Etiquetado: 2012

COSAS GUAYS (Primavera 2018)

portada urss

La URSS

No me gustaban mucho.

Debió de ser cuando sacaron Producto, el primer disco suyo que escuché. Yo salvaba aquel trabajo por los textos impregnados de repelente anti-lo de siempre. “Personales”, como dice la crítica musical exprés de las redes cuando el bocado no atraviesa el gaznate a la primera o no le interesa tomarse en serio a sí misma, por incapacidad o dejadez. Recuerdo poner el disco muchas veces, admirar las letras y flagelarme porque la banda no me gustaba lo suficiente. Y tenían que gustarme más. ¡Con ese nombre! Su semejanza (a ratos) con Larsen me impedía disfrutarlos plenamente. A Larsen “los odio” porque compusieron Frontera francesa, emblema que las bandas punks riojanas activas hace veinte años utilizaron para rematar al respetable tras acribillarlo con ráfagas de interminables días en Texas.

Quizás debería concretar qué significa no me gustaban mucho. Al principio, también hace veinte años, ni beber cerveza ni fumar me agradaba demasiado. Intentaré explicarme mejor. Si hiciéramos una media aritmética de los parámetros punks y musicales, La URSS de Producto pasaría el corte de largo, situándose a años luz de la mediocridad. Aquel disco era mucho mejor que la media de discos punks. Sin embargo, yo aún no había entrado a su mundo. No encontraba el acceso. Y creo que los andaluces no habían abierto el portal definitivo a su particular reino, desbrazado el oculto sendero a sus dominios; todavía no habían publicado Sonidos de un derrumbe.

Suena tópico. Es a partir del LP de 2012 cuando La URSS anexiona mi país para siempre. A lo mejor no supe verlo antes. También contribuyó su directo, claro. Y el conocimiento de lo que tienen entre manos. La URSS moldea a placer esa materia punk primigenia; un mineral fácil de extraer, pero cambiante y extraño. Ellos lo conocen a la perfección, cómo reacciona ante los diferentes estímulos, al frío y al calor, a la luz y a la oscuridad; es el material con el que se construye la gramática del punk. Lo refinan, eliminan el rock para levantar un esqueleto antiguo recubierto de nuevas pieles y músculos, nueva carne, novedosos órganos que insuflan vida a una criatura ausente en los bestiarios. Es necesario dominar la sintaxis para identificar los elementos básicos y destruir lo conocido, las piezas que habitan el estilo, para construir lo nuevo. Luego llegó Maravillas del mundo. Más de lo mismo, más perfección y sabiduría.

Como La URSS se empeñan en seguir vivos y sacar discos, ahora acaban de lanzar Nuevo Testamento. Aquí se podría decir que la banda por fin tiene la producción que se merece o que Nuevo Testamento supone su consagración. Yo simplemente veo a una de las mejores bandas de punk recorriendo su camino, publicando discos buenísimos, potenciados por una gráfica exquisita y un discurso magnético. Ellos lo han diseccionado en este artículo, así que no escribiré demasiado del álbum.

Ya sé que soy muy pesado repitiendo siempre el mismo mantra. Me alegra que las bandas que me gustan continúen haciendo discos geniales.

 

El nuevo disco de La Urss se llama Nuevo Testamento y lo ha publicado Humo en España y Todo Destruido y Discos MMM en Estados Unidos.

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COSAS GUAYS (Verano 2017)

