Etiquetado: fuerza vital

LIFEFORCE minuto a minuto

lifeforce

Acabo de recibir el libro LIFEFORCE minuto a minuto, posiblemente uno de los más extraños que se hayan publicado jamás. Ciento once personas nos hemos repartido todos los minutos de la película de terror-ciencia ficción de Hooper para alumbrar esta criatura. Todavía no he comenzado a leerlo pero doy fé de que el resultado estético ha sido inmejorable, y es que la cúpula de la revista de cine Fuerza VItal se lo ha currado mucho… Hágase con él si usted es un amante del cine, infracine, las películas de terror, lo fantástico, las novelas pulp…

El inusual planteamiento fue:

– A cada autor se le asignó por sorteo un minuto de la película.
– Cada autor recibió en su e-mail el corte de su minuto en formato .mpg
– Se les dijo: Este minuto es toda la película.
– Cada autor hace el texto de su minuto.

El resultado ha sido una novelización extraña con todo tipo de textos: críticas, poemas, recuerdos, análisis, caligramas, listas, transcripciones, epístolas… Todos ellos formando una novela trepidante.

Precio: 12 € (gastos de envío incluidos)
Pedidos: libro.fuerzavital@gmail.com

2’3 x 18’9 cm.
160 páginas, encuadernación rústica
1ª edición, octubre 2013
De la presente edición, Copyright
De los textos, los autores

Diseño de la colección – Revista de Cine Fuerza Vital (Bilbao, Bizkaia)
Editado por Puerta y Unbe Films
Redactor Jefe – Jorge Núñez
Idea y Coordinación – Marc Urquijo
Dirección Artística – Karlos Martínez B.
Fotografía de la cubierta – Alba Burgos

ISBN 978-84-616-5898-5
Depósito Legal BI-1265-2013
Impreso en Bizkaia

DIRTY DANCING (Emile Ardolino, 1987)

Dirty_Dancing_782

Dirty Dancing. 1987. Estados Unidos. Dir: Emile Ardolino.

Mediados de la década de los noventa. Algún lugar entre Teruel y Valencia.

El niño G.M.C, de diez años de edad, observa el mosaico de cassettes del expositor giratorio buscando alguno barato que incluyera los éxitos de los Cuarenta Principales, interpretados por otros grupos diferentes a los famosos, versiones apócrifas de las canciones de moda como El Tiburón o All that she wants con producción de andar por casa, sin el brillo de las originales pero mucho más asequibles. A G.M.C le gusta la música por obligación; todos sus amigos la escuchan y su primo es un auténtico devoto del techno-dance de gasolinera. Pensó que si todos lo hacían, él no iba a ser menos, porque con diez años ya va siendo hora de que te guste algo más que dibujar y jugar al fútbol; era una auténtica fiebre, algo bueno tendrían tanta estridencia y ritmo machacón pese a que, en principio, G.M.C no le encontrara demasiado atractivo. Sus padres, A.M.V y J.C.R toman café en el bar y su hermana M.M.C, de cinco años de edad, revolotea por las mesas cercanas. Ha llegado el momento clave y –retrospectivamente- bochornoso de adquirir la primera cinta. Todavía quedaba un largo camino hasta Benidorm, es agosto y el Renault 21 azul marino carece de aire acondicionado…Pero eso no es lo peor, piensa G.M.C, hay algo mucho más abrasador y molesto que esa sauna con ruedas; dentro, fuera de la vista de todos, tiene lugar una verdadera tortura camboyana que se repite viaje tras viaje, un boceto doméstico de Guantánamo que tiene que llegar a su fin: la puta cinta de Dirty Dancing de mi madre.

El odio es un sentimiento fácil de desarrollar. Sobre todo el odio infantil vinculado al apriorismo o a las experiencias dramáticas; a mí me producen aversión muchas verduras como la acelga y la borraja –que tiene pelo y púas, la naturaleza es terrible- así como también Juan Pardo o Víctor Manuel y Ana Belén (resquemor inoculado también vía radiocasete del coche), todos ellos englobados en la segunda categoría de experiencias dramáticas.  Fíjense que a uno le repateaban el abrir y cerrar de murallas y los caballos de batalla y, sin embargo, la cinta de Diry Dancing ganaba el oro de la repulsión. En realidad es injusto que hable de la cinta de Dirty Dancing porque la banda sonora la formaban bastantes canciones que no recuerdo, es más apropiado circunscribir mi sensación de rechazo a la canción emblema de la película, la horrible The Time Of My Life, buque insignia de la sensiblería comercial con la letra más estúpida de la historia de la música (recuerden el ridículo this could be love, because… anterior al legendario estribillo). La película la ví más mayor; Patrick Swayze era un galán merced a su intervención posterior en Ghost, film que junto a Pretty Woman sustentará el romanticismo hiperglucémico de los noventa; Jennifer Grey se hallaba desaparecida en combate después de su célebre papel encarnando a la rebelde Baby… El film es una tontería estereotipada y el baile final (sonando el tema de marras) me induce a arrojarme por la ventana más cercana.

