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COSAS GUAYS (Invierno 2016)

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ACCIDENTEPulso

La banda de punk rock madrileña ha lanzado su nuevo trabajo a traición, sin avisar a nadie –me ha pillado en fuera de juego clamoroso– y es una excelente noticia. Por dos motivos. El primero es sencillo y se relaciona con la calidad de la banda; Accidente es de lo mejorcito del género, tienen eso, una voz propia, que es algo muy difícil de lograr e imposible de planificar. Suenan a ellos desde su perfecto primer disco de 2011, un álbum que demostraba el interés por alumbrar el ideario anarcopunk desde una perspectiva menos manida, sin frases hechas ni consignas huecas por repetidas, manifestaba el deseo de hacer pedazos los pedestales dialécticos con letras dulces pero firmes. En Pulso, la banda continúa practicando el hardcore melódico habitual –en este sentido no hay cambios sustanciales–, siguen elaborando canciones coreables, pegadizas y memorables sobre precisas melodías de alta gama. Quizás sea esta una de sus mejores bazas; puesto que Accidente siempre trabaja en pos del himno, sus discos deberían valorarse en función del acabado final, es decir, discerniendo cuál de ellos es más redondo. A mi parecer, Pulso lo forman diez canciones superiores a las incluidas en su anterior Amistad y Rebelión, donde conviven las cimas más altas de la banda (“Las victorias más bellas”, “Beyond words”) con planicies más monótonas. El nuevo álbum se eleva sobre aquel y reúne un puñado de temas llamados a ser clásicos del hardcore melódico ibérico durante una primera mitad que es un sopapo enrabietado. Tras un par de temas menos intensos –que no flojos– la brillantez llega, para terminar la faena, a partir de “Complicidad”. Teniendo en cuenta la fecundidad y calidad de su discografía, puede concluirse que Pulso satisface las expectativas que las buenas bandas –involuntariamente– crean; si te gustan Accidente, el álbum te encantará y, si no los conoces, te convertirás en fanático desde el primer segundo. La gráfica la firma Mar Estrama y añade más frescura todavía al trabajo, seguro que luce genial en la futura edición física.

¡Ah, se me olvidaba! El segundo motivo que anunciaba al principio… No sólo me gusta Pulso por todas las bondades que he enumerado. Me gusta porque es otro disco de Accidente. Me explico. Cada vez me cansan más los grupos punk efímeros que saltan de un estilo a otro, de single en single. Me invade una pereza absoluta, lo reconozco, cuando me dispongo a escucharlos, tengo la sensación de que para hacerlo debo “forzar” demasiado mis apetencias, me tengo que preparar mentalmente para escuchar un nuevo grupo. No tiene nada que ver con la calidad ni nada de eso, ni siquiera critico tal manera de funcionar; cada uno tenemos la nuestra y todos conocemos lo difícil que es mantener proyectos sin caer en la autocomplacencia, el tedio, la repetición o la incompatibilidad laboral o personal. Me gustaría que hubiera más continuidad en ciertas bandas que me gustan, poder analizar y comparar sus discos para poder decir grandes aforismos como “sólo los tres primeros”, “hasta el negro, bien” y cosas así. Frases que confirman que sigues vivo. Por eso valoro todavía más este disco de Accidente. Siguen.

 

LO QUE HACEMOS EN LAS SOMBRAS (Taika Waititi, Jemaine Clement, 2014)

La de terror de rigor. Bueno, la de hoy no es tal; Lo que hacemos en las sombras cuenta, en modo falso documental, la vida de cuatro vampiros que comparten piso. Esta peli neozelandesa una comedia terrorífica bastante entretenida y sorprendente, ágil y muy bien contada, que profundiza en el modo de vida de los cuatro chupasangres protagonistas. Peleas contra grupos de hombres lobo, conversiones fallidas, siervos indignados y mucho más.

