MIL DOSCIENTOS QUINCE (I)

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La sucursal bancaria estaba muy concurrida aquella lluviosa mañana. Mientras esperaba en una de las ramificaciones de la cola que se había formado en su interior, Susana aún trataba de decidir si era buena idea acudir al concierto. Consideraba la posibilidad desde hacía dos meses, cuando Xella anunció su nueva gira de actuaciones. Se daba cuenta de que no había meditado profundamente la cuestión, que aguardar en una fila interminable era un automatismo. Se despreciaba cuando llegaban este tipo de ocasiones en las que podía observarse desde el exterior, como si de una película se tratase. La mayoría de las veces a Susana no le gustaba lo que veía; un ser frágil incapaz de imponerse siquiera a sí misma. Tras decidir que no iba a asistir al concierto, allí estaba, en una oficina del banco que patrocinaba un espectáculo asombroso, una experiencia visual irrepetible, según rezaba el agresivo cartel promocional. Susana deseaba que, habiendo perdido la contienda contra su voluntad, por lo menos se hubiesen agotado las entradas, algo que no era descabellado teniendo en cuenta que apenas faltaban once horas para el comienzo del concierto. De esta forma, al menos tendría una disculpa, aunque no fuera algo de lo que enorgullecerse; la escasez de entradas no podía suplir su carencia de decisión. Era como jugar a perder, una sensación encontrada. Al fin llegó su turno, se acercó al mostrador para preguntar pero el empleado no le dejó terminar la frase.

—Te atiende mi compañera de enfrente.

Susana volvió sobre sus pasos y se dirigió a una mesa en la que no había reparado al entrar en la oficina, oculta entre el enjambre de personas y los paneles publicitarios gigantescos. La chica hablaba por teléfono e hizo un gesto para que esperara. Colgó inmediatamente, intimidada por el mohín de disgusto que atravesaba el rostro de Susana. La cajera adivinó, simpática, sus intereses.

—Vas a tener suerte, todavía quedan diez entradas.

¿Por qué no las habían vendido todas si tan fantástico era el espectáculo?

Susana extrajo los treinta y cinco euros de la cartera y los puso encima de la mesa. La impresora vomitaba lentamente el resguardo de su pasaporte al éxtasis colectivo que se produciría aquella misma noche en el palacio de los deportes. Cuando caminaba arrepentida hacia la salida, escuchó a su espalda la voz de la empleada, reclamándola.

—Perdona, creo que me das veinticinco pesetas de más —se rió—; hacía un montón de tiempo que no veía una de éstas—. Situó la moneda a la altura de sus ojos y la contemplaba sorprendida.

Susana volvió para recuperarla, agradeció a la cajera que se la hubiese devuelto y salió de la oficina. Todavía caía una fina lluvia. Observó la moneda en la palma de su mano; era de veinticinco, de las grandes sin agujero. Para la cajera había sido una sorpresa encontrarla pero ella sabía perfectamente de qué moneda se trataba. No era una moneda corriente; durante más de la mitad de su existencia, Susana depositó toda su confianza en ella.

Jugueteaba con la vieja moneda de veinticinco pesetas en el bolsillo del chubasquero. La hacía girar sobre sí misma; primero en sentido horario, cuarenta vueltas completas, para luego invertir el proceso. Quince vueltas hacia la izquierda suponían el fin de un ritual concebido en su época de estudiante como pasatiempo para distraer los nervios antes de los exámenes. Se había convertido en su amuleto, siempre lo llevaba encima. Todo funcionaba bien con la moneda a su lado, sentía como le insuflaba una fuerza desconocida para afrontar cualquier situación. Le recordaba a los campos magnéticos o los escudos de protección de los personajes de videojuegos de su hermano, una suerte de invulnerabilidad secreta. Pocas veces salía de casa sin ella y, cuando su memoria le traicionaba, o la burlona moneda cobraba vida, saltando de un bolsillo del pantalón a otro, las catástrofes se sucedían. Susana aguardaba la fila en silencio, ajena al alborozo desmedido y los ensayos improvisados a ritmo de palmas en una ciudad extraña. No había recorrido más de doscientos kilómetros para desperdiciar una gran oportunidad congeniando con mediocres estúpidos en el aparcamiento de un centro comercial. Susana sabía el potencial del que disponía y, a pesar de que era un manojo de nervios, no tenía la menor duda de que el casting era un mero trámite por el que había que pasar; un trance desagradable y bochornoso, como la varicela cuando eres niño; es necesario sufrirla para inmunizarse cuanto antes. Susana no perdía detalle de todo lo que la rodeaba mientras giraba la moneda. Derecha, izquierda. A su lado, una mujer de unos cuarenta años hacía ejercicios de relajación; cerraba los ojos y aspiraba profundamente. Dentro de la variada gama de personas reunidas en los aledaños del centro comercial, a Susana le resultó simpática. Se llamaba Claudia y, aunque utilizaba un tono maternal ridículo, Susana había conversado animadamente con ella, quizás porque no la veía como una rival directa. Claudia era una persona estupenda pero patética desde un punto de vista artístico; hacía gala de una ilusoria apariencia juvenil que le repugnaba.  Le resultaba ofensivo y risible que una persona de su edad vistiera una minifalda tan breve que ni siquiera ella, con veinte años, se atrevía a lucir. Cuando acababa con sus respiraciones, Claudia sonreía a Susana e intentaba cantar el estribillo de Africa de Toto. O algo parecido. Susana conocía la canción, porque la había escuchado mil veces cuando su madre la llevaba en coche a la escuela. Los esfuerzos de Claudia porque la canción fuera mínimamente reconocible eran en vano. El espectáculo se completaba con una pronunciación repelente del inglés y una coreografía paquidérmica. Susana procuró mirar hacia otro lado, avergonzada, y en el bolsillo del chubasquero, las veinticinco pesetas rodaban más rápido que de costumbre. De repente se formó un tumulto frente a las puertas del centro comercial. Susana estaba situada un poco más lejos y no podía observar correctamente. Todo parecía indicar que habían abierto, por fin, las puertas. La estampida fue inevitable, pero Susana decidió avanzar despacio, con paso firme hacia lo que tanto había esperado. Un gigantesco rótulo saludaba a los aspirantes en el vestíbulo habilitado como sala de espera: OBJETIVO ÉXITO. ¡BIENVENIDOS A VUESTROS SUEÑOS! Alguien de la organización colocó una pegatina sobre su pecho. Mil doscientos quince.

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