Etiquetado: música

EL TRIBUTO (II). Un fantasma recorre España.

bandamúsica logroño

Banda Municipal de Logroño hacia 1917.

Les relataba hace unos días cómo fue mi acercamiento a los grupos tributo, mi primera vez, dominada por el asombro y la ignorancia hacia esta pandemia sin vacuna que se ha instalado en los carteles de conciertos sin importar tamaño, estilo, ubicación y calidad. Los Queen replicantes de mi colega son sólo la epidermis del fenómeno, la vanguardia formada, unos profesionales del tema, merecen cierto respeto. Al fin y al cabo los tipos son unos fuera de serie en lo suyo, son unos excelentes imitadores y además, fueron de los primeros grupos en hacer este tipo de espectáculos por los cuales podían considerarse –entonces- una rareza. Hoy, como saben, la situación es bien diferente y los grupos tributo son nuestro pan de cada día, incluso se ha extendido la inexplicable costumbre de tomar como modelo a bandas en activo. Yo pensaba que las bandas clónicas tenían que rendir homenaje -por fuerza- a un grupo difunto, a alguno que ya no exista y sea imposible disfrutar en directo. Nirvana, The Beatles, Locomía… Pues no señor. Basta una pequeña excursión a las fiestas de cualquiera de las muy nobles villas de este crisol de culturas que es nuestro terruño, para sufrir a cuatro majaderos tocando las canciones del grupo que actuó el año pasado y, si te descuidas, las del grupo bueno que tocará después o las del que no ha podido venir porque se ha recortado el presupuesto destinado a festejos. Así nos la están metiendo, coleguis, a pelo y sin vaselina. Entiendo que el mundo de la música es impermeable, casi inaccesible, pero no sé, la pasta todo lo revuelve, y al final, para sacarse unas perras guapas, los grupos abandonan sus proyectos oxidados de aguantar la intemperie en busca de la fama y abrazan esta cutrez que a muchos parece entretenerles. Es una ecuación simple y sencilla en tiempos de crisis: menos presupuesto + organizadores listillos + grupos muertos del asco que no se aguantan ni a sí mismos y quiere intentar ganar dinero = grupo tributo. Yo no tengo nada en contra de estas bandas -que al final van a pensar ustedes que soy de la SGAE-, no faltaría más; todo el mundo tiene derecho a ganarse la vida como pueda y a gustarle lo que sea. Lo que me molesta es que nos hagan comulgar con ruedas de molino, me irritan este tipo de fervores fugaces –el tiempo es nuestro aliado, resistan-. Es que ocurre en cualquier contexto; acudes a un festival cuya entrada cuesta un riñón, recorres cientos de kilómetros, malvives hacinado en una tienda de campaña aguantando temperaturas inhumanas para que después de ver a tu grupo preferido se presenten unos indocumentados a destrozar el Nevermind. En este punto servidor se deprime mientras observa a la masa borracha y drogada, ahí, con los brazos en alto aclamando a Nirbana… Con semejante tajada tanto hubiera dado que fueran Mocedades pero eso no me sirve de consuelo. Así que ya saben, sigan los consejos para que el estío no se les atragante: beban mucha agua, refrésquense las muñecas y la nuca, especialmente los niños y los mayores, eviten las horas de pleno sol y absténganse de ver a los grupos tributo. Vayan a la verbena. O al carajo.

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EL TRIBUTO (I). El oro y la mierda.

