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RING RING MALDITO

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Nos dice el inglés que pensemos en nuestras New Year’s resolutions y me entran unas ganas locas de tener una pistola para pintar un Pollock con su sesera. Como no tengo armas de fuego a mano, pues pienso, qué pereza. No me renuevo demasiado, siempre la misma resolution: intentar ser buena persona, que es más difícil que aprender inglés a la vez que dejas de fumar mientras haces sentadillas con doscientos kilos. Es muy cursi, lo sé y me da igual, pero aun así no lo digo, a ver si se piensan que soy demasiado bisoño o directamente imbécil. No digo nada, de hecho. Al mirar discretamente la hora en el móvil me percato de que un amigo me está llamando. Son las diez menos cuarto aún, debería estar currando. Mi cerebro activa el Protocolo de Sonidos y Comunicantes Intempestivos, un proceso minuciosamente diseñado que registra todos los timbres, teléfonos, interfonos, campanas y sirenas de barco; analiza su duración, rebusca en los confines de la memoria la última llamada del número en cuestión (si es conocido) con el fin de anticipar una reacción. Este súbito proceder no prevé nada, sin embargo, y al final todo desemboca en la misma sensación una y otra vez: angustia. Algo (malo) ha ocurrido.

Hubo un tiempo en el que el nerviosismo no se apoderaba de mi cada vez que el teléfono sonaba a horas raras. Eran los buenos tiempos telefónicos, la era de los fijos y los zapatófonos. Por entonces las voces al otro lado de la línea sólo transmitían buenas nuevas -cuelga tú, no cuelga tú, cariño-; vivía feliz, ignorante de las aptitudes catastróficas del aparato, incluso me gustaba recibir llamadas porque significaba que se acordaban de mí, que íbamos a dar una vuelta por ahí, a pasarlo bien. Pero un día la señal acústica acompaña a la desgracia, se convierte en pegadiza banda sonora y ¡ay!, ya no podrás desvincularlas jamás. Cada vez que oigas ese sonido un policía en el umbral atravesará tu mente, o un doctor de semblante grave, o un chaleco fosforito de urgencias, o un bombero con una radial, o un ramo de flores pegado a una farola. Drew Barrymore en Scream.

No aguanto más, dejo al grupo con el get a (better) job, improve my English y salgo al pasillo, devuelvo la llamada (¿calling back se dice?, voy a suspender), mi colega tarda apenas un segundo en manifestarse. Mala cosa tan rápido, me dice el augur de chichinabo que todos llevamos dentro, el que acierta poco y asusta mucho, el que nada lo sabe. Es una desgracia, efectivamente. Reversible, al menos.

—Para que lo sepas. Llámale, sin que se note; yo quedaré también con él.

Sobrecoge escuchar las resolutions de los fiambres, siempre son paradójicas. Se iba a casar pasado mañana y se sale de la vía al ir a ver a su amante, justo le acaban de ascender y salta por los aires tras un escape de gas, deja mujer y dos hijos en cada provincia. Parece que un retorcido guionista -la vida perra- hubiera planeado los momentos de la muerte y sus irónicas circunstancias. Vaya puta mierda, empezar el año así. Vuelvo al go to the gym, travel around the world. Me entristece mucho la noticia que me acaban de asestar; fuera comienza a llover muy fuerte y los cristales suenan tipitipi-tip- tip. Como en las películas.