TRES CÍRCULOS (I)

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Aparcaron el Opel Kadett detrás de un tráiler portugués, en una barriada nueva con aceras amplias, poco tráfico y bloques rodeados de césped con árboles raquíticos. Carlos había apagado el contacto y cuando estaba a punto de abrir la puerta, el Indio le agarró del brazo con fuerza.
—Quieto. ¿Te has tomado eso?
—Que sí Indio. Joder, qué pesado te pones…
—Pues vamos a repasar el plan. Enseguida tendría que hacer efecto —miró el reloj—, en diez minutos o un cuarto de hora. Te vas a fumar un cigarrito de camino, tranquilamente, para ayudar un poco.
—Indio, macho, Ocean’s eleven
—Calla. Como este anormal nunca se aleja de la Play más de un metro, seguro que quiere jugar conmigo. Mientras nos viciamos, tú vas y lo haces. Ligero, no te recrees. Serás un aspresor, así que cuidado.
—La gorra. Es fundamental. Tiene que ser en la gorra.
Cerraron el Kadett y pusieron rumbo a casa de Jíman.

Miguel Ángel Pérez de Algo. El Jíman, por el tamaño y el rubio.

Sus padres eran de familia bien, médicos, pero el crío les salió del bando de los enfermos. Mentales, para más señas; eran frecuentes y complicados sus ataques de ira. Indio los recordaba bien, habían coincidido durante un par de cursos en el instituto. Ahora se dedicaba a pasar la hierba que cultivaba en el sótano de un pabellón agrícola. Un idiota con los días contados. Se había puesto por su cuenta con estruendo, repartiendo vicio rico y barato a lomos de un Vespino fosforito. De vez en cuando, para ganarse a los fumetas, hasta regalaba parte de la grifa. Vanidad y estupidez que lo convertían en candidato idóneo a un prematuro suicidio asistido. Y es que, eso de volar en libertad, a los malos no les gusta; comienzan a patrullar, chimbera al hombro, dispuestos a fertilizar el suelo con gorriones aventureros. O mensaje al castillo; que envíen los halcones a lo hora indicada en el lugar preciso. La cosa era que Indio no tenía nada contra él, pero Carlos, su amigo desde parvulario, le había quemado el móvil con llamadas y Whatsapps. Quería venganza. Por lo visto, el Jíman estuvo saliendo con su hermana, la Moni. La más vieja; mucho arrumaco, mucha casa rural, mucho sólo te quiero a ti mi vida, pero siempre sin descuidar al resto de menstruantes. Y mientras, la Moni hecha mierda, magdalena y antílope africano, a punto de acostarse sobre los raíles. Muchas luces no debía tener la chica; anda que enamorarse de semejante tarado… Indio pensaba que todo el mundo tenía derecho a ser tonto pero que su estupidez no obligaba a aprovecharse de ellos. Carlos no le pilló el punto a ver a su hermana como depósito de esperma o kleenex de madrugada. Andaba ciega, la pobre; cumplía con las aberraciones que se le ocurrían al Jíman sólo para complacerle. Y era retorcido el tipo; la hacía cabalgar la palanca de cambios, contaba Carlos, frotarse contra fulano o mengana, la paseaba por casa con una correa al cuello, a veinte uñas, vestida de Catwoman. A veces lo grababa con el móvil, según le daba. Tras insistirle mucho su hermano y después de que Jíman la despachara de casa, Moni le había puesto los vídeos, y éste, a su vez, al Indio; al principio le apuró la idea de observarla de esa guisa, haciendo a saber qué. «Mira Indio, yo he vomitado viendo esto. Imagínate cómo se encuentra ella… que es mi hermana, hostia… Pero quiero que me ayudes y por eso te los muestro». Eran clips cortos, de minuto y medio más o menos. En el más doloroso, el chorro de Jíman atravesaba la cara de susto de Moni en diagonal. Le había calado su gorra, una con los colores de Etiopía y la hoja de maría al frente; aquella debía ser su firma. Como remate, se carcajeaba fuera de plano y le dedicaba dulces versos como «no dejes nada, marrana». Al Indio se le revolvieron las tripas. El Carlos y la Moni. Destruidos por un subnormal con ínfulas de Tony Montana. No podía ser, pensó Indio.

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