Etiquetado: 1981

CONEHEADS (Steve Barron, 1993)

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Coneheads. 1993. Estados Unidos. Dir: Steve Barron.

Es la primera vez que he visto esta película en versión original y confieso que me he reído cuando Dan Aykroyd pronunciaba su mecánico “correct” o “affirmative”. Coneheads pertenece a esa montaña de películas que hemos visto mil veces en nuestra infancia, la época en la que cada nueva fundación de una cadena televisiva iba acompañada de la consiguiente reposición de cine ochentero de aventuras juveniles –Gremlins, Indiana Jones, Critters-, la piedra angular de la nueva década en materia de superhéroes- Batman uno– y el careto de Macaulay Culkin en Home alone. Junto con Mary Poppins, Dumbo y aquélla en la que Chevy Chase se viste de Santa Claus, Coneheads formaba un lote que se repetía navidad tras navidad, y probablemente, dicho recuerdo sea lo más favorable de la cinta. Metáforas sobre las restrictivas políticas de inmigración, la sensación de apego a un lugar, la adaptación a una cultura diferente y los distintos pareceres generacionales, entre los hijos y sus progenitores; un mensaje interesante pero tratado de manera infantil. No hablamos del infantilismo de los caraconos, que mascan preservativos a modo de chicle, sino de perspectivas pueriles de malos y buenos. Me ha cansado al final, aunque logra entretener. Y tiene esa música con la que comienzan todas esas películas que he mencionado; trae recuerdos y nada más.

Publicado en la revista Fuerza Vital.

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LA PUERTA AL FINAL DEL PASILLO

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Black Swan. 2010. Estados Unidos. Dir: Darren Aronofsky.

Black Swan se articula en dos espacios diferenciados que en el fondo son lo mismo; el centro de ensayo de Nina y su propia casa. Son lugares asfixiantes cuyas paredes exudan cansancio. Lugares torturados que Nina conoce perfectamente, de hecho, es lo único que conoce. Los lugares son lugares, sólo eso. No tienen entidad por sí solos. Ambos espacios funcionan como decorados (muy buenos) vinculados a dos personajes clave; la casa terrorífica es una cosificación de la mamá de Nina y también del estado mental de la propia Nina. Opresión plúmbea que da repelús. Se nota que es un compartimento estanco, una celda o mazmorra. Un sitio que poca gente ha transitado, quizás solo el preso y el carcelero, o Nina y su mamá. Mejor que no te inviten nunca a comer porque es de esos sitios en los que te sentirías incómodo y podría sentarte mal la mariscada. Sonrisa “qué bueno todo” y hasta nunca. Percepción de que hay algo debajo de la cama, o en la despensa o detrás de la puerta. Recuerdo Repulsión de Roman Polansky y a Catherine Deneuve engullida por la casa-monstruo que ella misma ha proyectado. Aronofsky no da tanto protagonismo al espacio como Polansky, se centra en la madre de Nina. Hartazgo por exigencia que termina en delirio y en suplantar (o confundir) identidades ficticias. El ballet donde ensaya Nina no mejora mucho. Sala negra con espejos que a veces se convierte en una niebla espesa, no delimitada. ¿También hay algo escondido? Toda la película tiene algo escondido y Aronofsky oculta sus cartas muy bien, incluso lanza faroles impresionantes en forma de efectos digitales sobrecogedores. A mí me recordaron a Un hombre lobo americano en Londres. Metamorfosis como en Thriller de Michael Jackson. Y al final, ¿qué hay tras la puerta? Jo, ya lo sabíamos. Pero vale. A mí me vale.

LOS DOS ESCOBAR

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The Two Escobars. 2010. Estados Unidos / Colombia. Dir: Jeff Zimbalist / Michael Zimbalist.

