Etiquetado: giallo

COSAS GUAYS (Primavera 2016)

buimondo

TURNO DI NOTTE A CITTÀ CONFINE

Seguro que conocéis la siguiente secuencia recurso, mis queridos cinéfilos. Una pareja se ubica en un espacio. Puede ser uno interior (bar, restaurante, lugar de trabajo…) o exterior (parque, bulevar, camino…). Mantienen una conversación intrascendente, mucha risa y tontería que denotan cierta conexión. Cada nuevo chascarrillo es una muestra de su atracción creciente, de su tanteo mutuo, de tratar de agradar sin aspavientos, discretamente, piano, piano, para no cagarla. Se conocen desde el minuto cinco del metraje y, aunque los créditos ya nos daban alguna pista, está claro lo que va a pasar. Sólo falta saber qué va a resquebrajar sus respectivos muros de contención. Sigue la charla. Trabajos anteriores, cómo tú por aquí, ¿te apetece tomar una copa?, hasta que a uno de los dos se le escapa algo que considera íntimo y secreto, algo importante para él o ella, un desliz que no estaba en la lista de automatismos a articular con desconocidos y que –piensa- seguro que no despierta el mínimo interés en el otro. Entonces la cara de nuestro interlocutor se ilumina (¿Te gusta la cerámica china?) a la vez que se convierte en piedra. Son milésimas de segundo pero, ¡qué sufrimiento!
—Sí, alguna vez, bueno, eh…
—¡¡ME ENCANTAAA!!
Se abrazan y se recitan las dinastías y sus estilos, se cuentan sus viajes a la Ciudad Prohibida, se quieren, es una pasión irrefrenable, se han librado del corsé de la convención, es la magia del cine y de la vida. Cenan en un chino y terminan en la casa-museo de uno de ellos, destruyendo porcelana por el pasillo al tiempo que se arrancan la ropa a dentelladas, durante un plano secuencia maravilloso. Funde a negro. ¿Cuándo demonios va a ocurrirme esto?, pensamos los espectadores en la butaca del cine.

Mi cerámica china de esta primavera se llama Buio Mondo y ha sido un amor a primera cuchillada. Hojeando la revista Karate Press (cuya lectura recomiendo a todo adorador subterráneo) me encontré con el portadón que ilustra este post (los guantes y el cuchillo los he añadido yo); un collage de objetos cortantes, pastores alemanes cabreados, máscaras sadomasoquistas, cristales rotos; y un título expeditivo sobre un restregón de sangre: Italia Violenta. Decir que llamó mi atención sería como afirmar que las mujeres y la cerveza me gustan un poco. Y eso que estaba en blanco y negro, no había descubierto sus colorines argentianos, esos verdes y rojos cegadores que el no versado puede identificar con Portugal, pero que a mí me teletransportan al país transalpino… Bien. Comencé a leer el artículo y a confirmar mi primera impresión… Pulso el stop del VHS.

Buio Mondo son dos tipos (Il Forense y Dr. Freudstein) que practican sludge o metal pesado con rastros de sintetizadores. Hasta aquí todo ¿normal? La gracia, o mejor dicho, hito civilizatorio, es que lo hacen tomando como referencia las bandas sonoras del cine de terror que Italia produjo desde finales de los sesenta hasta los años ochenta; sobre todos los géneros cultivados (Poliziesco, péplum, erótico) el giallo era el rey de reyes. Un género fruto de la noche apasionada entre una Psicosis ciega hasta las cejas de Amaretto y el Krimi alemán, que ya iba torcido de serie, los dos apretaditos en un Fiat 600 aparcado frente a la playa. Buio Mondo recoge esta tradición terrorífica y (sobre todo) homenajea a aquellos que pusieron música (Goblin a la cabeza) al grito aterrorizado de mujeres espectaculares, a la amenaza del cuero negro. Italia Violenta es genial, todos los detalles se han cuidado al máximo. Temas como A mezzanotte mi prendo la tua carne, Il gatto con la coda di cristallo y Omicidio sotto le luci al neon te pondrán como una moto si te suenan nombres como Bava, Argento, Fulci, Martino, Avati, Nicolodi, Fenech y un largo etcétera. Bravissimo!

