Etiquetado: rock

IL PRIMO, PER FAVORE

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Aparcamos en la zona reservada para residentes desafiando a la flota de grúas de San Sebastián. Pero de eso nos enteramos más tarde, cuando volvimos. Llevo nuestro disco bajo el brazo, medio dormido ya, harto de sostenerlo tanto tiempo por los bares del barrio. Saludamos a un par de conocidos que fuman en la puerta de la sala; la temperatura es óptima, acertamos dejando los abrigos en el coche. Pienso que soy transparente y que todo el mundo que se apelotona en la entrada es capaz de leerme, de adivinar mis intenciones. Me da vergüenza. «Que no se te vea nunca la intención, no demuestres nunca demasiado entusiasmo por aquello que deseas, pues alfombrarás el camino a tus debilidades», decía mi abuela adaptando a Gracián. Es un buen consejo. Pero mi carácter o mi estupidez, o su simbiosis, me impiden seguirlo. «Ya han terminado los teloneros», nos avisa el tumulto.

Mi Proceso Fanático se desarrolla más o menos así. No suele ocurrirme con personas porque las personas fallamos y las obras rara vez lo hacen. Bueno. Con algunas personas sí que sucede, pero no cuentan, son fanatismos antiguos y esos son para toda la vida. Incluso puede tratarse de los únicos verdaderos.

1) Observo / Leo / Escucho algo que me parece atractivo desde una perspectiva artística.

2) El objeto en cuestión comienza a transmitirme sensaciones maravillosas.

3) El objeto domina por completo mi voluntad; la atracción inicial se ha tornado en admiración y respeto profundos.

4) El proceso mental suele estancarse en este nivel; en otros casos puede volver a comenzar una vez transcurrido un tiempo prudencial, marginándose en el punto uno de manera irreversible.

Hay un último escalón que desconocía: pérdida total del ser, incoherencia; el sujeto hace cosas que antes ridiculizaba.

Los músicos beben cerveza antes de subirse al escenario, detrás del puesto de discos y camisetas; todos de verde, uniformados. Se acerca el cantante al verme husmear. ¿Para qué esperar más? Se me va a caer el brazo al suelo.

¿Por qué necesitamos saber la opinión acerca de lo que hacemos de aquellos que admiramos? ¿Necesitamos ser bendecidos?

«This is a present for you. Our band».

Señalo a J, que me acompaña en la debacle. Así parece que reparto responsabilidades. Se humedece mi frente. No es normal esta temperatura en noviembre.

«Thanks».

El tipo no sabe qué decir. Otro se acerca y le pregunta algo en italiano: ¿quién es este chalado?

Dios, no pensará que quiero rollo o algo así.

«Ok. I’ll keep it».

Ya está. Ya ha pasado. Le digo al italiano del puesto que quiero los dos discos, I’m a Giuda Fan (qué ironía) y Racey Roller. No habla inglés, creo que no me ha entendido bien porque sólo me da el segundo trabajo.

«Il primo también, per favore».

Está interesado en las chicas. Les ha regalado un par de chapas bien grandes.

«No. Il primo, niente».

Necesito una cerveza. En la calle creo que todos me observan de nuevo. Me acabo de convertir en un fan letal. Con lo discreto que he sido siempre con mis amores.

COSAS GUAYS (invierno 2015)

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Acabo de darme cuenta de que este espacio/faro que ilumina a una generación ávida de experiencias emocionantes no funciona correctamente. La última recomendación –o defenestración, según se mire– data del 22 de abril; fue Telephone de Lady Gaga y no es que fuera una novedad precisamente. Entre tanto relato libidinoso y cósmico, dramas hospitalarios y filosofía de barriada, su guía espiritual de bolsillo no refulge como merece. Y esto hay que solucionarlo, no me gustaría que me acusaran de abandonar a una caterva de depravados en una cestita, a las puertas de lo convencional, indefensos ante el tostón supremo… No sufran, que Incitatus ya llegó, como ocurre en las películas y jamás en la vida, a salvarles en el último segundo y a otorgar, de paso, los siguientes nihil obstat.

