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UNA MUERTE LENTA Y DOLOROSA

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Ghost Rider: Spirit of Vengeance. (Ghost Rider 2). 2012. Estados Unidos. Dir: Mark Neveldine / Brian Taylor.

Para alguien que ha crecido entre tebeos y que ha aprendido filosofía con la Marvel es muy duro ver a los héroes de su infancia convertidos en franquicias del ridículo cinematográfico. No me motivan en exceso las versiones que Hollywood realiza del superhéroe de turno, aunque al final sé que sucumbiré a ellas, las veré irremediablemente. Sin duda el (anti)héroe de mi infancia fue el Motorista Fantasma, un viejo conocido de la Marvel que Howard Mackie y Javier Saltares rescataron del olvido a principios de los noventa, reinventándolo, otorgándole un nuevo anfitrión –Danny Ketch- al demonio llameante. El motorista ya no recorrería más las inmensas llanuras del Midwest americano, no sería un símbolo de libertad y rebeldía setentera; Mackie lo situó en su Brooklyn natal, un Brooklyn que Saltares dibuja oscuro y gótico, Nueva York se convierte en una especie de Gotham City. Bien. Ya en la primera película, Ghost Rider (Mark Steven Johnson, 2007) las sensaciones fueron horribles, si bien aún podíamos atisbar algo del personaje del cómic. En esta secuela el sentido común ha abandonado a los autores, productores, actores y a cualquier persona inmiscuida en ella aunque sea de refilón. Hacía tiempo que no veía una película tan zafia y cutre. Lamentable. Y tengo que dar gracias a dios, a Stan Lee o a quién sea por no haberla rodado cuando tenía diez o doce años; ver a mi querido héroe en tal tesitura me hubiera causado traumas irreversibles, una muerte lenta y dolorosa. En Ghost Rider: Spirit of Vengeance la acción se traslada a Rumanía (¿?), aparecen un niño que será el anticristo, ninjas, mafiosos y hasta Christopher Lambert se suma a la fiesta, ataviado de misterioso monje de los Cárpatos. La película está mal hecha, así de sencillo; los personajes aparecen y desaparecen del plano a su antojo, las elipsis son trágicas y todo parece una broma pesada, un mal sueño o una apología de la violencia contra sus creadores dependiendo del estado de ánimo en el que te encuentres. Es una película peligrosa si tienes la moral baja, hará que odies el mundo más que cualquier otra cosa. Y lo peor de todo no es que hayan defecado sobre la infancia de uno, no señor. Tengo veintisiete años y lo superaré. Lo más lastimoso, lo que más me apena, es ver a Idris Elba metido en este embrollo; el actor que puso rostro a otro de mis antihéroes recientes preferido, al legendario Russell “Stringer” Bell en The Wire. ¿Tu también “Stringer”? ¿Por qué?

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