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LA MIRADA DE LUCAS

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Los martes leo el Pronto en casa de mis padres. Empiezo por el final, por esa sección que aglutina curiosidades de índole diversa, luego voy al epígrafe trabajo de Tauro, por si hubiera novedades y, de ahí, salto al monográfico Vidas interesantes. No hago demasiado caso al resto, miro los santos a ver si reconozco a alguien interesante de verdad, poco más. A veces encuentro petróleo; la revista aúna la actualidad rampante con mini-artículos sobre personajes condenados al ostracismo durante decenios y de otros en decadencia permanente. De ese batiburrillo emerge la mirada triste de George Lucas. Al principio no me doy cuenta porque George está rodeado de los clásicos personajes Disney ataviados como los de Star Wars; Minnie de Leia, Goofy de Darth Vader, Mickey de Obi Wan y el pato Donald de Han Solo. Eso despista mucho. También sale R2D2. Arropado por la recua, Lucas sale vestido de Lucas: eterna camisa de cuadros, deportivas blancas y tejanos desgastados. Detrás han pintado un bosque parecido a los que -sabemos- crecen en la luna de Endor. El creador del fructífero universo parece cansado, ausente, fija su mirada en el horizonte, como la de Luke ante la Binary Sunset de Tatooine. Se nota que está pensando en otra cosa, que no quiere estar allí. En su cabeza se agolpan las imágenes y las cuestiones. ¿Por qué Rogue One no empieza con el texto amarillo y el tema de John Williams? ¿Por qué nos privan de ese ¡pum! emocional en el pecho? Quizás se encuentre confundido, como el inicio de este spin off, un galimatías en el que ocurren muchas cosas mal narradas. Tan mal, que han tenido que poner carteles debajo de los nuevos planetas, señales de tráfico para no perderse. Piensa en algo plano y liso, sin honduras dramáticas ni cómicas ni nada. La intemperie de la estepa sin fin. Imagina los personajes nuevos, el comando suicida. Todos merecen morir: la protagonista vacía, el líder rebelde de ambigua moral, el ciego karateka, jedi de marca blanca, el grandullón del blaster ametrallador. La Alianza de Civilizaciones de Zapatero era, en realidad, la Alianza Rebelde. El robot sí que le da un poco de pena. Pobre máquina, más humana que los personajes. No hay química, no hay complicidad y todo se verbaliza, incluso lo intrascendente: ha faltado un “me voy a mear” en algún momento. Muchas palabras, pero ninguna memorable. Ni siquiera Moff Tarkin -Peter Cushing resucitado digitalmente- cuenta algo interesante, un secundario de infinitos quilates desaprovechado. Quizás no era necesaria su nueva aparición. Lucas piensa en Vader. Su entrada en la peli le gusta. Es lo mejor, junto al descubrimiento del nuevo Planeta Caribe. Incluso disfruta la nueva versión de “su carencia de fe resulta molesta”. Y el malo, el de la capa blanca, es salvable dentro de todo el desaguisado. Tira que te va. El problema es que no está tan mal, se han arriesgado un poco más. No mucho, pero sí algo más que en el Episodio VII. Uy, eso mejor ni tocarlo, ¡fuera! ¡fuera! Hay cosas buenas, ideas incluso decentes… pero no se profundiza, son como esbozos, se intuyen pero no tiene forma. Lucas sacude la cabeza levemente. ¿Y si le corto la cabeza a Goofy con el sable láser y la clavo en una pica a la entrada del rancho?

STAR WARS. Episode IV: A New Hope (George Lucas, 1977)

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Star Wars. Episode IV: A New Hope. 1977. Estados Unidos. Dir: George Lucas.

¿Qué puede decirse de una película de la que sabes los diálogos de memoria? Ahora al verla en versión original por primera vez, uno se da cuenta de que bajo el casco de Darth Vader no vive Constantino Romero. Fíjate lo que me ha llamado la atención; se hace extraño ver una película de la que conoces todos los rincones y secretos, a cuyo culto fanático entregaste la infancia entera y parte de la adolescencia, de repente, en el idioma original. Como si tu mujer aparece con un peinado radicalmente diferente al habitual; tardarás un poco en acostumbrarte. También me hubiera gustado verla el día de su estreno. Ver la reacción del público, la mía misma, ante un film de características inéditas hasta entonces. Ninguna de las películas de ciencia-ficción que se le aproximan en el tiempo poseen esa magia hipnotizante característica de los mundos nuevos; la mayoría de ellas –me viene a la mente The Andromeda Strain (Robert Wise, 1971)-, sin ser malas películas, se encuentran estéticamente más cercanas a las cintas de extraterrestres – monstruos – catástrofes de la década de los cincuenta que a este cambio de paradigma que supuso Star Wars, la era arcaica espacial que conquistó al público mundial merced a un gran guión, una dirección muy acertada y un presupuesto que contribuyó a disolver el barniz de serie B del género. También podría discutirse si Star Wars pertenece al género; la intriga y el misterio, dos engranajes tradicionales del motor de los films de ciencia-ficción desaparecen aquí en beneficio de la aventura pura y dura, en la línea de las películas marítimas o gestas medievales de toda la vida, véase Mutiny on the Bounty (Frank Lloyd, 1932), Treasure Island (Victor Fleming, 1934) o The Adventures of Robin Hood (Michael Curtiz / William Keighley, 1938).

El cuarto episodio sigue siendo para mí una película redonda, atractiva y superior. Unas interpretaciones para el recuerdo, una acertadísima elección del reparto, alternando los rostros nuevos con los legendarios de Alec Guiness y Peter Cushing. Genial en todas sus facetas.