LA CANDIDEZ VIOLENTA

Los Conejos estrenan flamante segundo trabajo con título en español. Los segundos discos son siempre difíciles de hacer, máxime cuando la banda debuta con mención de honor. Lo más habitual es que todos los elementos se rebelen en su contra. El público manifestará que el primero mola más, como clavaron La Moto de Fernan; el sonido sufrirá críticas innecesarias –si no es espléndido– porque todo el mundo asume que las cosas, con el tiempo, tienden a mejorar guiados por esa estúpida creencia en el Progreso; para colmo, la criatura recién nacida tendrá un hermano cabrón que le hará la vida imposible, condenada a luchar contra el tiempo; cuando la gente escuchó el primer álbum era más joven –este es el quid– y, con toda seguridad, le unirá a él un vínculo especial que lo convertirá en insuperable. Pues bien, Los Conejos salen indemnes de la batalla, se han marcado un discazo espectacular que adelanta por la derecha a su única referencia hasta ahora. Caos Final continúa el camino pop punk melódico y dulce que habían iniciado pero profundizando más en él, logrando melodías más curiosas y locas, atreviéndose con trompetas en un par de temas. Las voces están muy trabajadas, más sueltas. También continúa su gusto por el flamenco-rock noventero de Gabinete Caligari en Gypsy Lament. Los textos son variados: nostalgia de la niñez (Throwing Rocks), el apocalipsis de los últimos hombres (Caos Final –ver MG 15–), el abandono, la soledad y la muerte (Yellow Rain, basada en la novela La lluvia amarilla de Julio Llamazares), la raza humana devoradora de sí misma (One Step Forward, Two Steps Back), el ensalzamiento de lo raro a través del DIY (New Paths), la fragilidad del ser humano (Walking On A Wire), la bicicleta como fin en sí mismo (Get On Your Bicycles), el pasado misterioso (Old Photographs), la no rendición (Don’t Give Up The Power), ¿el acto sexual trasunto de pelea? (Bitter Sweat) y el cunnilingus eterno (Moustache Ride). Son doce temas redondos, sin mácula. Y es que Los Conejos son punk diferente y adictivo, una realidad propia feísta y divertida, de ingenuidad agresiva. Por si fuera poco, la gráfica del Lp es perfecta; Teodoro Hernández ha sabido trasladar al papel los mundos extraños y preciosistas que la banda propone convirtiendo este disco en un objeto íntimo y delicioso. Un diez. ¡E incluye póster!

(Leer con acento argentino, imitando al gran Héctor del Mar) CON TODOS USTEDES, LAS EMBAJADORAS DEL GUANTAZO, LAS MINISTRAS DE LA MUERTE, LAS MUJERES FATALES… 

Pertenezco a la primera generación ibérica que no se extraña si en una conversación surgen términos y expresiones como «súplex vertical», «sillita eléctrica» o «lo jala de los cabellos». Nací en 1984 y eso implica haber visto íntegra la Época Dorada de Telecinco. Entre mamachichos, italianadas de Jaimito y del tándem Spencer/Hill o series anime de diverso pelaje, se erigía uno de los monolitos de nuestra infancia, el buque insignia de la recién estrenada cadena: el Pressing Catch. Todos sabíamos que los luchadores eran en realidad unos falsarios que a la vez que propinaban puñetazos pisaban con fuerza la lona para lograr golpes más estremecedores, pero eso nos importaba poco; suspendíamos la credulidad en pos del espectáculo y el entretenimiento. Si bien es fácil recordar a los héroes Hulk Hogan, El Último Guerrero (y su Baile de San Vito), Los Sacamantecas, El Enterrador, Terremoto Earthquake (con su letal Salto del Hipopótamo), El Poli Loco, El Hombre del Millón de Dólares o Mister Perfecto, tengo más remoto el recuerdo de su versión femenina, porque, probablemente no durase mucho en antena. En la versión española lo bautizaron con el inefable título Las chicas con las chicas y tan sólo puedo invocar a unas pocas guerreras: La Hija del Granjero, Montaña Fiji o Matilda La Grande (Google me confirma que había muchísimas más; Spanish Red, The Disciplinarian, Caliente, Riot…). Aquí terminan mis conocimientos sobre lucha libre femenina. ¿Por qué entonces toda esta nostálgica y –puede que– trillada introducción?

