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ALAMAR (Pedro González-Rubio, 2009)

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Alamar. 2009. México. Dir: Pedro González-Rubio.

Dan ganas de marcharse para allí, al atolón de Banco Chinchorro en México y vivir pescando barracudas en aquélla planicie turquesa. Aunque no hayas pescado en tu vida –es mi caso-, Pedro González-Rubio sabe ilustrar las bondades de un modo de vida fuera de nuestro tiempo, antiguo, casi prehistórico; Banco Chinchorro no parece que esté en la Tierra; es curioso que algo tan representativo de lo que llamamos planeta azul se nos antoje tan lejano. Nos sentimos más vinculados a la rotonda del Coliseo, en Roma, seguramente uno de los mayores avisperos de tráfico que haya presenciado nunca. Roberta Palombini no puede vivir allí, sin embargo. Concibió Banco Chinchorro como un eclipse o alineación de planetas, vinculados siempre a acontecimientos importantes. O catástrofes. Y de aquella existencia, de aquél viaje resultó Natan. Llama la atención el cambio de mentalidad que sufrimos al realizar un viaje; ya no somos nosotros. Como si montarnos en un avión o un autobús para llegar a algún lugar más o menos lejano supusiera pulsar el botón de reset de nuestro cotidiano deambular. Por eso hay una mezcla de adrenalina y miedo en las largas travesías; no es sólo miedo a los accidentes aéreos o de tráfico, es miedo a desaparecer de otra forma. A encontrar otra cosa, cual sea, y estar predispuesto a ella. Imagino que Roberta Palombini vivió su verano del amor junto a Jorge Machado, el autóctono salvaje. Imposible no enamorarse de él, del hombre primitivo, el primer hombre, si has nacido en occidente y viajas a Banco Chinchorro, un lugar que, como ya hemos dicho, no es la Tierra. Natan vive junto a su padre, otro viaje que seguro le dejará honda cicatriz. Y llora al largarse de aquél paraíso. Después de ver Alamar, una película-documental-alegato muy bien hecha, solo queda la pregunta del aguafiestas; ¿es real Banco Chinchorro? ¿Seguro que aquello no es un infierno de turistas? ¿Todavía prevalece el tranquilo modo de vida de los lugareños? ¿No nos estará engañando un poco Pedro González-Rubio?

Publicado en Fuerza Vital.

LOS DOS ESCOBAR

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The Two Escobars. 2010. Estados Unidos / Colombia. Dir: Jeff Zimbalist / Michael Zimbalist.

Todo el mundo sabe que arte y deporte no se llevan bien. A causa de alguna antigua tradición desconocida –al menos para mí- podemos afirmar con rotundidad que son excluyentes. O que nunca han estado, respectivamente, a la altura. Ignoro si tal hecho está relacionado con la extendida concepción romántica de artista, aquélla que hunde sus raíces en pleno siglo XIX y que todavía podemos rastrear hoy, una idea compartida igualmente por personas ajenas al arte como por numerosos artistas o aprendices de; el ser atormentado cuyo único motor existencial es su creatividad o talento. Añádanse unos toques de marginalidad, esquizofrenia y vicio para acabar el cliché. Un individualismo total que aleja al artista de los divertimentos del populacho situándolo un escaloncito por encima. El deportista y el artista se convierten casi sin darse cuenta en figuras antagónicas. En el cine las sensaciones no son muy diferentes a pesar de compartir con el deporte su carácter popular. Con la excepción del boxeo, cuesta ver alguna película decente sobre casi cualquier disciplina deportiva; la última que me sorprendió fue la fantástica Moneyball, cuya calidad ilumina las sombras que puedan desprenderse de un deporte tan lejano a nuestros ojos como es el béisbol. Si hablamos de fútbol, uno de los deportes que más atención acaparan entre la población mundial, el cine le ha hecho flaco favor. No existe una película buena sobre fútbol, sólo tonterías entretenidas –Evasión o victoria– en el mejor de los casos, porque del resto es mejor abstenerse. Una lanza he de romper a favor de The Damned United, la última película sobre fútbol que he visto y que, sin ser buena, sí que es interesante y posee cierto atractivo. Pero lo demás, ya saben; Goal 3 y demás patraña.