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Maybe This

Si te fijas bien en la portada del nuevo álbum de Violets encontrarás las posibles claves de una banda que, a mi juicio, se han convertido en bandera del hardcore melódico actual. Los que me conocen dicen que siempre tiendo a exagerar, y llevan razón; pero al contar historias siempre conviene y mi entusiasmo por aquello que me gusta funciona de este modo, a fuego y sin rehenes. Así que me cortaré y olvidaré lo de mejor disco de —— (rellenar con año, década, la historia…). Pues eso, observen la portada. A la izquierda el Dookie de Green Day, enfrentado al Everything Sucks de Descendents. Abajo, apenas puede leerse Bad Religion en el casete transparente; no consigo descifrar el título ni ampliando la imagen. Parece una sola palabra, así que apostaría todos mis discos de Bad Religion a que se trata del Suffer. En la parte superior han colocado su primer disco de 2012, aquel homónimo e impecable, fresquísimo, conceptual y técnicamente perfecto, en versión vinilo de H-Records. Lo han puesto allí como si quisieran decirnos de qué va la historia; o quizás con la voluntad de conectar su historia con otras. Juegan a ganar con las cartas vistas. Los incunables dispuestos en cruz también podrían ser los puntos cardinales: Violets son el Norte. Los más atentos descubrirán otro disco enterrado bajo el de Descendents. Aunque una estratégica pintura de cera azul tapa el nombre del grupo, reconozco el cincuenta por ciento del Late at Night de Dover. El arroyo subterráneo que irriga la superficie, que permite que florezcan un sonido propio y una personalidad auténtica; si añades el talento necesario para facturar canciones geniales a partir de un conglomerado de sonidos 90’s (grunge, hardcore, pop), el resultado es un disco maravilloso. Maybe This empiedra la senda que la banda abrió en 2012 con aquel disco que hizo plantearme rescatar los patines de las profundidades del trastero.

Gente de bien

Hace unos días vi a Generación Basura, una banda hardcore punk sevillana. Antes de acudir al concierto, había escuchado su recién publicado siete pulgadas; la verdad es que los recordaba más punk rockeros. Cosas de la memoria, en fin. Los andaluces ofrecieron un directo de hardcore dogmático en forma y fondo; así debería ser siempre un concierto de hardcore, enérgico y tan rápido que no te des cuenta ni de cuándo termina. Y es que son un auténtico torbellino de distorsión limpita, estos tipos. La bandera del colectivo Andalucía Über Alles recibía al respetable; la prueba  de que en el sur -en contra de lo que creen muchos- existe una escena fuerte y rica, con bandas de un nivel alucinante que resquebrajan el ombliguismo norteño. Recomiendo escuchar su nuevo single, seis temas con duración máxima de dos minutos, como manda el manual de instrucciones hardcoreta: canciones como Gente de bien, Los ciclistas de Satanás o Deben morirse te engancharán desde la primera escucha.

DEMOFRIKATIZACIÓN

truedetective

¿Por qué tus padres quieren pasar las vacaciones en Carcosa? ¿Con qué fin ha cambiado tu novia las clases de inglés por las de valyrio? ¿Es la extinción del ser humano la única solución a este mundo? El éxito de Juego de Tronos y True Detective ha emborronado la línea existente entre lo convencional y lo marginal. Quizás sea temprano para dilucidar si se trata de la definitiva consagración friki o un asalto motivado únicamente por crueles modas pasajeras. A pesar de la banalización que ha sufrido el término en los últimos años –ahora se le llama friki a cualquiera-, los poderes fácticos del frikismo, la línea dura, los de la fantasía épica, la espada y la brujería, han triunfado; contemplan su temporal victoria satisfechos a la par que recelosos del monstruo liberado del ostracismo que, sin control, arremete contra los gustos mayoritarios cual Godzilla arrasando Tokio. Dejando al margen las siempre caprichosas preferencias de los espectadores y el hecho de que Juego de Tronos sea una superproducción (ahí reside su éxito, en parte), los creadores de la serie han conseguido encandilar al gran público que habita entre dos barrios antagónicos: el tradicional purismo aislacionista friki y la postura condescendiente y paternalista del anti-friki. Si exceptuamos a Tolkien, pocos han sido los escritores de épica famosos o reconocidos; siempre han revoloteado en los márgenes de la literatura bien considerada o seria, parecían misteriosos eremitas que sólo importaban a un minúsculo grupo de fans irredentos. La primera vez que oí hablar de Juego de Tronos fue hace cinco o seis años, cuando un colega bastante leído me aconsejó la novela Canción de Hielo y Fuego (por aquel entonces ni siquiera él me hablaba de Juego de Tronos). Le comuniqué que hacía muchos años que no leía fantasía, quizás desde las Crónicas de Elric de Melniboné que me fulminé en la adolescencia; ambos coincidimos en que su autor Michael Moorcock era uno de los grandes, no sólo de la literatura épica sino de la literatura en general. No le hice caso, no leí su recomendación porque me daba pereza sumergirme en un nuevo mundo fantástico, y ahora que me he convertido en un adicto a la serie, me apena no haberlo hecho para poder emprender otra de las grandes tareas a las que se dedican los friquis; comparar la versión literaria y cinematográfica para humillarla. Como ven, la jugada de la HBO ha sido maestra; reciclar para el público televisivo una serie de novelas con muchas posibilidades confinada a un rincón lejano de la cultura. La otra serie triunfadora, True Detective, ha seguido el mismo proceso pero de un modo mucho más sutil. Tras una historia detectivesca más o menos tradicional, su autor Nic Pizzolatto ha soterrado una serie de señales muy reconocibles para los seguidores del terror americano que se vertebran gracias al policía Rust Cohle. Son pistas que los lectores de Lovecraft podrán reconocer prácticamente de inmediato. Creo que su éxito se debe no sólo a que está magníficamente rodada y a las excelentes interpretaciones de Matthew McConaughey y Woody Harrelson, sino que el propio guión de la serie, impregnado de un perfume mezcla del terror gótico clásico americano y el fascinante mundo de los Mitos de Cthulhu del escritor de Providence, ha hechizado a la gran mayoría que seguramente los desconocía y jamás hubiese leído ni una sola línea de En las montañas de la locura –por poner un ejemplo-. Quizás sólo sean cosas mías y todo esto no tenga nada que ver, tal vez sea fruto de la casualidad,  pero da la sensación de que los exploradores de Hoollywood están inmersos en nuevos lugares poco transitados, espoleados por la ambición de conseguir nuevas historias, aunque esto conlleve acudir a sitios marginados. El virus de la cultura de baratillo se ha extendido. La revancha friki ha comenzado.

