EL NEWCASTLE DEL SUR

niucadelsur

Cuatro amigos contestan mal las preguntas de un examen de inglés. Podría ser la imagen habitual en cualquier clase de tercero de la ESO de la península, pero durante la primavera de 1999, confundir adrede el was con el were y olvidarse súbitamente de la lista de verbos irregulares formaba parte de un plan que garantizara nuestra supervivencia. Nos íbamos en verano tres semanas al sur de Inglaterra -habían dicho los viejos- y en nuestros cerebros quinceañeros aquello sonaba a veintiún gloriosos días en una tierra extraña, a aventura y adrenalina, a ficción maravillosa que todo viaje supone. Sonaba a todo menos a estudiar inglés. Cuando nos comunicaron que existía una prueba de nivel que determinaría la clase a la que asistiríamos, todo se vino un poco abajo. No tuvimos más remedio que hacerlo; no podíamos arriesgarnos a quedar aislados cada uno en un aula, como islotes, había que estar todo el rato juntos, en plan piña. Es ridículo y estúpido. Entonces nos pareció una idea brillante: contestar todo al revés para que nos pusieran en elementary. Podría considerarse el acta fundacional del Newcastle del Sur, fugaz club veraniego.

Un par de años antes de ese embrollo me había comprado una camiseta del Newcastle. Era la moda de los clubes extranjeros apuntalada por El Día Después, nuestra ventana al -entonces- exótico fútbol europeo, además de complemento del sistema educativo; a él le debo prematuros conocimientos geográficos. Por ejemplo, sé que Sunderland es una ciudad industrial del norte de Inglaterra, que el equipo de Gelsenkirchen -población minera alemana situada en la cuenca del Rhur- se llama Schalke 04 o que en Trondheim -tercera ciudad noruega más poblada- animan al Rosenborg. Nos hacíamos de los equipos según desfilaban por la tele los lunes por la tarde. A mí me habían seducido la rosa del escudo del Blackburn Rovers y el enhiesto cuello de la camisa de Cantoná; sin embargo, el influjo decisivo lo ejerció Shearer celebrando goles con el puño en alto. Me hice del Niuca  -le digo así, como si fuera urraca de nacimiento- y yo, mi camiseta y mis tres amigos nos fuimos al pueblecito inglés.

En el sur el Newcastle no tenía tirón. «Si te pones la camiseta, lo más seguro es que te peguen», me habían avisado, «por español, latino o por fan de un equipo norteño». Por lo que sea. El Newcastle del Sur, en sus veintiún días de vida, no se clasificó para UEFA ni Champions; peleó por la permanencia a base de alcohol de licorería casi clandestina que trasegaba junto a sus amigos -clubes hermanados- en un césped cercano a una marisma. Los cuatro se emborracharon, rieron y se enamoraron de la misma chica, que iba al edificio de los listos, o por lo menos de los que hicieron el examen bien. Española, obviamente; «las inglesas son superfeas», había anotado el Newcastle del Sur en su cuaderno de bitácora, se lo había dicho un explorador previo. Pero estaba Miss Williams. Miss Williams era una profesora joven, Miss Williams era inglesa, Miss Williams era guapa. El Newcastle del Sur aprendió así a cuestionar las fuentes.

La permanencia se logró. A pesar de que la chica española no se fijara en el Newcastle del Sur y de que Miss Williams no le llevase nunca en su Mini. La camiseta blanquinegra cosechó algún exiguo triunfo; una ciudadana británica, al verme con ella puesta, se levantó la suya al grito de ¡njuːˈkæsəl!, y la mujer que amadrinó a uno de mis colegas nos hizo una pizza mientras se preguntaba qué demonios hacía un adolescente idiota con la cami del equipo de su pueblo. Quiero pensar que si no se hubiera emocionado al ver las rayas blancas y negras nunca la hubiera hecho. Era una mujer triste. Nos dijo que ella nació en el norte, pero que llevaba muchos años allí. Nos enseñaba fotos de un hombre joven, vestido de piloto frente a un caza.

I miss my husband, I miss my town. Esto no lo dijo, pero lo pensaba.   

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