Live Aid Concert - Wembley Stadium

Cada época posee sus cruces artísticas. En el siglo XVIII fueron las horribles pelucas empolvadas, en los setenta los pantalones acampanados, en los noventa casi todo y a principios del nuevo siglo, la absurda moda de las camisetas de países se extendió como la peste negra. En el mundo musical, farandulero y de espectáculos de los dos miles en adelante, el anticlimax, el bochorno y el ridículo los encarnan dos temidas palabras: grupos tributo. A veces uno deja de entender a sus congéneres, abandona la idea de comprender lo que hacen; comienza a sentirse como Donald Sutherland en La invasión de los ultracuerpos y le cuesta discernir si todavía sigue en sus cabales o son el resto los que están como una regadera, si toda la humanidad ha sido abducida por un ente alienígena y está cambiando paulatinamente. ¿Por qué tenemos que sufrir a este tipo de bandas? ¿Es un fenómeno nacional o también en el extranjero se tiene tan poca piedad con las minorías que –como yo- preferimos escuchar grupos originales a clones putrefactos? ¿Qué países están libres de esta lacra? ¿Qué ha pasado para que ahora nos veamos inmersos en esta triste situación? Son interrogantes que a más de uno nos mantienen en ascuas… A continuación podrán leer un recorrido por mis experiencias con la diarrea del rock. También intentaré buscar –ya me dirán si con éxito- algunas de las claves del tinglado y de la proliferación de este mal.

El oro y la mierda

Parece fácil diferenciarlos a primera vista, ¿verdad? Sin embargo habrán observado que muchas personas son incapaces de hacerlo correctamente o bien no les importa que les ofrezcan mierda a precio de oro. Una de dos. Les cuento. El dueño de un bar que frecuentaba cuando vivía en Salamanca era un fanático de Queen –nadie es perfecto-, amaba a la banda de Freddie Mercury de manera patológica e infantil; así suelen ser las pasiones que nos despiertan cualquier fetichismo, ya saben, construir barcos de madera, el macramé o coleccionar soldaditos de plomo, inexplicables y tan ridículas que las llevamos en secreto o procuramos no aventarlas demasiado. Pero en el rock todo es diferente, es algo colectivo, se celebra una ceremonia –el concierto- a la que hay que acudir. Podemos escuchar todos los discos del mundo en el garaje de nuestra casa pero no experimentaremos el verdadero rock hasta que no acudamos al directo, a la esencia primera. Por tanto los fetichistas rockeros se camuflan mejor entre el resto de mortales puesto que su hábitat es (era) el que frecuentaban las masas, tienen más oportunidades de mostrar su pasión que un recolector de coleópteros. Este hombre –una persona razonable, no un loco a encerrar- me confesó en una ocasión, mientras tomábamos unas copas, que su grupo preferido ya no era Queen, sino una banda clónica de Queen que descubrió de manera fortuita y de la que ya se había convertido en fan absoluto. Los ojos le brillaban y comenzó a ponerme vídeos en directo de la banda –no recuerdo el nombre- que se había descargado de Internet. Al principio no sabía si me estaba tomando el pelo pues a mi no me van Queen, pero aquello parecía un concierto de Queen, desde luego. Fuegos artificiales, un escenario titánico, los tíos clavados, perfectos en la ejecución de la música, perfectos emulando los gestos de los Queen originales. Y lo que más me sobrecogió: el público. Una marea humana a la altura de los británicos. “Es que son mejores; canta mejor que Freddie, el cabrón” dejó escapar el barman y suspiró, vencido por la copia. “Hombre, puede que sean músicos sobresalientes, por encima de los originales incluso, y también cabe la posibilidad de que se hayan operado para que sus rostros sean facsímiles milimétricos… Pero, no sé, tu los conoces mejor que nadie, sabes que no son Queen, que son otros tipos”, respondí. Había ocurrido algo maravilloso o inquietante, según se mire. La falsificación había superado al original produciéndose un fenómeno que se hallaba un peldaño por encima de los mejores suplantadores de artistas como Elmyr de Hory y estafadores cinematográficos como Welles, casi a la altura de Banksy, el mejor creador de identidades falsas estúpidamente veneradas. Como ven es una historia muy novelesca, casi cinematográfica; un seguidor de una banda de rock que se enamora de su réplica… Este fue mi primer contacto con las llamadas bandas tributo, entonces no eran todavía muy conocidas y nadie era capaz ni siquiera de vislumbrar lo que nos esperaba. Comenzaron a reproducirse sin control, se había abierto la veda. Nacieron millones de ellos, tributos de cualquier grupo concebidos para tocar en cualquier sitio; fiestas de pueblos, festivales de todo signo, conciertos del barrio, cumpleaños, chamizos, bautizos, comuniones… Había nacido un monstruo y ahora  ya es demasiado tarde para ponerle remedio. Pero esta dramática situación actual necesita un análisis más detallado, un alto en el camino que nos permita tomar algo de aire.

