LO QUE TIENES QUE HACER

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Son las cinco palabras mágicas. Deben pronunciarse rotundamente, con vehemencia visigótica, con tipografía grave y pesada, como de panteón. Es indispensable que el orden sea el arriba dispuesto. Pero todo esto ya lo sabes. Porque lo sabes todo.

Así de petardos somos. Sabemos siempre la manera óptima de abordar una situación ajena, cómo hacer la mejor película de todos los tiempos, la fórmula para escribir el libro perfecto, cómo ligar sin parecer gilipollas, el mejor once. Qué más da. Todo lo conocemos ya. No hay novedad, no hay sorpresa. Todos conocemos la solución rápida e indolora a los problemas de los demás, pero vivimos incapaces de adivinar dónde se esconden nuestras fugas de agua. Cuando decimos LO QUE TIENES QUE HACER apelamos al Manual Secreto Para la Vida Sin Sobresaltos; un decálogo oculto que podemos recitar de memoria, que Indiana Jones arrebató a los nazis en una catacumba azteca. Es como la 2, este breviario, que todo el mundo la ve. ¡Hombre, por favor! ¡Que yo esto lo aprendí a la vez que las tablas de multiplicar! Me encanta, I’m lovin’ it. No sé si en otras partes del mundo utilizarán esta sentencia. Quizás sí, pero no la imagino con el mismo tono de “pobre desgraciado, si es que no tienes ni idea, déjame a mí”. No creo que brille ese barniz autóctono tan despectivo o, a veces, directamente amenazador. No importa que sea una decisión importante o una experiencia delicada y compleja. Todo se arregla fácilmente. “Tengo hambre”, coma. “No tengo dinero”, trabaje. “Estoy enfermo”; cúrese o muérase, pero no maree.

De las pocas verdades que encuentro es que nadie tiene ni idea de nada, me parece a mi. Damos tumbos por ahí con más o menos tino, copa en la mano, mezcla de filosofía de sobre de azúcar -¡la están leyendo!- y optimismo de marquesina de autobús -¡lo están sintiendo!-. Y el ego. Que esa es otra. Vaya combinación. ¡Bajemos todos de nuestros pedestales, oh, queridos seres humanos! ¡Venzamos a la fuerza misteriosa que nos lo impide, como en la película de Buñuel! ¡Yo daré el primer paso, no temáis, y menguaré mis excesos de ego, verbo y peso! ¡Repetid conmigo! ¡No diré las cinco palabras en balde! ¡No pronunciaré más tal cosa!

¡Ya sabéis lo que tenéis que hacer!

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