Me he fulminado ¡Pérfidas!, la novela de Tamara Romero. Así, en tres ratos; me ha parecido divertidísima, una historia de colores saturados contada estupendamente en poco más de cien páginas. Este último aspecto lo valoro mucho, harto de tramas anabolizantes y códices tan gruesos como vacíos. Tamara nos transporta a Valtidia, una ciudad entreverada; quizás un México D.F. con pinceladas de ciudad norteamericana con nombre español. Allí, el deporte de masas es la lucha libre femenina, el público enloquece cada vez que se celebra un combate entre las integrantes de los dos bandos que existen: las Pérfidas y las Lúcidas. El grupo pérfido lo forman chicas con nombres tan chulos como Mazas, La Mujer Azul, Estigma, Hiedra, Rusia, Petróleo, La Ciega, La Vigilante, Las Trillizas y Sor Muerte y son mezcla de las aguerridas féminas de Pressing Catch y los superhéroes mutantes. Sobresale entre todas La Volcánica Magma, la heroína enmascarada invicta con genética de El Santo, la protagonista trágica de la historia, objetivo original de un secuestro fallido. Los criminales confunden a Mazas con Magma y se desencadena la acción, el plan que urden sus compañeras y su manager Alexia Vartel para traerla de vuelta. Romero parte de este hecho para contarnos una historia que orbita alrededor de los conceptos de identidad, la sociedad espectáculo, la ficcionización de la realidad y el compañerismo. También es una historia de mujeres. Y es que los hombres –con la excepción de un locutor de radio, los niños-árbitros y dos mormones de estética Juventudes Hitlerianas– parecen haberse evaporado de Valtidia, o al menos de la trama de ¡Pérfidas!; quizás las vidas de los varones valtidianos no sean demasiado seductoras. Diversión pura y dura en esta novelita pop ultrarevolucionada, de tacones vertiginosos y mamporros coreografiados. Si todo esto no les parece suficiente para hacerse con ella, echen un vistazo a su fantástica cubierta y comprobarán que se trata de una cosa que se puede comprar por la portada; los estetas como yo agradecemos a la editorial Aristas Martínez el buen gusto a la hora de diseñar su catálogo. ¡Gran ovación!

CUANDO OIGAS RUIDOS DENTRO DEL ARMARIO, NO LO ABRAS

Termino con una película. De terror; de hecho la mejor película de terror que he visto en mucho tiempo. Se trata de The Babadook de Jennifer Kent. Una historia pequeñita, dos grandes interpretaciones (Essie Davis y el niño Noah Wiseman) y tensión a raudales. Sin demasiado efectismo ni cataratas de sangre, Kent nos cuenta la del monstruo del armario, relato con reminiscencias de todo el Terror. Lo hace con maestría y estética envidiables. La cara de chalado del crío perdura en la memoria y puede convertirse en un fotograma mítico. ¡Y todo transcurre en noventa y cinco minutos! ¡Parece que los dioses han escuchado mis plegarias! ¡Al fin!

