Etiquetado: 2002

TRINIDAD

foto-no-habra-paz-para-los-malvados

No habrá paz para los malvados. 2011. España. Dir: Enrique Urbizu.

El tándem Urbizu-Gaztambide vuelve a la palestra después de La caja 507 y La vida mancha, dos películas que constituyen sendos ejercicios de sobriedad narrativa, estilo y conocimiento cinematográfico envidiables; un sólido y sorprendente thriller de regusto clásico y una historia de amor con mayúsculas, de las que hay que concebir de manera delicada y armarse de valor para hacer. En todas ellas –incluida la novísima No habrá paz para los malvados– José Coronado constituye la piedra angular, el tercer lado del triángulo para convertir el tándem en trinidad; quizás no tanto en La caja 507 donde interpreta al retirado jefe de la policía Rafael Mazas, pero su importancia es incuestionable en La vida mancha y en el último estreno que nos ocupa. En No habrá… Coronado da vida al inspector Santos Trinidad, un policía rudo acostumbrado a desenvolverse en la más completa oscuridad criminal. La película arranca espléndida; cámara testigo del descenso al infierno de Coronado. Una noche tonta que se va de madre como la de William H. Macy en Edmond de Stuart Gordon. Un tipo normal que en cuestión de minutos decide –no sabe por qué- reducir las personas a escabeche. Trinidad, sin embargo, tiene un fin ulterior, una luz casi desvanecida que sigue a duras penas. Hay dos caminos por los que la película transcurre; la cámara testigo de Trinidad y la cámara legal que retrata a Leiva y a la juez Chacón. Urbizu crea un ambiente creíble pre 11-M, una historia sólida que se sostiene gracias a la gran interpretación de Coronado y al convincente resto del reparto. Quizás el tramo central de idas y venidas de Trinidad por diferentes espacios resulte un embrollo que puede despistar. El film va de más a menos, pero sin salirse de tiesto en ningún momento y, después de verla, me pregunto por qué tarda tanto en hacer Urbizu una película. Se echa de menos la honestidad de su cine.

Anuncios

PEQUEÑA HISTORIA DE UN LUGAR (II)

thewire2

The Wire. 2002-2008. Estados Unidos. Creador: David Simon.

Finaliza el último episodio de The Wire y se apodera de mí una desazón dolorosa, la tristeza del último bocado de la tarta exquisita. Llega el asedio de cuestiones que había pospuesto mientras la veía, cuestiones de magna importancia. ¿Qué hacer cuando acaba? ¿Cómo suplir las dos horas nocturnas que tantas satisfacciones me han reportado durante los últimos tres meses? Y la principal: ¿Existe algún sucedáneo con el que perder el tiempo de manera igual de gustosa?

Es sorprendente cómo puedes añorar a unos grandísimos hijos de puta. Me ocurre con McNulty y Kima, con Daniels y Bunk, con Omar. Incluso con esa tonelada de repelús llamada Jay. El polaco –Prez- de nombre impronunciable que protagoniza una insólita evolución desde su nauseabunda aparición al principio de la serie a su reconciliación total en el ocaso. La siniestra pareja formada por el gigante Chris y la andrógina Snoop, que son la muerte en Baltimore y que me recuerdan a aquéllos ejecutores de los cómics de Sin City, el Gordo y el Enano pero en situación invertida. Si los matones de la ciudad del pecado amenizaban su trabajo de funeraria fuera de la ley pronunciando extensos discursos, los sicarios del capo Marlo son su imagen en negativo; apenas utilizan unas palabras para introducir lo que va a acontecer, puesto que la desdichada víctima conoce el destino de los que se cruzan en el camino de la pareja del farol y la pistola de clavos. El gran tapiz The Wire enlaza las hebras de la vida, de las personas, sus relaciones y su complejidad;  los seres humanos y su condición, más allá de si les ha tocado lidiar al margen de la legalidad; los malvados trajeados y el paria de gran corazón. Y viceversa. Un recorrido subterráneo que atraviesa todos los estamentos de Baltimore, desde los peligrosos guetos este y oeste a los encerados suelos del ayuntamiento y exhibe la doblez de muchos de sus habitantes sin rubor; hipocresía cómodamente instalada en sus (nuestros) quehaceres cotidianos cuyas consecuencias –a menudo horrendas- dependen del poder que dispongan (dispongamos). Doblez que el comandante Colvin explica al alcalde Carcetti mientras le muestra los bajos fondos de la ciudad. Colvin echa de menos al propietario de la funeraria del barrio pese a tratarse de un racista manifiesto que no abandonaría su oficio hasta enterrar al último negro del vecindario. Colvin (que es negro y antiguo inquilino de la barriada) cuenta que le respetaba en cierto modo, que al menos su pensamiento era translúcido y podían adivinarse sus intenciones independientemente de lo penosas que fueran. “Al menos era honesto”, confiesa el comandante fijando la mirada de Carcetti, “no como ustedes”. La imagen sin principio ni fin, los políticos bailando al son de la gramola circunstancial.

