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LAS MONSTRUOPELÍCULAS

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Ando con veinte pestañas abiertas, café en ristre, saltando de una a otra (Filmaffinity, IMDB, Wikipedia…) averiguando si la película Escalofrío (Carlos Puerto, 1978) se tituló de otra manera en Estados Unidos, Francia, Latinoamérica o Inglaterra. O en Alemania Federal, grandes aficionados al terror charcutero que me han salvado la vida muchas veces con versiones dobladas de calidad repugnante-vhs-grabado-del-salón-de-casa. Satan’s Blood fue el título en Estados Unidos e Inglaterra. También se acredita Don’t Panic para la versión de vídeo –apostaría a que sólo fue estrenada de esa manera–. Mis amigos tudescos no decepcionan y contribuyen con su versión llamada Schok. Ya dispongo de información más que de sobra, así que al lío: a escribirlos en el buscador de recónditas páginas web. No me cuesta demasiado obtener resultados con Satan’s Blood así que, antes de fumarme un cigarro a la salud del botín que me llevo, me despido de las sonrientes rusas que desean ser mi esposa y renuncio al método mágico para hacerme rico en la red. Doy un sorbo al café congelado, síntoma de Nivel de Navegación Severo y, justo en ese preciso instante, unos tambores acompañados de jadeos me dan un susto de muerte. En alguna pestaña ha pasado algo. Y no es porno, es algo más “artístico”.

Es un tráiler. El Renacido de Alejandro González Iñárritu, la que peli que hemos escogido para ver en el cine. Después de ciento cincuenta y seis minutos, coincido en que se trata de una historia de supervivencia, pero no sólo para Leonardo DiCaprio… ¿Qué hemos hecho, oh Hollywood sagrado, para que nos castigues con tanta dureza? ¿Por qué nos agredes con ladrillos interminables? Es cierto que la fotografía es magnífica, que está rodada de maravilla, pero la historia no da para tanto. Es costumbre añeja la de hacer películas a base de clembuterol dando como resultado paquidermos admirables desde un punto de vista científico -¿cómo habrán hecho eso?-, pero de huella escasa. Y no es que los directores no tengan talento; supongo que producción obliga y la gran longitud del metraje será una cláusula insalvable cuando hay grandes presupuestos entre manos. De entre las últimas producciones de Hollywood que he visto, no hay ninguna que se salve de la maldición y no sobrepase las dos horas, un tiempo más que prudencial para contar la mayoría de historias: El despertar de la Fuerza (135 minutos), El puente de los espías (135 minutos), Spectre (146 minutos), Los odiosos ocho (167 minutos). Y tantas otras que todavía no he tenido oportunidad de ver como The Martian (142 minutos) y el resto de nominadas a los Oscar, el festival donde está prohibido dar un premio por debajo de las dos horas. El caso de Los odiosos ocho es de juzgado de guardia, una venganza sangrienta contra nosotros, el público desarmado. Quizás esta tendencia por lo monstruoso en todo (longitud de películas, tamaño de edificios, tochos inabarcables, discos eternos) es signo del tiempo que vivimos. Yo ya he empezado mi terapia anti-pestiños repasando pelis viejas de la Hammer que solamente te hacen perder una hora y media de tu vida, como mucho. Necesito tiempo para mi Nivel de Navegación Severo.

 

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EL TRIBUTO (I). El oro y la mierda.

Live Aid Concert - Wembley Stadium

Cada época posee sus cruces artísticas. En el siglo XVIII fueron las horribles pelucas empolvadas, en los setenta los pantalones acampanados, en los noventa casi todo y a principios del nuevo siglo, la absurda moda de las camisetas de países se extendió como la peste negra. En el mundo musical, farandulero y de espectáculos de los dos miles en adelante, el anticlimax, el bochorno y el ridículo los encarnan dos temidas palabras: grupos tributo. A veces uno deja de entender a sus congéneres, abandona la idea de comprender lo que hacen; comienza a sentirse como Donald Sutherland en La invasión de los ultracuerpos y le cuesta discernir si todavía sigue en sus cabales o son el resto los que están como una regadera, si toda la humanidad ha sido abducida por un ente alienígena y está cambiando paulatinamente. ¿Por qué tenemos que sufrir a este tipo de bandas? ¿Es un fenómeno nacional o también en el extranjero se tiene tan poca piedad con las minorías que –como yo- preferimos escuchar grupos originales a clones putrefactos? ¿Qué países están libres de esta lacra? ¿Qué ha pasado para que ahora nos veamos inmersos en esta triste situación? Son interrogantes que a más de uno nos mantienen en ascuas… A continuación podrán leer un recorrido por mis experiencias con la diarrea del rock. También intentaré buscar –ya me dirán si con éxito- algunas de las claves del tinglado y de la proliferación de este mal.