The Two Escobars  narra las conexiones entre narcotráfico y fútbol en Colombia durante las décadas de los ochenta y noventa, a través de la vida del capo máximo del cártel de Medellín, Pablo Escobar, y del capitán de la selección colombiana de fútbol, Andrés Escobar. El documental explica el advenimiento mundial del fútbol colombiano como un proceso indivisible del auge de los cárteles de la droga que comenzaron a lavar importantes sumas de dinero a través de los clubes más importantes del país: el Nacional de Medellín, propiedad de Escobar, y el América de Cali, de cuya gestión se encargaba la organización criminal de dicha ciudad. Los éxitos deportivos no tardaron en llegar espoleados por los narcodólares: Nacional levantó la copa Libertadores en 1989 y América quedó subcampeón tres años consecutivos (1985-1987). Los testimonios del técnico ‘Pacho’ Maturana y de los protagonistas de aquélla selección colombiana llamada a ganar la copa del mundo de 1994 son ambiguos respecto a la figura de Pablo Escobar; no es fácil digerir que tu padrino deportivo sea un tipo al que se le atribuyen miles de asesinatos. Sin embargo fútbol y marginalidad siempre han maridado bien –por encima de marginalidad y arte- así que no es de extrañar que muchos futbolistas que, como René Higuita, crecieron jugando en los campos de fútbol construidos por Pablo Escobar en los suburbios, dejen entrever en sus declaraciones que en el fondo, le deben algo. Una preocupación narco-social que el gobierno colombiano pasó por alto y que encendió la chispa de un fervor fanático hacia la figura del criminal colombiano por parte de los pobres, de los que sobran. También me ha llamado la atención otra cuestión, ni cinematográfica ni futbolística: es sobrecogedor contemplar cómo criminales procedentes de ambientes muy humildes, sin demasiado tiempo para el estudio y la sacrosanta formación permanente, se expresan con mayor claridad y corrección que cualquier político o personalidad pública española. Espectacular.

RETABLOS

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A Single Man. 2009. Estados Unidos. Dir: Tom Ford.

Hace unas semanas comenté el peligro que la masa representa, no sólo para la libertad de los individuos sino para cualquier heterodoxia que la desafíe e intente abrir nuevos caminos al margen del pensamiento unidireccional. Ponía como ejemplo la espléndida película de Delbert Mann, Marty, en la que a Ernest Borgnine le toca lidiar con su círculo de amigos, familia y sociedad; una pugna agotadora contra un púgil incansable, la semilla de la tradición absurda que a todos nos han sembrado en nuestras cabezas. Que germine o no depende de nosotros y de nuestra capacidad reflexiva. Es curioso como a George Falconer le invaden las mismas cuitas en A single man, el debut en la dirección de Tom Ford. Falconer es un profesor universitario bien situado al que la reciente muerte de su pareja y amante Jim aflige hasta transformarle en un suicida insomne y melancólico. Al contrario que en el caso de  Marty, cuyo aspecto rudo y no demasiado agraciado se entiende como un inconveniente más a la hora de relacionarse en sociedad, el profesor Falconer es un tipo apuesto, bien parecido. Su homosexualidad se ha tornado invisible por obligación. En realidad no sé por qué me ha recordado a Marty; quizás tenga que ver el hecho de que (a su manera) son dos tipos que han llegado prácticamente a la misma conclusión desde puertos distintos. Un currela italo-americano de Nueva York y el londinense cultivado de trato exquisito.

La película es un anuncio de televisión. Un spot publicitario elaborado con elegancia -eso sí-, de perfumes caros en envases que desafían la física y  no puedes guardar en ninguna estantería. Tom Ford recorta la historia y la fragmenta; partiendo del detalle hacia la realidad general hilvana una narración interesante y visualmente efectiva. El problema es que  seleccionadas secuencias (también el tono general de la película se resiente) funcionan como un retablo barroco televisivo; todo está medido y manoseado, relamido; me ha parecido cursi en ciertos momentos. En su afán preciosista, Ford ha dotado a la película de un aire cargante y, en mi opinión, contraproducente. Como cuando ves un dibujo impactante pero de rigidez absoluta. Da rabia porque el dibujo es genial, lo que ocurre es que le falta vida, frescura. A pesar de todo, la película es entretenida y es un más que digno debut. La interpretación de Colin Firth es asombrosa, articula y da sentido a la historia. La hace convincente.

GUERRA EN LA NIEVE

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Dead Snow (Dod Sno). 2009. Noruega. Dir: Tommy Wirkola.