Por cierto, aquella vez, en el área de servicio me compré una hez sónica llamada Sonic Mix. En la portada aparecía la mascota de Sega presentando los éxitos del verano del noventa y tantos. Mi primera cinta adquirida conscientemente. Y así la tortura se invirtió. Mi madre comenzó a sufrir.

Publicado en la revista Fuerza Vital

NETWORK (Sidney Lumet, 1976)

network

Network. 1976. Estados Unidos. Dir: Sidney Lumet.

Posiblemente una de las mejores películas del recientemente desaparecido Sidney Lumet. Si bien todas aquellas que he visto me han interesado por su rotundidad y fortaleza, Network se sitúa un peldaño por encima al contar con las espléndidas actuaciones del triunvirato Dunaway – Holden – Finch y un guión magnífico que acentúa la habitual vehemencia narrativa de Lumet. La película gira en torno a los entresijos económicos y laborales del mundo televisivo, las relaciones que se forman entre los distintos estratos del canal de televisión, la muerte de la ideología, la primacía del capitalismo desmelenado y el triunfo de la televisión como el mayor mecanismo de influencia de la historia. Los porcentajes e índices de audiencia son el metrónomo a cuyo ritmo tienen que amoldarse el resto de variables, tanto materiales como humanas; desde Howard Beale, rostro de los informativos de Norteamérica, a la secretaria más prescindible de la oficina. Howard Beale se convertirá gradualmente en un predicador catódico; su cese del canal para el que ha trabajado más de una década escuece tanto que anuncia, en directo, su próximo suicidio. La venganza on the air que ofende a los directivos y que los televidentes interpretan como rebelión absoluta, impregnados del halo romántico que tiene toda lucha desigual. Beale es secundado de nuevo por los espectadores, los mismos que se habían hartado de su careto mientras devoraban el tazón de cereales, comulgaban ahora con su inesperado discurso revolucionario. Si eres director del canal al cual Beale está machacando, lo más lógico hubiera sido condenarlo al ostracismo en Alaska o demandarle judicialmente; sin embargo le dan otro programa para que pronuncie sus incendiarios discursos. Quien paga manda, amigo; si hay que aceptar una lluvia de mierda para continuar llenando los bolsillos, se aguanta de manera estoica, sin despeinarse y mirando al horizonte con los ojos entornados. ¿Quién iba a pensar que Beale iba a erigirse como una suerte de guía intelectual del ignorante americano medio?

Publicado en la revista Fuerza Vital.

EL PISITO (Marco Ferreri / Isidoro M. Ferry, 1959)

El-pisito

El Pisito. 1959. España. Dir: Marco Ferreri / Isidoro M. Ferry.

Las manadas de niños mal vestidos jugando en descampados son una de las imágenes más arquetípicas del subdesarrollo. Creo que la cantidad de niños que aparecen en el encuadre de una cámara de vídeo es directamente proporcional a la riqueza del país, región o ciudad. Cuantos más se apelotonen frente al objetivo, más pobres son. Desde que observo la pobreza a través de este prisma audiovisual y a pesar de ser un argumento no exento de frivolidad, aseguro que esta ley se cumple de manera casi matemática. Vean las fotos antiguas, los documentos cinematográficos ancestrales; siempre están ahí, los niños, frente a la novedad total del camarógrafo que quiere grabarles, que se interesa por lo que ocurre en el mundo de los solares abandonados en nuevas extremidades urbanas. Ahora que la tecnología permite realizar fotografías de calidad más que aceptable con los teléfonos móviles, todo ha cambiado de manera drástica. Ya nadie se sorprende al presenciar una cámara grabando cualquier cosa. Ahora nada provoca aglomeraciones en plano si exceptuamos las victorias de los equipos de fútbol, los gordos de Navidad o la exaltación de la embriaguez y las drogas en Callejeros. Por lo menos en este último caso no abundan los niños.

En el barrio donde vive Rodolfo, cerca de su pisito, hay muchos descampados y muchos niños, porque en los años cincuenta, España era uno de los países con más niños por descampado o solares mugrientos per cápita, o lo que es lo mismo, un país subdesarrollado. Podría tratarse de El Sentido de la Vida de los Monty Python; Yorkshire, Inglaterra, el Tercer Mundo. Son los albores del desarrollismo y la antigua movilidad exterior, los tiempos del realquiler, de varias familias en un mismo piso, del siglo XIX que dura hasta 1975. Es posible que tantos años de estrechez inmobiliaria haya sembrado el germen de no se es nada hasta que no se posee algo. La comparación con la actualidad es tan fácil como sumar dos y dos. Las dos españas se dividen entre propietarios y los demás; la mayor diferencia con aquellos maravillosos cincuenta se produce en la metáfora global de nuestro tiempo; el concepto de las dos españas se ha importado y ahora lo podemos observar en diferentes latitudes. Están los compatriotas que hacen turismo y los compatriotas que les sirven, pero todo fuera de aquí, a muchos kilómetros. ¿No es maravilloso? El país se ha dividido en el extranjero entre quienes sirven copas y quienes se las beben.

