Etiquetado: 2016

LA MIRADA DE LUCAS

img_20161222_154908

Los martes leo el Pronto en casa de mis padres. Empiezo por el final, por esa sección que aglutina curiosidades de índole diversa, luego voy al epígrafe trabajo de Tauro, por si hubiera novedades y, de ahí, salto al monográfico Vidas interesantes. No hago demasiado caso al resto, miro los santos a ver si reconozco a alguien interesante de verdad, poco más. A veces encuentro petróleo; la revista aúna la actualidad rampante con mini-artículos sobre personajes condenados al ostracismo durante decenios y de otros en decadencia permanente. De ese batiburrillo emerge la mirada triste de George Lucas. Al principio no me doy cuenta porque George está rodeado de los clásicos personajes Disney ataviados como los de Star Wars; Minnie de Leia, Goofy de Darth Vader, Mickey de Obi Wan y el pato Donald de Han Solo. Eso despista mucho. También sale R2D2. Arropado por la recua, Lucas sale vestido de Lucas: eterna camisa de cuadros, deportivas blancas y tejanos desgastados. Detrás han pintado un bosque parecido a los que -sabemos- crecen en la luna de Endor. El creador del fructífero universo parece cansado, ausente, fija su mirada en el horizonte, como la de Luke ante la Binary Sunset de Tatooine. Se nota que está pensando en otra cosa, que no quiere estar allí. En su cabeza se agolpan las imágenes y las cuestiones. ¿Por qué Rogue One no empieza con el texto amarillo y el tema de John Williams? ¿Por qué nos privan de ese ¡pum! emocional en el pecho? Quizás se encuentre confundido, como el inicio de este spin off, un galimatías en el que ocurren muchas cosas mal narradas. Tan mal, que han tenido que poner carteles debajo de los nuevos planetas, señales de tráfico para no perderse. Piensa en algo plano y liso, sin honduras dramáticas ni cómicas ni nada. La intemperie de la estepa sin fin. Imagina los personajes nuevos, el comando suicida. Todos merecen morir: la protagonista vacía, el líder rebelde de ambigua moral, el ciego karateka, jedi de marca blanca, el grandullón del blaster ametrallador. La Alianza de Civilizaciones de Zapatero era, en realidad, la Alianza Rebelde. El robot sí que le da un poco de pena. Pobre máquina, más humana que los personajes. No hay química, no hay complicidad y todo se verbaliza, incluso lo intrascendente: ha faltado un “me voy a mear” en algún momento. Muchas palabras, pero ninguna memorable. Ni siquiera Moff Tarkin -Peter Cushing resucitado digitalmente- cuenta algo interesante, un secundario de infinitos quilates desaprovechado. Quizás no era necesaria su nueva aparición. Lucas piensa en Vader. Su entrada en la peli le gusta. Es lo mejor, junto al descubrimiento del nuevo Planeta Caribe. Incluso disfruta la nueva versión de “su carencia de fe resulta molesta”. Y el malo, el de la capa blanca, es salvable dentro de todo el desaguisado. Tira que te va. El problema es que no está tan mal, se han arriesgado un poco más. No mucho, pero sí algo más que en el Episodio VII. Uy, eso mejor ni tocarlo, ¡fuera! ¡fuera! Hay cosas buenas, ideas incluso decentes… pero no se profundiza, son como esbozos, se intuyen pero no tiene forma. Lucas sacude la cabeza levemente. ¿Y si le corto la cabeza a Goofy con el sable láser y la clavo en una pica a la entrada del rancho?

COSAS GUAYS (Verano 2016)

