MIL DOSCIENTOS QUINCE (III)

yes

Susana se contemplaba en el espejo minutos antes del momento más trascendental de su vida. Comenzó a repasar mentalmente la letra de Porque te vas, la última canción del repertorio conjunto. Las maquilladoras revoloteaban a su alrededor retocando errores imperceptibles que sólo ellas parecían ver. Raúl, el jefe de maquilladores, supervisaba el peinado que acabaron justo en ese momento dos mujeres en edad de jubilarse. Normalmente Raúl era una persona propensa a la diversión continua que animaba las jornadas laborales con sus chascarrillos sobre actores y cantantes. Esa noche tenía cara de velatorio. Susana ladeó la cabeza para apreciar su perfil.  Tanto el incisivo tupé como el abultado recogido le parecían horribles.  

Susana miró a Raúl.

—No me convence el moño…

—Estás espléndida, Susana —dijo Raúl—. Voy a ver a tu compañera.

Y desapareció.

—Es que los recogidos no me sientan muy bien…

            Se sonrojó y no dejaba de mirar sus orejas en el espejo. No eran descomunales, pero eran grandes. Simplemente.

—¡Qué tontería! —exclamó una de las veteranas peluqueras.

—¿Cuáles te gustan más? —preguntó la otra mujer sosteniendo dos grandes pares de pendientes.

—Los rojos.

Empezó de nuevo. Cuarenta vueltas a la derecha.

Susana rebobinó para estudiar detenidamente uno de los pocos primeros planos que el realizador falsario le dedicó. Los había contado pero ya no lo recordaba. La proporción de primeros planos durante la última canción de la noche era de cuatro a uno a favor de Rebeca. Sin embargo, exceptuando los planos generales en las que aparecían las dos, Susana acaparaba casi la totalidad de los planos largos. Viéndolo de nuevo, la jugada fue maestra. Una traición perfecta, coral. Todos los participantes del engaño sabían muy bien qué labor desempeñaban en el mismo; todo lo que hicieran, desde multitud de frentes distintos, había sido concebido para sumar maldad, para hundirla. Sabían de la importancia de trabajar conjuntamente, algo fundamental en sus profesiones. Pulsó de nuevo el play y congeló la imagen. Su peinado y vestido, escogidos con gusto pésimo, jugaron un papel decisivo la Noche En Que Todo Acabó. Susana parecía una cortina. En ese momento decidió que era el vestido más feo que había visto en toda su vida. El moño y el tupé remataban el adefesio. Su propia imagen, vestida de esa guisa y con ese tocado, le recordaba a una foto de su abuela en los años cuarenta o cincuenta. Susana era un anacronismo comparada con Rebeca, cuyo estilo no difería demasiado del utilizado en las otras canciones. Se habían obstinado en condenarla a ella, no les interesaba aupar a Rebeca más de lo necesario. Era una lucha catódica desigual, inducida, y los telespectadores no decepcionaron: setenta y cinco por ciento a favor de Rebeca y veinticinco por ciento a favor de Susana. Hubo dos primorosas cantantes en el escenario; en casa de los televidentes solo hubo una. Susana apagó la televisión y se marchó rumbo al palacio de los deportes.

Quedaba sólo media hora para el inicio. A Susana le había costado mucho acceder al recinto, pero ya estaba junto a una de las improvisadas barras situadas frente al escenario. Pidió un refresco y zigzagueó entre la multitud hasta situarse a media distancia de la primera fila de espectadores, absolutamente colapsada. No quería perderse ningún detalle de la actuación, pero tampoco encontrarse muy cerca de los fervorosos seguidores de Xella. Desde su situación tenía buena perspectiva del escenario y además podía apreciar las dos grandes pantallas que flanqueaban la mastodóntica mole metálica. Las luces se apagaron y la música cesó. Xella estaba a punto de saltar a escena, pero ¿cómo lo haría? En cada concierto, la estrella acostumbraba a volver locos a sus fans con apariciones teatrales impresionantes. No iba a ser menos ahora. Un haz de luz iluminó la esquina superior derecha del escenario. Allí, tres pisos sobre la cabeza del resto de los mortales, Xella comenzó a cantar a capela uno de sus temas, sentada a horcajadas sobre un caballo alado. Susana valoró el realismo del caballo, si realmente era un animal, una máquina o una proyección.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s