Etiquetado: alfred hitchcock

LOS OJOS DE JULIA (Guillem Morales, 2010)

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Los ojos de Julia. 2010. España. Dir: Guillem Morales.

En más de una ocasión he comentado lo que me repatean las grandes campañas de publicidad de ciertas películas; los productores acostumbran a asediarnos con la imagen promocional o el tráiler del film de marras, produciendo –es mi caso- una animadversión hacia el mismo, o también hacia la actriz o actor principales que los representan. Los ojos de Julia fue una de esas películas, una que decidí no ver en su momento debido al chaparrón de anuncios en un canal determinado encargado de la producción de la cinta; la pobre Belén Rueda, que no me ha hecho nada y además, parece una mujer razonable que irradia –me parece a mí, al menos- serenidad y confianza a partes iguales, se me estaba indigestando. No sé si recuerdan la imagen suya con los ojos vendados. Ahora la he visto, un par de años después de todo aquello y qué quieren que les diga; quizás sea por mi reciente revisión terrorífica transalpina o porque estoy con la guardia más relajada de lo normal, pero me ha parecido una película muy entretenida, género puro. ¡Qué demonios! Es la película más giallesca que se ha producido en España en los últimos años. Ya saben –no quiero aburrir- los guantes, la chica, el cuchillo, el viejo cthulhiano… Es un poco refrito de los grandes, Argento, Hitchcock sin que ello suponga ningún inconveniente – hay una secuencia que recuerda mucho a aquélla protagonizada por James Stewart en La ventana indiscreta-. El guión a veces sufre como suele hacerlo en el género pero dentro del mismo, es un film interesante y decente. Además, Belén Rueda no sólo ha superado con creces mis expectativas sobre ella; actúa fenomenal y está perfecta como nueva reina del grito.

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BERBERIAN SOUND STUDIO (Peter Strickland, 2012)

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Berberian Sound Studio. 2012. Reino Unido. Dir: Peter Strickland.

He comprobado que la última vez fue el pasado dieciséis de marzo; lo siento pero ya tocaba. Los cuatro inconscientes que siguen este espacio desde sus inicios conocen mi filia más antigua y asentada: el cine de terror. Como todas las pasiones, esta comenzó cuando era muy joven, al ver Psicosis con mi madre y mi tía, verdaderas fanáticas de Hitchcock; mi madre y su hermana jamás pronunciaron bien su nombre y se referían a él como el inglés. El careto de lunático de Anthony Perkins quedó grabado a fuego en mi inconsciente y por las noches solía aparecérseme, interrumpiendo mi sueño y provocándome terribles pesadillas, tembleques interminables y sudores antárticos. A veces se escondía en un armario, el cabrón, cuchillo en ristre, con su bata de boatiné y su peluca; otras debajo de la cama, tras la cortina de la ducha, nada era seguro, en cualquier lugar podría esconderse Norman Bates, tal era su afán por hacerme picadillo. Sin embargo, esta sensación de tensión constante me gustó demasiado, enseguida devoré la mayoría de películas de el inglés, y luego muchas más, sin freno; este contacto con el género terrorífico supuso uno de los primeros sillares del palacio de adicciones cinematográficas en el que ahora vivo. Dentro del cine oscuro, una de mis debilidades es el giallo italiano, de ahí mi disculpa inicial; anualmente tengo recaídas en mi enfermedad y –si no hay nadie a mi alrededor que lo impida- me apalanco entre pecho y espalda dosis altísimas de guantes de cuero negro, gritos de bellas muchachas, largos planos subjetivos, colorines y asesinatos manieristas. Vayan acostumbrándose, no lo puedo evitar, me temo que de esto no se sale tan fácil. He vuelto a ver algunos antiguos, ya clásicos, como Rojo Oscuro, Suspiria, Tenebre o Seis mujeres para el asesino; también algunos -como Torso de Sergio Martino o La casa de las ventanas que ríen de Pupi Avati- que desconocía y me han parecido excepcionales. Y más: Siete notas en negro de Lucio Fulci, ¿Qué habéis hecho con Solange? de Massimo Dallamano, el reciente Masks del alemán Andreas Marschall y una fina pieza de bisutería con ínfulas de joya llamada Berberian Sound Studio.

Berberian Sound Studio cuenta la historia de un técnico inglés que es contratado para revisar la banda sonora de un giallo en dicho estudio de sonido, emblemático italiano al producirse allí la mayoría de estos filmes. Con gran rotundidad visual, Peter Strickland elabora un cuidadoso homenaje –por momentos casi documental- a los trucos de sonido, a los presupuestos bajos y a un género ya desaparecido. Una película arqueológica y de estética total cuya única contrapartida es la necesidad de conocer los engranajes que sostienen el subgénero. No estoy seguro de que alguien profano en el terror transalpino la disfrute de igual modo que alguien bien avezado. Por lo demás, una película a veces tramposa –como sus referentes- pero diferente, absolutamente personal y fuera de todo.

CUATRO

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Scream 4. 2011. Estados Unidos. Dir: Wes Craven.