Todo el mundo sabe que arte y deporte no se llevan bien. A causa de alguna antigua tradición desconocida –al menos para mí- podemos afirmar con rotundidad que son excluyentes. O que nunca han estado, respectivamente, a la altura. Ignoro si tal hecho está relacionado con la extendida concepción romántica de artista, aquélla que hunde sus raíces en pleno siglo XIX y que todavía podemos rastrear hoy, una idea compartida igualmente por personas ajenas al arte como por numerosos artistas o aprendices de; el ser atormentado cuyo único motor existencial es su creatividad o talento. Añádanse unos toques de marginalidad, esquizofrenia y vicio para acabar el cliché. Un individualismo total que aleja al artista de los divertimentos del populacho situándolo un escaloncito por encima. El deportista y el artista se convierten casi sin darse cuenta en figuras antagónicas. En el cine las sensaciones no son muy diferentes a pesar de compartir con el deporte su carácter popular. Con la excepción del boxeo, cuesta ver alguna película decente sobre casi cualquier disciplina deportiva; la última que me sorprendió fue la fantástica Moneyball, cuya calidad ilumina las sombras que puedan desprenderse de un deporte tan lejano a nuestros ojos como es el béisbol. Si hablamos de fútbol, uno de los deportes que más atención acaparan entre la población mundial, el cine le ha hecho flaco favor. No existe una película buena sobre fútbol, sólo tonterías entretenidas –Evasión o victoria– en el mejor de los casos, porque del resto es mejor abstenerse. Una lanza he de romper a favor de The Damned United, la última película sobre fútbol que he visto y que, sin ser buena, sí que es interesante y posee cierto atractivo. Pero lo demás, ya saben; Goal 3 y demás patraña.

The Two Escobars  narra las conexiones entre narcotráfico y fútbol en Colombia durante las décadas de los ochenta y noventa, a través de la vida del capo máximo del cártel de Medellín, Pablo Escobar, y del capitán de la selección colombiana de fútbol, Andrés Escobar. El documental explica el advenimiento mundial del fútbol colombiano como un proceso indivisible del auge de los cárteles de la droga que comenzaron a lavar importantes sumas de dinero a través de los clubes más importantes del país: el Nacional de Medellín, propiedad de Escobar, y el América de Cali, de cuya gestión se encargaba la organización criminal de dicha ciudad. Los éxitos deportivos no tardaron en llegar espoleados por los narcodólares: Nacional levantó la copa Libertadores en 1989 y América quedó subcampeón tres años consecutivos (1985-1987). Los testimonios del técnico ‘Pacho’ Maturana y de los protagonistas de aquélla selección colombiana llamada a ganar la copa del mundo de 1994 son ambiguos respecto a la figura de Pablo Escobar; no es fácil digerir que tu padrino deportivo sea un tipo al que se le atribuyen miles de asesinatos. Sin embargo fútbol y marginalidad siempre han maridado bien –por encima de marginalidad y arte- así que no es de extrañar que muchos futbolistas que, como René Higuita, crecieron jugando en los campos de fútbol construidos por Pablo Escobar en los suburbios, dejen entrever en sus declaraciones que en el fondo, le deben algo. Una preocupación narco-social que el gobierno colombiano pasó por alto y que encendió la chispa de un fervor fanático hacia la figura del criminal colombiano por parte de los pobres, de los que sobran. También me ha llamado la atención otra cuestión, ni cinematográfica ni futbolística: es sobrecogedor contemplar cómo criminales procedentes de ambientes muy humildes, sin demasiado tiempo para el estudio y la sacrosanta formación permanente, se expresan con mayor claridad y corrección que cualquier político o personalidad pública española. Espectacular.

SIN PERDÓN EN ESTE MUNDO

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Death Wish II. 1981. Estados Unidos. Dir: Michael Winner.

