¡QUE OS DEN, GENTE NORMAL!

eddie

El monstruito molaba. Era el retrato de la nebulosa que habitaba en mi cabeza. Verlo por primera vez fue encontrar la senda enigmática que no sabes hacia donde te va a llevar. A lo mejor me conducía a un precipicio o a un callejón sin salida pero, ¡qué importaba!, lo único de lo que estaba seguro es que algo invisible me empujaba hacia Él, hacia su rostro cadavérico y melenudo. Siempre me habían gustado las calaveras. Las dibujaba a todas horas, calaveras y tiburones. Los tiburones son la leche. Estás pasándotelo bien en la playa, de vacaciones, quizás abrazado a una chica que acabas de conocer del bloque de apartamentos de enfrente, que sabe a sal y crema solar, y viene un tiburón a devorarte una pierna o un brazo. Te viene a decir, con sus maneras mesozoicas, que el mar es maravilloso y tal, pero que él también vive allí y verás su aleta acercarse cuando menos te lo esperes. Te avisa del dolor por venir. Para cuando aparece la calavera, ya no hay dolor. Son lo mejor, las calaveras. Las dibujaba de mil formas: calaveras sangrantes, calaveras semienterradas, calaveras con tibias cruzadas, calaveras con un cirio encima, chorreándoles cera por los parietales, como en la portada de Krabat y el molino del diablo, un libro que adoraba. Siempre tenía que ser así, porque si resbalaran por la cara, los chorretones afearían un poco el dibujo. A los profesores no les gustaba. La calavera es la muerte y los niños son muy jóvenes para entenderla. Quizás tomé conciencia pronto de la mierda que es morirse, aunque no morí, lógicamente. Resulta que la muerte es un familiar lejano del que te han hablado pero que no conoces, el tío en América, y un día, así porque sí, llama a la puerta, como en El sentido de la vida de los Monthy Python. De repente, apagón, un rostro de mujer desconocido rodeado de azul, el cielo debe de ser, y luego sí, luz eléctrica y un hospital. Y piensas, «pues me hubiera jodido morirme». No me hubiera enterado, pero me hubiera jodido. Aunque supongo que después de morirte las cosas no te pueden joder ni gustar, ¿no? El tema es que tenía delante de mí a Eddie, la mascota de Iron Maiden, que es más o menos una calavera. No recuerdo con exactitud si Eddie me miraba desde una camiseta o un póster. Tampoco recuerdo bien el lugar. Era uno público, eso seguro; estaban mis padres, porque era pequeño, y había mucha gente. Ahora que hago memoria, puede que fuera el mercadillo de las barracas, al lado de las atracciones. Allí, mientras mi madre miraba pendientes o pulseras tuve mi experiencia mística particular. No sabía nada acerca del monstruito, ni que se llamaba Eddie ni tampoco sabía nada de Iron Maiden, ni de rock ni de punk ni de heavy metal. Pero estaba bien. Todo lo que me transmitía, aquellas sensaciones difíciles de concretar, eran buenas. Parecía un orgulloso «que os den por culo, soy una especie de muerto viviente, se me caen jirones de piel mientras camino, llevo camisetas mugrientas, pero aquí estoy y me da igual, no lo olvidéis nunca, gente normal». Era un icono, un emblema de algo importante, un veneno sutilmente inoculado. Desde entonces, ya nada fue lo mismo. Cada cosa que hacía, leía y contemplaba poseía un reverso, una esquina donde Eddie se escondía hasta que entraba en plano en el momento óptimo. La persona o el dedo que te arruinan la foto, ese era Eddie. Me obligaba a preguntarme por qué el dedo o la persona estaban ahí. Aunque los borremos con Photoshop para que no afeen la composición, siempre sabremos que estuvieron allí y que, quizás su aparición no fue tan fortuita como pensamos. El espíritu de Eddie me acompañó durante toda mi niñez y adolescencia. En ese tiempo, como muchos, jugaba al fútbol en el equipo del barrio, el Colonvilla. Todos los sábados nos metían quince, veinte o treinta cero y todos los equipos eran más altos, más fuertes y más guapos. Feliciano, el presidente, nos llevaba a los partidos en la caja de su camión, Exclusivas Nosequé, después de advertirnos de que viajáramos en silencio, «por la policía». Bueno, pues dentro del camión también se sentaba Eddie. Hablaba con voz de ultratumba de película fantástica ochentera.

-Hoy toca el Loyola, chicos, van primeros y os van a hacer pedazos… ¿Pero sabéis una cosa? ¡Qué más da! ¡Que les den por culo! ¡Aquí estáis, con la cabeza bien alta! Repetid conmigo: ¡que les den por culo a esos pijos de Jesuitas! ¡Fuck 90210!

Empatamos a dos y se fueron llorando del campo. Feliciano nos regaló calculadoras y golosinas. Eddie caminó sobre las antiguas instalaciones de Pradoviejo, era el coloso de Goya. ¡Que os den!

Buscar los márgenes y las esquinas fue, desde entonces, imperativo, y en el instituto, las calaveras volvieron a aparecer. La de Exploited, la de jabalí o lo que sea de Motörhead y más tarde, la de SIDA y la de Broken Bones. Si añades las que hay en la portada del Ixnay on the hombre y la radiografía del Smash de Offspring, esas podrían ser las calaveras de mi vida. Las que me partieron por la mitad y avisaban de la tragedia y de la muerte. Las que me ayudaron a observar diferente, a veces en otra dirección, como los seguratas de los conciertos y de los partidos de fútbol. La gente se suele reír de ellos porque no ven el espectáculo. A quién le importa.

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