Etiquetado: 1993

COSAS GUAYS (Nieblas 2016)

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Milf Fantasy

Salir de la rutina es uno de los requisitos básicos para que sucedan cosas. No sé qué clase de sustancias segregará nuestro cuerpo antes de emprender un viaje o pasar una temporada fuera de nuestra realidad habitual, cuál es motivo del vértigo que se instala en nuestras tripas durante el tiempo que dura la historia. Alejados del confort diario, la aventura se nos insinúa rápidamente o nosotros coqueteamos con ella, le ofrecemos nuestra mano porque estamos predispuestos a vivirla. Como si estar en otra ciudad, otro país, fuera transitar un plano de nuestra existencia distinto, poblado de actores diferentes al reparto de siempre. Tendemos a pensar que los habitantes de los planos nunca se conocerán porque ambas nos parecen realidades separadas, dos habitaciones contiguas sin puertas ni ventanas. En Un verano en las dunas, Seth nos cuenta cómo se enamora de la mujer del jefe. El canadiense nos lo cuenta con soltura y sin aspavientos, sin pisar la pasión desmesurada ni la asepsia total; el foco en el lugar adecuado siempre. Mediante línea estilizada presenta su experiencia como adolescente cocinero en un restaurante de un pequeño pueblecito turístico; me ha encantado el naturalismo de las conversaciones entre sus compañeros de curro, la forma brillante de Seth al cargar de vida sus personajes a través de diálogos magníficos. Seth se presenta a sí mismo como freak melenudo y reflexivo, un poco lacónico, con gran sentimiento de la justicia y fino sentido del humor. El cómic no va de nada y eso es lo mejor, que ahora parece que hay que explicarlo todo. Publicado originalmente entre 1991 y 1993, cuenta el enamoramiento del autor, el cual sucede fruto de la situación excepcional, un contexto adecuado (el marido gilipollas y baboso) y el influjo que la jefa Dunas ejerce sobre el joven Seth, convirtiéndose en su despertar sexual. Muy guay. La edición corre a cargo de Fulgencio Pimentel y es fabulosa. Además, también incluye la historia Dichosa la hora, otro trauma de Seth narrado con más desparpajo: la paliza que le pegan unos rockers durante una noche de fiesta.

AJ Davila

El que fuera uno de los máximos perpetradores de Davila 666 inició su carrera en solitario hace varios años y yo me acabo de enterar. Ya ven qué bien funciona este recomendador… El puertorriqueño (establecido ahora en México) ha publicado ya dos discos que me parecen fabulosos, Terror Amor (Nacional Records / Scatter Records, 2014) y Beibi (Burger Records, 2014). Su primer trabajo (Terror Amor) está trufado de colaboraciones y el resultado es fantástico (¡leo ahora que sale Juanita Calamidad, de Juanita y Los Feos!). A mi parecer, continúan la estela de Davila 666; quizás tire un poco más de las hebras pop que la difunta banda poseía para anudar un sonido más digerible, pero igual de oscuro y sucio (o más) que antes. Cien por cien guay.

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QUERER SER SAM NEILL

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Parque Jurásico significa la última película-fenómeno que recuerdo; significa interminables colas en el extinto cine Diana; significa una infancia coleccionadora de fascículos, gafas 3D, maquetas —¡una brillaba en la oscuridad!— o tebeos relacionados con dinosaurios; significa conocer los nombres impronunciables de un ciento de bicharracos; significa querer ser Sam Neill de mayor. No es necesario continuar enumerando los factores por los que la película de Spielberg se eleva a la categoría de intocable dentro del género Para Ver en Centro Comercial Con Toda La Familia. También fue la última que mi padre vio en un cine; «ya no necesito ver más», debió pensar tras contemplar al T-Rex bajo la densa lluvia nocturna.