Continuará

LA SALA DE AFICIONES PERDIDAS

museo

Me encantan las conclusiones y resultados que se extraen de los estudios que elaboran las universidades; las tablas abigarradas de datos, columnas por sexos, por edades, por sectores laborales, diagramas de barras, quesitos… Los porcentajes me ponen, lo reconozco, son algo mágico. Puedes calcular las probabilidades a favor de mantener sexo –sin pagar, linces- en cualquier provincia, comunidad autónoma o país, teniendo en cuenta el porcentaje de mujeres que mantienen relaciones con hombres de provincias limítrofes a la de su lugar de residencia (Esto lo leí hace poco, no es broma; el porcentaje era sorprendentemente alto). Además puedes calcular si es un buen momento para hacerlo o mejor pasas de largo hasta llegar a otra provincia, atendiendo a la gráfica de población masculina celosa. También si deberías tomar la autopista A-666, donde solo se produce alguna que otra salida de vía o decides tomar la N-13, una caprichosa coleccionista de fiambres propietarios de berlinas de vivos colores, residentes en pequeñas ciudades dedicadas al sector secundario, casados, de derechas y con poder adquisitivo medio alto. Pero lo mejor de esta extraña filia no es decir “qué curioso” cada vez que lees una cifra; no señor, la parte buena es reconocerte incluido en un porcentaje ridículo. Es lo que me pasó ayer cuando leí los resultados del estudio sobre identidades musicales y juventud que la Universidad de La Rioja ha llevado a cabo durante el pasado invierno entre estudiantes universitarios de entre 17 y 25 años. Me voy a incluir aunque tengo 28, es de suponer, que no haya mucha diferencia entre un tipo de 25 años y yo; a menos que las hayan cambiado, las encuestas universitarias siempre cifraban el techo de edad académica mediante la apocalíptica casilla 25 o más. Debo ser de los pocos que siguen comprando discos, de hecho soy el 1,3 por cien. Uno coma tres. Tela. Solo el 1,3 por ciento de los universitarios que estudian en La Rioja compra discos. Y nosotros empeñándonos no solo en comprarlos, sino también en hacerlos. Un negocio redondo, como ir a Rusia a vender catecismos, parafraseando a mi difunto abuelo. El disco ha muerto como concepto, nos dicen, se ha acabado. Ahora la peña escucha una canción por Internet, carga su mp3 con un batiburrillo tecno-dance-pop-rock y a funcionar. En su día escribí un artículo –que todavía suscribo- titulado En defensa del disco en el que mostraba mi descontento con las nuevas formas de escuchar música. Yo creo que el cambio de pardigma incentivado por la tecnología no permite que se profundice de manera total en lo que el artista hace o dice, sería como estudiar siempre la Wikipedia. Pero es lo que hay, no se puede pelear contra el mar. Hay que asumirlo y aceptar el papel de chiflados que nos otorga ese 1,3 por ciento. Yo ofrezco mi cuerpo a la ciencia, para que me disequen y, el día de mañana, me coloquen en el museo antropológico, en la sala de aficiones perdidas, junto al patricio romano amante de la lucha de gladiadores, el apasionado de los toros y el espectador cinematográfico. Pueden hacer, también, salones temáticos y reproducir una tienda de discos o un cine a todo detalle como hacen con las cuevas neandertales, para que el profano asistente del futuro pueda hacerse una idea de cómo vivíamos el 1,3 por ciento de la población. Todo bien documentado, con sus explicaciones y sus pinganillos con traducción a cincuenta idiomas. Sala de cine. Durante el siglo XX fue el mayor espectáculo de masas y eran muy concurridas, llegándose a proyectar sesiones dobles o continuas. Sin embargo, a principios del XXI caen en desgracia y dejan de ser rentables. Figura 1. Palomitas y refresco. Combinación muy popular entre el público a la hora de disfrutar una película. Figura 2. Acomodador. Oficio olvidado que consistía en facilitar la búsqueda de las butacas a los espectadores, labor complicada al proyectarse la película en oscuridad total. Figura 3. Pareja metiéndose mano. Comportamiento muy extendido durante el siglo XX. Durante la proyección de películas mediocres, de terror u otros subgéneros, la pareja se situaba en las últimas hileras de butacas, dando rienda suelta a su pasión al cobijo de la oscuridad y del potente equipo de sonido.