 

BONUS TRACK: SMART COPS – PER PROTEGGERE E SERVIRE

Aunque este discazo de Smart Cops tiene ya unos años, no me he podido resistir a ponerlo aquí, aprovechando que el Tíber pasa por Roma. Siempre presentes.

Anuncios

LOS OJOS DE JULIA (Guillem Morales, 2010)

losojosdejulia

Los ojos de Julia. 2010. España. Dir: Guillem Morales.

En más de una ocasión he comentado lo que me repatean las grandes campañas de publicidad de ciertas películas; los productores acostumbran a asediarnos con la imagen promocional o el tráiler del film de marras, produciendo –es mi caso- una animadversión hacia el mismo, o también hacia la actriz o actor principales que los representan. Los ojos de Julia fue una de esas películas, una que decidí no ver en su momento debido al chaparrón de anuncios en un canal determinado encargado de la producción de la cinta; la pobre Belén Rueda, que no me ha hecho nada y además, parece una mujer razonable que irradia –me parece a mí, al menos- serenidad y confianza a partes iguales, se me estaba indigestando. No sé si recuerdan la imagen suya con los ojos vendados. Ahora la he visto, un par de años después de todo aquello y qué quieren que les diga; quizás sea por mi reciente revisión terrorífica transalpina o porque estoy con la guardia más relajada de lo normal, pero me ha parecido una película muy entretenida, género puro. ¡Qué demonios! Es la película más giallesca que se ha producido en España en los últimos años. Ya saben –no quiero aburrir- los guantes, la chica, el cuchillo, el viejo cthulhiano… Es un poco refrito de los grandes, Argento, Hitchcock sin que ello suponga ningún inconveniente – hay una secuencia que recuerda mucho a aquélla protagonizada por James Stewart en La ventana indiscreta-. El guión a veces sufre como suele hacerlo en el género pero dentro del mismo, es un film interesante y decente. Además, Belén Rueda no sólo ha superado con creces mis expectativas sobre ella; actúa fenomenal y está perfecta como nueva reina del grito.

BERBERIAN SOUND STUDIO (Peter Strickland, 2012)

Berberian-Sound-Studio-1

Berberian Sound Studio. 2012. Reino Unido. Dir: Peter Strickland.

He comprobado que la última vez fue el pasado dieciséis de marzo; lo siento pero ya tocaba. Los cuatro inconscientes que siguen este espacio desde sus inicios conocen mi filia más antigua y asentada: el cine de terror. Como todas las pasiones, esta comenzó cuando era muy joven, al ver Psicosis con mi madre y mi tía, verdaderas fanáticas de Hitchcock; mi madre y su hermana jamás pronunciaron bien su nombre y se referían a él como el inglés. El careto de lunático de Anthony Perkins quedó grabado a fuego en mi inconsciente y por las noches solía aparecérseme, interrumpiendo mi sueño y provocándome terribles pesadillas, tembleques interminables y sudores antárticos. A veces se escondía en un armario, el cabrón, cuchillo en ristre, con su bata de boatiné y su peluca; otras debajo de la cama, tras la cortina de la ducha, nada era seguro, en cualquier lugar podría esconderse Norman Bates, tal era su afán por hacerme picadillo. Sin embargo, esta sensación de tensión constante me gustó demasiado, enseguida devoré la mayoría de películas de el inglés, y luego muchas más, sin freno; este contacto con el género terrorífico supuso uno de los primeros sillares del palacio de adicciones cinematográficas en el que ahora vivo. Dentro del cine oscuro, una de mis debilidades es el giallo italiano, de ahí mi disculpa inicial; anualmente tengo recaídas en mi enfermedad y –si no hay nadie a mi alrededor que lo impida- me apalanco entre pecho y espalda dosis altísimas de guantes de cuero negro, gritos de bellas muchachas, largos planos subjetivos, colorines y asesinatos manieristas. Vayan acostumbrándose, no lo puedo evitar, me temo que de esto no se sale tan fácil. He vuelto a ver algunos antiguos, ya clásicos, como Rojo Oscuro, Suspiria, Tenebre o Seis mujeres para el asesino; también algunos -como Torso de Sergio Martino o La casa de las ventanas que ríen de Pupi Avati- que desconocía y me han parecido excepcionales. Y más: Siete notas en negro de Lucio Fulci, ¿Qué habéis hecho con Solange? de Massimo Dallamano, el reciente Masks del alemán Andreas Marschall y una fina pieza de bisutería con ínfulas de joya llamada Berberian Sound Studio.

