Etiquetado: stuart gordon

TRINIDAD

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No habrá paz para los malvados. 2011. España. Dir: Enrique Urbizu.

El tándem Urbizu-Gaztambide vuelve a la palestra después de La caja 507 y La vida mancha, dos películas que constituyen sendos ejercicios de sobriedad narrativa, estilo y conocimiento cinematográfico envidiables; un sólido y sorprendente thriller de regusto clásico y una historia de amor con mayúsculas, de las que hay que concebir de manera delicada y armarse de valor para hacer. En todas ellas –incluida la novísima No habrá paz para los malvados– José Coronado constituye la piedra angular, el tercer lado del triángulo para convertir el tándem en trinidad; quizás no tanto en La caja 507 donde interpreta al retirado jefe de la policía Rafael Mazas, pero su importancia es incuestionable en La vida mancha y en el último estreno que nos ocupa. En No habrá… Coronado da vida al inspector Santos Trinidad, un policía rudo acostumbrado a desenvolverse en la más completa oscuridad criminal. La película arranca espléndida; cámara testigo del descenso al infierno de Coronado. Una noche tonta que se va de madre como la de William H. Macy en Edmond de Stuart Gordon. Un tipo normal que en cuestión de minutos decide –no sabe por qué- reducir las personas a escabeche. Trinidad, sin embargo, tiene un fin ulterior, una luz casi desvanecida que sigue a duras penas. Hay dos caminos por los que la película transcurre; la cámara testigo de Trinidad y la cámara legal que retrata a Leiva y a la juez Chacón. Urbizu crea un ambiente creíble pre 11-M, una historia sólida que se sostiene gracias a la gran interpretación de Coronado y al convincente resto del reparto. Quizás el tramo central de idas y venidas de Trinidad por diferentes espacios resulte un embrollo que puede despistar. El film va de más a menos, pero sin salirse de tiesto en ningún momento y, después de verla, me pregunto por qué tarda tanto en hacer Urbizu una película. Se echa de menos la honestidad de su cine.

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CTHULHU Y UN PENTIUM 75

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The Call of Cthulhu. 2005. Estados Unidos. Dir: Andrew Leman.

Vaya por delante, primero de todo, una declaración de amor y una explicación que, espero no me salga demasiado nostálgica. Soy un gran seguidor de Lovecraft incluso desde antes de conocerlo, argumento que requiere un breve relato aclaratorio. A lo largo de las Navidades del año 1995 mis padres me regalaron mi primer ordenador, un Pentium 75, la monda en aquellos tiempos; un par de amigos gozaban de las –entonces- primitivas bondades del 486, otros se apañaban con la SuperNintendo e incluso alguno ganaba dioptrías jugando al PC Calcio en un 286 con pantalla en blanco y negro. Este último caso era especialmente dramático porque dependiendo del juego o programa que estuviera en funcionamiento había que ajustar el contraste al máximo para poder ver algo. Recuerdo jugar al Threat casi a ciegas. Yo, mientras tanto, me aburría con mi Master System II y su Alex Kidd integrado, todos mis amigos eran de Nintendo y yo no podía cambiarme juegos con ellos; sólo en la academia de inglés a la que acudía encontré a otro desdichado que había apostado por Sega y nos reconocimos rápidamente como dos conspiradores en la clandestinidad. Iniciamos una intensa relación de intercambio de juegos legendarios como el Golden Axe, Jurassic Park, la saga Sonic, el de Michael Jackson y muchos más. Mi familia estaba muy mal aconsejada en materia de tecnología y nuevos formatos; además de comprarme una Sega, también había depositado su confianza en Beta, así que el intercambio de películas se complicaba más si cabe en mi círculo de amigos Nintendo-VHS. Los Reyes de 1996 fueron una liberación, como ven. Ya disponía de mi flamante ordenador nuevo, con su paquete Office, su revolucionario Windows 95 y un par de juegos; la primera y segunda parte de Alone in the Dark. Esto me cautivó. No había visto nada parecido antes, la aventura terrorífica definitiva; una ambientación espectacular, una historia buenísima… Te metías en la piel de Edward Carnby, detective privado encargado de investigar un extraño suicidio en la mansión llamada Derceto o también podías escoger el personaje de Emily Hartwood, sobrina del suicida que se empecina en descubrir lo que realmente le sucedió a su tío. Recuerdo los pasajes de libros que podías leer durante tu exploración de la casa maldita –El Vellocino de oro– y la música que te acompañaba; no sé las veces que he escuchado el Claro de Luna de Debussy. Tardé muchos años en descubrir que Alone in the Dark tenía como guía las misteriosas aventuras de Lovecraft. ¿Cómo puede vivir todo ese tiempo sin saberlo?

The Call of Cthulhu es un mediometraje de 2005 que me ha transportado a 1995. Hecha al estilo del cine mudo de los años veinte, la cinta recrea perfectamente todos los ingredientes del relato lovecraftiano, está hecha con una delicadeza espectacular y su puesta en escena es muy llamativa. Reconozco que para alguien que le hubiera gustado licenciarse por la Universidad de Miskatonic, como es mi caso, es muy difícil valorarla objetivamente. Además no creo que haga falta estar al tanto del universo cthuliano para poder disfrutarla, es más universal, no han querido atraer solo a los fervientes seguidores del escritor norteamericano. Es una de las adaptaciones más dignas que conozco, no es una patraña como Dagon: la secta del mar (Stuart Gordon, 2001), por poner una grotesca, de la que solo recuerdo la presencia de Paco Rabal y a Raquel Meroño en cueros a punto de ser sacrificada. Además, ahora que se ha puesto de moda el cine mudo con The Artist (Michael Hazanavicious, 2011) y Blancanieves (Pablo Berger, 2012) y ha sido tan premiado a nivel nacional e internacional, ya hay una razón más para verla. También para comprobar hasta qué punto la publicidad consigue su objetivo. The Call of Cthulhu ya utilizó el mismo concepto, el mismo lenguaje, años antes. Pero no trascendió mucho. Son cosas de frikis.