezcla de géneros en la que predomina el terror y hay un poco de pornografía si tienes suerte. Pues él no la tiene. El lugar preponderante del sexo en nuestra sociedad está fuera de duda, pero a Rino es que hasta la más mínima cosa le recuerda a eso; en el supermercado, en la calle, en el parque, no puede escapar de ninguna manera. Solo lo consigue dibujando los cómics que el mismo protagoniza y que son el vertedero de sus frustraciones. Espoleado por su creciente amistad con Malin, Rino comienza a frecuentar su grupo de amigos y se convierte en una figura extraña, anacrónica y risible. Las chicas comienzan a acercarse a él paulatinamente debido a su involuntario sentido del humor. O porque no lo ven como una amenaza. Es inofensivo sexualmente hablando (¿O es porque el rollete de Malin ha visto su titánico miembro y se lo ha contado? -Arild Frölich es muy torcido, el colega-). En cualquier caso, Malin comienza a darse cuenta de que Rino es un ser humano, no sólo una bola de grasa que se arrastra por ahí. ¿Qué se supone que tiene que hacer ante la nueva actitud amistosa de Malin? ¿Deja de esta forma de ser un objetivo? ¿Las amigas tienen necesariamente dejar de ser un objetivo? ¿Es suficiente la amistad de Malin? Llegan los equívocos y Rino se frustra más todavía. La interpretación adulterada y errónea de las actitudes de Malin se mezcla con sus comportamientos más o menos descarados produciendo una combinación letal. Yo creía que. Pero tú qué dices gordo de mierda. Lárgate de aquí puta zorra sueca. Más tarde se reconcilian; Malin se apoya en Rino puesto que su amante la ha engañado, estaba casado. En todos los sitios cuecen habas, piensa. A Malin no le basta con ser guapa y simpática. Aún siendo todo lo contrario que Rino, no es intocable y la vida la pisotea de vez en cuando. El mensaje final de la película no es insértate y relaciónate y conseguirás lo que buscas. Tampoco es reclúyete en tu santuario a Onán. No hay demasiadas victorias totales, sólo se ganan pequeñas escaramuzas. Me ha recordado a Pagafantas (Borja Cobeaga, 2009) en versión hard, también un pelín a Harvey Pekar en American Splendor y a un postmoderno Marty (Delbert Mann, 1955). No es un final feliz, es algo más importante que eso. Un final real.