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LA NOCHE DE LOS DEMONIOS

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El viernes participé en un aquelarre de los buenos, de los que no se olvidan fácilmente y merecen página completa en el libro de Historia (Subterránea) de Nuestro Pueblo. Como saben, el Frikoño celebra su satánica sexta edición y hace un par de días, los ciudadanos de alma oscura se reunieron en torno a dos de los eventos que más interés despiertan: la exposición colectiva Grotesque IV y la Fiesta de los Demonios, a cargo de los servidores de Azazel, Pan Total, Cleopatra X y Violeta Vil. El cóctel artístico de irreverencia y desfachatez volvía a la sala grande de la Escuela de Artes tras un año sabático que, a primera vista, parece que le ha sentado muy bien; más de una cincuentena de artistas han conseguido que la frescura y la extravagancia regresen a sus paredes. Una alegría, sin duda. Tras varias rondas y conversaciones con multitud de conocidos, nos fuimos rápidamente a echar un bocado y empalmar con la misteriosa fiesta demoníaca celebrada en el Biribay. Los primeros infraseres invocados que se manifestaron en el pentáculo fueron Pan Total. Nos trajeron su pop pegadizo y bailable, tocaron los buenos temas que componen su Románticos No, alguna canción nueva y Tiempos nuevos, tiempos salvajes de Ilegales. Para mí, ofrecieron su mejor actuación hasta la fecha; sonido compacto, claridad instrumental y actitud. Además interpretaron mi canción preferida, La columna, una extraña e inquietante historia que –espero- alguno de sus autores me aclare alguna vez. De alguna cripta olvidada surgieron Cleopatra X, una de las bandas cuya existencia conocía de oídas –aquel era su primer concierto- y que más ganas tenía de ver, valorando la actividad de varios de sus miembros, responsables de grupos de la leche pero lamentablemente efímeros. Decir que me sorprendieron sería quedarme muy corto; tenía altas expectativas al respecto pero ni por asomo me esperaba la lección de punk-pop atmosférico y oscuro que impartieron estos tres embajadores del Hades. Ahora que lo sorprendente es que algo te sorprenda, su espectáculo adquiere una importancia mucho mayor; casi había olvidado la sensación que te produce presenciar algo trascendente y auténtico, sentir las endorfinas -o lo que sea- liberadas durante la contemplación de algo que realmente merece la pena. Cleopatra X nos brindaron un show lacónico y pendular mientras en la pantalla se proyectaba la ensalada fílmica perfecta para la noche diabólica; un popurrí de las películas de Argento –reconocí Opera, Rojo Oscuro, El gato de las nueve colas, Suspiria e Inferno-, también The Church de Michele Soavi y La semilla del diablo de Polanski, entre otras. ¿Acaso no formaban el pop maligno de los Cleopatra y el grito sordo de Daria Nicolodi un excelente maridaje? ¿Cómo no voy a caer rendido ante todo eso? Tan agradecido estaba tras su conciertazo que, una vez la banda se hallaba recogiendo los trastos, hice algo que no suelo hacer nunca y de lo que ahora me avergüenzo un poco: darles la paliza con lo buenos que son. Desde aquí pido disculpas a los que sufrieron mi verbo irreductible. Aunque me hallaba en caliente en aquellos momentos, mi opinión no ha variado un ápice y sigo afirmando que son buenísimos y , yo que ustedes, no me perdería la siguiente exhibición de la faraona pornográfica. Completaron la Trinidad Maligna, Violeta Vil, banda muy interesante que tampoco había tenido ocasión de disfrutar. Había escuchado solamente las pocas canciones de su Bandcamp pero en directo aquello no tenía nada que ver; sonaron atronadores, con un sonido impecable y arrollador, muy diferente al de sus grabaciones. Sobra decir que, a mi juicio, los temas ganaban muchísimo en intensidad y potencia. El directo fue perfecto, hipnótico, me encantó. Violeta Vil son unos increíbles generadores de atmósferas caracterizadas por un –me pareció- primitivismo melódico distorsionado y confuso. Violeta Vil acabaron por tirados por el suelo, poniendo el punto y final a la noche demoníaca y los acólitos nos quedamos con el sabor del azufre en nuestros paladares. Un sabor que tardará mucho tiempo en desaparecer.

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FRENTE AL INSULTO CONSTANTE

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Grupo 7. 2012. España. Dir: Alberto Rodríguez.