OFICINAS ASESINAS

Quinn

Antes de volver a la normalidad en su querido espacio -han sido casi dos meses de sequía bloguera- debo disculparme por despedirme de ustedes así, a la francesa y no informar de mi posición en ningún momento. Como ven, sigo vivo, pueden acostarse tranquilos y dejar de rezar por mi alma. Y no, mi enigmática desaparición no se debe a un vulgar ataque de pereza; he estado acabando un relatillo largo o una novelita corta –según se mire-, un cabo que llevaba suelto mucho tiempo, me impedía vivir sin remordimientos y que decidí amarrar definitivamente. En estos cuarenta días han sucedido montones de cosas, funestas la mayoría; el gobierno ha elaborado una ley que nos obliga a tatuarnos el DNI en la frente y a poner la chaqueta sobre los charcos al paso de nuestras excelsos políticos y su cohorte de antidisturbios en formación de tortuga; aprobó, también, una nueva ley educativa con aire eclesial y cavernario. A pesar de mantenerme un poco desconectado, no he podido desengancharme del tema estrella, las cuchillas de la valla de Melilla, rebautizadas con un simpático nombre de orden de monjitas piadosas, las Hermanas Concertinas. El torrente de disparates ha sido mayúsculo. Unos querían mantener el muro a raya con drones (¡) porque los vigilantes se quejaban de tener que desenredar cadáveres desangrados. El gobierno ha encargado muchos informes a expertos de la TIA y, a estas alturas, estarán debatiendo qué clase de ingenio puede contener la avalancha de inmigrantes. Probablemente hayan comenzado a construir el foso con cocodrilos.