Con estos antecedentes pueden hacerse una idea de lo que me ha parecido Jurassic World (JW). Y más teniendo en cuenta que su condición de relanzamiento de la franquicia obliga a compararla con la original de1993 y no con sus penosas secuelas. Puede decirse que es una revisita a Jurassic Park (JP), un calco estructural sin talento ni gracia, únicamente guiado por la tecnología. El misterio, el suspense y la sorpresa han sido sustituidos por imperativos o elementos técnicos; si en JP, Spielberg los utilizaba para apoyar o acentuar el drama (los jeeps por raíles detenidos frente a la zona T-Rex, por ejemplo), en la nueva versión más parece que las cosas se han hecho porque podían hacerse, sin reflexión ni inteligencia. En todos los malditos planos tiene que haber un holograma de dinosaurio (casi salen más que los dinosaurios reales), una pantalla táctil, una mamarrachada con luces que no sabemos para qué demonios sirve. El realismo de los dinosaurios sufre entre tanta sobredosis de efectos especiales y el resultado es que parecen más de mentira que en 1993, cuando todavía existía pudor 3D, el temor —más que razonable— a que los espectadores notaran los bichos «pegados» y lo digital debía camuflarse con autómatas o decorados para conseguir una hibridación perfecta. La conclusión es que la vorágine efectista que rodea JW la defenestra hacia la irrealidad más absoluta. JP era una película que se tomaba en serio a sí misma, tan bien hecha que te creías el tinglado montado en Isla Nublar.

Los personajes son otro problema; quieres que mueran todos. Los dos hermanos son vomitivos; el mayor es un imbécil intrascendente y el pequeño un pitagorín descafeinado, desprovisto del aire nerd y underground del original. La protagonista (tía de los niños) es la directora del parque y la campeona de los cien metros lisos en tacones selva a través. Su homólogo masculino (un domador de velociraptores) es un ex marine cabeza cuadrada mezcla de Rambo y César Millán. Un humanista que vive retirado en su bungaló. Entiendo que el objetivo de esta —fatal— caracterización romántica del fulano es contraponerla con la de la chica. ¿Quién va a querer ser este anormal de mayor? Ambos son detestables, verlos es una tortura y la comparación con la pareja Neill-Dern sería un crimen de lesa humanidad. Del resto, mejor ni hablar. El argumento y su desarrollo son estúpidos, simplemente. Son más idiotas de lo que cabría esperar, quiero decir.

Dios. Qué horror.

VIDA DEL CIUDADANO DESECHO

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Naked. 1993. Reino Unido. Dir: Mike Leigh.

No hay romanticismo en el inframundo que habitan los personajes más arrastrados de la historia del cine, en el retrato –leve- surrealista del fondo del agujero social, de las vidas de los ciudadanos-desecho. Mike Leigh enfanga la cámara sin que parezca algo pensado, algo deliberadamente estudiado. Los pantalones rotos y los pantalones rotos de fábrica. La cara b del estado de bienestar en toda su crudeza, sin sensiblerías ni heroísmos. Como en la vida, vaya. Buñuel, los lumpen neorrealistas e incluso –es exagerado, lo sé- los submundos infernales de Clive Barker asoman la cabeza. Aquélla película suya, Razas de noche (Nightbreed, 1990) y Midian, la ciudad subterránea donde moran los monstruos. En Naked la ciudad no está bajo tierra sino a la vista de todos y los monstruos no tienen formas ni poderes extraños, trabajan en tediosos turnos de noche, malviven en el desempleo o en curros ruinosos. Y debajo del cielo de plomo, a la altura de las viejas viviendas de protección oficial, Johnny dispara su lengua mortal, un humor desaprensivo, ácido; el paria inteligente al borde de la locura. Termina Naked, una película que hace daño y la sensación de patetismo perdura, al igual que el recuerdo de Johnny, un ser a menudo simpático y ofensivo en su verbo que por momentos deja de caerte bien. ¿Es que pensar afea y envejece?, debe preguntarse. ¿Lo imbécil es saludable?

CONEHEADS (Steve Barron, 1993)

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Coneheads. 1993. Estados Unidos. Dir: Steve Barron.

Es la primera vez que he visto esta película en versión original y confieso que me he reído cuando Dan Aykroyd pronunciaba su mecánico “correct” o “affirmative”. Coneheads pertenece a esa montaña de películas que hemos visto mil veces en nuestra infancia, la época en la que cada nueva fundación de una cadena televisiva iba acompañada de la consiguiente reposición de cine ochentero de aventuras juveniles –Gremlins, Indiana Jones, Critters-, la piedra angular de la nueva década en materia de superhéroes- Batman uno– y el careto de Macaulay Culkin en Home alone. Junto con Mary Poppins, Dumbo y aquélla en la que Chevy Chase se viste de Santa Claus, Coneheads formaba un lote que se repetía navidad tras navidad, y probablemente, dicho recuerdo sea lo más favorable de la cinta. Metáforas sobre las restrictivas políticas de inmigración, la sensación de apego a un lugar, la adaptación a una cultura diferente y los distintos pareceres generacionales, entre los hijos y sus progenitores; un mensaje interesante pero tratado de manera infantil. No hablamos del infantilismo de los caraconos, que mascan preservativos a modo de chicle, sino de perspectivas pueriles de malos y buenos. Me ha cansado al final, aunque logra entretener. Y tiene esa música con la que comienzan todas esas películas que he mencionado; trae recuerdos y nada más.