PEQUEÑA HISTORIA DE UN LUGAR (I)

the-wire

The Wire. 2002-2008. Estados Unidos. Creador: David Simon.

Al principio, cuando me recomendaron The Wire, no podía imaginar que se trataba de algo así, de una obra tan completa, rica y endiabladamente entretenida. La culpa de no empaparme de ella antes es sólo mía, lo reconozco; muchos amigos serie-adictos me habían instado a que la viese lo más rápidamente posible, incluso alguno clamaba que cómo podía vivir sin ver The Wire. El único problema que encontraba a The Wire (no es que dudara del gusto de mis amigos) era su formato serie. No acostumbro a ver muchas, nunca me he enganchado a ninguna y hay tantas, que no consigo aclararme ni ponerme al día acerca de cuáles son decentes, cuáles me pueden gustar o identificar las pestíferas. Se añade la pereza que me produce iniciar un camino más o menos largo (en este caso no son más que cinco temporadas) y ya tenemos el archiconocido cóctel de la desgana. De esta forma, los primeros cuatro capítulos que me prestaron languidecían en algún nivel de la torre de deuvedés aguardando un benevolente detalle por mi parte, una ocasión perfecta para no defraudarme. Una noche los devoré de tirón y al día siguiente comencé las gestiones telefónicas adecuadas para hacerme con la serie completa. De esto hará poco menos de un mes; he visto las dos primeras temporadas y estoy en el ecuador de la tercera. Todo lo que había oído acerca de The Wire es cierto; de momento (no sé como terminará) me parece la mejor serie que he visto nunca, sencillamente. La última que comencé a ver fue The Walking Dead; ví cuatro o cinco episodios, el primero muy bueno y el resto me parecieron bastante flojos.

En The Wire la verdadera protagonista es la ciudad de Baltimore, como la Barcelona de Vázquez Montalbán o la Marsella de Jean-Claude Izzo en la trilogía mediterránea protagonizada por Fabio Montale. Y tantos ejemplos más. El mundo del hampa, las pugnas de poder policiales y políticas y las relaciones entre ambas como excusa para un análisis social magnífico. No hay cartón piedra ni señuelos de llamativos colores; una despreocupación por sí misma poco frecuente en el paisaje televisivo actual. The Wire es la chica que te gusta, no te hace ni puñetero caso pero no puedes dejar de mirar. Si quieres vienes, y si no, pues nada, no hay interés por meternos el producto con calzador. Personajes que no hacen lo que quieres que hagan, autónomos. Una realización estupenda, sin esa manía persecutoria que ha poseído a la mayoría de series de televisión y las ha transformado en penosas bagatelas desechables. The Wire respeta al espectador, no lo trata como un gilipollas limitado. Y sobre todo esa sensación (quizás me equivoque) de producto barato que nos demuestra que la pasta no lo es todo, que hace falta algo más, que es posible elaborar historias magníficas dándole al coco. Seguiré contando bondades sobre The Wire dentro de otro mes, cuando la termine de ver.

FRENTE AL INSULTO CONSTANTE

grupo7

Grupo 7. 2012. España. Dir: Alberto Rodríguez.