NOSOTROS YA HEMOS GANADO

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Un par de años atrás, los amigos comenzamos a organizar visionados de videoclips de bandas de rock. El ritual se ha convertido en tradición de periodicidad impredecible y suele prepararse a bote pronto; «he pasado por el kiosko y ya tengo la revista con el nuevo DVD». Apenas se ha recibido el whatsapp o sms el protocolo se activa: unos preparan la estancia y comprueban que el reproductor funciona correctamente, otros hacen acopio de provisiones y todos esperamos impacientes la llegada del Portador. No puede faltar de nada durante el acontecimiento, ni dulce ni salado. El DVD rebosante de metraje rockero pertenece a una conocida revista musical de tirada nacional y aparecen vídeos de grupos pequeños como también de otros ya consagrados; también contiene discos completos de algunos de ellos. Como todas las cosas de la vida, nuestra proyección posee unas normas –bastante laxas– de comportamiento. Hay que esperar hasta el final de cada pieza para compartir tu opinión con los demás miembros del jurado, así puede escucharse con claridad la letra de la canción. Sí que se permiten la carcajada a veces inevitable o los comentarios muy breves, asociados a la jerga videoclipera, referidos a su tipología o temática (gente corriendo, fábrica abandonada, chicas & coches, mafia & póker, fantasmas, bosque, historias ambiciosas, amado/a muerta, bares & mujeres, macarreo, lucha de clases, sexo apasionado, gente acabada que bebe…) y pequeñas observaciones sobre la mala –o buena- puesta en escena (mafiosos con chistera, amigos de la banda mal disfrazados de policías, novias/hermanas/primas del grupo ejerciendo de femmes fatales…). Cada miembro disponemos de un comodín; podemos gritar «Siguiente» cuando queramos para pasar de videoclip. Rara vez lo utilizamos porque lo gracioso es verlo todo hasta el final, no vaya a ser que, debido a nuestra inconsciencia, nos perdamos una secuencia maravillosa o un final BGA (Brutal Giro Argumental) a lo Brian De Palma.

El caso es que me dio por pensar en aquello que transmiten la mayoría de estas bandas, a leer entrelíneas de sus riffs y poses, a valorar su actitud, televisiva, más que nada. Siguen a sus ídolos no sólo en lo musical, también en lo estético y actitudinal, aunque esto último, únicamente lo logren –sospecho– durante los minutos que dura el videoclip. Parecen decirnos: «Esta es la vida que anhelo, yo soy un tipo duro pero el curro no me deja desarrollar mi arrogancia rockera, así que me visto de Nikki Sixx durante tres minutos y observo cómo dos benditas se rocían con bourbon mientras se dan el lotazo a mis pies». No conozco a Nikki Sixx. Puede que la vida de Nikki Sixx sea así, es lo que nos ha vendido siempre. En cualquier caso, esa es su vida, real o no, pero no será nunca la de nadie más. Tampoco he estado en Los Ángeles ni en Nueva York ni en Washington, se me hace muy difícil extrapolar las vivencias de allí –por análogas que sean– a las que palpitan en tu infecto pueblo. Lo auténtico se nota. Es intangible, nadie sabe concretar qué es, pero nos damos cuenta de que alguien lo tiene cuando le vemos en el escenario. Preferirán sacrificarse por un lejano e improbable triunfo. Un triunfo también televisivo, monetario y, con casi total seguridad, intrascendente. Sin conexión con aquello que les rodea se convertirán en un remoto islote inaccesible. Frank Underwood comenta en House of Cards que el dinero es la mansión de Malibú, algo ostentoso pero frágil, que puede ser destruido por un tornado o un huracán. El poder es el edificio de piedra que lleva siglos allí, imperturbable, que pese a haber sido transitado por gente diversa, aún mantiene su estructura intacta. Bien, a eso es a lo que hay que aspirar. Solo  se puede permanecer si se conecta con los lugares y sus vidas. Minor Threat o Bad Brains son Washington, MCD es Bilbao. Además, idolatrar siempre ha sido peligroso, y mira que yo suelo caer en fanatismos transitorios a menudo. Un colega se leyó Por favor, mátame. Una historia oral del punk y me comentó que los Stooges, Patty Smith, Dead Boys, MC5, Lou Reed y compañía «eran anormales». Y es que deberían prohibir este tipo de libros, que uno lleva admirando muchos años a estos impresentables y ya se ha hecho un poco tarde para cambiar de iconos.

«Nos hubiéramos pegado con todos», concluyó.

