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INTERPUEBLOS

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Hace un par de semanas un borracho me despidió así de su pueblo: «Vas a acabar en la cárcel y te van a sodomizar». Era un hombre de unos cincuenta largos, en el umbral de convertirse en viejo cthuliano, el personaje cinematográfico universal caracterizado por su clarividencia y dotes adivinatorias. Aquello fue suficiente para meterme el susto en el cuerpo; cuando los borrachos te hablan –y todavía logras entenderlos–, te invade la sensación de que saben algo que tú desconoces, que sus desvaríos son parábolas intrincadas y comienzas, inexplicablemente, a creértelas. De repente los ves como misteriosos vagabundos dimensionales portadores de graves secretos o emisarios venidos de otro tiempo, olvidas por unos momentos que se parecen más a una cuba de Soberano. Flying Ladies hemos hecho un pequeño interpueblos recientemente y nos lo hemos pasado muy bien. Además hemos ido en otoño, cuando hace frío, después del verano del amor rural y de que todo quisqui haya volado a las capitales limítrofes. Acostumbrado a frecuentarlos durante el espejismo que es agosto, el invierno los cambia dramáticamente. No extraña que al pensar en ellos, lo primero que se me pase por la cabeza sea un viejo ebrio tambaleante con botas de regar hasta la rodilla en medio de un concierto de punk.
Coincidiendo con las Fiestas de la Juventud o de San Sisebuto, muchos valientes organizan todavía conciertos de rock o punk, algo habitual en el pasado pero no tan célebre en estos tiempos nuestros. Es su humilde aportación a la diversión en lugares donde hay que desplazarse para asistir a cualquier tipo de espectáculo o para realizar, a veces, compras muy básicas. Es una manera de pelear contra el olvido que sufren durante los meses inhóspitos, una medida que hay que apoyar al cien por cien. Es necesario que se descentralice el ocio, que la gente de la ciudad fluya valle arriba de nuevo, que se den interacciones pueblo-ciudad inéditas que vuelvan a poner en el mapa a localidades condenadas por el crecimiento urbano. Suena todo ambicioso y –probablemente– irrealizable a estas alturas de la película. Además a la gente de la ciudad nos da pereza adentrarnos en el páramo, monte o bosque helados; a veces las comunicaciones son complicadas y el transporte público tampoco está desarrollado. Todo son palos en las ruedas, pero hay que intentarlo, al menos. La gente que organiza todos estos tinglados es muy agradable, se afanan en llevar aquello que les gusta a sus pueblos para romper el silencioso invierno y no conformarse con un repetitivo mercado medieval. Aprovecho para hacer un llamamiento a los Habitantes de las Urbes del Globo: acudan a los eventos que se organicen en los pueblos. Podrán disfrutar de los contrastes más insospechados y, simplemente con su acto, contribuirán a su supervivencia. Si, encima, asisten a un concierto de rock, observarán de primera mano al borracho del principio golpear con violencia el escenario con la palma de su mano. Pam, pam, pam. Todo el rato, irreductible, hasta la extenuación. Esto es denominador común de todos los pueblos del mundo. De hecho, solemos apostar entre nosotros a ver cual es el borracho percusionista antes del concierto. También escuchará las palabras del presidente centenario de la Asociación Juvenil, situación a medio camino entre Dada e Ibáñez. Un mundo viejo-nuevo lleno de sorpresas.

