NOSOTROS YA HEMOS GANADO

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Un par de años atrás, los amigos comenzamos a organizar visionados de videoclips de bandas de rock. El ritual se ha convertido en tradición de periodicidad impredecible y suele prepararse a bote pronto; «he pasado por el kiosko y ya tengo la revista con el nuevo DVD». Apenas se ha recibido el whatsapp o sms el protocolo se activa: unos preparan la estancia y comprueban que el reproductor funciona correctamente, otros hacen acopio de provisiones y todos esperamos impacientes la llegada del Portador. No puede faltar de nada durante el acontecimiento, ni dulce ni salado. El DVD rebosante de metraje rockero pertenece a una conocida revista musical de tirada nacional y aparecen vídeos de grupos pequeños como también de otros ya consagrados; también contiene discos completos de algunos de ellos. Como todas las cosas de la vida, nuestra proyección posee unas normas –bastante laxas– de comportamiento. Hay que esperar hasta el final de cada pieza para compartir tu opinión con los demás miembros del jurado, así puede escucharse con claridad la letra de la canción. Sí que se permiten la carcajada a veces inevitable o los comentarios muy breves, asociados a la jerga videoclipera, referidos a su tipología o temática (gente corriendo, fábrica abandonada, chicas & coches, mafia & póker, fantasmas, bosque, historias ambiciosas, amado/a muerta, bares & mujeres, macarreo, lucha de clases, sexo apasionado, gente acabada que bebe…) y pequeñas observaciones sobre la mala –o buena- puesta en escena (mafiosos con chistera, amigos de la banda mal disfrazados de policías, novias/hermanas/primas del grupo ejerciendo de femmes fatales…). Cada miembro disponemos de un comodín; podemos gritar «Siguiente» cuando queramos para pasar de videoclip. Rara vez lo utilizamos porque lo gracioso es verlo todo hasta el final, no vaya a ser que, debido a nuestra inconsciencia, nos perdamos una secuencia maravillosa o un final BGA (Brutal Giro Argumental) a lo Brian De Palma.

El caso es que me dio por pensar en aquello que transmiten la mayoría de estas bandas, a leer entrelíneas de sus riffs y poses, a valorar su actitud, televisiva, más que nada. Siguen a sus ídolos no sólo en lo musical, también en lo estético y actitudinal, aunque esto último, únicamente lo logren –sospecho– durante los minutos que dura el videoclip. Parecen decirnos: «Esta es la vida que anhelo, yo soy un tipo duro pero el curro no me deja desarrollar mi arrogancia rockera, así que me visto de Nikki Sixx durante tres minutos y observo cómo dos benditas se rocían con bourbon mientras se dan el lotazo a mis pies». No conozco a Nikki Sixx. Puede que la vida de Nikki Sixx sea así, es lo que nos ha vendido siempre. En cualquier caso, esa es su vida, real o no, pero no será nunca la de nadie más. Tampoco he estado en Los Ángeles ni en Nueva York ni en Washington, se me hace muy difícil extrapolar las vivencias de allí –por análogas que sean– a las que palpitan en tu infecto pueblo. Lo auténtico se nota. Es intangible, nadie sabe concretar qué es, pero nos damos cuenta de que alguien lo tiene cuando le vemos en el escenario. Preferirán sacrificarse por un lejano e improbable triunfo. Un triunfo también televisivo, monetario y, con casi total seguridad, intrascendente. Sin conexión con aquello que les rodea se convertirán en un remoto islote inaccesible. Frank Underwood comenta en House of Cards que el dinero es la mansión de Malibú, algo ostentoso pero frágil, que puede ser destruido por un tornado o un huracán. El poder es el edificio de piedra que lleva siglos allí, imperturbable, que pese a haber sido transitado por gente diversa, aún mantiene su estructura intacta. Bien, a eso es a lo que hay que aspirar. Solo  se puede permanecer si se conecta con los lugares y sus vidas. Minor Threat o Bad Brains son Washington, MCD es Bilbao. Además, idolatrar siempre ha sido peligroso, y mira que yo suelo caer en fanatismos transitorios a menudo. Un colega se leyó Por favor, mátame. Una historia oral del punk y me comentó que los Stooges, Patty Smith, Dead Boys, MC5, Lou Reed y compañía «eran anormales». Y es que deberían prohibir este tipo de libros, que uno lleva admirando muchos años a estos impresentables y ya se ha hecho un poco tarde para cambiar de iconos.

«Nos hubiéramos pegado con todos», concluyó.

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