CINES LIBRES DE ESTÚPIDOS (II)

cinematicket

Acudir al cine se ha convertido en un acto temerario si enumeramos la cantidad de peligros que acechan en la oscuridad de la sala. A las amenazas añejas —hablar, comer—, se han sumado nuevos azotes tecnológicos, como la tortura lumínica que sufrí hace algunos meses, un fenómeno a la vez incomprensible y mentecato que nos transforma, previo pago de entrada, en víctimas de un interrogatorio policial o mafioso. Con la vuelta a la normalidad tras el verano, he retomado las visitas al cine y comprobado que existe un repunte en la asistencia de espectadores, algo a celebrar, a priori, por aquellos que gustamos de transitarlos. Han sido años marcados por la tristeza que irradiaban sus trabajadores, por una sensación de marginalidad enorme debido a la ausencia de público, tan drástica en ocasiones, que parecía que los espectadores estábamos haciendo algo malo, fuera de la ley, convertidos durante dos horas en un puñado de estraperlistas. Ahora el cine se parece un poco a aquello que fue, hay cierta vida en la taquilla y un ajetreo más o menos normal. Sin embargo, tras la risa viene el llanto, dicen, y una vez dentro el alborozo inicial se va al garete, un espíritu misántropo bastante agresivo comienza a poseerme de forma gradual hasta casi vomitar torrentes biliosos y caminar haciendo el pino puente. Imaginen. La sala al veinte por ciento de su capacidad, todo un logro. La película, Relatos salvajes, del argentino Damián Szifron. Situación: en bloque de butacas diestro respecto del pasillo central; a mi izquierda una señora de unos cuarenta largos o cincuenta muy justitos; a mi derecha un colega mío; delante tres veinteañeras bien pertrechadas con refrescos y demás aperitivos; detrás, fila en blanco. La película transcurría divertida, la gente se reía bastante y podría decirse que estaba gustando. Entonces hizo su aparición una figura que ya apenas recordaba, tan vieja como el cine, supongo. Llegó, para atormentarnos a mitad de metraje

El explicador (vociferante) de películas

El depredador emitía sus comentarios estruendosos desde retaguardia, tres filas a mi espalda aproximadamente. Además de la carcajada estrepitosa acompañada de valoración tipo «qué bueno», el infraser también poseía el don de la premonición evidente y contribuyó, a voces, a adivinar la trama —«bua, ahora se va a encontrar con el otro»—, a dilucidar el futuro obvio de un personaje cruelmente apuñalado —«ya lo ha matado»-, a animar a una mujer durante un vengativo encuentro sexual como si se tratase de un entrenador de boxeo —«¡dale fuerte, dale!»— y aplaudir con vehemencia cuando la película terminó, al son de un ulular sobrecogedor. Pareciera que debido a la pérdida de costumbre de asistir al cine, la gente hubiera olvidado sus normas no escritas de comportamiento y respeto o quizás esta fauna siempre existió y simplemente no la recuerdo, consecuencia de tanto tiempo de soledad en las salas. Una de las cosas malas que tienen este tipo de actitudes es el casi anonimato que otorga la oscuridad, así que cuando las focos volvieron a la vida, todo el respetable se volvió hacia la posición del mastuerzo, es decir, detrás de mi. Yo me volví también, no fuera que, al no hacerlo, todo el mundo interpretara que yo era el explicador. La mujer de mi izquierda le empaló con su mirada y las chicas le observaron asqueadas. Deberían haberlo fotografiado para alertar a todos los cines que existen, que pusieran su foto en el cristal de cualquier taquilla del mundo. O que hubiera que aprobar algún tipo de carné que acredite que alguien puede asistir a un lugar público sin parecer idiota y molestar, que sea extensible también a otras parcelas (peligrosas) de la vida, como llevar paraguas (no todo el mundo sabe) o escuchar música (sin auriculares) en los transportes públicos. La pérdida de puntos te acercaría a unas vacaciones en un campo de reeducación en pleno desierto de Tabernas. A ver si el sol nos va centrando un poco.

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