Los lunes suelo ir al cine. Es un acto ya mecánico; quedamos varios amigos y vemos lo que sea, cualquier cosa. A mí, de hecho, me gusta ir así, a ver qué sale; acudir a la sala deliberadamente desinformado suele producirme más satisfacciones, porque, basta que desees algo con ahínco para que no suceda, o te disguste o salga del revés. De esta forma, durante un par de semanas había visto el tráiler de Grupo 7 sin especial interés. Más bien, su visionado me provocaba una animadversión inexplicable, como cuando conoces a alguien por primera vez y no te cae bien; todo aquello que haga o diga será juzgado inmediatamente, de manera sumaria y sin opción a la réplica. Sin embargo, Grupo 7 es una buena película, lo cual demuestra dos cosas: a) que no saben hacer tráilers adecuados, y b) que quizás miremos un poco por encima del hombro cualquier producción hecha en casa. La película narra la limpieza social que sufrió la Sevilla pre-Expo a finales de los ochenta, a cargo de una brigada policial cuyos métodos eran bastante cuestionables. El proceso ya lo conocemos; con la excusa de liberar un lugar de la droga y el trapicheo, nos llevamos por delante al resto de la peña. Ya que estamos. No importa el motivo y todo vale; Exposiciones Universales, Olimpiadas, Eurovisiones, o la simple gentrificación que se ha apoderado de los cascos antiguos de nuestras ciudades. Alberto Rodríguez hila fino. Apoyándose en una sobria y agresiva fotografía, nos sumerge en una historia violenta con ecos de French Connection (William Friedkin, 1971), la serie The Wire de David Simon, pasando por Cidade de deus (Fernando Meirelles / Kátia Lund, 2002) hasta la más reciente Romanzo Criminale (Michele Placido, 2005). Un ejemplo más de que el policíaco de calidad es posible, de que todavía existe un interés por ofrecer historias inteligentes por encima del panfleto burdo al que se nos somete con frecuencia. Un film que se sitúa  frente al insulto constante a nuestra capacidad de reflexión. La única debilidad que muestra Grupo 7 reside en su protagonista Mario Casas, muy por debajo del nivel del resto del reparto que, con Antonio de la Torre a la cabeza, realiza un gran trabajo.

LA NIMIEDAD SUPERLATIVA II

2002_femme_fatale_006

Femme Fatale. 2002. Estados Unidos. Dir: Brian DePalma.

Si el camino que transcurre entre los textos de De Palma es resbaladizo y está trufado de trampas peligrosas, sin lugar a dudas, la más letal, la trampa para elefantes es Femme Fatale. Sobre un armazón tan alambicado como absurdo, De Palma hace una demostración de estilo, un ejercicio de clase espectacular que logra mantenerte hipnotizado frente a la pantalla. El problema (es difícil obviarlo) radica en la debilidad rayana en la burla de la base de su película. Un envoltorio perfecto para un monumento hueco. Hay secuencias verdaderamente vergonzantes y ridículas (a destacar la protagonizada por Antonio Banderas y Rebecca Romijn-Stamos en la habitación del hotel) en las que uno no sabe bien si De Palma vacila con cinismo o directamente ha perdido el juicio. Además, así, sin el menor indicio de arrepentimiento o un noble “Uy, me han pillado ustedes”. A medida que avanzan los minutos a uno le va dando en la nariz que le pueden estar tomando el pelo, pero claro, nos lo están poniendo todo tan bonito…Siéntese aquí y disfrute de una experiencia visual sin parangón ¿Quiere usted fumar? ¿Un cuba libre quizás? ¿Qué le abaniquen? Tanta belleza y te quedas embobado, desconcertado, porque en realidad eres el maestro que ha descubierto que el alumno no ha hecho los deberes y se inventa una excusa patética. Y además mientras la suelta se carcajea en nuestro careto. Se hecha en falta un poco de honestidad pero como a uno le gusta que de vez en cuando le engañen un poco (según como tenga el día) pues la verdad es que he disfrutado con Femme Fatale. Y ahora que la he visto de nuevo, me ha parecido aún más tonta que la primera vez. Más burda en su planteamiento si cabe. Pero da igual porque De Palma intenta engañarnos sin conseguirlo, y yo le alabo el intento. Durante mucho tiempo nos han engañado casi perfectamente. Nadie nos había intentado engañar tan bien.

STAR WARS. Episode II: Attack of the Clones (George Lucas, 2002)

Star-Wars-Episode-II-Attack-of-the-Clones

Star Wars. Episode II: Attack of the Clones. 2002. Estados Unidos. Dir: George Lucas.