 

45 AÑOS (Andrew Haigh, 2015)

Soy fanático de Charlotte Rampling así que no podía faltar su última película en la lista de Cosas Guays. Esta vez encarna a Kate Mercer, una maestra jubilada inmersa en los preparativos de su 45º aniversario de boda. Una carta llega, no obstante, a chafar un poco la fiesta: en un glaciar de los Alpes suizos han encontrado el cadáver congelado del primer amor de su marido. Una peli fantásticamente dirigida y, por momentos, muy malrollera. Me encantó, claro.

 

MUSTANG (Deniz Gamze Ergüven, 2015)

Deniz Gamze Ergüeven cuenta la infancia y adolescencia de cinco hermanas en la Turquía rural; cómo se suceden los casamientos pactados a medida que van creciendo y el poso que va dejando en las hermanas menores. La historia fluye fantástica, y Deniz Gamze encuentra el equilibrio entre comedia y drama cuando describe el opresivo ambiente familiar y social en el que transcurre. Impresionantes las interpretaciones de las cinco chicas protagonistas.

COSAS GUAYS (Sección Primavera 2015)

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Hace catorce años que publiqué (y cobré) mi primera página en una revista profesional. Después de eso me las prometía muy felices, pero tuvieron que pasar aún unos cuantos abriles, cinco o seis, para que pudiera vivir exclusivamente de lo que me gustaba. De cómo me las compuse durante este tiempo para poder comer y continuar dibujando a la vez, es un misterio del que por el momento prefiero no hablar… De modo que los años restantes hasta la fecha, los he dedicado a seguir aprendiendo a escribir y dibujar historias. Pero no se vayan a creer, lo que sobre todo he intentado con más empeño, tanto en las épocas turbias y difíciles como en las dulces y afortunadas, ha sido aprender a vivir, que en definitiva es lo que más me gusta.

Alfredo Pons

TRAS LAS PERSIANAS DEL BLOQUE

Lo encuentro mientras vacío la caja que pone “tebeos”, camuflado entre dos gruesos volúmenes como si fuera un antiguo grimorio prohibido; hasta tiene una cinematográfica capa de polvo, prueba de que no es ninguna novedad editorial. Se trata de Escalera de vecinos del dibujante y escritor Alfredo Pons. Es un cómic que releo cada cierto tiempo si bien se hallaba en paradero desconocido debido a mi mudanza por episodios. Pons fue director de la revista El Víbora y su estilo podría encuadrarse en una especie de realismo lumpen cotidiano. Relata lo que acontece en un bloque de viviendas, ejerce de voyeur de las vidas de personajes tan reales como estrafalarios. O tan reales por estrafalarios. Porque uno de los aspectos clave de esta obra maestra es la voluntad de Pons por transmitirnos su pensamiento en pequeñas dosis, a veces al margen de la historieta misma. Su oficio comprometido de testigo, su consciente papel de cronista subterráneo de la Barcelona preolímpica más incómoda. Todo esto es verdad; yo lo viví, yo lo escuché, yo estaba allí, convivía con esta fauna variopinta, nos recuerda Pons mediante lúcidos fogonazos. “Cada día somos espectadores de nuestra vida… Y todo el mundo sabe que ninguna puesta en escena iguala el viejo estilo de la propia existencia”. Las historias están magníficamente contadas, son narraciones hipnóticas dibujadas con un irresistible toque amateur underground y a medida que se suceden, también lo hacen las píldoras ideológicas de Pons. “Existen personas. Existen historias. Las personas creen poder manipular las historias, pero lo contrario suele acercarse más a la verdad”. En este caso por boca de Alan Moore. “When you talk it’s like a movie and you’re making me crazy cause life imitates art” canta Jessica Lange en la última temporada de American Horror Story, parece casi brujería; la realidad que imita la ficción que una vez –probablemente– se basó en lo real. Son las famosas historias que no te puedes creer. Incluso el prólogo-relato de Carlos Sampayo es otro pulso a la realidad, otro de los pasajes increíbles. En él, un –cito textualmente– joven moderno y una mujer madura coinciden en un ascensor que se cuelga. La señora aguanta la bolsa con la compra y el joven lee Escalera de vecinos. Después de la típica charla insustancial la mujer se interesa por la lectura del chico y, al observar los dibujos de mujeres desnudas, se indigna. También se reconoce en una de esas mujeres y decide mostrarle los pechos al joven, tras asegurarse de que no vive en el edificio. “No vaya a decírselo a nadie… y mucho menos al Pons ese”. Ahora que he vuelto a disfrutarlo me parece más grande que nunca. Me ha recordado cuando Flying Ladies grabamos Nuevo arte de vivir. El título y letra homónima se inspiran en la cita que abre este artículo. Enorme Alfredo Pons.

