MIL DOSCIENTOS QUINCE (II)

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El reloj de la cocina marcaba las once y media. Una vez distribuida la pequeña compra que había hecho en el supermercado, Susana se sentó en el sofá y encendió la televisión. Tenía el día libre hasta la hora del concierto. Hubiera deseado que comenzara cuanto antes, en ése mismo instante. Pensar en lo que pudo haber sido durante tanto rato no podía ser bueno. Le gustaba trabajar en el bar; hablar con tantas personas y el trabajo tras la barra no dejaba demasiado tiempo para pensar. Era su adormidera, por eso los días libres le asustaban tanto; fuera de la rutina laboral, no sabía qué hacer. Antes de la Noche En Que Todo Acabó, Susana se divertía escribiendo sus canciones; composiciones que debido a su perfeccionismo obsesivo se mantendrían inacabadas a perpetuidad. Por lo menos quedaba un remoto poso de ilusión que la espoleaba a seguir adelante sin detenerse a pensar si aquello que hacía valía la pena, si era bueno o malo. Ésa época desgraciadamente terminó. Xella había destruido la estructura onírica de Susana, dinamitando los pilares del triunfo sobre los que se asentaban el resto de esperanzas. Xella era la cabeza visible de una conspiración. La Noche En Que Todo Acabó. Ya sabía a lo que iba a dedicar las siguientes horas. Barajó la opción y no le pareció estúpido; hacía mucho que no lo veía y era el día perfecto. Del mueble sobre el que se asentaba la televisión extrajo un dvd que inmediatamente introdujo en el reproductor. La pantalla azul eléctrico dio paso a un flamante plató televisivo repleto de estructuras verticales donde los bailarines se contorsionaban al ritmo de la conocida sintonía de Objetivo Éxito. Multitud de músicos parapetados en plataformas imposibles, el público en ebullición; una imagen dolorosa que Susana evitaba recordar. Tan solo en ocasiones muy puntuales, cuando su carácter se tornaba más taciturno de lo habitual, utilizaba el dvd como terapia de choque, aunque no siempre los resultados eran satisfactorios. Por mucho que intentara observar aquella actuación con ojos neutros, era como admirar un cadáver. Por muy bello que fuera, seguía siendo un cadáver. Susana pensaba que no había nada glorioso en ello. Su actuación era un acueducto romano o la desdentada muralla de un poblado medieval. Pertenecía a otro tiempo.

Comenzó a sonar Porque te vas de Jeanette y Susana apareció en pantalla por uno de los extremos del escenario. Al mismo tiempo, en el límite opuesto, Rebeca irrumpía en el plató, radiante, con ese punto de ingenuidad fingida y encandiladora que poseía antes de llamarse Xella y convertirse en una estrella planetaria. Era la segunda final de Objetivo Éxito y sus responsables decidieron alterar el formato seguido durante la final original. La nueva contienda sería un dueto. El repentino cambio vino dado por el resultado de la votación de los telespectadores durante la gala anterior. Rebeca y Susana empataron con el cincuenta por ciento de los votos, una situación insólita e irrepetible que la dirección del programa aprovechó para pulverizar los índices de audiencia. Ante la imposibilidad de decantarse por ninguna de las dos, optaron por que fuera de nuevo el público el juez supremo en una fastuosa gala compartida. Interpretarían un repertorio seleccionado durante la semana, una lista secreta que no se desveló durante las conexiones diarias con la casa-plató donde convivían las participantes. Susana observaba su actuación en la Noche En Que Todo Acabó y sintió náuseas. El amaño le resultaba cada vez más evidente y burdo. La distribución de los porcentajes parecía sospechosa por sí misma pero, ¿qué sentido tenía falsear un resultado para empatar? Si alguien había decidido que Rebeca fuera la ganadora, hubiese bastado con trampear el resultado a su favor. Nadie se hubiese enterado. Por lo menos, no en el momento. Susana tardó tiempo en darse cuenta de las razones. No deseaban sólo que Rebeca ganara; había que aplastar al rival. Apostaron fuerte por el personaje de Xella, y sólo podía haber una, ni siquiera imitaciones o productos similares que entorpecieran su camino directo al paraíso. Querían arruinar su posible carrera discográfica.

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