EN DEFENSA DEL DISCO

Hace ya un tiempo largo  que la idea de satanización del disco se apoderó de la muchedumbre. La creencia de que se trata de algo inútil, absurdo y carente de sentido se da tan por supuesta como la certeza de que amanece todas las mañanas; un artilugio obsoleto y maligno destinado al deleite de cuatro nostálgicos. Las nuevas formas de difusión en la red me parecen fenomenales, que nadie entienda mal, pero fomentan comportamientos y actitudes que no dejan de sorprenderme. Ocurrió unos meses atrás. Hablando con ciertas personas acerca de bandas de rock and roll que a todos nos gustaban, alguien preguntó si habíamos escuchado al grupo “X”. No tardó en responder otro muy ufano: Tengo la discografía. No entendí la conversación. Con un “sí” o un “no” hubiera bastado. Como si tener una bicicleta implicara  correr el tour de Francia. En realidad se trata de un comentario anecdótico, sin malicia, que esconde una nueva manera de consumir (que no de escuchar) música cada vez más extendida: la acumulación y maceración de cantidades ingentes de archivos emepetrés. Saber que tienes prácticamente el disco que se te antoje al alcance de la mano es una idea muy golosa, eso es evidente, pero nadie escucha todos esos álbumes recopilados durante meses o años,  por una sencilla razón: es imposible. Los archivos se amontonan inexorablemente  en algún rincón del disco duro, provocando en el depositario (por lo menos a mí me sucede) una pereza horrible cada vez que intenta escuchar algo de música; al final termino por poner siempre lo mismo. Escuchar música se ha convertido en un acto de consumo inmediato y más rápido olvido;  la facilidad con la que se obtiene el disco requerido es directamente proporcional a su pasmoso destierro de la memoria. Entiendo que todo evoluciona, y que, posiblemente, el mundo de la música no sea una excepción. Las tardes en las que quedábamos los amigos para recorrernos todas las tiendas en busca de discos esperadísimos, o simplemente para pasar un buen rato mirando sus portadas  parecen hoy una cosa de museo porque, no nos engañemos, ya no hay tiendas de discos.  Sólo hay inmobiliarias y tiendas de teléfonos móviles. Es cierto que son caros (como prácticamente la mayoría de las cosas) pero no creo que su precio sea la principal causa de su ostracismo; la gente ya no los compra aunque sean baratos. Se trata de una cuestión mental y no económica; la nueva actitud coleccionadora ha asestado el golpe de gracia al disco como soporte. Se acabó. The End. Supongo que quedará relegado (está empezando a ocurrir ya) al fetichismo y al esnobismo de unos pocos. Habrá quien me llame nostálgico, pero nada más lejos de la realidad. La nostalgia no me gusta, siempre posee un halo de mitificación del pasado estúpido y engañoso. Es memoria. Abrir el disco, leer las letras de las canciones mientras gira, observar detenidamente las carátulas. Todo un verdadero ritual, y es que ese momento, con el disco nuevo bajo el brazo era muy especial. Aunque fuera una basura, no importaba (luego blasfemabas y lo intentabas cambiar con alguno de tus amigos). Quizá tenga que ser así y el disco tenga que morir, pero por lo  menos que tenga un entierro digno. Respetando al difunto.