IMG_20160810_115409

ELOGIO DE SHIRLEY MANSON

Alienígena recién salida de una vaina. Brochazo rojo y verde sobre una planicie lechosa, translúcida, de rosáceos desniveles; seguro que el azul de las venas se intuye bajo el pecho pálido, casi tan transparente que pueden contarse los latidos. Pero eso no lo sé, me lo imagino porque he visto los arroyos azules en otros pechos, en otras piernas y brazos; no puede ser muy diferente en Edimburgo. Lo brillante suele ser venenoso. Fuego bajo permafrost, esmeralda; caminar escuálido, de animal asustado. Pincha, la aristócrata punk, permitidme el oxímoron. Voz que es lengua y dientes; abraza y acaricia, y a veces se vuelve máquina, precisa, divide la carne, la abre, como la cortadora eléctrica de la carnicería. Es cuestión de milisegundos; la voz burbujea como una reacción química, consume la piel y ocasiona quemaduras de formas caprichosas, sugerentes, como las nubes, ¿qué quieres ver?  Rojo Carrie; aquel era otro rostro fronterizo entre lo humano y lo marciano. El rojo da poderes, es el único color de verdad, no miente nunca. Ahora el rojo se mezcla con blanco, rosa chicle, el fuego se atempera. ¿Quiénes son esos que te acompañan? ¿Tu banda? Siempre me parecieron, con todos los respetos, muñecos, trampantojos creados por ordenador, elementos para equilibrar la composición a tu gusto. Probablemente es injusto, lo sé, tratar así a los demás; un grupo es algo colectivo, ¿no? Debe serlo, yo creo que debe serlo. “Uno no puede hacer la guerra por su cuenta, como Pancho Villa”, decía Mariano, el mejor entrenador de fútbol que tuve, que no es mucho decir porque mi carrera de delantero terminó en juveniles. Pero es que ella hace la guerra tan bien… Algunos pueden pensar que ellos, esos muñecos, te han construido, como en el videoclip de James Bond. Un experimento, un pegote. ¡Qué más da! Hay gente que no sabe discernir entre un diamante y un cubo de basura. Les compadezco, pobres diablos incapaces de admirarte. ¡Qué bueno escucharte de nuevo! Es 1998. Me encanta. Es verte otra vez en el vídeo de “Push it”, muy Bellas Artes todo, lynchiana. Es decir, “eso es”, cada vez que apareces en pantalla, cada vez que posees el cono de un altavoz. He cogido el libreto de Version 2.0., y de repente me he sentido como en el futuro. I’m a big girl now, dices ahora, en 2016.  No te he tenido mucho en cuenta estos últimos años, no voy a engañarte. Escribo esto para redimirme. Es bueno saber que algo está siempre ahí. Ya me voy a castigar yo mismo, al rincón de cara a la pared.

 

El nuevo disco de Garbage se llama Strange Little Birds.

COSAS GUAYS (Invierno 2016)

0006823516_10

ACCIDENTEPulso

La banda de punk rock madrileña ha lanzado su nuevo trabajo a traición, sin avisar a nadie –me ha pillado en fuera de juego clamoroso– y es una excelente noticia. Por dos motivos. El primero es sencillo y se relaciona con la calidad de la banda; Accidente es de lo mejorcito del género, tienen eso, una voz propia, que es algo muy difícil de lograr e imposible de planificar. Suenan a ellos desde su perfecto primer disco de 2011, un álbum que demostraba el interés por alumbrar el ideario anarcopunk desde una perspectiva menos manida, sin frases hechas ni consignas huecas por repetidas, manifestaba el deseo de hacer pedazos los pedestales dialécticos con letras dulces pero firmes. En Pulso, la banda continúa practicando el hardcore melódico habitual –en este sentido no hay cambios sustanciales–, siguen elaborando canciones coreables, pegadizas y memorables sobre precisas melodías de alta gama. Quizás sea esta una de sus mejores bazas; puesto que Accidente siempre trabaja en pos del himno, sus discos deberían valorarse en función del acabado final, es decir, discerniendo cuál de ellos es más redondo. A mi parecer, Pulso lo forman diez canciones superiores a las incluidas en su anterior Amistad y Rebelión, donde conviven las cimas más altas de la banda (“Las victorias más bellas”, “Beyond words”) con planicies más monótonas. El nuevo álbum se eleva sobre aquel y reúne un puñado de temas llamados a ser clásicos del hardcore melódico ibérico durante una primera mitad que es un sopapo enrabietado. Tras un par de temas menos intensos –que no flojos– la brillantez llega, para terminar la faena, a partir de “Complicidad”. Teniendo en cuenta la fecundidad y calidad de su discografía, puede concluirse que Pulso satisface las expectativas que las buenas bandas –involuntariamente– crean; si te gustan Accidente, el álbum te encantará y, si no los conoces, te convertirás en fanático desde el primer segundo. La gráfica la firma Mar Estrama y añade más frescura todavía al trabajo, seguro que luce genial en la futura edición física.