En 1940 Alemania invade Noruega y coloca un gobierno títere encabezado por el líder del partido fascista noruego que se mantendrá en el poder durante los cinco años siguientes. Durante el lustro nazi, la población noruega, en su mayoría contraria a los ideales del Reich, sufre los consabidos atropellos derivados de cualquier tipo de ocupación; principalmente la organización de levas de trabajadores forzosos para construir fortalezas marítimas y blindar un punto estratégico clave en el desarrollo de la guerra en el Ártico o prevenir un futuro desembarco aliado. Hace un par de años, Tommy Wirkola escribe y dirige Dead Snow, película que se estrenó aquí con el descriptivo título de Zombis Nazis. La cinta juega con los lugares comunes a cualquier cinta de terror; una cabaña alejada de la civilización, un grupo de colegas dispuestos a pasar un fin de semana memorable, un bosque tenebroso, el monstruo o peligro de rigor y el famoso personaje que denomino viejo cthulhiano*. En este punto, al decidir qué tormento sufrirían los protagonistas, es donde Wirkola demostró su inteligencia. Lo digo sin ánimo de enaltecer la figura del director; Dead Snow no es una buena película. No estamos hablando de eso. Wirkola introduce un homenaje a la serie B con infinitas referencias a clásicos del género en un contexto histórico preciso y decisivo para un país. Puede ser una mera frivolidad sin intención alguna pero también es posible mirarla con otros ojos. Un pasado criminal que vuelve, del que hay que defenderse como sea. En un momento del film, uno de los protagonistas cruza la hoz y el martillo que porta antes de cargar contra la patrulla viviente y otra vez estamos en 1945, cuando los rusos penetran por el norte de Noruega. Historia-ficción zombi. No paro de darle vueltas a la cabeza y pensar en las dificultades de realizar algo similar aquí. No se si en Noruega el pasado ha sufrido las mismas manipulaciones que en España; por lo menos no arrastra las consecuencias de cuarenta años de dictadura. Imagínenselo; Una, grande y zombi, como dijo un buen amigo mío.

* Viejo cthulhiano: Dícese del personaje, normalmente misterioso y de edad avanzada, que alerta a los protagonistas de los peligros que van a encontrarse. Son comunes frases suyas como “no vayáis por ese camino”, “allí ocurrió algo terrible”o “¿por qué venís aquí?”. También puede ser una mujer, en cuyo caso se cambiará por la forma femenina “vieja cthulhiana”. Se caracteriza, además de por enviar mensajes crípticos, por su clarividencia, don que apreciaremos a medida que avanza la película.

STARGATE (Roland Emmerich, 1994)

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Stargate. 1994. Estados Unidos. Dir: Roland Emmerich.

Hace muchísimos años había un programa de televisión – Misterios sin resolver creo que se llamaba- encargado de sacar a la luz los enigmas de la historia de la humanidad que la Comisión Trilateral, el club Bilderberg  o los Illuminati, mediante sus tentáculos extendidos  entre los mecanismos de poder internacionales, nos ocultan deliberadamente. Entre los temas más activos y recurrentes se encontraban el triángulo de las Bermudas, rebuscadas conspiraciones político-espaciales, áreas militares restringidas en desiertos de Nuevo México que custodian peligrosos secretos, nazis que buscaron el anillo de los nibelungos y la Atlántida en Tenerife y, por encima de todos ellos, el asunto rey de reyes: los proféticos finales del mundo narrados por Nostradamus o por quién sea. Como el tema es un bucle y contiene cierto atractivo aun a sabiendas de que todas estas teorías constituyen un batiburrillo tremendo, los programas actuales herederos de Misterios sin resolver logran elevadas cotas de audiencia y las revistas que todos conocemos –aquellas con portadas que recuerdan a los cuadros que se pintan a spray en Benidorm- siguen en los kioskos desde tiempos inmemoriales. Roland Emmerich debe estar al corriente de algo que los simples mortales desconocemos pues ya son numerosas sus internadas cinematográficas apocalípticas: The day after tomorrow (2004),  el cataclismo cercano 2012 (2009) sin olvidar otras en las que si bien los humanos no se extinguen sí que somos amenazados por horrores sobrenaturales –Godzilla (1998)- o peligrosos extraterrestres –Independence Day (1996)- que quieren reducirnos a cenizas. En 1994 el director alemán dirigió Stargate, una película de ciencia ficción muy discreta con producción y efectos especiales por todo lo alto que inscribe su argumento en otro de los pilares básicos de lo esotérico-conspirativo; la conexión entre civilizaciones antiguas y supuestos entes procedentes de lejanas galaxias que les ayudaron a construir monumentos enormes merced a sus inteligencias superiores, para luego abandonar la Tierra y no regresar nunca más. Kurt Russell es un atormentado coronel del ejército estadounidense con peinado marcial Duke Nukem al que le encargan la extraña misión de descubrir si existen más mundos además del nuestro (¿?). Le acompaña en la misión James Spader (la pluma) interpretando a un egiptólogo que hace de contrapeso del personaje de Russell (la espada). Un puñado de soldados con nombres tan representativos de los Estados Unidos como Kawalski, Ferotti, Brown y Reilly (uno de ellos es negro) les acompañan en la peligrosa aventura. La cinta es absolutamente fácil en el peor de los sentidos y los nuevos mundos que retrata recuerdan más al popular Ganímedes, capital Raticulín tan repetido en los programas de telebasura de los noventa que a las –se supone- exóticas civilizaciones que pueblan las postrimerías de la Vía Láctea, la constelación Orión o vaya usted a saber.