Berberian Sound Studio cuenta la historia de un técnico inglés que es contratado para revisar la banda sonora de un giallo en dicho estudio de sonido, emblemático italiano al producirse allí la mayoría de estos filmes. Con gran rotundidad visual, Peter Strickland elabora un cuidadoso homenaje –por momentos casi documental- a los trucos de sonido, a los presupuestos bajos y a un género ya desaparecido. Una película arqueológica y de estética total cuya única contrapartida es la necesidad de conocer los engranajes que sostienen el subgénero. No estoy seguro de que alguien profano en el terror transalpino la disfrute de igual modo que alguien bien avezado. Por lo demás, una película a veces tramposa –como sus referentes- pero diferente, absolutamente personal y fuera de todo.

PAOLO CALLAHAN KERSEY

 

2-paul-naschy-en-el-bac3b1o-fumando-y-enjabonado-por-erika-blanc-archivo-autor

Una libélula para cada muerto. 1974. España. Dir: León Klimovsky.

Será la última vez, lo prometo. No volveré a mencionar (por lo menos durante otros ocho meses) ni los giallos, ni a homicidas enmascarados ni a Argento y sus discretas películas, pero ruego me permitan comentar una (también prescindible) en la que observé ciertas particularidades que me recordaron a otro tipo de cine. Me explico. La película en cuestión es Una libélula para cada muerto, dirigida por León Klimovsky y protagonizada por Paul Naschy; un giallo ibérico de 1974 que transcurre en Milán, no sólo por rendir homenaje a la fuente de la que bebe directamente sino también por razones de libertad creativa. Todos sabemos que las cosas que narran esas películas extranjeras no ocurrían en España. El fornido Naschy (que firma el guión con su nombre real, Jacinto Molina) es Paolo Scaporella, estampa viviente del tradicional policía expeditivo y varonil, de formas ásperas y azotea libre de dudas cuya misión es atrapar a un selectivo asesino en serie; un criminal que ha decidido poner fin a la miasma de vicio y nuevas costumbres que se han instalado cómodamente en la sociedad. Drogadictos, prostitutas, homosexuales y rockeros de gran parecido al Ché Guevara sucumben sin remedio, víctimas de una violencia fuera de lo común. Un mensaje nefasto el de la película de Klimovsky, muy en consonancia con el de  la saga Death Wish si restamos el matiz de venganza personal. Paolo Scaporella es un cóctel de Paul Kersey y Harry “el sucio” pasado por la túrmix del misterio y del humor inofensivo. Uno de los principales problemas es el poco carisma que desprende si lo comparamos con los dos simbiontes que lo forman.

MUDA

2011 La piel que habito (foto) 15

La piel que habito. 2011. España. Dir: Pedro Almodóvar.