También he vuelto a ver cine y a retomar una serie que tenía pendiente; Homeland. No había visto ningún episodio de su tercera temporada y mientras escribo estas líneas ya me he calzado media docena en un par de noches. Homeland me provoca sensaciones de varios tipos; me gusta mucho, me parece interesante no solo por lo atractivo de los personajes –sobre todo Carrie Mathison, increíble Claire Danes- o la magnética trama de espionaje. Es curioso cómo los Estados Unidos elaboran ficción de su historia casi al mismo tiempo que los hechos suceden y pienso en lo difícil que sería realizar algo así aquí. Homeland también me deprime. No consigo ver la heroicidad de matar a las personas a través de una pantalla, qué quieren que les diga. Esos despachos atestados de secretarias y burócratas asesinos, celebrando las eliminaciones a través de la cámara como goles de su equipo de fútbol. Sabemos que es así, todos vimos la fotografía de Obama y su gabinete mientras contemplaban la retransmisión del asesinato de Bin Laden a cargo de los Navy SEAL o algún cuerpo similar. El elemento más nocivo de toda esta montaña de basura es el personaje de Peter Quinn. O más bien su cargo. Quinn es un asesino a sueldo que ha conseguido su plaza de funcionario. Lo mismo se pasea bien vestido por los pasillos de la CIA que se enfunda la pistola con silenciador dispuesto a cepillarse a quién le ordenen o tortura con unos alicates. ¿No es tétrica la normalidad de la relación laboral de Quinn con sus compañeros? La policía o los servicios secretos siempre se han valido de mercenarios o sicarios para desarrollar ciertas operaciones fuera de la ley, pero entendíamos que eran asesinos al margen del estado, trabajadores por cuenta ajena, considerados como quincalla por las propias fuerzas de seguridad –y por todo el mundo-. A partir de ahora vamos a tener que acostumbrarnos a verlos dirigir gabinetes, oficinas y despachos. Como si nada.

BERBERIAN SOUND STUDIO (Peter Strickland, 2012)

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Berberian Sound Studio. 2012. Reino Unido. Dir: Peter Strickland.

He comprobado que la última vez fue el pasado dieciséis de marzo; lo siento pero ya tocaba. Los cuatro inconscientes que siguen este espacio desde sus inicios conocen mi filia más antigua y asentada: el cine de terror. Como todas las pasiones, esta comenzó cuando era muy joven, al ver Psicosis con mi madre y mi tía, verdaderas fanáticas de Hitchcock; mi madre y su hermana jamás pronunciaron bien su nombre y se referían a él como el inglés. El careto de lunático de Anthony Perkins quedó grabado a fuego en mi inconsciente y por las noches solía aparecérseme, interrumpiendo mi sueño y provocándome terribles pesadillas, tembleques interminables y sudores antárticos. A veces se escondía en un armario, el cabrón, cuchillo en ristre, con su bata de boatiné y su peluca; otras debajo de la cama, tras la cortina de la ducha, nada era seguro, en cualquier lugar podría esconderse Norman Bates, tal era su afán por hacerme picadillo. Sin embargo, esta sensación de tensión constante me gustó demasiado, enseguida devoré la mayoría de películas de el inglés, y luego muchas más, sin freno; este contacto con el género terrorífico supuso uno de los primeros sillares del palacio de adicciones cinematográficas en el que ahora vivo. Dentro del cine oscuro, una de mis debilidades es el giallo italiano, de ahí mi disculpa inicial; anualmente tengo recaídas en mi enfermedad y –si no hay nadie a mi alrededor que lo impida- me apalanco entre pecho y espalda dosis altísimas de guantes de cuero negro, gritos de bellas muchachas, largos planos subjetivos, colorines y asesinatos manieristas. Vayan acostumbrándose, no lo puedo evitar, me temo que de esto no se sale tan fácil. He vuelto a ver algunos antiguos, ya clásicos, como Rojo Oscuro, Suspiria, Tenebre o Seis mujeres para el asesino; también algunos -como Torso de Sergio Martino o La casa de las ventanas que ríen de Pupi Avati- que desconocía y me han parecido excepcionales. Y más: Siete notas en negro de Lucio Fulci, ¿Qué habéis hecho con Solange? de Massimo Dallamano, el reciente Masks del alemán Andreas Marschall y una fina pieza de bisutería con ínfulas de joya llamada Berberian Sound Studio.

Berberian Sound Studio cuenta la historia de un técnico inglés que es contratado para revisar la banda sonora de un giallo en dicho estudio de sonido, emblemático italiano al producirse allí la mayoría de estos filmes. Con gran rotundidad visual, Peter Strickland elabora un cuidadoso homenaje –por momentos casi documental- a los trucos de sonido, a los presupuestos bajos y a un género ya desaparecido. Una película arqueológica y de estética total cuya única contrapartida es la necesidad de conocer los engranajes que sostienen el subgénero. No estoy seguro de que alguien profano en el terror transalpino la disfrute de igual modo que alguien bien avezado. Por lo demás, una película a veces tramposa –como sus referentes- pero diferente, absolutamente personal y fuera de todo.