Publicado en la revista Fuerza Vital.

POTRO CURSI

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War Horse. 2011. Estados Unidos. Dir: Steven Spielberg.

Después de la apabullante adaptación de las aventuras del reportero belga más célebre, Spielberg se sumerge en las trincheras de la I Guerra Mundial para contarnos la trayectoria vital de un caballo; desde su nacimiento en una campiña inglesa de cuento de hadas, su posterior reclutamiento por el ejército británico para la peripecia bélica continental, hasta su vuelta final a las islas. War Horse es un ejemplo más de cine para toda la familia, una categoría a la que el director americano ha contribuido con varias joyas desde E.T a Jurassic Park. Un cine castrado de referencias eróticas, libre de hemoglobina y tramas políticamente incorrectas, listo para ser consumido por toda la saga familiar en un centro comercial el sábado por la noche. El invento definitivo para llenar las salas de cine. Si bien normalmente contemplo estas películas –casi todas de aventuras y con frecuencia entretenidas- con cierta reserva, me da pereza enfrentarme a la historia de buenos y malos; quizás todo tenga su momento y ví War Horse en el menos adecuado. Me ha parecido la película más ñoña que he visto en mucho tiempo, relamida en extremo, plomiza y barroca a partes iguales. Solamente las escenas de batalla me llamaron la atención y conseguían despertarme de un profundo letargo. El principio del film me recordó a los ponys de juguete color pastel.

LA NIMIEDAD SUPERLATIVA I

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Carlito’s Way. 1993. Estados Unidos. Dir: Brian DePalma.

El pasado fin de semana estuve revisando la filmografía de Brian De Palma, el (para algunos) oscilante trasunto hitchcockiano responsable de clásicos imperecederos y de nimiedades superlativas. A mí me gustan sus películas, tanto las aclamadas como las irrelevantes; el saber hacer de De Palma al servicio de un buen guión, de una buena historia y su extravagancia e incoherencia deliberada en los textos de su propia cosecha. Cuando los cimientos son profundos, sólidos y consistentes, De Palma brilla entretejiendo unos mimbres de estilo puro, ejercicios de cámara arriesgados y asombrosos. La estructura cobra vida animada por un nigromante valiente y correoso. Pero hay otras veces que el firme donde se asientan los pilares básicos que sostienen la película no está lo suficientemente bien abonado, o inesperadamente se convierte en un cenagal hambriento dispuesto a  engullir el edificio. Ahí es difícil escapar, y con todo, De Palma solventa con su cine las trampas que se tiende a sí mismo mediante historias desequilibradas, cuando no absurdas directamente. Con todo, con sus carencias y virtudes, es (para mí) un gran director; porque lo importante no es escribir El retorno de los zombis espaciales, sino coger el libreto chapucero y hacer que los zombis espaciales sean medianamente creíbles. Que estés clavado frente a la pantalla viendo El retorno de los zombis espaciales tiene mucho mérito, al director deberían colgarle una medalla. Y eso, el que mejor lo hace es De Palma.

Decía que revisaba sus películas, y de repente me acordé de Carlito’s way (absurdamente titulada Atrapado por su pasado). Las vicisitudes de Carlito Brigante al salir del talego, narradas por un De Palma en plena forma, magnífico. Al Pacino soberbio dando vida al narcotraficante de origen puertorriqueño, acompañado por un reparto espectacular a la altura de las circunstancias (impresionantes Sean Penn y John Leguizamo). Una cinta de mafiosos honesta, cruda, elaborada con gusto y delicadeza que personalmente creo que supera a su Scarface. La secuencia final de la persecución en la estación de tren es simplemente maravillosa. Una de las películas a reseñar dentro del competitivo género mafioso. De Palma con un buen cuaderno entre las manos.