Tengo entendido que una de las aficiones de Ferreri y Azcona consistía en recorrer Madrid por las mañanas; tomaban el metro o el tranvía, acudían a tabernas, quioscos de prensa, tiendas de todo tipo o se sentaban en un banco en plena calle, a ver pasar la vida. Allí se empaparon de cómo hablaba esa España depauperada. Esto puede parecer una simple anécdota sin importancia pero no lo es. Azcona puso voz a ese mundo pasado, lo dotó de gran inteligencia creando un costumbrismo popular bajo el que fluían ríos de sosa cáustica y manantiales de irreverencia sádica. El pisito es una película sobre la pobreza y sus consecuencias. Un retrato perfecto del país servil que fuimos y somos. De la pelea entre iguales. Además logró la cosa más difícil de todas; hoy no hay nadie que no piense que en los años cincuenta no se hablara de esa forma.

CONEHEADS (Steve Barron, 1993)

coneheads

Coneheads. 1993. Estados Unidos. Dir: Steve Barron.

Es la primera vez que he visto esta película en versión original y confieso que me he reído cuando Dan Aykroyd pronunciaba su mecánico “correct” o “affirmative”. Coneheads pertenece a esa montaña de películas que hemos visto mil veces en nuestra infancia, la época en la que cada nueva fundación de una cadena televisiva iba acompañada de la consiguiente reposición de cine ochentero de aventuras juveniles –Gremlins, Indiana Jones, Critters-, la piedra angular de la nueva década en materia de superhéroes- Batman uno– y el careto de Macaulay Culkin en Home alone. Junto con Mary Poppins, Dumbo y aquélla en la que Chevy Chase se viste de Santa Claus, Coneheads formaba un lote que se repetía navidad tras navidad, y probablemente, dicho recuerdo sea lo más favorable de la cinta. Metáforas sobre las restrictivas políticas de inmigración, la sensación de apego a un lugar, la adaptación a una cultura diferente y los distintos pareceres generacionales, entre los hijos y sus progenitores; un mensaje interesante pero tratado de manera infantil. No hablamos del infantilismo de los caraconos, que mascan preservativos a modo de chicle, sino de perspectivas pueriles de malos y buenos. Me ha cansado al final, aunque logra entretener. Y tiene esa música con la que comienzan todas esas películas que he mencionado; trae recuerdos y nada más.

Publicado en la revista Fuerza Vital.

ALAMAR (Pedro González-Rubio, 2009)

alamar

Alamar. 2009. México. Dir: Pedro González-Rubio.

Dan ganas de marcharse para allí, al atolón de Banco Chinchorro en México y vivir pescando barracudas en aquélla planicie turquesa. Aunque no hayas pescado en tu vida –es mi caso-, Pedro González-Rubio sabe ilustrar las bondades de un modo de vida fuera de nuestro tiempo, antiguo, casi prehistórico; Banco Chinchorro no parece que esté en la Tierra; es curioso que algo tan representativo de lo que llamamos planeta azul se nos antoje tan lejano. Nos sentimos más vinculados a la rotonda del Coliseo, en Roma, seguramente uno de los mayores avisperos de tráfico que haya presenciado nunca. Roberta Palombini no puede vivir allí, sin embargo. Concibió Banco Chinchorro como un eclipse o alineación de planetas, vinculados siempre a acontecimientos importantes. O catástrofes. Y de aquella existencia, de aquél viaje resultó Natan. Llama la atención el cambio de mentalidad que sufrimos al realizar un viaje; ya no somos nosotros. Como si montarnos en un avión o un autobús para llegar a algún lugar más o menos lejano supusiera pulsar el botón de reset de nuestro cotidiano deambular. Por eso hay una mezcla de adrenalina y miedo en las largas travesías; no es sólo miedo a los accidentes aéreos o de tráfico, es miedo a desaparecer de otra forma. A encontrar otra cosa, cual sea, y estar predispuesto a ella. Imagino que Roberta Palombini vivió su verano del amor junto a Jorge Machado, el autóctono salvaje. Imposible no enamorarse de él, del hombre primitivo, el primer hombre, si has nacido en occidente y viajas a Banco Chinchorro, un lugar que, como ya hemos dicho, no es la Tierra. Natan vive junto a su padre, otro viaje que seguro le dejará honda cicatriz. Y llora al largarse de aquél paraíso. Después de ver Alamar, una película-documental-alegato muy bien hecha, solo queda la pregunta del aguafiestas; ¿es real Banco Chinchorro? ¿Seguro que aquello no es un infierno de turistas? ¿Todavía prevalece el tranquilo modo de vida de los lugareños? ¿No nos estará engañando un poco Pedro González-Rubio?