FUEGO, FUEGO Y MÁS FUEGO 

Elenco acaban de publicar Fuego, su tercer trabajo. Lo esperaba con ansia después de que nos pusieran la miel en los labios con el pedazo de vídeo del single. Si en él ya se intuían los nuevos derroteros que la banda había tomado, la primera escucha de este nuevo disco supone la confirmación total. El hardcore se mezcla a la perfección con su sonido metalero tradicional y fortalece una pared de ruido -ya de por sí- muy compacta. La incorporación de una nueva guitarra les ayuda a conseguir ese directo demoledor que ahora se traslada al plástico. Los nuevos riffs de guitarras son magníficos, más rockeros por instantes y la escucha se enriquece cuando aprecias los infinitos detalles que atesora cada tema. Los textos tratan sobre la fuerza purificadora del Fuego, la falsedad de la vida capitalista espectáculo –En el interior–, el neofascismo –Nueva época, título revelador si vives en tierras beronas–, la esclavitud del tiempo –08.00 am–, la miseria de la existencia estigmatizada –Vidas malditas–, la nueva oportunidad ante los estertores de la democracia –Último suspiro– y las contradicciones que pueblan nuestro corazón –Controversia–. Además en el póster interior nos muestran un collage de fuentes de inspiración; el fanzine Dinero de Miguel Brieva, Las Sacas de Patricio Escobal, 1984, míticos fanzines locales como Anti-Patria o Generación ye-yé, discos de Kuraia, Beastie Boys, la cinta legendaria de Mundo Rural… Está claro de donde vienen. Pero lo mejor es que experimenten ustedes mismos todo esto. Compren este discazo, háganse el favor.

LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA –VAMPÍRICOS– DÍAS

La verdad es que últimamente estoy viendo muy buenas películas, de terror para variar. Me suelen cansar las del tipo falso documental o metraje encontrado así que me dispuse a ver Afflicted (Derek Lee / Clif Prowse, 2013) con todas las alarmas puestas. Pero estos canadienses me dieron en todos los morros, así ¡plas!, y yo encantado. Puesto que el título que he puesto ya es spoiler –entroncando con la mejor tradición española tipo La semilla del diablo– no les aventuro más. A ver si después de verla tienen se hacen la pregunta que yo. Clif, Derek, ¿cómo coño habéis rodado ciertas escenas? Os amo.

