MÁRGENES VIRTUALES

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La respuesta es breve y concisa.

«Porque cuando juego me siento libre».

Un alumno resumía así su obsesión por el GTA V. Más que una redacción, era una declaración de amor pre-wassap; se observaba el esmero en la caligrafía y la ausencia de tachones demostraba que era fruto de varios intentos. El objetivo del ejercicio era aprender a elaborar una correcta reseña de un libro, tebeo, película o disco. Como no lee, los cómics y los libros quedan descartados, tampoco el cine le interesa demasiado; había hecho una reseña cinematográfica unos meses atrás, bastante mediocre, sobre una película que –se supone– le gustaba. La opinión personal fue un robótico «no está mal». Valorando su apatía por cuanto le rodea, me pareció bien su proposición de escribir sobre el videojuego, advirtiéndole de que lo conocía y, por tanto, no aceptaría telegramas del tipo «me gusta porque está muy bien». El resultado final no es muy extenso –no es alguien que tenga facilidad de palabra– pero sí curioso. ¿Acaso la libertad es cruzar un deportivo en una avenida y disparar a todo bicho viviente? No, él ya había superado ese sadismo infantil. «En el juego puedo ir adonde quiera, me puedo perder por ahí y en la realidad no. En el juego eres realmente libre». Si obviamos el concepto de libertad virtual -programada en algún polígono industrial- creo que comprendo a qué se refiere, qué quiere decir ese perderse por ahí. Significa salirse de los márgenes; el juego permite ser un outsider, puedes ir a una cabaña a reflexionar si lo deseas. Lo jodido de esto es que le entiendo.

La reseña de GTA V me ha transportado muchos años atrás. En mi casa acababa de llegar el primer ordenador, ya no tenía que pasar horas en el ordenador de los amigos jugando al Heimdall hasta que se me secaran los ojos. Me pasaron un juego revolucionario comprimido en varios disquetes. Se llamaba Stunts y era un juego de coches particular; no consistía sólo en correr contra los adversarios, además podías elaborar tus propios circuitos con rampas, vallas, obstáculos, loopings… En la época era revolucionario por el uso de las tres dimensiones primitivas, un catálogo de polígonos rupestres de aristas mortales que provocarían la carcajada de los gamers actuales. Fue la primera vez que tuve esa sensación puedes hacer lo que quieras. Luego vino el Big Red Racing, otro juego de carreras de 3D prehistóricos en el que podías salir de la pista y circular campo a través. Ese sentimiento de abandonar el circuito marcado por donde van los contrincantes borregos es insuperable. Decirles adiós por la ventanilla a esos idiotas que obedecen las líneas pintadas sobre el asfalto. Me molestaba mucho que las recreativas no estuvieran programadas para una más que probable salida de vía, que nunca llegaras a aquellas misteriosas montañas que se perfilaban en el horizonte o que en los beat ’em up no pudieras transitar ninguna calle perpendicular. Aquello no podía ser, aquello aburría. Con el paso del tiempo, los 3D mejoraban, la posibilidad de perderte por ahí aumentaba y con ella la existencia de lugares secretos. ¡Qué descarga de adrenalina cuando los descubrías! Qué magnífica sensación la de huir atravesando el mar en lancha motora. El corazón pulsando la flecha de arriba durante horas hasta llegar a alguna isla perdida.

Y que les den a todos.

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