El oro y la mierda

Parece fácil diferenciarlos a primera vista, ¿verdad? Sin embargo habrán observado que muchas personas son incapaces de hacerlo correctamente o bien no les importa que les ofrezcan mierda a precio de oro. Una de dos. Les cuento. El dueño de un bar que frecuentaba cuando vivía en Salamanca era un fanático de Queen –nadie es perfecto-, amaba a la banda de Freddie Mercury de manera patológica e infantil; así suelen ser las pasiones que nos despiertan cualquier fetichismo, ya saben, construir barcos de madera, el macramé o coleccionar soldaditos de plomo, inexplicables y tan ridículas que las llevamos en secreto o procuramos no aventarlas demasiado. Pero en el rock todo es diferente, es algo colectivo, se celebra una ceremonia –el concierto- a la que hay que acudir. Podemos escuchar todos los discos del mundo en el garaje de nuestra casa pero no experimentaremos el verdadero rock hasta que no acudamos al directo, a la esencia primera. Por tanto los fetichistas rockeros se camuflan mejor entre el resto de mortales puesto que su hábitat es (era) el que frecuentaban las masas, tienen más oportunidades de mostrar su pasión que un recolector de coleópteros. Este hombre –una persona razonable, no un loco a encerrar- me confesó en una ocasión, mientras tomábamos unas copas, que su grupo preferido ya no era Queen, sino una banda clónica de Queen que descubrió de manera fortuita y de la que ya se había convertido en fan absoluto. Los ojos le brillaban y comenzó a ponerme vídeos en directo de la banda –no recuerdo el nombre- que se había descargado de Internet. Al principio no sabía si me estaba tomando el pelo pues a mi no me van Queen, pero aquello parecía un concierto de Queen, desde luego. Fuegos artificiales, un escenario titánico, los tíos clavados, perfectos en la ejecución de la música, perfectos emulando los gestos de los Queen originales. Y lo que más me sobrecogió: el público. Una marea humana a la altura de los británicos. “Es que son mejores; canta mejor que Freddie, el cabrón” dejó escapar el barman y suspiró, vencido por la copia. “Hombre, puede que sean músicos sobresalientes, por encima de los originales incluso, y también cabe la posibilidad de que se hayan operado para que sus rostros sean facsímiles milimétricos… Pero, no sé, tu los conoces mejor que nadie, sabes que no son Queen, que son otros tipos”, respondí. Había ocurrido algo maravilloso o inquietante, según se mire. La falsificación había superado al original produciéndose un fenómeno que se hallaba un peldaño por encima de los mejores suplantadores de artistas como Elmyr de Hory y estafadores cinematográficos como Welles, casi a la altura de Banksy, el mejor creador de identidades falsas estúpidamente veneradas. Como ven es una historia muy novelesca, casi cinematográfica; un seguidor de una banda de rock que se enamora de su réplica… Este fue mi primer contacto con las llamadas bandas tributo, entonces no eran todavía muy conocidas y nadie era capaz ni siquiera de vislumbrar lo que nos esperaba. Comenzaron a reproducirse sin control, se había abierto la veda. Nacieron millones de ellos, tributos de cualquier grupo concebidos para tocar en cualquier sitio; fiestas de pueblos, festivales de todo signo, conciertos del barrio, cumpleaños, chamizos, bautizos, comuniones… Había nacido un monstruo y ahora  ya es demasiado tarde para ponerle remedio. Pero esta dramática situación actual necesita un análisis más detallado, un alto en el camino que nos permita tomar algo de aire.

Continuará