INTERPUEBLOS

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Hace un par de semanas un borracho me despidió así de su pueblo: «Vas a acabar en la cárcel y te van a sodomizar». Era un hombre de unos cincuenta largos, en el umbral de convertirse en viejo cthuliano, el personaje cinematográfico universal caracterizado por su clarividencia y dotes adivinatorias. Aquello fue suficiente para meterme el susto en el cuerpo; cuando los borrachos te hablan –y todavía logras entenderlos–, te invade la sensación de que saben algo que tú desconoces, que sus desvaríos son parábolas intrincadas y comienzas, inexplicablemente, a creértelas. De repente los ves como misteriosos vagabundos dimensionales portadores de graves secretos o emisarios venidos de otro tiempo, olvidas por unos momentos que se parecen más a una cuba de Soberano. Flying Ladies hemos hecho un pequeño interpueblos recientemente y nos lo hemos pasado muy bien. Además hemos ido en otoño, cuando hace frío, después del verano del amor rural y de que todo quisqui haya volado a las capitales limítrofes. Acostumbrado a frecuentarlos durante el espejismo que es agosto, el invierno los cambia dramáticamente. No extraña que al pensar en ellos, lo primero que se me pase por la cabeza sea un viejo ebrio tambaleante con botas de regar hasta la rodilla en medio de un concierto de punk.
Coincidiendo con las Fiestas de la Juventud o de San Sisebuto, muchos valientes organizan todavía conciertos de rock o punk, algo habitual en el pasado pero no tan célebre en estos tiempos nuestros. Es su humilde aportación a la diversión en lugares donde hay que desplazarse para asistir a cualquier tipo de espectáculo o para realizar, a veces, compras muy básicas. Es una manera de pelear contra el olvido que sufren durante los meses inhóspitos, una medida que hay que apoyar al cien por cien. Es necesario que se descentralice el ocio, que la gente de la ciudad fluya valle arriba de nuevo, que se den interacciones pueblo-ciudad inéditas que vuelvan a poner en el mapa a localidades condenadas por el crecimiento urbano. Suena todo ambicioso y –probablemente– irrealizable a estas alturas de la película. Además a la gente de la ciudad nos da pereza adentrarnos en el páramo, monte o bosque helados; a veces las comunicaciones son complicadas y el transporte público tampoco está desarrollado. Todo son palos en las ruedas, pero hay que intentarlo, al menos. La gente que organiza todos estos tinglados es muy agradable, se afanan en llevar aquello que les gusta a sus pueblos para romper el silencioso invierno y no conformarse con un repetitivo mercado medieval. Aprovecho para hacer un llamamiento a los Habitantes de las Urbes del Globo: acudan a los eventos que se organicen en los pueblos. Podrán disfrutar de los contrastes más insospechados y, simplemente con su acto, contribuirán a su supervivencia. Si, encima, asisten a un concierto de rock, observarán de primera mano al borracho del principio golpear con violencia el escenario con la palma de su mano. Pam, pam, pam. Todo el rato, irreductible, hasta la extenuación. Esto es denominador común de todos los pueblos del mundo. De hecho, solemos apostar entre nosotros a ver cual es el borracho percusionista antes del concierto. También escuchará las palabras del presidente centenario de la Asociación Juvenil, situación a medio camino entre Dada e Ibáñez. Un mundo viejo-nuevo lleno de sorpresas.