LA CHONI DEL KEBAB

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Era un restaurante de comida rápida turca con nombre de capital europea seria. Roma, pongamos por caso. El establecimiento disponía de un comedor amplio —fue un antiguo restaurante chino— y, a pesar de que transcurría la hora predilecta de los apetitos dominicales nocturnos, se hallaba prácticamente vacío. Un chico esperaba en el umbral de la puerta, fumándose un cigarro; en la mesa anexa a la barra, una cuadrilla de chavales trataba de convencer al dueño del negocio para que patrocinara su equipo de futbito; unos mocetes pegaban las narices al cristal con el objetivo de obtener una perspectiva óptima del generoso escote de la camarera, que no daba abasto, asediada por la freidora, los rollos de papel de aluminio y las diversas piscinas de salsas. Los pedidos se habían multiplicado y el mío todavía se mantenía muy alejado de las privilegiadas primeras posiciones del cuaderno de comandas, así que decidí escuchar discretamente la conversación futbolística. «Así podrán conocer tus bocatas por toda la ciudad», comentaba uno de ellos. El jefe paquistaní los observaba con indiferencia; reunidos de tal manera, parecían a punto de confirmar algún chanchullo mafioso; ojala no los acribillasen a la salida. El teléfono no paraba de sonar y la camarera juraba en voz baja, abandonó la tarea en curso para correr hasta el aparato y dirigir miradas en llamas al jefe, repantigado en la silla de plástico mientras los futbolistas le contaban lo bien que lo habían hecho la temporada pasada. Llegaron entonces. Una chica joven y su novio, presumiblemente. Pasaron de largo la barra y se situaron en mitad del comedor. «A que está chulo». El tipo llevaba los pelos de punta, al estilo clásico discotequero, collares, esclava y zapatillas descomunales. La chica miró a su alrededor; se giró del todo para no perder detalle del garito; las fotos de comida grasienta con precios enormes, los cuadros de playas paradisíacas en tonos pastel, fabricados en serie. «Siéntate, cari. Voy al baño; ahora vendrán a tomar nota». Ella obedeció y ni siquiera se despojó del abrigo, continuaba con el examen visual al Kebab Roma. Se había enfundado sus mejores trapos, vestía con pulcritud barriobajera; la coleta en lo alto, aros inmensos en las orejas, los ojos egipcios y el rojo fresa en los labios. Una apariencia dogmática, fiel a los principios del techno de gasolinera, ajena a las últimas heterodoxias pin up que, de manera sorprendente, algunas chicas estaban adoptando. Y era guapa. Muy guapa. Podía ostentar el título de tía más buena del barrio; la Venus de Ladrillo Caravista. El chico había vuelto del servicio. «Está bien, me gusta», contestó ella y agarró su mano suavemente, por encima de la mesa. Hay momentos en los que uno vuelve a creer en el ser humano, no se sabe muy bien por qué. En el centro del poco transitado comedor del Roma, dentro de un humilde dispensador de vituallas exprés, en el interior de un local al que nadie se nos ocurriría llevar a cenar a nuestras novias, se estaba produciendo algo mágico: la clase trabajadora apareció ante mí con su maravilloso fulgor –como diría algún antiguo documento proletario-. Ahí estaban, la Venus de Ladrillo y el Diadumeno Pelopincho, esperando a que un camarero —¿italiano, tal vez?— les fuera a tomar nota en un kebab. Ella sonreía; quizás nadie la había invitado antes a cenar sentada en algún lugar que no fuera un banco del parque, el maletero abierto o el capó del coche, quién sabe. Quizás nadie la había invitado a cenar nunca. Dos seres apestados siempre contemplados con desconfianza, los condenados por todos. Nadie los tiene en cuenta, son simples drogadictos y cuasi-putas, cerebros huecos cuyo funcionamiento es arduo de descifrar. Gente que tropieza una y otra vez en la misma piedra y que seguirá haciéndolo hasta el fin de los días; agresivos e ingenuos a partes iguales. Son los proscritos que pasan de las luchas sociales pero constituyen la más potente fuerza de lucha, la madera con que arde el infierno. No entienden de teoría política pero son la izquierda, genéticamente hablando. Quizás todo el mundo les falló alguna vez, y de ahí provenga su vocación autodestructiva de fin de semana. Tampoco dudarían en joderte si bajas la guardia. Quizás debiéramos empezar a tenerles en cuenta, que puedan sentirse incluidos en algún tipo de discurso, que la marfileña teoría de pasillo de facultad les tienda una mano en vez de darles la espalda. El equipo de fútbol terminó su reunión con el jefe, ronda de apretones de manos y despedida.  El dueño se percató de la pareja del comedor. «Tenéis que pedir allí» dijo señalando la barra. Pelopincho caminó hasta mi lado y ordenó dos menús con Coca-Cola. La Venus de Ladrillo continuaba sonriendo mientras escrutaba el bar. Me dieron mi pedido y me marché. Al salir del local, me volví para observarlo, como si fuera la última vez que fuera a verlo y con la certeza de que había sucedido algo trascendental. Miré el logotipo.

¿Habrá algún Kebab Madrid en Londres, París o Roma?