Almodóvar ha elaborado una película extraña y atrayente, un crisol donde se mezclan cantidad de referencias y géneros cinematográficos que demuestran no sólo que el manchego es un gran conocedor de la historia del medio, sino también la sutilidad a la hora de conformar todos los ingredientes para servir un plato estético fascinante. Les yeux sans visage de Georges Franju como esqueleto que sustenta un thriller con imágenes poderosas, conceptos como el de la nueva carne y la construcción de identidades así como también alguna que otra pincelada terrorífica; incluso subgéneros como el giallo se atisban por momentos. Quizás Almodóvar estire demasiado la cuerda en algún instante, introduciendo abruptos flashbacks de claridad más que cuestionable o la carnavalesca bufonada que es la aparición del hijo de la criada interpretada por Marisa Paredes. Antonio Banderas da vida con –suponemos- deliberada inexpresividad a un mad doctor de intrincado y trágico pasado; lidera un reparto caracterizado por la ubicuidad de lo sobrio, casi rayano con la aspereza. No obstante, y a pesar de todo, es una película magnética; una cámara generadora de imágenes para el recuerdo y un personaje –el de Elena Anaya- con la potencia suficiente como para no ser olvidado jamás. Es cierto que la estructura de la película es muy similar a la de Franju –la novela de Jonquet en la que se basa el film no la he leído- pero no creo que ese detalle juegue en su contra; se tiende a sobrevalorar lo original en muchos casos. Recuerdo una película de Brian De Palma, Fascinación, que es una mezcla de Vértigo y Rebeca de Alfred Hitchcock. Supongo que para muchos no tiene demasiado valor, pues solo es una fotocopia de las películas del director inglés y, sin embargo, es una cinta técnicamente maravillosa, muy por encima de las de intriga y misterio no ya de la época –la de De Palma es de 1976- sino también de las actuales. Hasta para copiar hace falta ser bueno.

GUANTES DE CUERO NEGRO

tb8uSy4m3H3S3iFj3mEc8szUnCl

L’Ucello dalle piume di cristallo. 1969. Italia. Dir: Dario Argento.

Termino de ver El pájaro de las plumas de cristal, el primer largometraje de Darío Argento, película de la que dispongo desde hace meses y nunca encontraba el momento adecuado para ponerla. Y más desde el empacho de Argento que sufrí hace algunos meses; poseído por un espíritu devorador de crímenes cada cual más extravagante, me empapé del mezquino hacer de psicópatas de negra vestimenta en tramas inverosímiles. Precisamente la diversión reside en la propia estructura del giallo, en la vuelta de tuerca  (ridícula la mayoría de las veces) que fuerzan los responsables de estas películas, estructuras perfectamente codificadas y orquestadas. El caso es que me ha gustado más que cualquier otra del director italiano, más que Suspiria y Rojo oscuro. Escoltado por Storaro y Morricone, Argento relata con oficio y sobriedad una clásica historia policíaca en la que no echamos en falta ningún ingrediente; suspense, equívocos, brutales asesinatos y arduas investigaciones. El característico cromatismo argentiano se encuentra en una fase primitiva y el tratamiento de los asesinatos no es tan directo; todavía no vemos la marca del cuchillo en el filo que penetra en la carne ni la agonía en los rostros de las víctimas con proximidad científica. Falta esa naturalidad para el asesinato que tanto explotará en sus posteriores películas y puede ser lo que más me ha sorprendido, su ausencia, la no reiteración machacona. Una película interesante en la que el guión sufre a medida que el desenlace se aproxima; la brillante sorpresa final o la memez faraónica. ¿De quién serán las manos bajo el cuero negro?