DEMOFRIKATIZACIÓN

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¿Por qué tus padres quieren pasar las vacaciones en Carcosa? ¿Con qué fin ha cambiado tu novia las clases de inglés por las de valyrio? ¿Es la extinción del ser humano la única solución a este mundo? El éxito de Juego de Tronos y True Detective ha emborronado la línea existente entre lo convencional y lo marginal. Quizás sea temprano para dilucidar si se trata de la definitiva consagración friki o un asalto motivado únicamente por crueles modas pasajeras. A pesar de la banalización que ha sufrido el término en los últimos años –ahora se le llama friki a cualquiera-, los poderes fácticos del frikismo, la línea dura, los de la fantasía épica, la espada y la brujería, han triunfado; contemplan su temporal victoria satisfechos a la par que recelosos del monstruo liberado del ostracismo que, sin control, arremete contra los gustos mayoritarios cual Godzilla arrasando Tokio. Dejando al margen las siempre caprichosas preferencias de los espectadores y el hecho de que Juego de Tronos sea una superproducción (ahí reside su éxito, en parte), los creadores de la serie han conseguido encandilar al gran público que habita entre dos barrios antagónicos: el tradicional purismo aislacionista friki y la postura condescendiente y paternalista del anti-friki. Si exceptuamos a Tolkien, pocos han sido los escritores de épica famosos o reconocidos; siempre han revoloteado en los márgenes de la literatura bien considerada o seria, parecían misteriosos eremitas que sólo importaban a un minúsculo grupo de fans irredentos. La primera vez que oí hablar de Juego de Tronos fue hace cinco o seis años, cuando un colega bastante leído me aconsejó la novela Canción de Hielo y Fuego (por aquel entonces ni siquiera él me hablaba de Juego de Tronos). Le comuniqué que hacía muchos años que no leía fantasía, quizás desde las Crónicas de Elric de Melniboné que me fulminé en la adolescencia; ambos coincidimos en que su autor Michael Moorcock era uno de los grandes, no sólo de la literatura épica sino de la literatura en general. No le hice caso, no leí su recomendación porque me daba pereza sumergirme en un nuevo mundo fantástico, y ahora que me he convertido en un adicto a la serie, me apena no haberlo hecho para poder emprender otra de las grandes tareas a las que se dedican los friquis; comparar la versión literaria y cinematográfica para humillarla. Como ven, la jugada de la HBO ha sido maestra; reciclar para el público televisivo una serie de novelas con muchas posibilidades confinada a un rincón lejano de la cultura. La otra serie triunfadora, True Detective, ha seguido el mismo proceso pero de un modo mucho más sutil. Tras una historia detectivesca más o menos tradicional, su autor Nic Pizzolatto ha soterrado una serie de señales muy reconocibles para los seguidores del terror americano que se vertebran gracias al policía Rust Cohle. Son pistas que los lectores de Lovecraft podrán reconocer prácticamente de inmediato. Creo que su éxito se debe no sólo a que está magníficamente rodada y a las excelentes interpretaciones de Matthew McConaughey y Woody Harrelson, sino que el propio guión de la serie, impregnado de un perfume mezcla del terror gótico clásico americano y el fascinante mundo de los Mitos de Cthulhu del escritor de Providence, ha hechizado a la gran mayoría que seguramente los desconocía y jamás hubiese leído ni una sola línea de En las montañas de la locura –por poner un ejemplo-. Quizás sólo sean cosas mías y todo esto no tenga nada que ver, tal vez sea fruto de la casualidad,  pero da la sensación de que los exploradores de Hoollywood están inmersos en nuevos lugares poco transitados, espoleados por la ambición de conseguir nuevas historias, aunque esto conlleve acudir a sitios marginados. El virus de la cultura de baratillo se ha extendido. La revancha friki ha comenzado.

CINES LIBRES DE ESTÚPIDOS

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Saben los que siguen este voluble espacio que suelo acudir con asiduidad al cine, mínimo una vez al mes y, desde hace ya varios, con motivo de una bendita oferta, casi semanalmente. La iniciativa de pagar 3,70 euros por entrada ha provocado que los cines vuelvan a transitarse y puedan desprenderse del aura de marginalidad -más propia de las extintas salas X- que las sucesivas subidas de precio les habían encasquetado. Los hechos hablan por sí solos y ponen en entredicho ciertas afirmaciones relacionadas con un cambio de conducta; los nuevos espectadores que prefieren disfrutar del cine en su casa, sin que nadie los moleste, en la pantalla de su ordenador. Creo que hay argumentos válidos en todo ello, pero me parece peligroso eliminar el elevado precio de la entrada de la ecuación de la falta de asistencia cinéfila. Puede que los hábitos del público hayan cambiado o estén cambiando, sin embargo, a todos nos gusta disfrutar las películas en el lugar óptimo para ello –o eso me gustaría pensar- y, si el público ya no lo hace, conviene revisar los porqués. Mi opinión es más sencilla que los rebuscados finales de era que algunas apocalípticas lumbreras repiten continuamente: si el precio se ajusta a lo razonable, la gente acude. El concepto del cambio de ciclo me parece incluso ofensivo desde cierta perspectiva puesto que parece ser el curso natural de las cosas, y visto así, mediante dicha tesis, también las personas podrían dejar de comer, trabajar, adquirir bienes necesarios para la supervivencia o negársele la atención sanitaria o el derecho a la educación pública. Podrían decirnos: «Mire, es que las cosas han cambiado y ahora es usted el que tiene que pagarnos a nosotros, que somos sus empleadores, por el trabajo que desempeña».