Publicado en la revista Fuerza Vital.

EL CARAMELO TÓXICO

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The Girl With The Dragon Tatoo. 2011. Estados Unidos. Dir: David Fincher.

En un capítulo de Breaking Bad Jesse Pinkman le pregunta a su novieta, la malograda Jane, cuáles fueron los motivos que llevaron a la artista Georgia O’keeffe a pintar la misma puerta de su casa doce veces. Jane responde que las cosas no son nunca lo mismo, que cambian dependiendo de la luz que incida en el objeto, del momento del día en que nos encontremos o del siempre variable estado de ánimo del artista. No existen dos cuadros iguales con el mismo modelo. Pinkman –que durante la serie ha demostrado cierta creatividad- solo entiende la repetición como una escalada a lo perfecto, para culminar un proceso artístico, para mejorar la técnica y mermar las diferencias entre la puerta de óleo y la puerta real; menosprecia el proceso creativo y además no encuentra en la pintura de O’keeffe ni rastro de las vaginas que Jane había mencionado. Un gran chasco de exposición para Jesse.

David Fincher aborda la saga Millennium de Stieg Larsson y la dota del empaque habitual de sus películas. Los títulos de crédito son apabullantes, recuerdan a los de la saga 007 pero mucho más revolucionados, frenéticos, al ritmo de música machacona. Fincher ha insertado la historia en una Suecia neblinosa, etérea, impermeable; la mansión Vanger, pozo de maldad insondable, la negrura bajo la epidermis helada, tranquila y resplandeciente. La isla Vanger conectada con la realidad a través de un único acceso; el puente-embudo por donde hay que pasar obligatoriamente, transigir. El director americano ha hecho suya la historia, no nos ha marcado la senda con un cartel luminoso como Niels Arden Oplev en su versión de 2009, donde expuso la tesis mantenida por muchos autores de novela negra nórdica: el nazismo subterráneo que carcome Escandinavia. El director americano lo insinúa pero prefiere centrarse en la propia encarnación del mal más que en su adscripción política. El elemento articulador del film, de la historia, sigue siendo Lisbeth Salander, interpretada de manera inmejorable en esta ocasión por Rooney Mara. Magnífica. La anti-diva de apariencia extremadamente frágil, comestible para la legión de aprovechados que encuentra en su camino. El caramelo envenenado de punk, humillación y justicia.

ESA BRUJA MALA

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Chloe. 2009. Canadá. Dir: Atom Egoyan.

Chloe es una chica guapísima que recorre Toronto en bicicleta desafiando al gélido invierno que abofetea la ciudad cada año. Hay placas de hielo en las aceras y la nieve cae lenta pero constantemente; la gente está acostumbrada a convivir con ello y la actividad en las calles del centro no cesa. Es una imagen entrañable si estás sentado tras los ventanales de un café bebiendo tranquilamente de una taza caliente; hay otros puntos de vista pero yo prefiero éste.  Además de ciclista inconsciente y kamikaze, Chloe es prostituta. Un remake de prostituta. Recorre los hoteles selectos de la ciudad, los de fachada neoclásica y cristalera hasta la azotea, ofreciendo un servicio personalizado a los posibles clientes. Chloe, porque creemos en las personas, creemos en ti. O mejor aún: Chloe, convertimos en arte las transacciones económicas. Hay enigma y misterio, cincelado muy bien, siguiendo el libro de instrucciones que está en francés, pero no hay sorpresa ni nada que  haga revolvernos en la butaca para sacudirnos el frío canadiense.  Nieva sobre mojado en Toronto, en Chloe y en Atom Egoyan. El mayor atractivo reside en la reivindicación de la serena belleza de Julianne Moore que Egoyan ilustra de manera delicada frente a la juvenil agresividad del hermoso rostro de Amanda Seygfried. Una pena que luego se diluya entre las efervescencias del thriller erótico más plano y predecible. Chloe tiene cualidades diabólicas. Una mala maquiavélica que emponzoña todo en lo que se inmiscuye. Fíjate como el hijo de Julianne Moore, que toca el piano como los ángeles, al mezclarse con Chloe le falta el tiempo para echarle la manta por encima al Steinway del salón y abrazar una perversa guitarra eléctrica. Un par de revolcones más con Chloe y le veremos abrazando a los dioses del metal, disco de los Venom bajo el brazo y recitando, al revés, misivas amorosas sadomasoquistas. Ya te vale, Chloe.