Los lunes suelo ir al cine. Es un acto ya mecánico; quedamos varios amigos y vemos lo que sea, cualquier cosa. A mí, de hecho, me gusta ir así, a ver qué sale; acudir a la sala deliberadamente desinformado suele producirme más satisfacciones, porque, basta que desees algo con ahínco para que no suceda, o te disguste o salga del revés. De esta forma, durante un par de semanas había visto el tráiler de Grupo 7 sin especial interés. Más bien, su visionado me provocaba una animadversión inexplicable, como cuando conoces a alguien por primera vez y no te cae bien; todo aquello que haga o diga será juzgado inmediatamente, de manera sumaria y sin opción a la réplica. Sin embargo, Grupo 7 es una buena película, lo cual demuestra dos cosas: a) que no saben hacer tráilers adecuados, y b) que quizás miremos un poco por encima del hombro cualquier producción hecha en casa. La película narra la limpieza social que sufrió la Sevilla pre-Expo a finales de los ochenta, a cargo de una brigada policial cuyos métodos eran bastante cuestionables. El proceso ya lo conocemos; con la excusa de liberar un lugar de la droga y el trapicheo, nos llevamos por delante al resto de la peña. Ya que estamos. No importa el motivo y todo vale; Exposiciones Universales, Olimpiadas, Eurovisiones, o la simple gentrificación que se ha apoderado de los cascos antiguos de nuestras ciudades. Alberto Rodríguez hila fino. Apoyándose en una sobria y agresiva fotografía, nos sumerge en una historia violenta con ecos de French Connection (William Friedkin, 1971), la serie The Wire de David Simon, pasando por Cidade de deus (Fernando Meirelles / Kátia Lund, 2002) hasta la más reciente Romanzo Criminale (Michele Placido, 2005). Un ejemplo más de que el policíaco de calidad es posible, de que todavía existe un interés por ofrecer historias inteligentes por encima del panfleto burdo al que se nos somete con frecuencia. Un film que se sitúa  frente al insulto constante a nuestra capacidad de reflexión. La única debilidad que muestra Grupo 7 reside en su protagonista Mario Casas, muy por debajo del nivel del resto del reparto que, con Antonio de la Torre a la cabeza, realiza un gran trabajo.

A CLOCKWORK ORANGE (Stanley Kubrick, 1971)

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A Clockwork Orange. 1971. Estados Unidos. Dir: Stanley Kubrick.

Reconozco que me gusta Stanley Kubrick, si bien A Clockwork Orange no es de las películas que más me llama la atención de entre todas las que forman la filmografía del director norteamericano. Quizá mi desinterés hacia las aventuras de Alex y sus drugos se relacione más con todos los factores que la rodean que con la película en sí; la he vuelto a ver ahora –hacía muchos años desde la última vez- y me ha parecido buenísima, un film inteligente de estética insuperable. Ocurre que es de esas películas abrasadas. Es un fenómeno muy recurrente en España; ignoro si es patrimonio exclusivo ibérico o si ha llegado allende los mares, lo cual tendría también sentido y confirmaría mis sospechas de que somos el principal importador de estupidez del mundo. El proceso de abrasión consiste en bombardear con una película a una población civil indefensa. Todos conocemos multitud de casos y no sólo con películas; de vez en cuando los francotiradores culturales nos tiran con gruesos best-sellers a la cabeza o nos intentan introducir con calzador y sin vaselina el último grupo chachi que han montado una prostituta camboyana y un zahorí kazajo en un apartamento de Nueva York. La finalidad de tanta estimulación visual en forma de continuos tráilers en televisión, publicidad en revistas y constantes conversaciones en mil y una tertulias es –faltaría más- informarnos a la plebe iletrada, señalarnos el camino al cine más cercano para que disfrutemos de la última maravilla del séptimo arte, pero en mi caso suelen producir el efecto contrario. Me niego a ver la película de moda en su momento de máxima abrasión porque creo que me defraudará automáticamente; nuestras expectativas son tan altas –se han gastado tantísimo dinero- que no existe película que pueda luchar contra ellas, por buena que sea. De tal forma, prefiero esperar y verlas cuando la tormenta promocional haya amainado, con la cabeza más o menos fría. El laberinto del fauno, Mar adentro y la saga de El señor de los anillos son algunos ejemplos entre miles.  Pero, ¿qué pasa cuando la abrasión perdura en el tiempo? ¿Qué hacer cuando se han empecinado en vetarnos las películas de por vida? ¿Cómo enfrentarse a la abrasión total que convierte las películas en iconos vacíos? ¿Por qué no sólo se contentan con abrasar películas sino también ponen especial interés en destruir rostros? El proceso abrasivo habrá finalizado cuando la película sea una estampación en una taza de café, cuando sus responsables hayan llenado el mundo de productos de merchandising para saturarnos y producir un resultado inverso al que desean. A estas alturas sobra decir que la abrasión ya es irreversible, su película nos habrá empachado para siempre. Hace ya unos meses que vi Charade (Stanley Donen, 1963) y a pesar de que se trata de una película deliciosa, cada vez que Audrey Hepburn aparecía en pantalla –y no fueron solo un par de veces- inmediatamente acudía a mí una sensación de hartazgo o indigestión; se me cortaba la película. Resulta que Audrey Hepburn es actriz después de todo, incluso llegó a hacer alguna película y es algo más que un póster en un bar, una estampación en un bolso o esa cara que has visto mil veces en los sitios más insospechados. Pobrecita. Jamás veré Desayuno con diamantes y por supuesto también me han prohibido cualquiera de Tim Burton merced a la sobredosis de esqueleto de Pesadilla antes de Navidad, novias cadáveres y demás monstruitos. Creo que dentro de poco estrenan una de Marilyn Monroe. Y lo que te rondaré, morena.

Ahora que me doy cuenta casi no he hablado de A Clockwork Orange. Entiéndase como un acto de cobardía ante Álex y sus drugos –no vayan a partirme la quijotera, después de este artículo- y también de clemencia con la película. Después de este ladrillo que he soltado no voy a contribuir a abrasarla aún más, que ya tiene lo suyo la pobre con cada nueva hornada de skin heads.

Publicado en la revista Fuerza Vital