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EN CASA

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Todos los que nacieron en el ochenta y tres me caen mal. Aún hoy, después de haber alcanzado una supuesta madurez, si conozco a alguien de esa hornada me pongo en guardia inconscientemente. “¡Cuidado!”, susurra una vocecilla dentro de mí, “este pertenece a la camada de aquel año maldito, este mamón es de los mayores”. Aunque parezca simpático y agradable, me digo, algo esconderá debajo de su carcasa modélica, algo quedará de aquel ser malvado, nacido exclusivamente para atormentarnos a nosotros, los del ochenta y cuatro. En mi colegio reinaron durante años, pero cuando pasaron al instituto se diluyeron; en un centro gigantesco, con gran densidad de cabrones por metro cuadrado, importados de barrios o pueblos lejanos y peligrosos -lo lejano siempre es peligroso-, sucumbieron sin heroísmo. Una de las cosas que recuerdo con mayor claridad de mis días de recién llegado al instituto fue el toscón que un ser anónimo -una montaña de un barrio lejano y peligroso- asestó a U., uno de nuestros antiguos torturadores. ¡Plas!, retumbó en el pasillo de techos altísimos. Y todo el mundo rio. Mi cara de incomprensión animó a la montaña a dar explicaciones: “Anda, dale una hostia a U.” Me dio pena U., que me miraba como si no me conociera con ojos de perrillo apaleado. Y no le pegué, claro. Pensé en Darth Vader arrodillándose ante el Emperador en El Imperio contraataca. Siempre hay alguien más malo. Y un montón de preguntas llegaron. ¿Quién es este ser, que a al villano de mi colegio lo tiene acojonado? ¿Cómo ha pasado U. de verdugo a víctima? ¿Qué le ha ocurrido durante el último año?

Dice la solapa de Barraca y tangana que Enrique Ballester nació en Castellón en 1983, así que, de entrada, no me tendría que caer bien. A los del ochenta y tres les exijo el doble, tienen que demostrar su valía para que pueda reconocerlos como uno más. Barraca y tangana es su nuevo libro, una recopilación de las columnas que escribió entre 2016 y 2018 en el periódico Levante-EMV. Ballester, ese mamón del ochenta y tres, ya me cautivó con Infrafútbol, pero ahora, con este compendio se ha convertido en una de mis predilecciones. A cualquiera que le guste el fútbol le doy la chapa para que se lo compre. Ante la nueva polémica de turno en el trabajo o en el bar, ya sea un penalti dudoso, el galimatías del VAR, un forzamiento de tarjetas, suspiro y pienso “léete El Libro Amarillo Mostaza, anda, a ver si aprendes algo”. Aquí el fútbol es lo de menos. Bueno, no lo de menos porque nunca lo es; impregna todas las páginas, es la mina de la que se alimenta su literatura, pero sería injusto reducirlo solo a un libro de fútbol. Es muy difícil descifrar qué es ese algo que algunas obras poseen. Podemos aproximarnos y enumerar parámetros racionales -pensados a posteriori- para explicar por qué nos gustan o nos dan repelús. Yo, por ejemplo, me he construido el parapeto argumental de que todo aquello que me encanta contribuye a desentrañar lo incomprensible y confuso de nuestra existencia; el misterio de la interacción humana, en palabras del director David Mamet. Así dicho, suena pedante, qué le vamos a hacer. Creo que una de las claves de mi adicción a Ballester es que utiliza el fútbol como excusa para contar la vida. Todo está narrado desde fuera, Ballester se encarna en testigo irónico, reflexivo y cómico. Y esa es otra de las claves: el humor. Corrosivo a veces, más blanco otras, pero siempre certero e inteligente. Ballester tiene ese algo con el que conecto de forma inmediata; desde la primera frase lapidaria del libro, la obra dialoga conmigo como si fuéramos amigos de siempre. Existe una cercanía, una sensación de sentirte como en casa. Ese sentimiento es fantástico, si no lo han experimentado me compadezco de ustedes. No sé qué tipo de reacciones químicas se desatan al leer o contemplar algo que te habla directamente a las tripas, pero produce la mayor sensación de bienestar del mundo. Estar en casa es llegar y que todo esté ahí. Meterme en la cama donde ya duerme mi novia que nació en el ochenta y tres, reunirme con los amigos para hacer nada, escribir esta mierda mientras me tomo un café igual de congelado que una grada de tercera. Desde ahora, también leer El Libro Amarillo Mostaza. Y los que vengan.