LA NOCHE DE LOS DEMONIOS

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El viernes participé en un aquelarre de los buenos, de los que no se olvidan fácilmente y merecen página completa en el libro de Historia (Subterránea) de Nuestro Pueblo. Como saben, el Frikoño celebra su satánica sexta edición y hace un par de días, los ciudadanos de alma oscura se reunieron en torno a dos de los eventos que más interés despiertan: la exposición colectiva Grotesque IV y la Fiesta de los Demonios, a cargo de los servidores de Azazel, Pan Total, Cleopatra X y Violeta Vil. El cóctel artístico de irreverencia y desfachatez volvía a la sala grande de la Escuela de Artes tras un año sabático que, a primera vista, parece que le ha sentado muy bien; más de una cincuentena de artistas han conseguido que la frescura y la extravagancia regresen a sus paredes. Una alegría, sin duda. Tras varias rondas y conversaciones con multitud de conocidos, nos fuimos rápidamente a echar un bocado y empalmar con la misteriosa fiesta demoníaca celebrada en el Biribay. Los primeros infraseres invocados que se manifestaron en el pentáculo fueron Pan Total. Nos trajeron su pop pegadizo y bailable, tocaron los buenos temas que componen su Románticos No, alguna canción nueva y Tiempos nuevos, tiempos salvajes de Ilegales. Para mí, ofrecieron su mejor actuación hasta la fecha; sonido compacto, claridad instrumental y actitud. Además interpretaron mi canción preferida, La columna, una extraña e inquietante historia que –espero- alguno de sus autores me aclare alguna vez. De alguna cripta olvidada surgieron Cleopatra X, una de las bandas cuya existencia conocía de oídas –aquel era su primer concierto- y que más ganas tenía de ver, valorando la actividad de varios de sus miembros, responsables de grupos de la leche pero lamentablemente efímeros. Decir que me sorprendieron sería quedarme muy corto; tenía altas expectativas al respecto pero ni por asomo me esperaba la lección de punk-pop atmosférico y oscuro que impartieron estos tres embajadores del Hades. Ahora que lo sorprendente es que algo te sorprenda, su espectáculo adquiere una importancia mucho mayor; casi había olvidado la sensación que te produce presenciar algo trascendente y auténtico, sentir las endorfinas -o lo que sea- liberadas durante la contemplación de algo que realmente merece la pena. Cleopatra X nos brindaron un show lacónico y pendular mientras en la pantalla se proyectaba la ensalada fílmica perfecta para la noche diabólica; un popurrí de las películas de Argento –reconocí Opera, Rojo Oscuro, El gato de las nueve colas, Suspiria e Inferno-, también The Church de Michele Soavi y La semilla del diablo de Polanski, entre otras. ¿Acaso no formaban el pop maligno de los Cleopatra y el grito sordo de Daria Nicolodi un excelente maridaje? ¿Cómo no voy a caer rendido ante todo eso? Tan agradecido estaba tras su conciertazo que, una vez la banda se hallaba recogiendo los trastos, hice algo que no suelo hacer nunca y de lo que ahora me avergüenzo un poco: darles la paliza con lo buenos que son. Desde aquí pido disculpas a los que sufrieron mi verbo irreductible. Aunque me hallaba en caliente en aquellos momentos, mi opinión no ha variado un ápice y sigo afirmando que son buenísimos y , yo que ustedes, no me perdería la siguiente exhibición de la faraona pornográfica. Completaron la Trinidad Maligna, Violeta Vil, banda muy interesante que tampoco había tenido ocasión de disfrutar. Había escuchado solamente las pocas canciones de su Bandcamp pero en directo aquello no tenía nada que ver; sonaron atronadores, con un sonido impecable y arrollador, muy diferente al de sus grabaciones. Sobra decir que, a mi juicio, los temas ganaban muchísimo en intensidad y potencia. El directo fue perfecto, hipnótico, me encantó. Violeta Vil son unos increíbles generadores de atmósferas caracterizadas por un –me pareció- primitivismo melódico distorsionado y confuso. Violeta Vil acabaron por tirados por el suelo, poniendo el punto y final a la noche demoníaca y los acólitos nos quedamos con el sabor del azufre en nuestros paladares. Un sabor que tardará mucho tiempo en desaparecer.

EL TRIBUTO (II). Un fantasma recorre España.

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Banda Municipal de Logroño hacia 1917.