Una ficción que narra los asesinatos en una localidad imaginaria de los Estados Unidos; la periodista ficticia escribe un libro ficticio sobre los mismos que después será llevado a la gran pantalla dentro de la pantalla. Scream, el juego de muñecas rusas del tándem Craven-Williamson no frena. Puesto que la serie adolece de un grave inmovilismo argumental, el gran interés de esta nueva edición reside –hace ya tiempo que es así, de hecho- en conocer cómo se las arreglará Craven en enhebrar y entretejer los hilos de la realidad (menciones a otras películas del género), la ficción (la saga Scream) y la re-ficción (la saga Stab). Sidney Prescott regresa a Woodsboro para presentar su libro sobre una (¡ay!) desdichada existencia marcada por Ghostface. Por supuesto, el asesino enmascarado esperará a nuestra heroína en su pueblo, cerrándose un  círculo que comenzó en 1996. Pese a su persistencia en analizar con ironía el mundo del cine terrorífico y a elevar al dogma la auto-parodia, Scream sigue sorprendiendo, ésta vez con su desconcertante comienzo. Como en todas las entregas –exceptuando la primera-, el final continua siendo su principal enemigo. Puede que las películas de Craven y Williamson no sean del gusto de paladares exquisitos, puede que nos parezca más de lo mismo (lo es), pero han conseguido que Woodsboro pase a formar parte del paisaje tenebroso de nuestro imaginario colectivo. Un lugar en el mapa del horror junto a Haddonfield (Illinois), el campamento Crystal Lake, el motel Bates, el hotel Overlook, Elm Street. Al ladito de aquella casa perdida en Texas.

MUDA

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La piel que habito. 2011. España. Dir: Pedro Almodóvar.

Almodóvar ha elaborado una película extraña y atrayente, un crisol donde se mezclan cantidad de referencias y géneros cinematográficos que demuestran no sólo que el manchego es un gran conocedor de la historia del medio, sino también la sutilidad a la hora de conformar todos los ingredientes para servir un plato estético fascinante. Les yeux sans visage de Georges Franju como esqueleto que sustenta un thriller con imágenes poderosas, conceptos como el de la nueva carne y la construcción de identidades así como también alguna que otra pincelada terrorífica; incluso subgéneros como el giallo se atisban por momentos. Quizás Almodóvar estire demasiado la cuerda en algún instante, introduciendo abruptos flashbacks de claridad más que cuestionable o la carnavalesca bufonada que es la aparición del hijo de la criada interpretada por Marisa Paredes. Antonio Banderas da vida con –suponemos- deliberada inexpresividad a un mad doctor de intrincado y trágico pasado; lidera un reparto caracterizado por la ubicuidad de lo sobrio, casi rayano con la aspereza. No obstante, y a pesar de todo, es una película magnética; una cámara generadora de imágenes para el recuerdo y un personaje –el de Elena Anaya- con la potencia suficiente como para no ser olvidado jamás. Es cierto que la estructura de la película es muy similar a la de Franju –la novela de Jonquet en la que se basa el film no la he leído- pero no creo que ese detalle juegue en su contra; se tiende a sobrevalorar lo original en muchos casos. Recuerdo una película de Brian De Palma, Fascinación, que es una mezcla de Vértigo y Rebeca de Alfred Hitchcock. Supongo que para muchos no tiene demasiado valor, pues solo es una fotocopia de las películas del director inglés y, sin embargo, es una cinta técnicamente maravillosa, muy por encima de las de intriga y misterio no ya de la época –la de De Palma es de 1976- sino también de las actuales. Hasta para copiar hace falta ser bueno.

LA DONCELLA QUE ORDEÑABA TOROS

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The Wicker Man. 1973. Reino Unido. Dir: Robin Hardy.

Imagínense la estampa. Por un lado, el culto pagano en un lugar inaccesible y, en la otra esquina del ring, el sargento Howie de Scotland Yard; un oficial meticuloso de moral intachable, espiritualmente muy romano a pesar de ser escocés, dispuesto a llegar hasta el final de una investigación que se convierte en su particular cruzada. Lo de cruzada es literal, puesto que Howie descubre que el anticristo no sólo existe en la imaginería cristiana, sino que reside y revuelve a su voluntad en un remoto islote de su distrito, a la vuelta de su casa. Nuestro oficial protagonista sufre un colapso mental al contemplar un pueblo de lúbricos haraganes que forman la imagen en negativo de sus creencias; una sociedad dionisíaca cuyo único vestigio de cristianismo son las arruinadas iglesias en desuso desde hace un siglo, cuando la turba lasciva decidió que nanay, que eso de un solo dios todopoderoso eran paparruchas e invitaron a los párrocos a marcharse muy lejos. Si los dioses de los vientos eran favorables –vaya si lo fueron- no volverían a verles la casulla nunca más. En Summerisle todo es al revés piensa Howie; la peña alivia su calentura pública y colectivamente, en las escuelas se estimula el culto al falo mediante cancioncillas infantiles pegadizas, la hija del tabernero es la instructora de artes amatorias de todo varón que huella el local; un verdadero sindiós entre campiñas y cosechas. En los tiempos que corren, a buen seguro que Summerisle sería bien de interés cultural y en su costa florecería una infraestructura hotelera macrosectorial y supravertical. Un desarrollo de la leche para una región tradicionalmente atrasada, un potosí para los jóvenes emprendedores que acabarán con la crisis, esa clase social emergente de las cenizas del incendio que ellos mismos provocaron. Pero Howie no está por la labor de que eso ocurra, por encima de su cadáver. Y entonces, ¡ay!, la cruzada se tambalea y se torna vía crucis; el diablo le tienta en forma de hija del tabernero y Howie se sobrepone sudando tinta china. Anthony Shaffer –autor también de La huella y de Frenesí–  rebautiza a Jesucristo y firma el guión de esta extraña perla satírica en torno a las religiones y las creencias, absolutamente descarada e incluso ofensiva. Pero también inteligente y brillante, con una trama alambicada y engañosa a veces, como suele ocurrir en todas sus obras. Ahórrense la versión de Neil LaBute de 2006.