COGER UN TAXI EN TURÍN

giallo-9

Giallo. 2009. Italia. Dir: Darío Argento

Ocurre siempre que veo una película de Argento pero también con las de Paul Naschy, de fantástico- terror ibérico y casi todas las de Jesús Franco. De repente estoy en las barracas con mis padres. El recinto ferial  atestado de gente; huele a algodón de azúcar, a churros y a salchichas. La ruta la conozco muy bien. Primero iremos a los autos de choque, donde me montaré agarrado a mi padre y rezaré para que mis gafas no salgan disparadas consecuencia de la violencia de un impacto frontal; el Dragón supondrá una auténtica descarga de adrenalina y en la barca vikinga desafiaré a mi vértigo, todavía precoz. Como es sábado sé que cenaremos en el puesto de los perritos calientes, en el mismo que todos los años. Las salchichas son enormes y saben muy bien. Siempre me preguntaba qué misterioso ingrediente conocía aquel hombre torvo y patibulario para que algo tan simple como una salchicha se convirtiera en el más suculento de los manjares. Y mientras engullo la salchicha, lo observo. Sobresale tras la noria de los niños pequeños y una tómbola. Con todo su esplendor feriante se erige, mágico, el Castillo del Terror. Es una imagen que tengo grabada a fuego porque recuerdo que me aterraba a la vez que me atraía. La mole de cartón piedra con miles de bombillas rojas; las pinturas de mujeres desnudas ensangrentadas mientras sufrían toda clase de tormentos a manos de verdugos inquisitoriales, demonios, dráculas; las gárgolas de dientes afilados, los murciélagos y los gritos de los que se aventuraban en la oscuridad más allá de la fachada. Me sobrecogía la visión de ése collage de horrores atemporales; al lado de una sala de torturas estilo Torre de Londres donde un fulano martirizaba a una princesa medieval, un pollo con una motosierra perseguía a una gachí con cardado ochentero. Era el terror por el terror, todo valía, sin historias ni explicaciones, un vómito de horrores que trascendía décadas, incluso siglos. Un estilo, en definitiva. Luego entré y me decepcionó. Parecían haber puesto todo el empeño en acojonar al personal por fuera, desde la fachada, mientras que el interior estaba deliberadamente descuidado. Cuatro telarañas que te rozaban la cara, oscuridad prácticamente total, esculturas como las del exterior y un cassette con gritos grabados era todo lo que el prometedor Castillo del Terror escondía en sus entrañas. Encima, si lo rodeabas caías en la cuenta de que en realidad era un camión matrícula de Alicante. Adiós al mito.

Giallo es el Castillo del Terror. Apenas modernizada si la comparamos con Suspiria, Rojo Intenso o Tenebre. Comienza a toda matraca, con el taxi del psicópata recorriendo las calles de Turín buscando desdichadas con las que adornar la fachada del Castillo. No suena Goblin y me sorprende, hay que tener en cuenta que hace mucho tiempo que no veo una de Argento.  A Elsa Pataky, en el papel de una modelo guay de la muerte, se le ocurre llamar a un taxi. Mira lo que te va a pasar por no utilizar el transporte público, nos dice Argento, y recordamos a la pobre japonesa cautiva en la morada de un asesino de voz grotesca. Sale caro tomar un taxi en Turín y en el consistorio están barajando la idea de construir un carril bici. Emmanuelle Seigner, siempre radiante, es la hermana de la Pataky. Busca la ayuda de un detective especialista en psicópatas encarnado por un anodino Adrien Brody (a juzgar por la cantidad de fotografías  de fiambres pegadas en las  paredes de su despacho, matar jovencitas guapas es deporte típico no sólo en Turín, sino extensible a toda la región del Piamonte e incluso a todo el país transalpino).

El film transcurre entretenido; hay cosas inconexas como en la fachada del Castillo del Terror pero no importan. No hay que dar explicaciones y menos en un auto-homenaje al giallo. Parece por momentos que el asesino es el mal absoluto como Michael Myers en Halloween de John Carpenter. El mal existe y punto. Entonces Argento lo humaniza, le otorga a la bestia un pasado de marginación absoluta, de niño descarriado. Y se acabó. Era mucho más atractivo el concepto de la muerte viajando en taxi. No obstante, divierte, y el final es una pequeña broma de Argento. Si te gusta el romanticismo tétrico  del Castillo del Terror, ése estilo peculiar vinculado a un género, disfrutarás de lo lindo. A mi me atrapó durante los escasos noventa minutos que dura, pero  yo tengo debilidad por Dylan Dog del también italiano Tiziano Sclavi. Y de vez en cuando me gusta rememorar el olor de los churros y del algodón de azúcar.