Hay veces que me apetece sufrir. Este insólito deseo debe relacionarse con el poso católico de nuestra educación; la vida como valle de lágrimas, rememorar la desdicha de Cristo crucificado, revivir su tormento y muerte. Estos padecimientos no distan mucho del dolor que produce  ver Death Wish II (Yo soy la justicia, en castellano), la cinta de 1981 dirigida por el británico Michael Winner y protagonizada por el granítico Charles Bronson. El film funciona como canalizador de odio, como penitencia; si quieren ganarse el cielo en la otra vida si la hubiera, véanla y ahórrense las procesiones de este año. La ultraderecha sionista norteamericana produce el periplo justiciero de Paul Kersey, un eficiente e industrioso arquitecto que vive en Los Ángeles con su novia. El título original Death Wish II nos indica que es una secuela, y que Paul Kersey ya ha dado matarile a unos cuantos anteriormente. Arrancan los créditos; planos aéreos de la ciudad de Los Ángeles, diferentes locutores de radio nos informan de los índices crecientes de criminalidad en la ciudad. Nos muestran el problema de la película, (de la sociedad) que Kersey tiene que  solucionar durante los noventa minutos restantes. El problema de América, el mensaje de los hacedores del film. La sociedad occidental se hunde lastrada por prostitutas, basura blanca, negra y de todos los colores, yonquis, chaperos, punkis, melenas, inadaptados, violadores y delincuentes de todo tipo. La selva urbana, los animales que no quieren vivir según las normas, los marginados. Todos, en definitiva, si exceptuamos al sector bienpensante conservador. Kersey es un buen ciudadano; acude a la parroquia, trabaja en su oficina (no como todas esas ratas ociosas, parecen decirnos) y es un padre ejemplar pese a que por vicisitudes del destino no puede dedicar a su hija todo el tiempo que quisiera. Hombre austero, de gustos sencillos, vive humildemente con Rosario, su criada mexicana paradigma de adaptación a la cultura yanqui.

El detonante que obliga a Kersey a colgarse la pistola es el secuestro, violación y muerte de su hija deficiente mental. Una banda de criminales asaltan su domicilio pero Kersey no se encuentra en él, así que se dedican a violar a la criada Rosario durante una interminable secuencia. Paul Kersey y su hija llegan poco después a casa tras un apacible paseo por la feria (donde los macarras desalmados le robaron la cartera. Así encontraron la dirección de su residencia). Los pandilleros le esperan y, pese a defenderse valientemente, dejan a nuestro héroe sin conocimiento. Matan a Rosario y se llevan a la hija a su cubil donde (qué fijación) la violan y posteriormente muere al precipitarse al vacío desde una ventana mientras huía de los malhechores. Despierta Kersey y empieza el baile. Sabía que la policía está formada por un muestrario de incompetentes corruptos y pusilánimes, de estómagos agradecidos que olvidaron aquello de to serve and protect mientras asaban a los ciudadanos con multas de tráfico. Sabía que la muerte de su hija era sólo una gota de agua en el océano criminal de Los Ángeles. Sabía que no podía esperar nada de la justicia, que sólo había una manera de solucionarlo. Su manera. Sin tiempo que perder enfunda su pistola y alquila una habitación en los suburbios, cuartel general en el hábitat de las malas bestias. Sigue la pista de la banda esquivando el vicio y la depravación reinantes en el barrio. Perdónales señor que no saben lo que dicen.  No cuesta demasiado encontrarles, pues acostumbran a hacer el mal en la calle, a la vista de todos. Kersey comienza a confesar al personal. Mejor creer en la otra vida chato, porque en ésta se terminó. Pum.

Kersey se convierte en justiciero de noche. Por el día seguirá manteniendo su trabajo de arquitecto y llevará una vida normal junto a su novia circunstancial, una ilusa periodista que todavía cree en el funcionamiento de los oxidados engranajes judiciales. Y así transcurre el film; ocho horas de trabajo, ocho de sueño y ocho de venganza. Kersey reparte pasaportes para la vida eterna a todos los implicados y el pueblo aclama al limpiador anónimo. Fin. Aún hay otras tres secuelas más; la verdad es que ya no se a quién vengará Kersey en la última. Quizás maten a su primo de Wisconsin. Habrá que ver.