El pasado miércoles vimos 12 años de esclavitud de Steve McQueen, que arrasó en la pasada edición de los Oscar. La película me gustó en términos generales pero el motivo de estas líneas no son transmitir las sensaciones que me provocó sino manifestar la creciente convicción de que la tecnología nos hace más imbéciles y maleducados. No me gustaría parecer un neo-ludita pero es que hay cosas que son de juzgado de guardia y atentan contra la inteligencia más primigenia. Fue hacia la mitad del metraje cuando un grupito de tres personas –ya entrada en la cincuentena, no se crean- deciden que la película no es de su agrado y, en vez de aguantar el suplicio como todo hijo de vecino, empuñan sus móviles de última generación con el fin de wasapear o deambular por Internet. De por sí el comportamiento ya es censurable pues todo el mundo debería apagar sus teléfonos dentro de la sala pero a ello se suman las molestias causadas por sus pantallas enormes y brillantes; ya conocen la portentosa potencia luminosa de estos aparatos, así que imaginen la distracción cegadora en la oscuridad. Y no fueron tan sólo unos segundos o un tiempo más o menos prudencial; 12 años de esclavitud debió aburrirles de lo lindo, únicamente al final del film, coincidiendo con una de las secuencias más sádicas, los idiotas guardaron sus teléfonos. A veces pienso en que deberían tener razón los iluminados apocalípticos e imagino el cine vacío, como hace unos meses, libre de estúpidos.

OFICINAS ASESINAS

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Antes de volver a la normalidad en su querido espacio -han sido casi dos meses de sequía bloguera- debo disculparme por despedirme de ustedes así, a la francesa y no informar de mi posición en ningún momento. Como ven, sigo vivo, pueden acostarse tranquilos y dejar de rezar por mi alma. Y no, mi enigmática desaparición no se debe a un vulgar ataque de pereza; he estado acabando un relatillo largo o una novelita corta –según se mire-, un cabo que llevaba suelto mucho tiempo, me impedía vivir sin remordimientos y que decidí amarrar definitivamente. En estos cuarenta días han sucedido montones de cosas, funestas la mayoría; el gobierno ha elaborado una ley que nos obliga a tatuarnos el DNI en la frente y a poner la chaqueta sobre los charcos al paso de nuestras excelsos políticos y su cohorte de antidisturbios en formación de tortuga; aprobó, también, una nueva ley educativa con aire eclesial y cavernario. A pesar de mantenerme un poco desconectado, no he podido desengancharme del tema estrella, las cuchillas de la valla de Melilla, rebautizadas con un simpático nombre de orden de monjitas piadosas, las Hermanas Concertinas. El torrente de disparates ha sido mayúsculo. Unos querían mantener el muro a raya con drones (¡) porque los vigilantes se quejaban de tener que desenredar cadáveres desangrados. El gobierno ha encargado muchos informes a expertos de la TIA y, a estas alturas, estarán debatiendo qué clase de ingenio puede contener la avalancha de inmigrantes. Probablemente hayan comenzado a construir el foso con cocodrilos.