Tanto Infrafútbol como Barraca y Tangana han sido editados por Libros del KO.

UNA CIUDAD, UNA REGIÓN, UN DESPEJE

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“¡A Murcia!” grita el Hervías cuando nuestro defensa se dispone a golpear el balón en el extrarradio del área. Si la patada es óptima, es decir, si el balón bota en el área contraria o, mejor aún, vuela fuera del campo rumbo a los Cameros o se introduce por algún vomitorio del fondo sur, entonces, solo entonces, el resto pronunciamos el título de este artículo. Es nuestro sin pecado concebida. Durante el aplauso comentamos la perfección de la parábola o la postura manierista del jugador al patear, si ha metido bien abajo el empeine, si se ha caído al hacerlo o se mantiene erguido con pose de atleta griego y sigue con la mirada el proyectil; y el sonido, ese ¡pum! como estallido de mortero que subvierte el association football, melodía de la necesidad de mandar a tomar por culo esa esfera diabólica y caprichosa. Y puntuamos el despeje, claro. Todo el mundo sabe que hay que rendirse ante un gran despeje, debemos inclinarnos ante su hechizo. La muerte por despeje defectuoso se lleva muchos equipos al año, quizás sea la primera causa de pérdida de puntos en las ligas no desarrolladas.

A tomar por culo y A Murcia son sinónimos de lejanía; la primera universal, la segunda local, de Logroño; de mis amigos más bien. No he estado jamás en Murcia capital ni provincia. Aparte de que está lejos, sé que hace calor y que -como a nosotros- le hacían una gala en la uno de Televisión Española. También, cada vez que leo o escucho la palabra Murcia me viene a la cabeza mi colega Alvis, encendiendo los grifos y tirando de las cadenas de los váteres del instituto antes de fumarnos el cigarrillo, escondidos en los servicios. “Que se jodan los de Murcia” decía con cierto sadismo a tenor de alguna polémica por el trasvase Tajo-Segura.

También está el Murcia. A pesar de considerarlo un mítico nunca le presté demasiada atención. Conocía el nombre de su estadio y poco más. Lo del estadio me atraía porque probablemente sea un topónimo, aspecto primordial para que un club me caiga bien; las personas desaparecemos y se nos puede cuestionar, nos pueden quitar y poner. Lo otro es eterno, posee la magia de lugar sagrado donde se reúne la tribu. Y un lugar no se puede equivocar.

Desde ahora soy bastante del Murcia. La culpa la tiene Luis María Valero, autor de Sed en La Condomina, un librito publicado por Libros del K.O. dentro de su colección Hooligans Ilustrados. Con librito me refiero solo a su tamaño, porque lo que hay dentro me parece monumental. Escribir de fútbol es escribir sobre la novela que se multiplica más allá del verde, de sensaciones y sentimientos que exigen al narrador precisión, calidad y alma. Valero tiene las tres; es un escritor buenísimo, sin duda, pero además es del Murcia y eso se nota, es el alma. Puede parecer secundario este dato y yo no tengo autoridad para hablar del Murcia. Es más, ¿quién soy yo para diseccionar el alma murcianista? Con el Murcia de Valero he sentido una conexión inmediata. La relación equipo-ciudad, la indiferencia de la mayoría de habitantes, la pertenencia a una sociedad secreta a la vista de todos, el murcianismo, una enfermedad incurable como otra cualquiera; puedes encontrarte mejor o peor, pero siempre serás portador. Desde La Condomina, el Murcia se extiende como una mancha de aceite por el resto de la península, por los estadios de Segunda división, por todos los grupos de Segunda B, por Albacete, némesis del murcianismo. Valero vertebra lo inefable y, como los buenos, hace fácil lo difícil. Logra explicarle al personal lo que la mayoría considera inexplicable: ser de un equipo. Sed en La Condomina me ha servido también como confirmación. Allí la canción es el séptima ciudad de España – séptimo puesto en Primera División. Aquí, el deberíamos estar en primera sí o sí. Es alentador comprobar que todo se parece.

PD: Luis María Valero escribe junto a Alejandro Oliva espléndidas y divertidísimas crónicas de los partidos del Murcia en el blog Mondo Moyano. Oro puro.