Etiquetado: william h. macy

TRINIDAD

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No habrá paz para los malvados. 2011. España. Dir: Enrique Urbizu.

El tándem Urbizu-Gaztambide vuelve a la palestra después de La caja 507 y La vida mancha, dos películas que constituyen sendos ejercicios de sobriedad narrativa, estilo y conocimiento cinematográfico envidiables; un sólido y sorprendente thriller de regusto clásico y una historia de amor con mayúsculas, de las que hay que concebir de manera delicada y armarse de valor para hacer. En todas ellas –incluida la novísima No habrá paz para los malvados– José Coronado constituye la piedra angular, el tercer lado del triángulo para convertir el tándem en trinidad; quizás no tanto en La caja 507 donde interpreta al retirado jefe de la policía Rafael Mazas, pero su importancia es incuestionable en La vida mancha y en el último estreno que nos ocupa. En No habrá… Coronado da vida al inspector Santos Trinidad, un policía rudo acostumbrado a desenvolverse en la más completa oscuridad criminal. La película arranca espléndida; cámara testigo del descenso al infierno de Coronado. Una noche tonta que se va de madre como la de William H. Macy en Edmond de Stuart Gordon. Un tipo normal que en cuestión de minutos decide –no sabe por qué- reducir las personas a escabeche. Trinidad, sin embargo, tiene un fin ulterior, una luz casi desvanecida que sigue a duras penas. Hay dos caminos por los que la película transcurre; la cámara testigo de Trinidad y la cámara legal que retrata a Leiva y a la juez Chacón. Urbizu crea un ambiente creíble pre 11-M, una historia sólida que se sostiene gracias a la gran interpretación de Coronado y al convincente resto del reparto. Quizás el tramo central de idas y venidas de Trinidad por diferentes espacios resulte un embrollo que puede despistar. El film va de más a menos, pero sin salirse de tiesto en ningún momento y, después de verla, me pregunto por qué tarda tanto en hacer Urbizu una película. Se echa de menos la honestidad de su cine.

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NO PERTENECER

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Homicide. 1991. Estados Unidos. Dir: David Mamet.

Demasiado punki para los jevis, demasiado jevi para los punkis. La desagradable y a menudo confusa sensación que, en mayor o menor medida todos hemos experimentado alguna vez, sirve como bisagra que estructura Homicide. Un gozne que Mamet mantiene voluntariamente desengrasado para alertarnos sobre la maraña que forman los lazos de afinidad culturales o raciales; hilos ensortijados con ramificaciones subterráneas que hacen posible ésa gran pelea multicultural que es Nueva York y su departamento de policía. Robert Gold (supremo Joe Mantegna) es un agente especialista en negociar con secuestradores cuando hay rehenes de por medio, judío no practicante que jamás se había planteado este tipo de cuestiones. Simplemente dedicaba todo su esfuerzo a resolver los casos honestamente, sin dejarse pisotear excesivamente por superiores encargados del mantenimiento de una fachada policial sin mácula, de contener el ascendente miasma que ha enfangado el sótano y amenaza la superficie. Un rostro amable que hay que limpiar de corruptelas políticas porque los periodistas esperan tranquilamente apoyados en el alféizar con la mira telescópica bien calibrada; no hay que ponérselo fácil.

Robert Gold pertenece al cuerpo de policía. No en el sentido de propiedad, de fuente de sus ingresos. Comparte una forma de pensar colectiva que ha prosperado merced a la estancia prolongada con más policías. En un momento dado, debe ponerse al frente de la investigación del asesinato de una anciana tendera judía. A partir de las entrevistas a testigos y  vecinos del barrio, Gold extrae el habitual muestrario de prejuicios antisemitas: la anciana guardaba una fortuna en el almacén de su establecimiento y por eso la habían matado. Robert se sorprende al descubrirse indiferente sino partícipe de tales pensamientos, y progresivamente se acerca de nuevo a la cultura judía, toma de nuevo conciencia de pertenencia a un grupo, un rasgo de su persona que siempre le había parecido secundario. Gold interpretará su desapego a las costumbres hebreas como una traición a los suyos, pero, ¿quiénes son los suyos? El pueblo judío o el cuerpo de policía de Nueva York, es decir, el estado. O más bien los Estados Unidos. Nuestro protagonista abrazará de nuevo al origen que había negado durante tanto tiempo. Se convertirá en alguien dispuesto a todo, o lo que es lo mismo, en alguien muy susceptible de ser manipulado y dirigido. No desvelaré más de esta película con un interesantísimo punto de partida y dirigida con gran solidez. Mención especial merecen las interpretaciones de William H. Macy y de Rebecca Pidgeon.