¡Ah, se me olvidaba! El segundo motivo que anunciaba al principio… No sólo me gusta Pulso por todas las bondades que he enumerado. Me gusta porque es otro disco de Accidente. Me explico. Cada vez me cansan más los grupos punk efímeros que saltan de un estilo a otro, de single en single. Me invade una pereza absoluta, lo reconozco, cuando me dispongo a escucharlos, tengo la sensación de que para hacerlo debo “forzar” demasiado mis apetencias, me tengo que preparar mentalmente para escuchar un nuevo grupo. No tiene nada que ver con la calidad ni nada de eso, ni siquiera critico tal manera de funcionar; cada uno tenemos la nuestra y todos conocemos lo difícil que es mantener proyectos sin caer en la autocomplacencia, el tedio, la repetición o la incompatibilidad laboral o personal. Me gustaría que hubiera más continuidad en ciertas bandas que me gustan, poder analizar y comparar sus discos para poder decir grandes aforismos como “sólo los tres primeros”, “hasta el negro, bien” y cosas así. Frases que confirman que sigues vivo. Por eso valoro todavía más este disco de Accidente. Siguen.

 

LO QUE HACEMOS EN LAS SOMBRAS (Taika Waititi, Jemaine Clement, 2014)

La de terror de rigor. Bueno, la de hoy no es tal; Lo que hacemos en las sombras cuenta, en modo falso documental, la vida de cuatro vampiros que comparten piso. Esta peli neozelandesa una comedia terrorífica bastante entretenida y sorprendente, ágil y muy bien contada, que profundiza en el modo de vida de los cuatro chupasangres protagonistas. Peleas contra grupos de hombres lobo, conversiones fallidas, siervos indignados y mucho más.

 

45 AÑOS (Andrew Haigh, 2015)

Soy fanático de Charlotte Rampling así que no podía faltar su última película en la lista de Cosas Guays. Esta vez encarna a Kate Mercer, una maestra jubilada inmersa en los preparativos de su 45º aniversario de boda. Una carta llega, no obstante, a chafar un poco la fiesta: en un glaciar de los Alpes suizos han encontrado el cadáver congelado del primer amor de su marido. Una peli fantásticamente dirigida y, por momentos, muy malrollera. Me encantó, claro.

 

MUSTANG (Deniz Gamze Ergüven, 2015)

Deniz Gamze Ergüeven cuenta la infancia y adolescencia de cinco hermanas en la Turquía rural; cómo se suceden los casamientos pactados a medida que van creciendo y el poso que va dejando en las hermanas menores. La historia fluye fantástica, y Deniz Gamze encuentra el equilibrio entre comedia y drama cuando describe el opresivo ambiente familiar y social en el que transcurre. Impresionantes las interpretaciones de las cinco chicas protagonistas.

LA ESCUELA VERDADERA

lachimeneapuskas

La semana pasada se presentó el nuevo monográfico que se ha currado Puskas para  La Chimenea Fanzine: LA ESCUELA VERDADERA. Una mirada de apreciación al rap de Nueva York y una reflexión crítica sobre la inmadurez del género. Los que somos fanáticos suyos siempre ansiamos que mueva ficha; que cante un poco o que saque algún disco de estos que, cuando suenan, sube el pan y se convierten en puñeteros clásicos inmediatamente. “A ver qué dice el Puskas” pienso cuando me llevo el nuevo trabajo hacia el reproductor más cercano. Pues esta vez ha dicho muchas cosas, ha escrito un librito que puede considerarse una pequeña enciclopedia de bolsillo para el rapero y el profano -que a veces son lo mismo- acerca del rap y el hip hop. Con un estilo fluido y directo, Puskas aclara y explica tecnicismos, propone una lista abundante de los artistas que iniciaron toda esta movida, detalla los contextos sociales y culturales del Nueva York de los ochenta, cuenta anécdotas y critica reflexivamente la deriva del género. Completo, completo. La guía definitiva para el distraído, ya lo avisa la portada. Consíganlo en los lugares de distribución habituales, háganse el favor.

Aprovecho para publicar las reseñas de sendos discos de Puskas –Ley de vida (2008) y Bitch Street (2010)- que salieron en dos difuntos blogs que mantuve hace años.