Les relataba hace unos días cómo fue mi acercamiento a los grupos tributo, mi primera vez, dominada por el asombro y la ignorancia hacia esta pandemia sin vacuna que se ha instalado en los carteles de conciertos sin importar tamaño, estilo, ubicación y calidad. Los Queen replicantes de mi colega son sólo la epidermis del fenómeno, la vanguardia formada, unos profesionales del tema, merecen cierto respeto. Al fin y al cabo los tipos son unos fuera de serie en lo suyo, son unos excelentes imitadores y además, fueron de los primeros grupos en hacer este tipo de espectáculos por los cuales podían considerarse –entonces- una rareza. Hoy, como saben, la situación es bien diferente y los grupos tributo son nuestro pan de cada día, incluso se ha extendido la inexplicable costumbre de tomar como modelo a bandas en activo. Yo pensaba que las bandas clónicas tenían que rendir homenaje -por fuerza- a un grupo difunto, a alguno que ya no exista y sea imposible disfrutar en directo. Nirvana, The Beatles, Locomía… Pues no señor. Basta una pequeña excursión a las fiestas de cualquiera de las muy nobles villas de este crisol de culturas que es nuestro terruño, para sufrir a cuatro majaderos tocando las canciones del grupo que actuó el año pasado y, si te descuidas, las del grupo bueno que tocará después o las del que no ha podido venir porque se ha recortado el presupuesto destinado a festejos. Así nos la están metiendo, coleguis, a pelo y sin vaselina. Entiendo que el mundo de la música es impermeable, casi inaccesible, pero no sé, la pasta todo lo revuelve, y al final, para sacarse unas perras guapas, los grupos abandonan sus proyectos oxidados de aguantar la intemperie en busca de la fama y abrazan esta cutrez que a muchos parece entretenerles. Es una ecuación simple y sencilla en tiempos de crisis: menos presupuesto + organizadores listillos + grupos muertos del asco que no se aguantan ni a sí mismos y quiere intentar ganar dinero = grupo tributo. Yo no tengo nada en contra de estas bandas -que al final van a pensar ustedes que soy de la SGAE-, no faltaría más; todo el mundo tiene derecho a ganarse la vida como pueda y a gustarle lo que sea. Lo que me molesta es que nos hagan comulgar con ruedas de molino, me irritan este tipo de fervores fugaces –el tiempo es nuestro aliado, resistan-. Es que ocurre en cualquier contexto; acudes a un festival cuya entrada cuesta un riñón, recorres cientos de kilómetros, malvives hacinado en una tienda de campaña aguantando temperaturas inhumanas para que después de ver a tu grupo preferido se presenten unos indocumentados a destrozar el Nevermind. En este punto servidor se deprime mientras observa a la masa borracha y drogada, ahí, con los brazos en alto aclamando a Nirbana… Con semejante tajada tanto hubiera dado que fueran Mocedades pero eso no me sirve de consuelo. Así que ya saben, sigan los consejos para que el estío no se les atragante: beban mucha agua, refrésquense las muñecas y la nuca, especialmente los niños y los mayores, eviten las horas de pleno sol y absténganse de ver a los grupos tributo. Vayan a la verbena. O al carajo.

EL TRIBUTO (I). El oro y la mierda.

Live Aid Concert - Wembley Stadium

Cada época posee sus cruces artísticas. En el siglo XVIII fueron las horribles pelucas empolvadas, en los setenta los pantalones acampanados, en los noventa casi todo y a principios del nuevo siglo, la absurda moda de las camisetas de países se extendió como la peste negra. En el mundo musical, farandulero y de espectáculos de los dos miles en adelante, el anticlimax, el bochorno y el ridículo los encarnan dos temidas palabras: grupos tributo. A veces uno deja de entender a sus congéneres, abandona la idea de comprender lo que hacen; comienza a sentirse como Donald Sutherland en La invasión de los ultracuerpos y le cuesta discernir si todavía sigue en sus cabales o son el resto los que están como una regadera, si toda la humanidad ha sido abducida por un ente alienígena y está cambiando paulatinamente. ¿Por qué tenemos que sufrir a este tipo de bandas? ¿Es un fenómeno nacional o también en el extranjero se tiene tan poca piedad con las minorías que –como yo- preferimos escuchar grupos originales a clones putrefactos? ¿Qué países están libres de esta lacra? ¿Qué ha pasado para que ahora nos veamos inmersos en esta triste situación? Son interrogantes que a más de uno nos mantienen en ascuas… A continuación podrán leer un recorrido por mis experiencias con la diarrea del rock. También intentaré buscar –ya me dirán si con éxito- algunas de las claves del tinglado y de la proliferación de este mal.

