TRES CÍRCULOS (IV)

trescirculos

—Ah, eres tú. ¿No sabes llamar antes? Dame las putas llaves y lárgate.
Jíman se relajó, miraba las estadísticas del primer tiempo a la vez que hablaba. Casualidad de la vida, en mitad del salón había aparecido una chica con mallas y auriculares al cuello, larga coleta nacida en la cima del cráneo y camiseta deportiva naranja fluorescente. Las rayas de Adidas delimitaban una silueta apetecible, sin redondez excesiva ni músculos muy marcados. El maquillaje acentuaba sus ojos levemente oblicuos, dos espías con traje color almendra imposibles de burlar. Se había plantado con las piernas separadas, como un duelista, sosteniendo el manojo de llaves a la altura del rostro mientras ocultaba la diestra a su espalda. Desafiante y poderosa; Indio imaginó así las amazonas incas o aztecas, si es que alguna vez existieron. La Guerrera Andina y el Indio Suburbano. De revista. Repasaba la lista de invitados a la hipotética boda cuando reparó en Carlos y Moni. Su ensoñación cesó y recordó por qué estaba sentado en el sofá del camello más detestable de la ciudad. La chica dejó caer las llaves sobre el parqué y con la otra mano apuntó un pequeño revólver al pecho de Jíman.
Hubieran hecho buena pareja.
—Cariño, el niño me ha vuelto a hablar.
—¿Y qué te ha dicho el niño de los cojones? Porque andará perdido, el pobre.
—Ángel, tratas todo como mierda.
Jíman parecía acostumbrado a vivir encañonado, el maldito ni se inmutaba. El estómago de Indio era ya un incendio, sus entrañas se estaban derritiendo y pronto descenderían las perneras. Y Carlos en cuclillas, honrando a su hermana en alguna estancia contigua, perdiéndose la película justo en el momento en que la chica y la pistola le adelantan por la derecha a toda velocidad, dejando su atentado intestinal en chascarrillo de portera, a varios océanos de las vendettas novelescas en condiciones. Merecidas o no, la cosa iba de venganzas aquella tarde. Indio valoró el aciago informe de daños. Escenario uno: la chica no aprieta el gatillo (por tanto) Jíman la muele a palos (resultado) policía. Escenario dos: la chica aprieta el gatillo (pudiera ser que) Jíman muriera (resultado) policía. En cualquier caso la inacción era lo recomendable. Además los vecinos no tardarían en intervenir vía telefónica; incluso pudieran darse otros escenarios que
PUM
Jíman se desplomó de espaldas y pasó a ser M.A.P. (28), un habitual del menudeo muy conocido por la policía. La mujer se acercó y le metió otro par de tiros en el pecho. Luego se arrodilló y soltó el revólver, besó una medalla que llevaba oculta en el pecho, se santiguó y se puso a rezar mirando el cuerpo del camello. Indio se levantó a cámara lenta y los tres hoyos en el cuerpo de Jíman le recordaron algo. La Regla de los Tres Círculos había dicho el fiambre un poco antes. Arrancó el mando de la consola para llevárselo. La tele continuaba con las estadísticas, CSKA 5 – FC Barcelona 1. En el pasillo estaba Carlos con los pantalones cagados, había terminado su obra sin enterarse de nada.
—Tienes que ver la gorra, Indio. La he llenado a ras.

Pasearon tranquilamente hasta el Kadett. El tránsito de gente era mucho menor, hasta las chicas en mallas se habían cansado ya; no se cruzaron con nadie que pudiera reconocer posteriormente a un hediondo y un melenudo con un mando de Play al hombro. La ausencia del tráiler portugués dejó el Opel desprotegido, como subido a un pedestal para que todos lo admiraran. Carlos arrancó.
—Voy a tener que limpiar el coche.
—Sí. Baja las ventanillas, anda.
—¿Dónde te llevo?
—Vamos a deshacernos de esto –Indio señaló el controlador de la consola– y de tu ropa. Dime que no has tocado nada más.
—Hombre, la gorra sí. Quién iba a saber que… ¿Y tú?
—No me ha dado tiempo. Sólo el mando y…
Indio se imaginó cayendo en espiral en un vacío oscuro e infinito.
—Mierda.
—¿Qué?
—La hierba. Tu puta bolsa de hierba.
Permanecieron en silencio un par de minutos.
—Oye Indio, a mi me intriga una cosa.
—Qué tripa se te ha roto ahora.
—Me pregunto si… A ver, la policía tiene mi cagada, ¿no?
—Eso es.
—Quisiera saber si es como las huellas dactilares, si hay un tipo que coge una cucharada de mierda, la mete por un embudo en una máquina y ¡zas!, sale mi careto en hachedé en todas las comisarías del mundo.
Indio proseguía con su letanía.
—Cómo he podido olvidar la hierba…
Carlos entendió que no había respuesta para sus cuestiones y aceleró para incorporarse a la autovía.

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