También he vuelto a ver cine y a retomar una serie que tenía pendiente; Homeland. No había visto ningún episodio de su tercera temporada y mientras escribo estas líneas ya me he calzado media docena en un par de noches. Homeland me provoca sensaciones de varios tipos; me gusta mucho, me parece interesante no solo por lo atractivo de los personajes –sobre todo Carrie Mathison, increíble Claire Danes- o la magnética trama de espionaje. Es curioso cómo los Estados Unidos elaboran ficción de su historia casi al mismo tiempo que los hechos suceden y pienso en lo difícil que sería realizar algo así aquí. Homeland también me deprime. No consigo ver la heroicidad de matar a las personas a través de una pantalla, qué quieren que les diga. Esos despachos atestados de secretarias y burócratas asesinos, celebrando las eliminaciones a través de la cámara como goles de su equipo de fútbol. Sabemos que es así, todos vimos la fotografía de Obama y su gabinete mientras contemplaban la retransmisión del asesinato de Bin Laden a cargo de los Navy SEAL o algún cuerpo similar. El elemento más nocivo de toda esta montaña de basura es el personaje de Peter Quinn. O más bien su cargo. Quinn es un asesino a sueldo que ha conseguido su plaza de funcionario. Lo mismo se pasea bien vestido por los pasillos de la CIA que se enfunda la pistola con silenciador dispuesto a cepillarse a quién le ordenen o tortura con unos alicates. ¿No es tétrica la normalidad de la relación laboral de Quinn con sus compañeros? La policía o los servicios secretos siempre se han valido de mercenarios o sicarios para desarrollar ciertas operaciones fuera de la ley, pero entendíamos que eran asesinos al margen del estado, trabajadores por cuenta ajena, considerados como quincalla por las propias fuerzas de seguridad –y por todo el mundo-. A partir de ahora vamos a tener que acostumbrarnos a verlos dirigir gabinetes, oficinas y despachos. Como si nada.

DESAGRADABLES NECESARIOS

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Utopia. 2013. Reino Unido. Dir: Dennis Kelly (Creador).

Según el director y guionista David Mamet, el cine negro británico es superior al americano debido a dos factores clave: la ironía y los personajes desagradables. Mamet utiliza un argumento nada desdeñable para contraponer la ironía británica al humor y la malevolencia norteamericanos, fruto de la naturaleza directa de su carácter y su superioridad moral. El pueblo británico fue bombardeado regularmente durante el siglo XX. Que te ataquen o invadan permite desarrollar un cierto sentimiento de humildad y favorece la iniciación de los procesos mentales necesarios para no creerse el ombligo del mundo. Ese fue el origen de su ironía sin límites. Aquí también entendemos algo de eso, tanto de invadir como de ser invadidos; ya he hablado en numerosas ocasiones del tradicional humor funerario ibérico, algo que debería proteger el ministerio de cultura antes de que las fuerzas del ejército bienpensante y los terroristas de la corrección política lo destruyan por completo. Los personajes desagradables son la piedra angular de este tipo de películas; incómodos siempre, en el bien y en el mal; gente que no busca la realización personal a lo largo de la película, personajes caracterizados por su –cito textualmente a Mamet- falta de deseo de complacer. Peña a menudo arisca y ruda, que no vive para irse contigo de cervezas ni abrazarte cuando te ha dejado la novia, que durante la historia quiere algo y se empeña en alcanzarlo a toda costa, abandonando por el camino la idea de convertirse en mejores personas. Personajes de verdad, no muñecos de cartón piedra que emprenden películas-viajes que cambiarán sus creencias acerca de la vida. En este tipo de cine los británicos son expertos. Jessica Hyde quiere los manuscritos de Utopia y punto, no quiere agrandar su dimensión humana.

Pensaba en todo esto durante la última semana mientras veía la serie Utopía, un thriller conspirativo que consta –gracias a dios- de solo seis capítulos de una hora de duración. Parece que todavía queda algo de sentido común entre los creadores de series de televisión y han decidido no torturarnos con historias alargadas a posta, de manera artificial y que son víctimas de sus altos índices de audiencia. La verdad es que las últimas series británicas que he visto –Black Mirror, Sherlock– me han sorprendido gratamente. Confirma la teoría de la calidad; no se conforman con una realización técnica exquisita, aspecto al alcance de muchos, si no que también hay un denodado interés por ofrecer buenas historias, ocurrentes y originales al menos, cosa que ya no está tan a mano de tantos. En Utopia no hay tanta ironía como se pudiera esperar de algo hecho en las islas pero personajes desagradables hay a punta de pala. Con la excepción de Ian –y Becky en menor medida- todos los que aparecen tienen en común una aspereza por encima de la media y casi nunca hacen lo que parece lo más correcto. Hay algunos –como Arby- directamente repulsivos. También el tratamiento de la violencia está exento de conservantes y se digiere mal. Hacía tiempo que no veía una serie con tantos cabrones por fotograma. Bravo por ellos. Viva la gente desagradable.