LAS BANDAS DE AQUÍ Y DE ALLÁ

Una vieja historia. Las bandas locales y las bandas de fuera. Dos conceptos enfrentados, una guerra no declarada, una batalla soterrada, antagónicos entes fabricantes de ocio, el bien y el mal. A un lado del cuadrilátero tenemos a Bandas de Aquí, una amalgama de músicos de vía estrecha, cantantes obesos y juntaletras visionarios. La masa informe bascula  sobre sus piernas enclenques tratando a duras penas de mantenerse en pie mientras retumba la voz del locutor. Con tres toneladas y media y tal y cual. El ser conocido como Bandas de Aquí alza algo parecido a un brazo y el público enloquece. Bandas de Aquí gesticula agresivo, intenta intimidar al rival escupiéndole en uno de sus quinientos ojos pero la procesión va por dentro. Hace ya un tiempo que recibe críticas nefastas. No entiende nada. No entiende por qué a Bandas de Allá, su cotidiano enemigo, le va tan bien; la última vez que se enfrentaron la victoria se deslizó entre sus deformes dedos como un pez se escapa del iluso que intenta atraparlo. Fué una ilusión de victoria tras un combate memorable. Bandas de Allá estuvo mucho tiempo contra las cuerdas, mordió la lona en más de una ocasión, incluso comenzó a gimotear en el rincón cuando su entrenador, que observaba estupefacto las violentas acometidas de Bandas de Aquí trataba de animarle apelando al honor y a su manifiesta superioridad física. Bandas de Aquí lo había hecho. La bestia de Allá se acojonaba. Reculaba. El respetable, que normalmente presenciaba los enfrentamientos aburrido y aletargado, más por compromiso que por verdadera afición, no daba crédito.

“Estamos ante un momento histórico. Jamás habíamos visto un combate similar. Bandas de Aquí esta a punto de asestar el golpe de gracia a su ancestral enemigo.”

El locutor se desgañitaba. La jubilosa fiebre desatada en el viejo pabellón industrial (un improvisado coliseo) ante el probable triunfo de Bandas de Aquí también se había apoderado de su voz metálica. El sonido de la campana, anunciador de un nuevo lance, despertó de sus ensoñaciones al nuevo héroe local. Bandas de Aquí se sentía seguro en la esquina del ring, se sabía vencedor. Sentado en un taburete de cincuenta metros de diámetro y escupiendo cascadas sanguinolentas en un orinal olímpico, Bandas de Aquí ya no era Bandas de Aquí. Era una calle de un barrio de nuevo cuño, un polideportivo, una escultura en una rotonda. Era el futuro.
Se abalanzó armando los brazos para asestar la puntilla a un rival maltrecho pero algo salió mal. Un tropiezo estúpido provocó que perdiera el equilibrio en el último momento, resbalando y cayendo a merced de los puños de Bandas de Allá que, aunque todavía mareado por la tunda precedente, no desaprovechó la amable oportunidad de partirle el cráneo en mil pedazos. Bandas de Allá lo despachó con solvencia; sobrio, sin alardes, como avezado luchador que era. Un abrupto silencio dominó las gradas mientras un camión cisterna de los servicios médicos drenaba la gran piscina de sangre que se había formado alrededor de la cabeza de Bandas de Aquí. Inconsciente, con una sonrisa chulesca y estúpida. Era la patética estampa con la que se despidió Bandas de Aquí de su público.

Ahora no podía ocurrir lo mismo. No había por qué martirizarse más, pensaba Bandas de Aquí. Sólo tenía que pelear como él sabía. Pelear y tener un poco de suerte. De esa suerte que tiene siempre el hijo de puta de Bandas de Allá.

Publicado en el difunto fanzine Bipolar en su número dedicado al Rock.