Publicado en Fuerza Vital.

EL MALVADO ZAROFF (Ernest B. Schoedsack / Irving Pichel, 1932)

mostdangerousmural

The Most Dangerous Game. 1932. Estados Unidos. Dir: Ernest B. Schoedsack, Irving Pichel.

Adoro las películas que empiezan sin dar explicaciones, en las que el director ha sabido extraer lo esencial,  disponer adecuadamente de los mínimos elementos indispensables para contar una historia. Es cierto que con frecuencia este modo de actuar, de llegar al concepto fundamental, puede menoscabar la profundidad de los personajes convirtiéndolos en robots unidireccionales, pero qué importa eso en una cinta de terror, aunque sea del año treinta y dos. La secuencia inicial de créditos nos muestra una misteriosa puerta de grotesca aldaba; fijo y sujeto a la robusta madera, un monstruo  antropomorfo herido por una flecha en el pecho parece expirar, mostrando sus colmillos mientras sujeta a una mujer con sus brazos. Estos son móviles, de tal manera que forman, junto a la mujer, la pieza que golpea sobre su férreo torso. Una mano anónima (la del espectador) llama y la puerta se abre. Ya estamos dentro de El malvado Zaroff y de repente nos encontramos dentro del salón de un barco donde unos caballeros conversan sobre cinegética, intercambian pareceres sobre lo que puede sentir o no un animal al ser cazado. Rainsford es nuestro protagonista, es un cazador célebre, escritor reconocido en la materia y viajero que ha recorrido medio mundo buscando presas difíciles. Toda la película gira en torno al concepto de bestialidad, humanidad y el grado de ambas de las que el ser humano dispone. El barco naufraga y solamente Rainsford sobrevive alcanzando la playa de una enigmática isla. Pese a que el film es muy ameno y divertido, hay situaciones vergonzantes que a los ojos de un espectador actual pecan de excesiva ingenuidad, como por ejemplo cuando el capitán está a punto de ser devorado por los tiburones y exclama “¡oh, me ha atrapado!

La fortaleza del Conde Zaroff, un millonario ruso exiliado, se yergue cual castillo de Drácula en una Transilvania brumosa. Zaroff, a medio camino entre Rockefeller y el propio conde vampiro, ejerce de anfitrión de Rainsford y de todo aquél que naufraga en los arrecifes de la isla. La morada de Zaroff es la imagen mental de mazmorra terrorífica que todo hijo de vecino tiene en la cabeza, a saber: oscuridad que obliga a los personajes a portar un candelabro toda la película, fría piedra, nula decoración, escaleras interminables. La postal gótica de casa, castillo o mansión encantados. Un solitario elemento destaca en tan manida puesta en escena; un gigantesco tapiz ilustrado con el pasaje mítico griego de la lucha entre los centauros y los lapitas. En primer plano un centauro herido (la flecha clavada en el pecho nos remite instantáneamente a la aldaba de los créditos) grita desencajado por el dolor, en sus brazos una mujer semidesnuda. La referencia mitológica encaja como un guante en el mensaje de la película. ¿Podemos ser víctimas y verdugos a la vez como el centauro es resultado de la unión de la bestia y el hombre? En el mito, los centauros son invitados a un banquete de boda por los lapitas, y éstos, incapaces de controlar su ansia, beben abundantemente hasta que, ebrios de vino, comienzan a violar a las mujeres asistentes a la ceremonia, novia incluida. No lo recuerdo bien, pero creo que luego son exterminados en alguna guerra subsiguiente. ¿Qué hay de bestia en el ser humano? ¿Cuánto hay de Zaroff y cuánto de Rainsford en las personas? ¿Son en realidad Zaroff y Rainsford dos proyecciones de la misma persona? En definitiva, ¿son Zaroff y Rainsford la misma persona? Si asumimos que normalmente nos identificamos más con Rainsford, un tipo valiente, levemente altanero que no se preocupa demasiado de problemas existenciales más allá del que pueda desgranarse de una presa hostil, ¿dónde se esconde Zaroff? El conde Zaroff hiberna en algún recóndito lugar de la mente esperando los resortes adecuados, el pistoletazo de salida que, como el vino de los lapitas, sirva de acicate para mostrarse. Bravo por los directores.

Publicado en la revista Fuerza Vital.