SALVAJES

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Savages. 2012. Estados Unidos. Dir: Oliver Stone.

Quizá sea porque sigo las andanzas de Walter White en Breaking Bad, una serie de calidad ascendente en todos los aspectos. Esa lucha por la meta en el árido Nuevo México me atrapó unos meses atrás y ahora, cuando veo alguna película en la que se intuye la temática fronteriza mexicano-estadounidense, pues la relaciono y asemejo a la protagonizada por el señor Heisenberg sin quererlo, aunque tengan poco o nada que ver, normalmente con resultados poco favorables hacia ellas. Sé que es injusto, por eso intento sacudirme de la cabeza la idea y valorar Salvajes de Oliver Stone de una manera más autónoma y sin patrones, sin contaminarla por mis preferencias. La voz en off inicial de Blake Lively nos presenta a sus dos novios-amantes, un resoluto exmarine  y un hippy rodeado de trascendencia. Además del amor de Blake Lively, ambos comparten un imperio de la droga. La abusiva utilización de la voz en off convierte esta introducción a la historia en un soberano aburrimiento, un tostón que relata la existencia chic que llevan los tres protagonistas, cómo viven felices en su mansión de Laguna Beach. La vida de estos tres personajes no me ha despertado el mínimo interés, y después, aunque la historia se anima acción mediante, el carácter inverosímil de muchas partes del guión la debilita más si cabe. La guerra entre el cartel mexicano y la organización de nuestros protagonistas tiene puntos ciegos en su argumento, haciéndola poco creíble. Los conflictos a los que hacen frente los protagonistas no adquieren una profundidad respetable y son, a mi juicio, bastante frágiles, infantiles a veces. Tampoco entiendo muy bien la imagen guay de estos tipos; dos grandes narcotraficantes con la capacidad de enfrentarse a un cartel de la droga. Pero son americanos; su amor hacia Blake es infinito y harán lo que sea por recuperarla. No hay tantas diferencias con un cartel mexicano después de todo.  ¿Sólo importa la escala del negocio, no lo que moralmente implique?

DANS LA MAISON (François Ozon, 2012)

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Dans la maison. 2012. Francia. Dir: François Ozon.

Veinte años después de su baile en el crucero de Bitter Moon (Roman Polanski, 1992), Emmanuelle Seigner y Kristin Scott Thomas comparten de nuevo la pantalla alejadas de aquella turbia historia junto a Peter Coyote y Hugh Grant en la nueva película de François Ozon, Dans la maison, adaptación de una obra teatral de Juan Mayorga. Claude es un chaval que mediante la excusa de enseñar matemáticas a su amigo, comienza a frecuentar su casa con la intención de seducir a su madre. Mientras, da por escrito cuenta  de ello a su profesor de literatura. La historia es formidable; Ozon ha hecho una película estupenda sobre un guión magnífico, las tres narraciones diferentes de la misma historia de Claude García rozan la perfección y consigue que los espectadores tengamos la misma necesidad de saber de la incursión familiar de Claude que sus protagonistas, el profesor Germain y su mujer. La historia se articula en tres espacios diferenciados; la casa de los Rapha, donde ocurren los hechos, el origen del relato; el instituto, el enlace entre Claude y Germain, donde el primero le entrega el relato por entregas al segundo; la casa de Germain, donde el relato se comparte con Jeanne, la esposa de Germain, se analiza y se elucubra sobre la posible deriva de los acontecimientos o cómo la realidad debería ser. Es curioso que a través de la novelada estancia de Claude en el hogar de los Rapha, a Jeanne los personajes se le muestran como pura ficción. Incluso comienza a interesarle la figura de Claude. El tratamiento cómico es muy delicado durante todo el film aunque en el último tercio se dramatiza considerablemente. Los actores están tremendos; Fabrice Luchini borda a un profesor de literatura con ramalazos de Woody Allen, Emmanuelle Seigner brilla como la atractiva mujer de clase media, Kristin Scott Thomas es una inteligente galerista de arte contemporáneo. Comedia al límite y misterio incesante alrededor de una historia turbia que Ozon sabe estructurar de manera sobresaliente.