RADIOGRAFÍA DE UNA CIUDAD CUALQUIERA

Podría tratarse de un barrio de cualquier ciudad de cualquier país occidental, pero el rapero Puskas se ha propuesto diseccionar la vida cotidiana de Logroño, la de verdad, la de los barrios, en su nuevo trabajo Ley de vida. En el fondo si repasamos su extensa discografía nos damos cuenta de que este anhelo por desentrañar y conocer los secretos de nuestra pequeña ciudad (con sus minúsculos triunfos y grandes miserias) siempre ha estado presente. Basta con recordar temas antiguos como “Lo justo” o su anterior álbum 13 (la antesala de lo que nos ocupa) para extraer el común denominador, la esencia de su obra: la lucidez y la coherencia de su discurso, la fina ironía y la facilidad para señalar los problemas endémicos de este barco a la deriva llamado Logroño aquí y ahora. Mientras unos pierden el tiempo financiando cruentas guerras de ego adolescente, Puskas no se ha dejado llevar por lo que diga un gilipollas en chándal y ha confeccionado, junto a Ochoa, un disco desgarrador y real. Los textos son más descarnados que nunca y apenas en alguna canción vemos un rayo de esperanza (“No todo está perdido”). El disco supura pesimismo y añoranza de un pasado mágico que se nos escapó sin darnos cuenta, al que intentamos sin éxito regresar y únicamente podemos recrear en la memoria mediante complejos mapas de recuerdos (“Logroño era una fiesta”en el que han colaborado músicos de otras bandas de la ciudad). El hilo conductor de la ley de vida es la defensa de la vida cotidiana del barrio frente a la frivolidad exhibicionista de película de Hollywood que nos intenta colocar algún listillo. La base instrumental es sencillamente espectacular, la banda sonora perfecta para el estilo arrastrado, poético e incendiario de las líneas que Puskas escupe con precisión de cirujano. Un disco clarividente, necesario, alejado de tópicos pueriles que pretende hacer reflexionar a toda una ciudad.

EN LA CALLE DE LAS PUTAS

La oxidada chapa azul en la esquina de una manzana del centro recibe al extraño. Bitch Street. Es el Distrito Dos y la calle luce llena de vida, engalanada con banderines de plástico que zigzaguean sobre nuestras cabezas. No hay que ser muy listo para saber que se celebra algo. Algo gordo, algo que posiblemente estuviera allí antes de que Bitch Street fuera trazada en los despachos de urbanismo del ayuntamiento, y que ha permanecido ajeno a muchos que miran sin ver. Hay música rap. Los bafles se apilan enfrentados sobre las aceras atestadas de putas, buscavidas, currelas y algún que otro secreta. Sigo avanzando calle abajo y, sin quererlo, me he convertido en el objetivo de todas las miradas. Es normal, pienso, no me conocen demasiado y, al fin y al cabo, a nadie le gusta que enturbien su fiesta. Son demasiados preparativos, años de esfuerzo y dedicación para que venga ahora un desconocido a joderlo todo. Aún así, pese a la pátina de fiesta privada, el ambiente que se respira es muy agradable; ya me han invitado a un par de solysombras y mi percepción, levemente afectada, me juega malas pasadas. Los bordillos de las aceras de Bitch Street han decidido traicionarme y doy con mi barbilla en la clásica baldosa adornada con motivos vitivinícolas. La gente que ha presenciado mi derrumbe ríe a mandíbula batiente, se han dado cuenta de que alguien tan torpe como yo no puede ser policía. Se acercan dos tipos que me comentan que vaya con ellos rápido, que al final de la calle va a comenzar un concierto de Bitch Street. Son Puskas y Macho, dos raperos oriundos de la calle de las putas los encargados de poner el colofón a la velada festiva del barrio, los maestros de ceremonia que vertebran un espectáculo en el que prácticamente todos los habitantes de la calle tienen cabida. Se divierten haciendo rap y se nota, contagian al personal su alegría, humor e ironía ante una vida que se empeña en enseñar los dientes en vez de abrir las piernas. Y eso la gente de Bitch Street lo sabe y celebra. Estar ahí, al pie del escenario ya es motivo de júbilo. Estar ahí. Observando.