Mejoraron ligeramente las sensaciones que la visión de La Amenaza Fantasma me habían producido. La historia ya está empezada, uno de los principales escollos del inicio de la saga se han solventado. El turismo galáctico se acrecienta en forma de nuevos escenarios, remotos planetas que ilustran una variedad inusitada de ambientes; el marítimo planeta Kamino, el mundo-forja donde se esconde el Conde Dooku. Hayden Christensen es un joven e impetuoso Anakin Skywalker. Lucas introduce su ambigüedad  con el lado oscuro bien pronto, no se le puede achacar que el recorrido de conversión sea abrupto o poco creíble. La acción ha mejorado con respecto al Episodio I; la trama en torno a la creación del ejército clon es interesante, sobre todo para los antiguos seguidores, que siempre nos habíamos preguntado qué era eso de las Guerras Clon que Alec Guinness introducía en conversación con Mark Hammill en el Episodio IV. Uno de los atractivos fundamentales de la cinta es ése precisamente; a menudo que nos acercamos a las películas antiguas, la cosa mejora. Las referencias, tanto en personajes como en parecido de la tecnología utilizada (naves, armas, uniformes) son multitud, cada vez se parecen más a los míticos diseños de 1977. Llámenme fetichista, pero cuando observo que todo va tomando forma de X-Wing o TIE Fighter, destructor estelar o soldado de asalto imperial, siento mariposas en el estómago, por decirlo de una manera fina. Aquí el malo es Christopher Lee; bien. Impresionante revivir que ha tenido en los últimos años el actor británico, interpretando a Dooku y Saruman en dos de las sagas más famosas de la historia. La historia de amor entre Padme y Anakin frena un poco la acción desbocada que tiene lugar durante prácticamente toda la película. Yo la recordaba más ñoña y repulsiva; no es para tanto, visto ahora con un poco de perspectiva y sin doblajes traidores, penosos o burlones.

ANGELITOS

dzyPsA7Azk6zSl728hRXJSaza3U

Lilya forever (Lilja 4-ever). 2002. Suecia. Dir: Lukas Moodyson.

El armazón carcomido de lo que fue la antigua Unión Soviética a ritmo de techno, una huída desesperada musicada por ¿Rammstein quizá? Con este sopapo inicial de pulso nervioso y cotidiano, nos introduce Lukas Moodyson a Lilja 4-ever, film que funciona como testimonio de la vida de su protagonista. Es un país devastado, retratado en su malsana decrepitud, un tumor supurante que amenaza con extenderse a los pocos órganos sanos que restan: Lilja y Volodja. Lilja vive con su madre y con el sueño americano. La derrota del socialismo y la apresurada asunción de un modelo parlamentario de guiñol en el que las mafias imponen sus verdaderos intereses, han desencadenado una miseria moral y desidia generalizadas. Es el turno de los cantos de sirena de Occidente en forma de luminosos centros comerciales. ¿Para qué quedarse inmerso en semejante trampa? Allí no hay nada; el último que apague la luz. Y la mamá de Lilja se va, como tantos otros. Todo filmado de manera muy cercana, aprovechando los vaivenes de la cámara que también lo son de la realidad. Moodyson es un buen creador de imágenes aunque a veces se excede; la imagen de Lilja arrodillada en el lodazal cuando su madre la abandona es demasiado. Lilja se queda sola, únicamente Volodja la acompaña en una existencia trufada de injusticias y desencantos. Volodja es su ángel de la guarda, la prolongación de los ángeles que ilustran el cuadro que Lilja lleva consigo a todo lugar al que va. Moodyson crea un paisaje onírico insertado de forma sibilina en la realidad de la película. Teatralizado e infantil. Me recuerda a las obras de teatro del colegio cuando éramos muy pequeños, en las que representábamos el belén. Había siempre un par de niños que  les tocaba ser  ángeles, a menudo eran los más delgados. No debe haber angelitos gordos.

Lilja cambia el decorado. Acaba en Suecia, en Malmo, intentando averiguar las diferencias entre las grisáceas e insustanciales fachadas occidentales y las  vetustas y descuidadas fachadas de las colmenas de su ciudad natal. Víctima de una mafia de trata de blancas, el sueño americano se torna moderna esclavitud. Especialmente repugnante la secuencia subjetiva en la que el espectador observa desfilar a toda la sociedad sueca por la cama de Lilja.  Lilja protagoniza un triste periplo muy conocido; nacida y machacada en Oriente y deglutida en Occidente por una sociedad inane, a veces repulsiva.