El oro y la mierda

Parece fácil diferenciarlos a primera vista, ¿verdad? Sin embargo habrán observado que muchas personas son incapaces de hacerlo correctamente o bien no les importa que les ofrezcan mierda a precio de oro. Una de dos. Les cuento. El dueño de un bar que frecuentaba cuando vivía en Salamanca era un fanático de Queen –nadie es perfecto-, amaba a la banda de Freddie Mercury de manera patológica e infantil; así suelen ser las pasiones que nos despiertan cualquier fetichismo, ya saben, construir barcos de madera, el macramé o coleccionar soldaditos de plomo, inexplicables y tan ridículas que las llevamos en secreto o procuramos no aventarlas demasiado. Pero en el rock todo es diferente, es algo colectivo, se celebra una ceremonia –el concierto- a la que hay que acudir. Podemos escuchar todos los discos del mundo en el garaje de nuestra casa pero no experimentaremos el verdadero rock hasta que no acudamos al directo, a la esencia primera. Por tanto los fetichistas rockeros se camuflan mejor entre el resto de mortales puesto que su hábitat es (era) el que frecuentaban las masas, tienen más oportunidades de mostrar su pasión que un recolector de coleópteros. Este hombre –una persona razonable, no un loco a encerrar- me confesó en una ocasión, mientras tomábamos unas copas, que su grupo preferido ya no era Queen, sino una banda clónica de Queen que descubrió de manera fortuita y de la que ya se había convertido en fan absoluto. Los ojos le brillaban y comenzó a ponerme vídeos en directo de la banda –no recuerdo el nombre- que se había descargado de Internet. Al principio no sabía si me estaba tomando el pelo pues a mi no me van Queen, pero aquello parecía un concierto de Queen, desde luego. Fuegos artificiales, un escenario titánico, los tíos clavados, perfectos en la ejecución de la música, perfectos emulando los gestos de los Queen originales. Y lo que más me sobrecogió: el público. Una marea humana a la altura de los británicos. “Es que son mejores; canta mejor que Freddie, el cabrón” dejó escapar el barman y suspiró, vencido por la copia. “Hombre, puede que sean músicos sobresalientes, por encima de los originales incluso, y también cabe la posibilidad de que se hayan operado para que sus rostros sean facsímiles milimétricos… Pero, no sé, tu los conoces mejor que nadie, sabes que no son Queen, que son otros tipos”, respondí. Había ocurrido algo maravilloso o inquietante, según se mire. La falsificación había superado al original produciéndose un fenómeno que se hallaba un peldaño por encima de los mejores suplantadores de artistas como Elmyr de Hory y estafadores cinematográficos como Welles, casi a la altura de Banksy, el mejor creador de identidades falsas estúpidamente veneradas. Como ven es una historia muy novelesca, casi cinematográfica; un seguidor de una banda de rock que se enamora de su réplica… Este fue mi primer contacto con las llamadas bandas tributo, entonces no eran todavía muy conocidas y nadie era capaz ni siquiera de vislumbrar lo que nos esperaba. Comenzaron a reproducirse sin control, se había abierto la veda. Nacieron millones de ellos, tributos de cualquier grupo concebidos para tocar en cualquier sitio; fiestas de pueblos, festivales de todo signo, conciertos del barrio, cumpleaños, chamizos, bautizos, comuniones… Había nacido un monstruo y ahora  ya es demasiado tarde para ponerle remedio. Pero esta dramática situación actual necesita un análisis más detallado, un alto en el camino que nos permita tomar algo de aire.

Continuará